viernes, 28 de enero de 2011

Antonio Gamoneda / Altísimo poeta

ALTÍSIMO POETA

Es una figura emblemática de la literatura europea. Su obra, de una fuerza excepcional, ha sido reconocida tardíamente como una de las grandes voces de la poesía española actual. Aunque cronológicamente podría pertenecer a la generación de los cincuenta, su obra ha permanecido aislada de cualquier  tendencia poética.
Antonio Gamoneda  nació en Oviedo el 30 de mayo de 1931. Su padre, de nombre Antonio, fue un poeta modernista que publicó un único libro, Otra más alta vida (1919). En 1934, ya huérfano de padre, se trasladó a León con su madre, Amelia Lobón. La presencia de su madre como refugio ante el horror y la miseria de la guerra y la postguerra es recurrente en toda su poesía. En 1936, con las escuelas cerradas, aprendió a leer gracias a la lectura del libro de su padre.
El poeta vivió inicialmente en El Crucero, el principal barrio obrero y ferroviario de León. Este lugar fue un observatorio privilegiado de la represión llevada a cabo por los nacionales durante la guerra civil y la inmediata posguerra dejando huella en la psicología y en la memoria del poeta.
En 1941 comenzó a recibir instrucción gratuita en el colegio religioso de los Padres Agustinos hasta 1943, año en el que el poeta se auto expulsó. A los catorce años empezó a trabajar como meritorio y recadero en el desaparecido Banco Mercantil. Terminó por libre sus estudios medios y permaneció en la condición de empleado de banca durante veinticuatro años, hasta 1969.
Mientras trabajaba en el banco tomó contacto y fue parte de la resistencia intelectual al franquismo. Se dio a conocer poéticamente con Sublevación inmóvil (1953-1959), publicado en Madrid en 1960, obra con la que fue finalista del premio Adonis de poesía, y que supuso una ruptura con las tradicionales reglas realistas de la época. En 1969 pasó a crear y dirigir los servicios culturales de la Diputación Provincial de León y, a partir del año siguiente, la colección Provincia de poesía, intentando promover una cultura progresista con el dinero de la dictadura. Fue privado de su condición de funcionario, y posteriormente recontratado, mediante sentencia judicial. Durante estos años comenzó a colaborar asiduamente en diferentes revistas culturales.
A esta etapa pertenecen La tierra y los labios (1947-1953), no publicado hasta la aparición del volumen Edad, que recoge su poesía hasta 1987; Exentos I (1959-1960), poemas no aparecidos hasta Edad; Blues castellano (1961-1966), obra no publicada por motivos de censura hasta 1982, y Exentos II (Pasión de la mirada) (1963-1970), publicada con múltiples variaciones en 1979 con el título León de la mirada.
A esta primera etapa siguió un silencio poético de siete u ocho años, significativamente marcados por la muerte del dictador Franco y los inicios de la llamada transición. Esta tiempo marcado por la crisis existencial e ideológica se hace sentir en su siguiente obra Descripción de la mentira (1977), un largo poema que marcó un giro hacia una total madurez poética. Posteriormente publica Lápidas (Madrid, 1987) y Edad (Madrid, 1987). Este título, que recoge toda su poesía hasta la fecha, revisada por el autor, le valió el Premio Nacional de Literatura.
En1992, con Libro del frío, se consagra como uno de los poetas más importantes de la lengua castellana. En el año 2000 vio la luz la versión definitiva de esta obra, que incluía Frío de Límites, obra procedente de una colaboración con Antoni Tàpies pero que, desgajada de la pintura, adquiría el carácter de addenda necesaria de Libro del frío. Previamente habían aparecido los poemas de Mortal 1936, acompañando a unas serigrafías de Juan Barjola sobre la matanza en la plaza de toros de Badajoz durante la Guerra Civil.
De un diccionario relativo a la ciencia médica arcaica (1993-1998) y Libro de los venenos (Madrid, 1995), obras más atípicas, parten de la convicción del autor de que el lenguaje arcaico se ha cargado estéticamente hasta convertirse en poesía, y pregonan la fascinación del poeta por la traducción de Dioscórides realizada por Andrés Laguna en el siglo XVI y su interpretación en clave poética por Gamoneda.
Arden las pérdidas (2003) culmina la madurez iniciada en Descripción de la mentira. Una poesía en la perspectiva de la muerte. Lo perdido (la infancia, el amor, los rostros del pasado, la ira) aún arde en el tránsito hacia la vejez con mayor lucidez, con mayor claridad, con mayor frío. Complentan la bibliografía de Gamoneda, Cecilia (2004) y Esta luz: poesía reunida (1947-2004).
Durante esta segunda etapa, entre 1979 hasta 1991, fue director gerente de la Fundación Sierra-Pambley, creada en 1887 por Francisco Giner de los Ríos bajo los principios de la Institución Libre de Enseñanza. El 20de abril de 2008 introdujo en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes un mensaje cuyo contenido se revelará en 2002. En marzo de 2009 se estrenó el documental  Antonio Gamoneda. Escritura y alquimia, rodado en 2007, dirigida por Enrique Corti y César Rendueles, y con guión de Amalia Iglesias y Julia Piera.
Doctor Honoris Causa por la Universidad de León. Ha recibido, entre otros, el Premio Castilla y León de las Letras en 1985, el Premio Nacional de Poesía en 1988  por «Edad», el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana por el conjunto de su obra, y el Premio Cervantes. Además fue nominado al Premio Europa 1993 por su Libro del frío.
Se le ha concedido también la Medalla de Oro de la ciudad de Pau, la Medalla de Plata del Principado de Asturias, el Premio Leteo, la Medalla de Oro de León y la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes. Es Hijo Adoptivo de León y Villafranca del Bierzo.

Antonio Gamoneda
Fotografía de Amando Casado
Bibliografía
·       Sublevación inmóvil, Madrid, Rialp ( Premio Adonis), 1960.
·       Descripción de la mentira, León, Diputación Provincial, 1977.
·       León de la mirada, León, Espadaña, 1979.
·       Tauramaquia y destino, León, Retablo, 1980.
·       Blues castellano, Gijón, Noega, 1982.
·       Lápidas, Madrid, Trieste, 1987.
·       Libro del frío, Madrid, Siruela, 1992; 2ª. ed. aumentada: Alzira (Valencia), Germania, 2000.
·       Mortal 1936, Mérida, Asamblea de Extremadura, 1994.
·       El vigilante de la nieve, Teguise (Las Palmas), Fundación César Manrique, 1995.
·       El libro de los venenos, Madrid, Siruela, 1997.
·       Arden las pérdidas, Barcelona, Tusquets, 2003.
·       Cecilia, Lanzarote, Fundación César Manrique, 2004.
·       Reescritura, Madrid, Abad, 2004.
·       Extravío de la luz, Madrid, Casariego, 2009.
Antologías
·       Sólo luz (Antología poética 1947-1998), Valladolid, Junta de Castilla y León, 2000.
·       Antología, Santa Cruz de Tenerife, Caja Canarias, 2002.
·       Antología poética, ed. Ángel L. Prieto de Paula, León, Edilesa, 2002.
·       Descripción del frío, León, Celarayn, 2002.
·       Atravesando olvido (1947-2002). Antología personal, pról. Eduardo Milán, conversación con Ildefonso Rodríguez, México, Editorial Aldus, 2004.
·       Lengua y herida. Antología, ed. Vicente Muleiro, Buenos Aires, Ediciones Colihue, 2004.
·       Antología poética, ed. Tomás Sánchez Santiago, Madrid, Alianza, 2006.
·       Ávida vena, ed. Miguel Casado, León, Diario de León / Edilesa, 2006.
·       Sílabas negras, eds. Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor, Salamanca, Universidad de Salamanca / Patrimonio Nacional, 2006.
Poesías completas
·       Edad (Poesía 1947-1986), ed. Miguel Casado, Madrid, Cátedra, 1987.
·       Esta luz. Poesía reunida (1947-2004), epíl. Miguel Casado, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2004.



martes, 25 de enero de 2011

Augusto Monterroso / Tito


Nacido en Tegucigalpa el 21 de diciembre de 1921, y criado en Guatemala (desde los 15, cuando ya estaba grandecito, aunque  este “grandecito” debe aclararse en su caso), Monterroso se exilió en México en 1956 y desde entonces vive en Chimalistac, un barrio residencial al sur de la capital mexicana. Dicen que falleció el 6 de febrero de 2003, pero no hay que creer en todo lo que dicen. Otros dicen que la mala hora fue el 7 de febrero, razón de más para dudar del chisme. “Tito” lo siguen llamando sus amigos, y así será por siempre.
         “Desde pequeño fui pequeño”, escribió, y no pasó del metro con sesenta a pesar del ejercicio. De este representante de los Países Bajos es esta frase: “Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista”. Uno de los placeres de Monterroso es inventar esta clase de chistes, que pone a circular para que después lleguen a contárselos y por un momento los otros se sientan más altos y más felices. Y luego todo es igual o casi igual. “Los pobres son ahora más pobres, los ricos más inteligentes y los policías más numerosos.”
         La obra de Monterroso consta de los siguientes títulos: Obras completas y otros cuentos (1959), La oveja negra y demás fábulas (1970), Movimiento perpetuo (1972), Lo demás es silencio (su única, memorable novela, 1978), La palabra mágica (1983), La letra E (1987), Los buscadores de oro (1993), La vaca (1996), Pájaros de Hispanoamérica (1998), Literatura y vida  (2001).
Casado con la narradora Bárbara Jacobs (con la que firmó a dúo una estupenda Antología del cuento triste), es un hombre bajito (ah, ya lo habíamos mencionado, perdón por el despiste) y muy tímido que huye del público y tiene fama de ser reacio a las entrevistas. Es fama que Tito, como todo mundo lo llama, ha aceptado muy pocos reportajes en su vida y a todos los ha trabajado prolijamente con sus interlocutores. Fruto de ese comportamiento es un libro delicioso titulado Viaje al centro de la fábula, que en 1981 publicó el editor Martín Casillas, en México, y que es ya un clásico. Monterroso es uno de los escritores latinoamericanos más sobresalientes, y además es un maestro de la ironía y el humor más fino y sutil. Persona brillante y dueña de un extraordinario sentido común, su obra se caracteriza por la precisión, por la agudeza y por un fuerte sentido de la brevedad. Ello le ha valido ganar algunos importantes premios literarios, como el Magda Donato en 1970 y Xavier Villaurrutia en 1975, la Condecoración Aguila Azteca en 1988 y el Premio Internacional Juan Rulfo en 1995. En 1997 el Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala le otorgó el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”. En 2000 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en reconocimiento a toda su carrera.[]
Indiscutible maestro de la ficción breve. Su composición, Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, está considerada como el texto más breve de la literatura universal (el mejor entre los breves, por supuesto) y va de boca en boca, prodigioso ejercicio de la memoria. Nos hemos atrevido a transcribirlo en su totalidad y sin erratas. Ha sido parodiado infinidad de veces. Se recuerda la frase de una dama a quien le preguntaron si conocía “El dinosaurio”. “Lo estoy leyendo”, dijo sin parpadear. “Voy por la mitad.” Mujer culta, asombrosa.
“El zorro es más sabio”, que puede leerse como una biografía de Juan Rulfo, pertenece a su libro más famoso, La oveja negra y demás fábulas. Una obra maestra de imaginación, ironía y malicia, como dicen sus editores. Los animales y las cosas de cada fábula nos muestran, con toda la falta de seriedad posible, cuál es el camino de la sabiduría. Aunque a veces se conforman sólo con hacernos pensar.
Aunque ya, definitivamente, no será más alto pero sí más grande, Monterroso no sólo tiene la media página de un texto escolar, como anheló en su discurso de aceptación del Príncipe de Asturias, sino uno de los cuartos más grandes del corazón de los lectores. Se espera que siga escribiendo, por supuesto. Tito, y perdón por la confianza, cada día escribe mejor.

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 21 de abril de 2011






Augusto Monterroso Bonilla, guatemalteco nacido en 1921 vive exiliado en México desde 1944. Incorporado de lleno a la vida cultural de este país, en el que ha realizado toda su obra literaria, en 1975 recibió el premio Xavier Villaurrutia y, en 1988, la condecoración Águila Azteca. Sus libros de narrativa y ensayo le han generado un lugar sobresaliente en la literatura en lengua hispana. En 1993 fue nombrado miembro de la Academia Guatemalteca de la Lengua Española y, en 1966, doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos de Guatemala, además de miembro de la Orden Miguel Ángel Asturias  y Premio Nacional de Literatura 1997, en Guatemala. En ese mismo año recibió el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. En 1998 la revista Viceversa eligió La vaca el mejor libro en su género publicado ese año en México. En el 2000 fue galardonado con el Príncipe de Asturias. El jurado, presidido por el presidente de la Real Academia de la Lengua,Víctor García de la Concha, destacó su ''cervantino y melancólico sentido del humor de uno de los autores más singulares de la cultura hispana'' y su ''ejemplar trayectoria como ciudadano, con la dura experiencia del exilio''. 
Monterroso nació en Tegucigalpa, Honduras, el 21 de diciembre de 1921.Por línea paterna, descendía de un general guatemalteco, Antonio Monterroso, y Rosalía Lobos. Hombre ilustrado, ese abuelo fue protector de escritores y poetas, entre ellos el colombiano Porfirio Barba Jacob. Por línea materna, sus ascendientes eran el licenciado hondureño César Bonilla y Trinidad Valdés. El licenciado Bonilla fue primo de dos presidentes de Honduras: Policarpo y Manuel Bonilla.
El padre de Augusto Monterroso, Vicente Monterroso, era guatemalteco, y la madre, Amelia Bonilla, hondureña. El padre fundó diversos periódicos y revistas, invirtiendo (y perdiendo) dinero propio y de su esposa, a la vez que por motivos de trabajo vivía, llevando siempre consigo a su familia, entre Tegucigalpa y Guatemala. Entre uno y otro cambio fue transcurriendo la infancia de Augusto Monterroso, y debido en parte a estos traslados –aunque él también lo atribuye a la pereza y al miedo que le causaba la escuela-, no llegó a completar los estudios de primaria.
La familia se estableció en la ciudad de Guatemala en 1936. Al año siguiente, Monterroso empezó a trabajar como administrativo en una carnicería. No tenía más que un día de descanso al año y se sentía explotado. Allí, uno de los jefes, al darse cuenta de su talento, le estimuló a leer autores clásicos. Debió alternar la necesidad de aprender que le ha acompañado toda la vida con los trabajos con que un joven ayuda a ganar el sustento familiar. Por otra parte, fruto de la timidez y de la inseguridad por la falta de estudios formales, Monterroso encontró un refugio en la Bilblioteca Nacional de Guatemala, a la que acudió por las noches durante varios años. 
Hacia 1940, Monterroso inició las primeras amistades literarias.  Con algunos amigos constituyó lo que en Gautemala  se conoce como la Generación del 40. Fundaron la Asociación de Artistas y Escritores Jóvenes de Guatemala, y la revista Acento. En 1941 publicó sus primeros cuentos en el diario guatemalteco El Imparcial y en la revista Acento. También empezaron a organizarse contra la dictadura de Ubico, un trabajo clandestino y peligroso. Finalmente, en 1944, los acontecimientos estallaron en contra de la dictadura. Monterroso participó activamente en las manifestaciones callejeras y firmó un documento histórico, el “Manifiesto de los 311”, en el que se exigía la renuncia de Ubico. Cuando este finalmente cayó, Monterroso y sus amigos fundaron un periódico político, El Espectador,  a causa del cual el escritor y un compañero fueron detenidos por el sucesor de Ubico, General Federico Ponce Váidez. Sin embargo, ambos lograron escapar  y pedir asilo en la Embajada de México. Concedido el asilo por el embajador, y una vez establecida su calidad de perseguidos políticos, llegaron custodiados hasta la frontera de México. Era septiembre de 1944.
En México, Monterroso trabajó en lo que pudo para subsistir. No obstante, desde los primeros días se las arregló para asistir todas las tardes a la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM, donde trabó amistad con escritores mexicanos y de otros países de América Latina.
En 1944 estalló en Guatemala el movimiento que sería conocido como la Revolución de Octubre, encabezado por Jacobo Arbenz Guzmán, Por circunstancias familiares, Monterroso decidió permanecer en México, y poco después, la Junta Revolucionaria de Guatemala lo nombró para un cargo menor en el consulado guatemalteco en México. La que iba a ser breve estancia se convirtió en una permanencia de años.
En estas circunstancias, Monterroso comenzó a publicar cuentos y reseñas bibliográficas en revistas y periódicos mexicanos y guatemaltecos, como consecuencia de lo cual su nombre literario empezó a formarse sin que por esa época pensara en publicar libros.
Nueve años después de la Revolución de Arbenz, en 1953, el mismo gobierno le envió a La Paz, Bolivia, con el cargo de Primer Secretario de la Embajada de Guatemala y Cónsul de su país. Vivió allí un año de intensa actividad en defensa del régimen democrático existente en Guatemala, hasta que éste fue finalmente depuesto por la intervención de los Estados Unidos, en 1954. Monterroso renunció a su cargo y partió al exilio, en Santiago de Chile.
En Chile permaneció dos años. El diario El Siglo publicó por primera vez su cuento «Mr. Taylor», y de esta forma lo descubrió Pablo Neruda, quien le invitó a visitarle en Isla Negra ya colaborar con él en la revista que hacía en ese momento, La Gaceta de Chile. La amistad con Neruda se extendió a otros escritores chilenos de renombre, como José Santos González Vera y Manuel Rojas.
En 1956 Monterroso regresó a México, y allí se incorporó a la Universidad como redactor de la Revista de la Universidad y empleado  de la Dirección de Publicaciones. Se vinculó también al Fondo de Cultura  Económica como corrector de pruebas y ocasional traductor. Entre las innumerables tareas desempeñadas durante estas últimas tres décadas de vida en México, hay que contar que fue Becario de El Colegio de México para estudios de Filología, entre 1957 y 1960; profesor durante varios años del curso «Cervantes y el Quijote» en los Cursos Temporales de la UNAM; Investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas y profesor de literatura de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma Universidad; co-director de la colección Nuestros Clásicos de la UNAM; coordinador del Taller de Narrativa del Instituto Nacional de Bellas Artes; profesor de Lengua y Literatura en El Colegio de México; coordinador de Publicaciones del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México.
Ha viajado en numerosas ocasiones por países de Europa y América Latina, y su obra ha recibido diversos premios y condecoraciones: Nacional de Cuento «Saker ti» en Guatemala, 1952; Magda Donato, en México, 1970; Xavier Villaurrutia, en México, 1975;Juchimán de Plata de la Universidad Juárez de Tabasco, México, 1985.
Monterroso casó en 1953 con Dolores Yáñez, mexicana, de quien tuvo una hija, Marcela; su segundo matrimonio fue con Milena Esguerra, colombiana, en 1962, y de él nació su segunda hija, María; en 1976 contrajo matrimonio con la escritora mexicana Bárbara Jacobs. 


Fernando Golvano





Augusto Monterroso

"El exilio es uno de los grandes bienes 

que puede recibir un escritor"

La obra del autor guatemalteco se conocerá pronto en España

Augusto Monterroso (Guatemala, 1921), escritor exiliado en México, es uno de los autores más singulares de América Latina. Su obra aún se desconoce en España, país en el que acaba de firmar contratos de edición. Monterroso, que finaliza hoy un largo viaje por Europa, cuyas últimas escalas han sido Salamanca y Madrid, es un personaje lleno de sentido del humor, que usa para establecer paradojas y para salvar el drama gra cias a la ironía y la sátira. Profundamente preo cupado por la situación que vive su país y exiliado casi perpetuo, Monterroso nó pierde la esperanza en la victoria de las fuerzas revolucionarias guatemaltecas. Como escritor, sin embargo, se siente pleno en el exilio literario, que es «uno de los grandes bienes que puede recibir un escritor».
La obra de este escritor guatemalteco será conocida muy pronto en España, donde será publicada por Alianza Editorial y Seix Barral. El desconocimiento del trabajo literario, escueto, pero impresionante, de Monterroso es particularmente dramático porque la suya es una de las voces más originales que ha dado la literatura en castellano en este siglo.El autor, un hombre que procura no levantar la voz y que ha hecho de la ironía y la paradoja una forma de vida, quita importancia a esos juicios que se hacen sobre su obra y prefiere conducir la conversación hacia un tema que le preocupa hondamente: la situación política de su país, Guatemala, sobre cuyo porvenir se halla optimista. «Creo que el triunfo de las fuerzas revolucionarias que se enfrentan al actual Gobierno militar está próximo». Igual esperanza muestra Monterroso cuando habla de lo que pasa en El Salvador.
Augusto Monterroso es un escritor de paradojas. Una de ellas podría ser esa misma preocupación suya por la dramática cuestión política de su tierra, que contrasta, en el ejercicio de la literatura, con los temas que trata y con su propio estilo. El prefiere que la referencia política quede diluida, como en los cuentos que escribió tras el derrocamiento,en su país del revolucionario Jacobo Arbenz, para cuyo Gobierno trabajaba como diplomático, por las fuerzas apoyadas por Estados Unidos.
«Yo tenía que escribir algo contra esos señores», explicó una vez Monterroso, «pero algo que no fuera reacción personal mía, ni porque estuviera enojado con ellos porque habían tirado a mi Gobierno, lo cual me hubiera parecido una vulgaridad. Claro que estaba enojado, pero el enojo no tenía por qué verse en un cuento. Precisamente en los días de los bombardeos a Guatemala, cuando lo escribí, tuve que plantearme un equilibrio bastante difícil entre la indignación y lo que yo entiendo por literatura».
Monterroso cree que halló ese equilibrio, del que hoy es fruto su obra escasa y singular, de cuyo profundo sentido de la ironía podían dar una idea estas dos páginas escogidas al azar. Una, extraída del libroMovimiento perpetuo, es aquella que dice, simplemente, bajo el títuloFecundidad: «Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea». La otra es un cuento, quizá el más corto que se haya escrito en el mundo. Se titula Edinosaurio y dice así: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».

Ejemplo de Cervantes

Los cuatro libros de Monterroso (Obras completas y otros cuentos, Movimiento perpetuo, La oveja negra y demás fábulas y Lo demás es silencio) han sido escritos y publicados en el exilio, que ha vivido fundamentalmente en México desde 1944. Desde el punto de vista literario, este escritor guatemalteco considera que «el exilio es uno de los grandes bienes que puede recibir un escritor; a veces el exilio es voluntario y a veces no, pero siempre es provechoso. Todo escritor debería irse de donde esté. Eso lo entendió pronto Cervantes y ya ve usted».Desde una perspectiva más general, sin embargo, Monterroso es consciente de las dificultades dramáticas del exilio: «Cuando se trata de escritores, no hay ningún lado dramático. Los exilios duros son los de los obreros o campesinos. Los escritores siempre encuentran la manera de arreglárselas. Lo mejor que han hecho nuestras dictaduras en favor de la literatura ha sido exiliar gente. Muchas veces exilian a gentes que no lo merecen.
La ironía de Monterroso se apaga cuando habla de los hechos concretos que ocurren en su país, del que exhibe un simple dato: «El 70% de mis amigos, casi toda una generación, han sido asesinados en los últimos años. Actualmente, la represión es tan dura que basta con abrir los periódicos para darse cuenta cómo ha llegado a haber un promedio de quince o veinte personas muertas diariamente, desde campesinos a catedráticos».
Exiliado casi permanente, Monterroso asegura que en cuanto se produzca el triunfo revolucionario «volvería a mi país, con el que siempre he estado. En ese sentido jamás he salido de Guatemala».

Herencia española

La paradoja, la sátira y el sentido del humor que domina la obra de Monterroso son una herencia, dice él. «Esta es una herencia muy clara y establecida de la literatura española. Mi formación literaria, si se puede llamar así, es, desde que lo leí por primera vez, gracianesca, y creo que Quevedo, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna..., siguen siendo los grandes maestros de quienquiera que pretenda escnbir pasablemente en español».Si a esa nómina hubiera que añadir latinoamericanos, Monterroso no dudaría en poner a Juan Rulfo, del que se considera «uno de sus más humildes admiradores», a García Márquez y a Jorge Luis Borges.
Como Rulfo, aunque este eleve la manía a la enésima potencia, Monterroso es un escritor de producción escasa. Su voluntad de silencio, dice él, no obedece a ninguna postura literaria, «sino, más que nada, a la pereza. Escribir me da mucha pereza. Ya hay muchos libros buenos que la gente no lee. Ahora entre nosotros hay muchos escritores a los que da mucha pereza fio escribir».
En la obra de Monterroso, la ironía es un arma contra el poder y el poderío, no sólo contra la ampulosidad de los poderosos, sino contra las propias palabras. «Si esa lucha contra ambas cosas existe debe haber surgido de modo inconsciente. Lo que sucede conmigo es que tengo mucho miedo de que lo que escribo no sea lo suficientemente bueno, y el temor de publicar basura, sin que esto sea, por supuesto, estar contra la basura, me hace tratár de concentrar lo más posible lo que quiero decir. A veces lo logro y a veces no, pero detrás de esto tal vez se esconda otro temor y sea el de que el lector se me escape».
Ante la obra de Monterroso, dice el propio escritor, «el lector español quizá encuentre, como distintivo de lo que escribo, que no pertenezco al género, que podríamos llamar folklórico; para bien o para mal, en ninguno de mis libros aparece la imagen tradicional de esa América llena de ríos, buenos salvajes e incluso monos que algunas veces llegan al extremo de escribir libros. Esto creo que es, si no nuevo, porque en. América Latina hay para todo y hay otros escritores que tampoco reflejan ese tipo de América, sí creo que puede llamar la atención. Tal vez menos en España, donde existe un conocimiento más real de lo que somos nosotros en Latinoamérica, por razones obvias».
Augusto Monterroso ha inventado, además de la nueva presencia de la fábula en la literatura en español, la figura de un pensador inexistente que él ha situado en una ciudad imaginaria, San Blas, y sobre quien ha escrito un libro, el titulado Ldemás es silencio. El personaje, Eduardo Torres, existe hoy en la mitología literaria latinoamericana, y San Blas coexiste con Macondo en los lugares sin límites de la imaginación del lector. El dice que no hizo esas invenciones para crear un país ideal donde vivir. Pero considera que «quizá todos estemos siempre tratando de inventar estas utopías, en las cuales, si las cosas no son mejores, por lo menos pueden parecer más divertidas».


Monterroso
José María Guelbenzu
12 de junio de 2000

Augusto Monterroso se ha hecho grande trabajando con lo pequeño. No me refiero a su estatura, pues sobre ese asunto no hay nadie más ingenioso que el propio Monterroso y no osaré yo competir con él, sino a la brevedad. En el mundo de la escritura hay escritores breves, rápidos, flor de un día o simplemente cortos -éstos son los que más abundan-. Aquello de "lo bueno, si breve, dos veces bueno" se acepta como corrección a la tendencia al barroquismo expresivo del español, pero, ciertamente, lo que todos queremos es que lo bueno dure, ¿no? El lector que se aficiona a Monterroso sabe que va a sufrir. No por lo que lee, sino por el tiempo que pasa entre cada libro que lee y el siguiente. Monterroso escribe mucho, pero la extensión no le cunde en forma de libro, así que del mismo modo que uno se busca cada año con amor y esperanza ese libro del verano que le reponga del estrés del año, yo recomendaría a Monterroso si uno quiere leer las obras completas del verano por el mismo esfuerzo. Y no me refiero al libro titulado Obras completas (y otros cuentos) sino al total de su obra, incluido un libro de entrevistas. Porque tendrá obra breve, pero tiene un libro de entrevistas, y no crean que esto último es un acto de vanidad; es simplemente pereza.
Hay que tener en cuenta que su texto más extenso -que se titula Lo demás es silencio y lleva este epitafio a modo de frontispicio: "Aquí yace Eduardo Torres, quien a lo largo de su vida llegó, vio y fue siempre vencido tanto por los elementos como por las naves enemigas"- apenas supera el centenar largo de páginas, y para conseguirlo necesitó dividirlas en cuatro partes además de en una addenda, un epitafio, una bibliografía y un registro de abreviaturas para dar cima al empeño. Y no cuento las subdivisiones porque su enumeración me llevaría el resto de la columna. Pero hay un libro entre los suyos que nunca he conseguido terminar de leer y llevo empeñado en ello bastantes años.
No es que sea un libro aburrido; con Monterroso es imposible aburrirse; es que he acabado comprendiendo que se trata de un libro interminable que, naturalmente, sólo podía deberse a un escritor tan amante de las paradojas, del humor y de la buena vida (dentro de lo posible). Me refiero a un libro que se titula La letra E. Es un libro de miscelánea, no de cuentos; me interné en él a la buena de Dios, entrando hoy en esta página, mañana en aquella..., y me perdí; de pronto, un día me encontré ante un texto que no estaba seguro de haber leído; otro día volví a dudar; a todo esto seguía encontrando textos no leídos antes y, de vez en cuando, me detenía en otros que sí estaba seguro de haber leído, pero que me volvían a atrapar. A la fecha de hoy sé que algunos textos especialmente escurridizos se me escapan siempre, emboscados entre otros y, por mucho que relea, siempre me quedará la duda de si hay alguno que aún no conozco. Esta endemoniada habilidad de Monterroso hizo que, despechado, leyese de pe a pa todos sus libros, en una especie de venganza que, paradójicamente, le favorecía a él. Pero Monterroso, que gasta poco en literatura, resulta especialmente generoso en cuanto a calidad. Ahí me favoreció a mí.
Bien, pues a este benefactor de lectores inteligentes le han concedido hace unas semanas el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y hay que decir que ya era hora. El premio es tan justo como tardío el reconocimiento institucional español. Habrá quien diga que, como es chaparro, no le vieron hasta que premiaron a los más altos, pero esa es una maniobra de distracción. Augusto Monterroso está ya en la edad de los honores, como suele ocurrirles a las personas que sólo se han dedicado a escribir bien y han desdeñado hacer el trottoir literario. Lo que yo espero es que esto sea imparable. Y para ello propongo un eslogan (breve, naturalmente): "El Cervantes, cuanto antes".
* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de junio de 2000
El País


sábado, 15 de enero de 2011

Jorge Ibargüengoitia / De dramaturgo a novelista


JORGE IBARGÜENGOITIA

Nace el 22 de enero de 1928 en Guanajuato, “una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma”, muere el 27 de noviembre de 1983 en Madrid. “Mi padre y mi madre duraron veinte años de novios y dos de casados. Cuando mi padre murió yo tenía ocho meses y no lo recuerdo. Por las fotos deduzco que de él heredé las orejas.” A los tres años va a vivir a la capital y se crece entre mujeres que lo adoran y quieren que sea ingeniero. Faltando dos años para terminar la carrera, decide dedicarse a escribir. Toma clases de Teoría y Composición Dramática con Rodolfo Usigli, quien le deja una huella imborrable. Mantiene una relación sentimental pero platónica con Luisa Josefina Hernández, comparten las cátedras y una beca de la Fundación Rockefeller en Nueva York. Tres cuentos de La ley de Herodes (1967) narran las aventuras y desventuras que tiene con esta mujer, en ocasiones llamada Ella (“La mujer que no”), en otra Julia (“La vela perpetua”) y en otra Sarita (“La ley de Herodes”). Escribe la comedia Susana y los jóvenes.  Sus otros títulos teatrales son: Clotilde en su casa, La lucha con el ángel, Llegó Margó, Ante varias esfinges, Tres piezas en un acto, El viaje superficial, Pájaro en mano, Los buenos manejos, La conspiración vendida.
A pesar de los premios obtenidos, Ibargüengoitia se desencanta con el teatro por el poco éxito de sus montajes. Su última obra fue El atentado, Premio Casa de las Américas en 1963, que le concede otros beneficios: “me cerró las puertas del teatro y me abrió las de la novela”. Escribe Los relámpagos de agosto y con ella gana en 1964 el premio de novela Casa de las Américas.
Refugiado en su casa de Coyoacán, primero, y más tarde en París, al lado de su esposa, la pintora inglesa Joy Laville, se dedica a escribir sus seis novelas: aparte de la mencionada, Maten al león, Estas ruinas que ves, Las muertas, Dos crímenes y Los pasos de López. Se vuelve muy riguroso consigo mismo en la continuidad de su trabajo. Luego de desayunar escribe en su estudio durante toda la mañana, al lado de una ventana desde la cual se ve un colegio de señoritas. Cuando salen de sus clases, se queda viéndolas. En 1983 trabaja en Isabel cantaba cuando le llega la invitación para el encuentro de escritores en Colombia. Acepta aunque no quiere interrumpir su trabajo, y encuentra la muerte. En ese mismo vuelo que nunca lo llevó a Colombia fallecen otros escritores: Ángel Rama, Martha Traba y Manuel Scorza.

lunes, 10 de enero de 2011

Julio Garmendia / El eterno huésped del hotel Cervantes



JULIO GARMENDIA

Escritor venezolano nacido en la hacienda El Molino, cerca de El Tocuyo, Estado Lara, el 9 de enero de 1898, y fallecido el 8 de julio de 1977 en Caracas. Autor de tres libros, publicados más o menos cada cuarto de siglo y que suman en total 24 cuentos: La tienda de muñecos (1927), La tuna de oro (1951) y La hoja que no cayó en su otoño (1979). Vive en Europa entre 1923 y 1940. Publica en París, con Editorial Excelsior, su primer libro. Nombrado Cónsul de Venezuela en Génova (1929), Garmendia permanece siete años en esa ciudad.  Entre 1936 y 1938 viaja por distintos países europeos y se encuentra en Viena al ocurrir la ocupación de Austria por los alemanes. Al contrario de todos, que huyen hacia lugares alejados de la guerra, toma un tren para Alemania, donde vive varios meses. En 1939 viaja a Noruega y desde allí a Venezuela, donde llega a comienzos de 1940. Se aloja para el resto de sus días en el hotel Cervantes de Caracas, y entonces conoce a la mujer de su vida, Hilda Kehrig, y comienza la escritura de su segundo libro, que aparece publicado por la Editorial Ávila Gráfica. Obtiene el Premio Municipal de Prosa y el Premio Nacional de Literatura. De obra breve y vida discreta, como un Juan Rulfo. Ninguno de sus dos libros incluye esa obra maestra del cuento, esa hoja terca que se niega a caer a pesar de la insistencia del otoño. Después de la muerte de Garmendia, el crítico Oscar Zambrano Urdaneta remedia la situación, para dicha de sus agradecidos lectores. Recoge entonces ocho cuentos inéditos en La hoja que no había caído en su otoño para la colección Las voces de Orfeo. Asimismo, realiza la compilación y el prólogo de Opiniones para después de la muerte, publicado por Monte Ávila  en 1984 y compuesto de relatos, crónicas, crítica literaria y poemas.
En uno de mis primeros viajes a Caracas descubrí el hotel Cervantes, donde mi espíritu romántico me condujo a un incidente gracioso. Llegué de madrugada al terminal de La Bandera y, con el morral a la espalda, tomé un autobús para el centro de Caracas. Me bajé donde consideraba que era el centro, un territorio de domingo denominado El Silencio, que a esa hora por suerte hacía honor a su nombre, y comencé a caminar como loco en busca de un hotel. Después de una hora de sudorosa caminata, casi me voy de espaldas cuando leí HOTEL CERVANTES. Allí durmió Julio Garmendia 27 años, me dije, y crucé a toda carrera la avenida Urdaneta. Pedí una habitación, dejé el equipaje y me fui a vagabundear por Caracas. A un tiro de piedra del hotel, debajo del puente donde se encuentran las avenidas Urdaneta y Del Ejército, descubrí un coto de caza maravilloso: libros a precio de huevo. Hice mi cacería en este paraíso y otros que se me atravesaron por el camino. Al anochecer volví al hotel, agotado y feliz, y caí en la cama como un tronco. Pero no me dejaron dormir. Alguien tocó con desespero, una mujer, y preguntó por Julio. Le dije que no estaba. ¿Qué más podía decirle? Al rato oí un taconeo de señorita en apuros y otra vez preguntaron por Julio. Dije lo mismo. Y al rato otra vez. Era como si las mujeres se estuvieran turnando para venir a preguntar por julio. Qué envidia con ese señor. No creo que se tratara del fantasma del Garmendia, por supuesto, sino que otro señor que dedicaba su vida a otra clase de páginas. Al amanecer reconocí un asunto obvio: me había alojado en un hotel de putas. Sería un hotel decente cuando el señor Julio Garmendia era su huésped, veinte años atrás, pero ahora ciertamente había desmejorado. Busqué otro hotel esa mañana, no tanto por huir de las putas como por dormir un rato, pues mis maltrechos huesos lo estaban requiriendo con urgencia. Toda una semana me sumergí en las delicias de papel recién halladas en una Caracas cada vez más hundida en la miseria y fui feliz y a veces me reía y me decía que sería difícil olvidar la noche que pasé desvelado y virgen en un hotel de putas, y que sería bueno contarlo alguna vez.

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 17 de abril de 2011