viernes, 6 de septiembre de 2013

Paul Gauguin / Una vida singular




LA VIDA SINGULAR DE PAUL GAUGUIN
(1848 - 1903)
Por George Kent

Al subastador de los cuadros le parecían realmente ridículos. Mostrando uno cabeza abajo, dijo con una sonora carcajada: “Aquí tienen ustedes… ¡Las cataratas del Niágara!” Y lo remató por 15 francos. Otros siete los vendió a cinco francos cada uno y, finalmente, otro lo dejó en un franco y medio.
Aquellas telas eran obra de Paul Gauguin, que acababa de morir en las islas Marquesas, en el Pacífico Sur, y las pertenencias del artista se habían sacado a pública subasta para cubrir sus deudas. Un pescador que se había encontrado tres baúles llenos de lienzos en la mísera cabaña del artista, ni siquiera se tomó el trabajo de venderlos, sino que los tiró al mar. Hoy en aquellas islas se juzga que fue éste un error que costó, por lo menos, un millón de dólares.
Y no es exageración. Las mejores obras del pintor son de valor casi incalculable. El maestro habría sabido ver la ironía que ello encierra, ya que en toda su vida lo que ganó con la pintura fue apenas el equivalente de unos 15000 dólares.
La tranquilidad económica y las comodidades, sin embargo, nada significaban para Gauguin. Lo que le importó siempre fue un ideal. Habiendo sido acaudalado corredor de bolsa, abandonó el lujo y el regalo porque ansiaba pintar. En la actualidad se le reconoce como uno de los grandes pintores modernos. Van Gogh lo llamaba maestro. Picasso no ocultaba lo mucho que le debía. Despertó en todos los pintores un nuevo interés por el color y la forma en sí mismos.
Nació Gauguin en París en 1848, hijo de un oscuro periodista y de una dama descendiente de Grandes de España. A los diecisiete años de edad abandonó la escuela y pasó los seis siguientes en el mar como marinero. La ruda vida de a bordo fortaleció el débil organismo del muchacho y, sobre todo, le inspiró el sueño que había de trasformar su vida. Una noche, sentado en cubierta, oyó a un compañero describir la vida en el Pacífico Sur: las mujeres eran hermosas y bien dispuestas; las frutas se desprendían de los árboles; el sol brillaba a diario y las noches eran bellísimas. Gauguin tomó nota de esto mentalmente y nunca lo olvidó.
De regreso en París, a los veintitrés años de edad, descubrió en sí mismo una habilidad bastante extraña en un artista nato: la habilidad para ganar dinero en la bolsa de valores. Se empleó en una casa de cambio, ascendió rápidamente, invirtió sus utilidades con tino, y pronto llegó a ganar 20000 francos al año. Usaba entonces sombrero de copa, iba por las mañanas a su oficina en reluciente coche, y era conocido en todos los buenos restaurantes.
Como culminación de esta convencional carrera burguesa, se casó con Mette Gad, hija de un ministro danés. Era esta una rubia desapasionada y práctica que vestía correctamente, daba tés elegantes para gente elegante y, con el tiempo, dio a su marido cinco hijos. Mas para entonces Paul Gauguin había descubierto la pintura.
Al principio la esposa vio complacida que su marido hubiera encontrado una diversión de su gusto. Nada tenía de malo que pintara como entretenimiento ocasional. Aún no sabía que para su esposo no había términos medios: o todo, o nada. Uno de sus cuadros, titulado “Estudio de desnudo” (para el cual le sirvió de modelo la sirvienta de la familia) se exhibió en público y un crítico lo llamó el mejor desnudo que se había visto de Rembrandt para acá. Tras de este comentario la carrera de Gauguin como hombre de negocios llegó a su fin. A los treinta y cinco años de edad dejó su oficina de corredor de bolsa. En adelante no haría más que pintar.
A la vuelta de un año había perdido toda su fortuna. Fue preciso vender la casa familiar, con sus finísimos muebles y sus ricas alfombras. Mette se marchó a Dinamarca, donde la familia tendría por lo menos qué comer. Gauguin la siguió, pero los daneses lo despreciaban como hombre que vivía del patrimonio de su mujer y se burlaban de su pintura. Regresó a París solo y allí siguió pintando.
Mucho es lo que se ha denigrado a Gauguin, a quien se ha calificado de vagabundo que abandonó a su mujer y a sus hijos; en realidad, él mismo consideraba que fue Mette quien lo abandonó. Casi hasta el final de su vida le escribió cartas de amor en las que le rogaba que volviera a su lado. “Ámame bien”, le escribía desde Tahití, quince años después de su separación, “porque cuando regrese volveremos a amarnos. Te mando un beso de amante, un abrazo de desposorio.” Inútil. Ella nunca volvió con él.
El drama de Gauguin empieza con su regreso de Dinamarca a París, donde entonces vivía en desnudos y helados desvanes, vestía harapos y pasaba días enteros sin comer. En una ocasión trabajó pegando carteles por cuatro francos diarios. Oyó decir que en Pont-Aven, en la Bretaña, había una posada cuyo dueño daba crédito a los artistas y pidió prestado el dinero necesario para marcharse de allá. Sus lienzos de esta época se admiran hoy en los grandes museos del mundo: paisajes austeros, mujeres bretonas arrodilladas y cubiertas con tocas monjiles, niños desnudos que juegan en la playa. El público, empero, no había aprendido a estimar su obra.
Todavía sin un céntimo, Gauguin se trasladó a Arles, en el sur de Francia, a vivir con su amigo Vincent Van Gogh. La visita fue financiada por el hermano de Vincent, Theo, negociante en obras de arte, que abrigaba la esperanza de que la compañía de Gauguin pudiera ser beneficiosa para el infortunado Vincent, que estaba a punto de perder al juicio. Al principio los dos se llevaron muy bien. Gauguin hacía el aseo de la casa, cocinaba, obligaba a su amigo a ajustar su vida a un horario normal y le ayudaba en su pintura. Pero tanto el temperamento como las opiniones de los dos artistas diferían violentamente. Al fin Gauguin declaró que se marchaba.
Eso bastó para que el dominante Van Gogh, traspasando los límites de la cordura, sufriera un acceso de demencia. Aquella noche Gauguin, que paseaba por la calle, sintió pasos a espaldas suyas. Era Van Gogh que, armado de una navaja, se disponía a echársele encima. Su amigo no lo atacó, sin embargo, sino que se volvió a su casa, se cortó una oreja y se la llevó a una de las muchachas de un burdel. Posteriormente fue recluido en un hospital, pero a los dos años de estar allí se quitó la vida de un balazo.
Gauguin regresó a la Bretaña, donde se le unieron varios pintores jóvenes, a quienes daba enseñanzas que todavía repiten los pintores modernos: “Recordad que el arte es abstracción. Soñad frente a la Naturaleza, sacad de ella la esencia de lo que veis, luego pintad… Lo feo puede ser bello, lo bonito, nunca.”
Gauguin aplicaba la pintura en anchas franjas planas de colores elementales, con lo que lograba una luminosidad prodigiosa. Cierta vez, a un pintor joven que insistía en emplear colores más sutiles, le gritó que no hiciera tal, que usara en cambio fuertes pigmentos contrastantes. El muchacho no hizo caso, y por segunda vez recibió un regaño. A la tercera, Gauguin sacó un revólver, lo cargó con toda calma y lo colocó sobre la mesa frente a sí. De esta manera se hizo entender.
Como era hombre de enorme vitalidad, después de un día de trabajo normal le quedaban todavía fuerzas para dedicarse a la escultura en madera y en mármol. Pintó también las paredes, las puertas y el techo de la posada, para no hablar de sus zuecos de madera, su bastón y su chaqueta de pescador.
Aún entonces, y pese a que ya algunos críticos aplaudían su obra, el público seguía considerando “grotescas” las pinturas de Gauguin. A los cuarenta y dos años de edad, continuaba en la miseria.
Luego, súbitamente, anunció que se marchaba al Pacífico Sur a vivir y a pintar como primitivo. Su viejo sueño se convertía al fin en realidad. Sus amigos trataron de disuadirlo, pero él se obstinó. Con el producto de la venta de sus cuadros en pública subasta pagó el valor del pasaje.
En Tahití (corría el año de 1891) se internó en la montaña y alquiló un rústico albergue a la orilla de una laguna. Su compañera fue una muchacha aborigen cuyo rostro y cuyo cuerpo se ven reproducidos en muchos de sus cuadros.
Después de 28 meses regresó a Francia llevando consigo buen número de lienzos extraordinarios. Exhibió más de 40, pero sólo unos cuantos se vendieron, y eso entre viejos amigos, por un total de 500 francos. Escribió un crítico: “Si quiere usted hacer reír a sus niños, llévelos a la exposición de Gauguin.” Cuando leyó esto, el artista lloró.
Lleno de tristeza a los cuarenta y siete años de edad, regresó al Pacífico Sur para pasar los últimos y miserables años de su vida, primero en Tahití, luego en la remota isla de Dominica, del grupo de las Marquesas. Había contraído sífilis, enfermedad para la cual no existía entonces cura alguna; sufría también de una herida en el tobillo que no sanaba. Gauguin padecía horriblemente. “Espero aquí, como una rata metida en un tonel en medio del océano”, escribía.
Solemos imaginarnos a Gauguin tendido a la sombra de un árbol del pan, rodeado de bellas polinesias que cantan y bailan para divertirlo. Si se tendía en el suelo era porque sus piernas, carcomidas por la enfermedad, no le permitían andar. Si las muchachas le cantaban era porque estaba perdiendo la vista. “Ya las luces se me están apagando”, le dijo a un médico. Pese a que era el más aseado y cuidadoso de los hombres, murió en 1903, en una indecente choza de cañas, solo, sin poder valerse por sí mismo, junto a su último lienzo: un nevado paisaje en la Bretaña. ¡Extraño tema para haberlo pintado en el paradisiaco Pacífico Sur!
Años después de su muerte, cuando su nombre, como el del desdichado Van Gogh, se había convertido en leyenda, empezó la arrebatiña por sus cuadros. Los coleccionistas los encontraron en tabernas, burdeles y hospederías. Gauguin los había cedido a cambio de una botella de vino, un día de hospedaje, un instante de placer. Por lo general estaban arrumbados en las buhardillas o en los sótanos, porque sus propietarios no creían que valiera la pena colgarlos. En Bretaña los habían utilizado como tapetes para el piso o los habían recortado y cosido para hacer zapatos de lona.
El novelista Somerset Maugham encontró el famoso Gauguin de su propiedad en la puerta de un cuarto donde el pintor había dormido. Presa al parecer de un súbito deseo de pintar y no disponiendo de un lienzo, Gauguin había cubierto el vidrio de la puerta con mágicos colores, como solo él sabía hacerlo.
Poco tiempo antes de su muerte, el artista trató de explicar, en profesión escrita de su fe, el sentido de su extraña y trágica vida: “El arte tiene origen divino”, decía, “y vive en el corazón de todos aquellos que han sido tocados por la luz celestial. Habiendo probado el deleite de las grandes obras de arte, queda uno consagrado a él inevitable y eternamente.”
¿Acaso podía haberlo explicado con mayor claridad?

Genios y figuras
Selecciones del Reader’s Digest
México, Reader’s Digest de México, 1982. 



Paul Gauguin

(París, 1848 - Atuona, Polinesia francesa, 1903) 

Pintor y escultor francés. Hijo de un periodista y con sangre peruana por parte de madre, tras el golpe de Estado de Napoleón III (1851), huyó con sus padres a Lima. Cuando no era todavía más que un adolescente, Paul Gauguin se hizo a la mar; en 1871 regresó a París y entró a trabajar en una empresa financiera de la capital.
   En esta época Paul Gauguin empezó a desarrollar un fuerte interés por el arte que le condujo a tomar clases de pintura y a reunir una impresionante colección de obras impresionistas que comprendía trabajos de Manet, Cézanne, Monet y Pissarro. En 1875 trabó conocimiento personal con este último y empezó a trabajar con él; resultado de tan fecunda colaboración fue la invitación a participar en la quinta Exhibición Impresionista de 1880, que sería reiterada en los dos años siguientes.
   En 1883, su creciente interés por la pintura se unió al desplome de la Bolsa parisina para conducirle a tomar la decisión de dedicarse íntegramente a la actividad artística. Al año siguiente se trasladó a Copenhague, residencia familiar del padre de su esposa, en busca de apoyo económico, pero su empeño fracasó rotundamente y poco después abandonaría a esposa e hijos.
   A partir de ese momento Gauguin vivió en la penuria, rechazado por una sociedad que con anterioridad le había abierto los brazos y que en breve iba a aborrecer. Entre 1886 y 1888 su obra experimentó un giro radical, cuyo origen cabe buscar en dos experiencias vitales de gran importancia: su encuentro con Van Gogh y su primer viaje a la Martinica.
   Gauguin conoció al pintor holandés en París y quedó fuertemente impresionado por el modo en que éste conseguía plasmar sus inquietudes vitales en unos lienzos rebosantes de expresividad. En 1888 incluso se desplazó a Arles con la intención de trabajar conjuntamente, pero las incompatibilidades de carácter dieron espectacularmente al traste con el proyecto al cabo sólo de pocas semanas.
   Poco antes, Gauguin habíase trasladado durante un tiempo a la colonia francesa de la Martinica, donde entró en contacto con un paisaje repleto de sensual colorido y una sociedad, la indígena, en estrecha convivencia con la naturaleza. Ambos factores se unieron para despertar en el artista una aguda nostalgia por lo primitivo, cauce en el que iba a encontrar una vía idónea para expresar una emotividad no contaminada por el naturalismo propio del arte refinado.
   Tras su desastrosa experiencia en Arles, Gauguin regresó a París, donde su interés por las formas del arte popular se acrecentó por vía de su amistad con el joven artista Émile Bernard. De resultas de sus propias experiencias en la Martinica y del aporte teórico de Bernard iba a surgir el sintetismo, estilo personal caracterizado por la representación no imitativa y la separación de la imagen pictórica en zonas de color fuertemente contrastadas y a menudo delineadas en negro.

Mujeres de Tahití (1891), de Paul Gauguin


    Dicho estilo, con su rechazo frontal al uso de trucos formales para recrear la percepción visual, significó una ruptura absoluta, desde el punto de vista conceptual, con el impresionismo que otrora había abrazado, razón por la cual es categorizado por la moderna historiografía del arte como postimpresionista (junto con Van Gogh y Cézanne).
     Entre 1891 y 1903 Paul Gauguin efectuó largas estancias en Tahití y las islas Marquesas, donde su primitivismo fue atemperándose al abrirse a la influencia de neoclásicos como Ingres o contemporáneos como el nabi Puvis de Chavannes. Este proceso corrió de la mano de un creciente refinamiento tonal y de la presencia en su producción de una aura onírico-poética que en modo alguno parece reflejar la enfermedad y los conflictos personales –particularmente sus enfrentamientos con las autoridades locales en defensa de las comunidades indígenas– que marcaron los últimos años de su vida.









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