lunes, 1 de diciembre de 2014

Henry Miller

Henry Miller, 1940
Fotografía de Carl Van Vechten
Henri Valentine Miller
(1891 - 1980)

El novelista norteamericano Henry Miller nació en Nueva York el 26 de diciembre de 1891 y murió en Los Ángeles (Pacific Palisades) el 7 de junio de 1980. Henry Miller es sin duda uno de los talentos más destacados de la literatura norteamericana contemporánea y el paradigma del disidente y anarquista pacífico de su tiempo. Toda su obra es autobiográfica y vivencial; de ahí lo profundo de sus convicciones, expresadas en su entrega a la literatura como camino personal irrenunciable. Su naturalidad para tratar temas como el sexo y su denuncia de la hipocresía social en esta materia le valió la admiración de infinidad de lectores de todo el mundo y el tener entre sus adeptos incondicionales a las generaciones de inconformistas de su propio país de las décadas de los años cincuenta y sesenta de la pasada centuria.

Henry Miller


Sus padres eran judíos. Su asistencia, en 1901, al City College sólo dura dos meses: lo abandona para emplearse en una fábrica de cemento. Luego de una serie de viajes por el sur de los Estados Unidos, durante los que se mantiene realizando cualquier tipo de trabajo, regresa a Nueva York en 1914 y se emplea en la sastrería de su padre. En 1923 realiza su primer viaje a Europa con su segunda esposa, June Edith Smith. Pero no es hasta 1930 que Miller decide establecerse en París, donde encontró bastantes temas para sus libros y un ambiente propicio para su vida bohemia y turbulenta.
En 1934 publica Trópico de Cáncer (Tropic of Cancer), obra que será editada simultáneamente en inglés y francés. Los conflictos con la censura mantendrán esta obra inédita en Norteamérica hasta 1961; en esta época, Miller será ungido maestro de la proclamada revolución sexual del momento, pues trataba sin tapujos las situaciones de sexo explícito y mostraba una corrosiva ironía al referirse a los supuestos valores del puritanismo, ya sea en su versión francesa o norteamericana.
Trópico de Cáncer es una crónica sobre la vida del propio autor en París, sus andanzas de artista pobre y mujeriego, en la que se entrelazan una suerte de picaresca de sabor europeo con el irónico humor americano. La novela tiene una estructura poco convencional y está escrita en un lenguaje descarnado y hasta obsceno, pero indudablemente revolucionario y vital; en ella se manifiesta la preocupación de Miller por la búsqueda de identidad y la liberación del individuo de la maraña de mitos sociales que lo apresan.
Su estadía en París significa el comienzo de amistades fundamentales en lo que a su vida y obra se refiere; conoce a Jean Giono, a Anaïs Nin y a Lawrence Durrell, quien compartía con Miller la postura vitalista que enseñaba la práctica y la celebración de lo corporal por encima de todas las adversidades, fórmula que tanto influiría a lo largo de toda su literatura. En 1936 publica el libro de narraciones Primavera negra (Black Spring).






El sexo es una de las nueve razones para la reencarnación. 
Las otras ocho no son importantes.
Henry Miller



En 1939, junto con Durrell, realiza un viaje por Grecia del que es fruto la novela El Coloso de Maroussi(1941). También en 1939 publica Trópico de Capricornio (Tropic of Capricorn), en la que, al igual que en el anterior Trópico, Miller expone cómo su estancia en París estuvo marcada por una agobiante pobreza. No faltan críticos que sostienen que ambos Trópicosrepresentan, respectivamente, la crónica de una liberación y el cuadro del infierno del cual el escritor escapa. En ambas obras hay la misma ausencia de estructura, el mismo caos verbal, abierta utilización de monólogo interior, ruptura de ritmos, utilización deflashback, extensas catalogaciones a lo Whitman y sobre todo abundantes metáforas e imágenes de raigambre surrealista.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, su obra comienza a obtener cierta difusión, lo cual le permite trasladarse a vivir definitivamente a su entrañable California. Allí escribe Big Sur y las naranjas de Hieronymus Bosch (Big Sur and the Oranges of Hieronymus Bosch, 1957) y termina una obra cuyos apuntes había traído de París: Sexus (1949). Primera pieza de La crucifixión rosada (Plexus, 1953, y Nexus, 1959, son las otras), esta serie retoma la temática autobiográfica y cubre el período que va de 1923 a 1928.
Más relajado, acabados definitivamente sus pleitos con la censura y sin sobresaltos económicos, Miller se dedica a la pintura con gran intensidad. Publica sus cartas con Anaïs Nin y continúa explotando su propio pasado en Mi vida y yo.
Lo que se expresa en las obras de Henry Miller es una filosofía de la vida absolutamente transgresora, irreverente para con los clichés morales y estéticos de nuestra sociedad. La literatura de Miller es refractaria a cualquier credo específico; aboga por una especie de sincretismo estético y filosófico entre Occidente y Oriente. De ahí su enfático interés por la astrología, la teosofía, el ocultismo, el hinduismo y sobre todo el budismo. Miller es uno de los más claros ejemplos de literatura hecha de desesperación, de amor a todo sin cortapisas, de fe en el lenguaje como lugar de conocimiento. Herederos de su forma de entender la existencia fueron beatniks y hippies.




Falleció el escritor norteamericano Henry Miller



El escritor norteamericano Henry Miller falleció el pasado sábado en su domicilio de California, a los 88 años de edad, a causa de un agravamiento en los trastornos circulatorios que padecía desde hace tiempo. Su amigo y editor Noel Young, de la editorial Capra Books, de Santa, Bárbara, manifestó que había muerto sin sufrimiento, «su muerte era esperada y fue pacífica». Debido a la diferencia horaria y al retraso en facilitar la noticia, los medios informativos no pudieron recoger el domingo la desaparición de uno de los grandes novelistas de nuestro siglo.
Una vida consagrada a la literatura, un religioso del sexo, un exaltado apologista del amor y de la sexualidad sin complejos, el gran pornógrafo, un genio vital, son algunos de los resúmenes posibles de la permanencia literaria de Miller, un escritor que deseaba coronar su obra con el Premio Nobel de Literatura. Pocos días después de concederse a Isaac Bashevis Singer, declaraba: «Si no he tenido el premio este año, peor para ellos; ya me lo darán el año que viene. Ya se sabe que el Nobel en sí mismo no es nada, es el dinero lo que importa. De todas maneras, si yo hubiera ganado el Nobel no habría ido a recibirlo. Yo no viajo más y tampoco me pongo un esmoquin».Hace dos años, Miller confesaba a un periodista que había visto de cerca la muerte al sufrir la primera operación, cinco años atrás. «Hasta entonces, nunca había pensado en la muerte. A menudo me digo que la vida debe ser bonita al otro lado, debe continuar, yo lo siento, tengo la intuición. De otra manera, toda la existencia sería una pérdida de tiempo».
Intuición de una vida al otro lado de la muerte
Henry Miller nació el 26 de diciembre de 1891, en Yorkville, barrio de Nueva York, de padres americanos de origen alemán. Al poco tiempo, la familia se instala en Brooklyn, y la calle se convierte en el primer campo de experiencias, del futuro escritor. Es un ejemplo típicamente americano de self-made man, autodidacta en todo a partir de una breve temporada en la escuela secundaria y en la Universidad Cornell. Durante tres años, a partir de 1914, trabajó con su padre y en otras ocupaciones como funcionario municipal y empleado de una compañía de cemento. En 1924 abandona la compañía de telégrafos, donde ocupaba un cargo de director de personal y decide consagrarse a la escritura.
Tiempo de penuria y fecundidad en París
En 1930 emprendió un viaje a España, pero las circunstancias lo desviaron a París, donde permaneció casi diez años, un tiempo de penuria pero fecundo, con la publicación de sus mejores novelas. En 1931 conoce en París a Anaïs Nin, con la que mantiene una gran amistad y un epistolario durante varios años, y tres años mas tarde publica su primer libro, Trópico de Cáncer, donde se autolibera definitivamente de su pasado americano. Esta obra, calificada de obscena y pornográfica, provocó cerca de sesenta procesos y no se pudo publicar en Estados Unidos hasta 1960. En la década de los treinta publica Ida y vuelta Nueva York (1935), Primavera negra (1936)y Trópico de Capricornio (1939).
Uno de sus libros preferidos es El coloso de Marusi (1941), escrito a partir de un viaje por Grecia en compañía del escritor Lawrence Durrell, con el que mantuvo una amplia correspondencia, a partir de su primer encuentro en 1937, publicada en 1963. Esta obra anuncia un nuevo período del escritor, con un estilo más reflexivo.
La segunda guerra mundial le obligó a volver a Estados Unidos, en 1940, donde se establece en California, cerca de Big Sur, localidad descrita en una de sus obras más representativas. Antes recorrió diversos puntos del país, retratado de una forma feroz en el libroPesadilla de aire acondicionado (1945). Su intensa actividad literaria se centra en la trilogía La crucifixión rosada, que comprende los volúmenesSexus (1949), Plexus (1953) y Nexus (1959), donde continúa sus personales confesiones y otros aspectos autobiográficos y muestra cómo un hombre puede salir del sistema para convertirse en un ser verdaderamente libre. Publica además Los libros de mi vida (1952), donde describe sus dispersas influencias literarias; Big Sur y las naranjas de Hieronymus Bosch, Días tranquilos en Chichy, Rimbaud(1956) y El mundo del sexo (1957).
Literato entusiasta a los ochenta años
A partir de 1964 se instala en la localidad de Pacific Palisades, cerca de Los Angeles, convertida en una institución para los norteamericanos en los últimos años. Al llegar a los ochenta años publicó el libro Al pasar los ochenta, donde se muestra el mismo Miller entusiasta que sesenta años antes decidió su dedicación a la literatura. En 1976 recibió la Legión de Honor de la República Francesa, galardón entregado por el embajador francés en Estados Unidos. Se había casado cinco veces y tuvo tres hijos. Su última esposa, la cantante japonesa Hoki Tokuda, ha declarado que Miller era como un padre para los bohemios y hippies.«Jamás me compró vestidos o joyas, pero siempre me dejó hacer todo lo que pudiera enriquecer mi personalidad, como comprar libros o viajar. Como autor, decía siempre que nunca le faltaban temas. Escribía a máquina como una ametralladora cuando se ponía a trabajar».
Henry Miller, «duro, solitario y feliz», como el título del libro de entrevistas de Brassaï, ocupa ya uno de los primeros lugares de la literatura universal, un escritor de la calle, un ávido de la vida, un hombre que defendía la obscenidad frente a la pornografía.

Henry Miller y Brenda Venus


Presencia de Henry Miller en España

EL PAÍS 10 JUN 1980


La primera obra de Henry Miller publicada en España fue El coloso de Marusi, editada en 1957 por Carlos Barral en su recién inaugurada colección Biblioteca Breve, de la Editorial Seix Barral.Diez años más tarde se editaba en catalán, en Edicions 62, Un diable al paradis,capítulo de Big Sur and the Oranges of Hyeronimus Bosch, dedicado al astrólogo y gran amigo personal del escritor, Maurice Morricand.
Sin embargo, no es hasta finales de 1977 cuando se editan en España sus obras más famosas, los Trópicos, por Alfaguara y Bruguera. En diciembre de 1977, los medios informativos daban cuenta de que se habían agotado en diez días los 15.000 ejemplares de la primera edición de Trópico de Cáncer.
Un año más tarde, en diciembre de 1978, Enrique Tierno Galván, actual alcalde de Madrid, presentaba públicamente Sexus, primer tomo de la serie La crucifixión rosada, editado por Alfaguara. Para el profesor Tierno Galván, Miller es, a la manera de Cervantes, un resumidor de la cultura de su tiempo. Miller hace su literatura partiendo de la ausencia de tentaciones, justificaciones y mediaciones que se producen en el mundo contemporáneo. La cultura occidental ha llegado al borde de sus propios límites. Miller reflexiona y caricaturiza esas ausencias. La utilización del sexo es para Henry Miller una manera admirable para aproximarse a la situación de soledad que vive el hombre de su tiempo.
Con motivo de la presentación de Sexus en España, la Filmoteca Nacional programó la exhibición de tres películas sobre el escritor y su mundo: Reflections on the writing, de Robert Snyder (1972); The Henry Miller odyssey, también de Robert Snyder (1972), y Henry Miller, a sleep and a wake, de Tom Schiller. La filmografía de y sobre Miller se completa con Tropic of Cancer, de Joseph Strick (1969); Días tranquilos en Clichy, de Jens Jorgen Thorsen (1970), y Conversations filmees a Big Sur, de Michéle Arnaud.
Henry Miller, 1975

La vida no ejemplar de Henry Miller

Hoy hace dos años de la muerte de Henry Miller, escritor norteamericano cuya influencia en la Europa de la posguerra fue más allá de la simple literatura para proponer un modo de enfrentarse a la vida que provenía de una vitalidad personal que le abandonó sólo cuando se apagó su vida en su casa del sur de California.

ANTONIO DE SENILLOSA 8 JUN 1982


Murió joven, a los 88 años, y fue el dueño de esa inmortalidad soñada desde siglos por nobles y plebeyos, altos y bajos, creyentes y ateos, obesos y transparentes, libres y esclavos, eruditos y analfabetos, jueces y ladrones. Qué pena que la inmortalidad siempre tenga la manía de elegir la carne, la sangre y los huesos -el cuerpo- para alojarse. Reconforta encontrar adolescentes como Picasso, Chaplin, Casals, Neruda y Hertry Miller, muchachos a los que la biología nunca pudo destruir, eternos vencedores de la cirugía plástica, sensuales fabricantes de hormonas esfumadas, niños que no necesitan llegar a viejos para ser hombres.Tiene que ser cruel poseer la juventud durante 88 años. Pero debe ser compensatorio -y quizá hermoso- sucumbir a las ingles de una japonesa y convivir con ella por su manera de jugar al pimpón, su charla epidérmica y sus 43 años de diferencia. Tiene que ser fascinante compartir el lecho, el pan y el vino con una mujer que se llama Hoki Tolcuda, y que responde, cuando le preguntan por el viejo: "Está mejor que cualquier muchacho". Sí. Debe ser magnífico y terrible morirse en plena juventud y llamarse Henry Miller.
Nació en Nueva York, pero no en la ciudad impoluta y prefabricada que pinta Madison Avenue, sino en la otra, la de la mugre, los navajazos, las putas a cinco dólares la noche, los borrachos vomitando en los portales, los homosexuales y los proxenetas, los mendigos y los poetas. Miller, como casi todo el mundo, nació en una casa, pero se crió con la única maestra que podía aguantar y aguantarle a él: la calle.
Arrugas del alma
Vagabundo y marginal, ningún bisturí o psicoanalista pudo plancharle las arrugas del alma. Obrero agrícola, boxeador, secretario de un predicador, reportero, profesor de gimnasia, ascensorista, corrector de pruebas, corredor ciclista y, de pronto, la rabia apretándole el sexo a la jauría urbana: será escritor, como su amigo Hemingway, que vive en París y cobra un dólar por palabra, o como John Dos Passos, que acaba de descubrir a Rocinante, o como Scott Fitzgerald, agotando el champaña del George V o del Ritz. Miller será escritor, aunque para ello tenga que amarrar sus dos metros de estatura en el pringue de Montparnasse y mangarle a Anaïs Nin diez francos para el alquiler. El jazz, la Costa Azul, las fiestas, el tenis, la ropa blanca, las mujeres hermosas -todo eso que amaba el gran Gatsby- no formaban parte de su galaxia. Hertry habitaba'en el lado sórdido de la feria, junto a otros roñosos -Zola, Cadwell y Joyce-, tipos que encontraban placer narrando la verdad y sólo la verdad, como hacen los reos cuando van a morir ejecutados, gentuza que usaba las palabras como municiones, indecente chusma que confundía a los judíos con seres humanos, inconfesable morralla que se permitía clamar justicia para el Ulster. Ese era el subinundo de Miller, el de las buhardillas miserables y el de las ocasionales compañías, el de las prolongadas borracheras que no pudieron apagar su lucidez. Noches y días de caminar, caminar sin rumbo, pidiendo una limosna o un plato de comida, un rincón en cualquier cuarto o una mano amiga escondiendo un cigarrillo. Obstinado Henry, aterido Miller, siempre dando la lata con la pureza que yace en la basura o exaltando la belleza del sexo, un producto de consumo masivo que se convierte en pura mierda cuando se vende a 250, pesetas la platea. O a cien el ejemplar.
Y es que la pureza -lo dijo san Francisco de Sales, no yo-, igual se encuentra en el cielo que en el infierno.
Durante 1947 Miller abandonó la hoguera europea y se radicó en el Big Sur, en esa California de los Nixon y los Reagan, de jubilados que pescan en los muelles y abuelas que trocaron la pañoleta por una visera. California, como antes lo fue Clichy, es un buen lugar para escribir, pero también lo es para gozar de cinco bellísimas esposas, algún que otro amor extralegal y la constante visita de muchachos/as, universitarios/ as empecinados/as en trabajar los Trópicos como tesis. California es un buen punto para que un renegado se tueste al sol, el sitio exacto para que el hombre se afirme, primero, como persona, y luego, como componente social de una jungla devoradora; la fortuna -como la paternidad- le llegó a destiempo, pero el patriarca tenía la lección bien vivida: "Pasé toda mi existencia buscando la felicidad. Hoy sé en qué consiste: pintar, nadar, mirar la belleza".
Maldito y escandaloso Míller, muerto el 8 de junio de 1980. Vital pasional y alegre maestro, apocalíptico antihéroe que una vez pronosticó: "Todo lo que es americano desaparecerá un día; desaparecerá con mayor fuerza aún que lo griego, lo romano, lo egipcio... Y esta idea me ha producido una pena infinita, porque no hay agonía más atroz que el hecho de pertenecer a algo que no sobrevive".



Un manuscrito de Henry Miller, 

vendido en casi 25 millones


 Nueva York 18 FEB 1986

El manuscrito de la novela Trópico de Cáncer, de Henry Miller, ha sido vendido en una subasta de la casa Sotheby's de Nueva York, por la suma de 24.750.000 pesetas. El manuscrito, de 926 páginas mecanografiadas y anotadas por el autor, fue comprado por un marchante neoyorquino de libros raros para un coleccionista anónimo.
EL PAÍS




'Trópico de Cáncer', de Henry Miller
EL PAÍS publica una de las novelas más escandalosas e innovadoras del pasado siglo


EL PAÍS 31 OCT 2002

Decir Miller es decir escándalo, y sin embargo, su obra es mucho más amplia, culta y lúcida que las inevitables referencias sexuales que surgen al invocar su nombre. Naturalmente, ni Miller ni nadie en su sano juicio pretenden desarmar la carga de profundidad que supuso para las buenas costumbres y la moral establecidas la publicación, en 1934, deTrópico de Cáncer. La crudeza o naturalidad con la que el escritor estadounidense se refiere al sexo, la apasionada defensa del individualismo más anárquico y extremo, la predilección que siente por los malditos, por los perdedores, por lo periférico, por aquellos que desde la mediocridad y el delirio son incapaces de asumir su derrota, y todo ello narrado sin una estructura o armazón preciso, desde un aparente caos, tan coherente por otra parte con el submundo descrito, es lo que hace de Trópico de Cáncer un torpedo que da exactamente en la línea de flotación de los autosatisfechos. La novela, o 'documento' si respetamos la definición del propio Miller, se editó semiclandestinamente en francés y se convirtió casi de forma inmediata, y al mismo tiempo, en un éxito y en una escandalosa leyenda. Prohibida con similar intensidad que ensalzada, Trópico de Cáncer (que el lector de EL PAÍS podrá comprar mañana por tres euros) no pudo ser publicada en Estados Unidos, país natal de su autor, hasta 1961, es decir, 27 años después de su aparición y cuando buena parte de las vanguardias artísticas de los años treinta ocupaban ya las nuevas academias, lo respetable y establecido.



La censura como reclamo

Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, las dos obras míticas de Henry Miller, se publicaron por primera vez en Francia durante la década de los treinta. Los dos libros fueron prohibidos rápidamente en Estados Unidos y Gran Bretaña bajo el cargo de obscenidad, pero su difusión se reveló pronto imparable: miles de ejemplares entraron subrepticiamente en ambos países hasta que se levantó la prohibición en los años sesenta. En EE UU el asunto llegó hasta el Tribunal Supremo, que tuvo que desestimar docenas de resoluciones de los tribunales estatales contrarias a la publicación. Querellas y éxito de ventas. En España, por ejemplo, la primera edición que lanzaron Alfaguara y Bruguera en 1977 vendió 15.000 ejemplares en 10 días.


EL PAÍS



Lecturas roncadas

"Lo cierto es que [Sexus] fue muy leído por jovencitos ajenos a la presunta gloria literaria de Miller y algo más próximos al descubrimiento propio del autoerotismo"


Cuando el verano aprieta las meninges se despistan hasta el punto de hacerse un lío con las lecturas elegidas para pasar las tardes de calor, y así uno puede sorprenderse releyendo cosas como Sexus, de Henry Miller, sin saber por qué. A este buen hombre, que pudo ser un excelente directivo del servicio de correos norteamericano, le dio por ser artista, a fin de dejar huella distinta de sí mismo al de acuñador de sellos, de modo que se puso a escribir convencido de que algo tenía que decir más allá de sus aturdidas jornadas de trabajo, su afición a la ingesta de alcohol duro y su querencia un tanto dramática por las mujeres, más exactamente por lo más alto en la entrepierna de las mujeres. Y, encima, lo hizo.
Se convirtió así en un pelmazo de mucho cuidado, que a menudo tomaba su propio nombre para designar el héroe novelero de sus ocurrencias (cosa que, que yo sepa, no han hecho jamás ni Antonio Gala, ni Francisco Umbral, ni Sánchez Dragó, que ya es decir), unas ocurrencias en las que el maestro mezclaba curiosos nombres pertenecientes a la alta cultura, acaso para mostrar (que no demostrar) que estábamos ante una persona cultísima, daba la paliza sobre los múltiples y siempre engorrosos discursitos sobre el sentido de la vida, para terminar de manera inevitable en una alocada descriptiva de centenares de achuchones sexuales, aburridos hasta decir basta, en los que lo único que quedaba claro era que Miler tenía una polla como una olla, alardeaba de ella sin reposo, y que era capaz de dar servicio a cualquier mujer, a cualquier hora y en cualquier circunstancia, lo que, de ser cierto, vendría a ser lo único reseñable en este tocho de más de 600 páginas, un suplicio a la mayor gloria de un picha brava de los de aquí te pillo, aquí te mato (de gusto, no deja de insistir el obsesivo autor), en una prosa digna de una Corín Tellado más o menos pornográfica.
Sexus se publicó en l949, después de numerosos problemas con la censura (como el audaz autor esperaba, ya que el torro estaba destinado "a despertar las conciencias"), y bastante más tarde apareció en una editorial sudamericana, antes de que Alfaguara la incluyera en su catálogo algo después de la muerte de quien ya supone el acalorado lector. En la solapa de la edición que manejo (Edhasa, 2012), se asegura sin remilgos que Henry Miller es "un renovador del arte narrativo a la altura de Proust, Joyce o Faulkner", lo que resulta algo exagerado, añadiendo un "si bien solo él tuvo que enfrentarse a una férrea censura", lo que es incierto. Lo cierto es que fue muy leído por jovencitos ajenos a la presunta gloria literaria de Henry Miller y algo más próximos al descubrimiento propio del autoerotismo, lo que tampoco está nada mal, sobre todo si les imponían como lectura obligada en bachillerato la delicada La lozana andaluza, que no creo. No es casual que en la última versión de la peli El cabo del miedo el malo malísimo Robert de Niro deposite un sobado ejemplar de Sexus bajo el cubo de basura de la casa donde habita la adolescente que quiere violar. Es exactamente su lugar.


Obras

  • Cartas a Anaïs Nin (esta obra comprenden un período de 15 años, de 1931 a 1946), fecha de publicación (en español, por Bruguera Amigo) 1981
  • Trópico de Cáncer, 1934
  • Primavera negra, 1936
  • Max y los fagocitos blancos, 1938
  • Trópico de Capricornio, 1939
  • El ojo cosmológico, 1939
  • El mundo del sexo, 1940
  • El coloso de Marussi, 1941
  • La sabiduría del corazón, 1941
  • Un domingo después de la guerra, 1944
  • Pesadilla de aire acondicionado, 1945
  • La sonrisa al pie de la escala, 1948
  • Sexus, 1949
  • El tiempo de los asesinos, 1952
  • Días tranquilos en Clichy, 1956
  • Big Sur y las naranjas de Hieronymus Bosch, 1960
  • Plexus, 1953
  • Nexus, 1960
  • Opus pistorum (póstumo), 1983
  • Querida Brenda (Cartas a Brenda Venus) 1986
  • Noches de amor y alegría (según Editorial Rueda (Arg) 1952)
  • Los libros en mi vida (según Editorial Siglo Veinte (Buenos Aires), tiene fecha de impresión de 1963)
  • Reflexiones sobre la Muerte de Mishima (públicado en the Weekly Post de Tokio, en 1971, después de la muerte de Yukio Mishima)
  • Nueva York ida y vuelta (según Editorial La Pleyade, tiene fecha de impresión de 1978)
  • Al cumplir ochenta (publicado por la UNAM)
  • Pornografía y obscenidad (recopilatorio de Henry Miller y D.H. Lawrence, por Edit. Argonauta)




lunes, 17 de noviembre de 2014

Jacqueline Roque / La más odiada de las musas de Picasso


Picasso y Jacqueline Roque
Foto de Douglas Duncan
(1926 – 1986)
Jacqueline Roque nace el 24 de febrero de 1926 en París. Cuando cumple dos años, su padre les abandona, obligando a su madre a trabajar largas horas de portera, en un lujoso edificio cerca de los campos elíseos. Una figura influyente en su vida fue su tío el abad Bardet, quien le inculcó valores como la humildad y la modestia.

Jacqueline Roque
Foto de Douglas Duncan

A los 18 años su madre sufrió un derrame cerebral y murió. Dos años después contrajo matrimonio con André Hutin, un importante ingeniero, con quien tuvo a su primera hija, Catherine Hutin-Blay. La joven familia vivió durante una temporada en África, actual Burkina Faso, por motivos de trabajo de André. Cuatro años más tarde, Jacqueline decide regresar con su hija a Francia y divorciarse, sospechando que su marido le era infiel. Se trasladan a la Riviera francesa y empieza a trabajar en la tienda de su prima, La alfarería Madoura, en Vallauris. En 1953, a los 27 años conoció a Picasso. Sus exóticos rasgos le recordaron a la joven que aparece con un narguile en ‘’Las mujeres de Argel’’ de Delacroix.  Así la retrató poco después en ‘’Mujer vestida de turca’’.


La segunda vez que se vieron fue en la alfarería donde ella trabajaba, Picasso tenía 72 años y Jacqueline era una belleza de ojos verdes de 45. Seis meses después deciden casarse en secreto. Desde el comienzo de su relación, Picasso pintó en numerosas ocasiones a Jacqueline. Era la única persona cuya presencia toleraba mientras pintaba en el taller.  Estaban tan unidos que rara vez uno salía de casa sin el otro.

Picasso y Jacqueline Roque
Foto de Douglas Duncan

Durante los últimos años de vida del pintor, Jacqueline comenzó a beber de forma excesiva. Se veía muy afectada por la agonía de su marido, y la complicada relación de ambos con los hijos y nietos de Picasso.
En abril de 1973 Picasso fallece. Jacqueline cae en una profunda depresión que no consigue superar. En la madrugada del 15 de octubre de 1986, se suicida disparándose en la sien.

Picasso y Jacqueline Roque

Picasso y Jacqueline Roque
Por Fernando Arrabal


Pocas veces he visto en mi vida un ser tan serena y dichosamente enamorado como Jacqueline Picasso. La media docena de mujeres que cohabitaron con el pintor antes que ella han contado probadas barbaridades sobre Picasso. Françoise Giroud, aún en vida, no cesa de enumerar las estaciones de su mala vida con el genial malagueño. Lo que al parecer nadie pone en duda es que estas desilusionadas mujeres convivieron con un hombre pujante, membrudo y dispuesto a descargar a cada triquitraque. Una de ellas ha afirmado que nuestro genio "sufría de priapismo". A pesar de todo esto y como para ridiculizar al juez antiminifaldero o al tenorio de pro, estas mujeres terminaron por aborrecer al enhiesto creador.
Picasso sufrió una operación mal hecha que le dejó impotente. Jacqueline vivió los últimos años, por tanto, junto a un hombre clínicamente castrado. Gracias a este regalo de la cirugía, del que no gozaron sus predecesoras, pudo amarle entrañablemente. Picasso conoció la gran pasión con una mujer a la que llevaba un buen montón de años. Al fin, tras aquella picia del cirujano, Picasso se convirtió en el seductor que siempre había soñado ser.
Los malpensados y los malnacidos imaginaban que Jacqueline representaba el papel de esposa enamorada por interés. ¡Qué mal conocían el celo y el altruismo de su sentimiento! A la muerte de Picasso, Jacqueline se convirtió en una de las mujeres más ricas de la tierra y al mismo tiempo en uno de los seres más prestigiosos y adulados. Podía hacer, con toda libertad, de su cuerpo y de su alma lo que le viniera en gana... Pero sin él la vida no tenía sentido alguno. Por ello cortó de cuajo, suicidándose, su inútil, ya, estancia en la tierra.
A Jacqueline no le había importado, ¡ni se había dado cuenta!, pasar tantos años de su vida viviendo con la castidad de una monja de clausura junto a su idolatrado Pablo. Pero para ser feliz, aquella viuda bien parecida, riquísima y libre necesitaba algo inefable pero imprescindible: el amor de su vida.
Jacqueline Roque y Pablo Picasso

"Mujer de fuego, mujer de gracia y de locura. Hasta la muerte fue para Picasso una fuente de juventud, con sus lidias de amor y sus peleas diabólicas. Jacqueline supo vivir a Picasso y vivir su pintura".

Hélène Parmelin


Picasso y Jacqueline Roque

JACQUELINE ROQUE
LA MÁS ODIADA 
DE LAS MUSAS DE PICASSO

Jacqueline Roque es la más odiada de las musas de Picasso. Dicen que fue la que encerró al minotauro, la que prohibió la entrada de sus herederos a su funeral. Quien aisló a Picasso hasta su muerte.

Frente a todos estos comentarios, encontramos el libro de Pepita Dupont, La vérité sur Jacqueline et Pablo Picasso, escrito en 2007 por una buena amiga de Jacqueline. El objetivo de este libro es “defender” a la última amante de Picasso de las acusaciones anteriores.
 
Picasso y Jacqueline Roque
Citamos aquí literalmente un pasaje del libro de Dupont:

“Pero Jacqueline fue muy sensual, y con Picasso la química era inmediata. Había una fuerte complicidad, amor y erotismo. Y en ella, Picasso encontró todo lo que un hombre busca en una mujer: ella era al mismo tiempo su amante, su madre, su hermana, su cómplice y su musa”

Picasso y Jacqueline Roque

Desde nuestro punto de vista, lejos de defenderla, Dupont legitima o justifica aquí la mala fama de Jacqueline. Dice entonces que ella era “todo lo que un hombre busca en una mujer”, y a continuación cita la retahíla habitual de tópicos propios del pensamiento misógino. La mujer que tiene que ser todo para su marido, pues ella por sí misma no es nadie. Su existencia sólo cobra sentido al ser en, su objetivo es convertirse en el perfecto atributo del hombre, y el amor que sienta hacia él debe ser enfermizo e incondicional. En un sucio juego freudiano se nos educa para recoger el testigo de la madre cuando esta ya se ha hecho demasiado mayor para encargarse del hombre

Y qué curioso aun así que asumiendo numerosos roles-responsabilidades y cuidando al hombre (porque una buena mujer cuida a su hombre), la mujer es el sexo débil, la que necesita protección. Una protección por la que pagamos un precio muy caro, incluso el más alto posible. Y después de todo, la única virtud de Jacqueline, como la de todas las musas de Picasso (excepto la audaz Françoise) fue aguantar. Aguantar a Picasso y sus desmanes, infidelidades, manipulaciones, maltratos.

Tan sólo hay que atender a lo que le dijo Picasso a Jacqueline al entrar en su casa tras haberse casado: “Has entrado en sacerdocio, me llamarás monseñor”. Estas dementes palabras no dejan ver sino la terrible carencia emocional que tenía el genio de Málaga, comportamiento enfermo que llevó a sus amantes a la locura, o al suicidio como en el caso de Jacqueline, quien en 1986 se pegó un tiro.


De nuevo se repite entonces el rol de minotauro (cuando se conocieron él tenía 71 años y ella 27) por el que Picasso anula completamente a la mujer que tiene a su lado y la somete hasta las últimas consecuencias, pues recordemos que su frase favorita era: "Yo, Picasso".


Jacqueline en cuclillas, 1954
Pablo Picasso


LOS CUADROS DE JAQUELINE

El testimonio afectivo de una colección autobiográfica

FRANCISCO CALVO SERRALLER El País, 25 OCT 1986


Lograr que inopinadamente venga a nuestro país, una muestra de Picasso con 61 obras, entre pinturas, esculturas y dibujos, roza lo providencial. Es providencial porque salvo la recuperación del Guernicay parte de las obras de Picasso que se exhibieron en el pabellón de 1937, más la retrospectiva organizada en 1981 en el propio Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC), la política oficial respecto al genial artista español no ha podido ser más desgraciada. He aquí algunos datos ilustrativos: abandono del Guernica en su provisionaljaula de cristal; manifiesto descuido, que fue motivo de denuncia en la prensa, de los dibujos que lo acompañaban; retraso en las gestiones para la traída a España de la Dama oferente y retraso en el pago de los derechos a la Hacienda monegasca por el legado testamentario que hizo a nuestro país Douglas Cooper, en el que había importantes piezas picassianas; inhibición respecto a la colección de Marina Picasso, que rotó por diversos países sin que el nuestro se interesara seriamente por ella; negativa reiterada a conceder la nacionalidad española a Jacqueline Picasso, que la había demandado...Son datos sueltos entre otros muchos que avalan la torpe política seguida al respecto, por no meternos en el todavía más oprobioso asunto de los pecados de omisión, lo que nos llevaría a una interminable letanía. Con este trasfondo, no debe extrañarnos que lo único positivo que nos sobrevenga en torno a Picasso sea, en efecto, una acción de la providencia, con lo que no me extraña que nuestras autoridades anden ahora a la búsqueda de un papel mágico en que la viuda francesa de Picasso nos legue unas cuantas obras.
Pero como el carro de la fortuna esparce los bienes sin fijarse dónde caen, hete aquí que, pocos meses antes del trágico final de Jacqueline Picasso, ésta decide responder a los requerimientos de Aurelio Torrente, director del MEAC, y proporcionarnos una selección de las piezas de su colección personal.
Dicho lo cual, que es imprescindible para saber a qué atenerse, se puede entrar en materia; en la materia de la exposición. Se trata no sólo de la colección personal de Jacqueline, sino de algo aún más íntimo: de la selección preparada por ella misma. Es, pues, de forma y contenido, la exposición de Jacqueline y, en la parte que corresponda, la ocasión de al menos rendir un homenaje póstumo a esta mujer excepcional.
Afirmar que se trata de la exposición de Jacqueline no es, sin embargo, sólo una advertencia moral. Es, asimismo, un aviso estético. Ella, la fiel compañera hasta el final, la adoratriz, la musa, se enseñorea de forma soberana por toda la muestra, donde están presentes los mejores retratos que le pintó Picasso y un sinfín de veladas imágenes indirectas que inspiró. Ésta es, en definitiva, una selección sobre los cuadros de la casa, lo entrañable que queda tras todos los despojos.
Etapa final
Eso que resta de entrañable, cuando se trata de Picasso, sepámoslo de una vez, es también algo necesariamente fastuoso, y, como tal, no puede ser analizado con la mentalidad académica convencional de echar cuentas sobre la mayor o menor representatividad de las piezas reunidas. Claro que a través de ellas, como seguramente se advertirá en los programas de mano o en las notificaciones oficiales de prensa, se puede seguir la rica y complejísima trayectoria del sin duda más inquieto artista del siglo, pero no me parece el mejor punto de vista en este caso, ni, desde luego, la forma más acertada para alabar los méritos, de la exposición. Quiero decir que aquí lo de menos es que la obra más temprana esté fechada en 1902 y que la más tardía sea de un año antes del fallecimiento del artista, pues evidentemente no estamos ante una retrospectiva.
Lo que verdaderamente importa es, al margen de los dones celestes, el carácter y significado personalísimos de la colección y, asimismo, el hecho absoluto, autosuficiente, de cada una de las piezas que nos son ofrecidas. Me atrevería a señalar que el único rasgo temático vertebral de las obras es el que relaciona como un conjunto las ejecutadas en la soberbia etapa final de Picasso, el gran descubrimiento crítico internacional de estos últimos años y el tema monográfico de la exposición que tuvo lugar, ahora hace 13 años, en el Museo Guggenheim de Nueva York con el título Picasso. The last years, 1963-1973.
Jacqueline, protagonista absoluta de la exposición, con seis retratos suyos reconocidos como tales y un sinfín de presencias discretamente innombradas, quiso también señalar la trascendental genealogía de lo femenino en la vida de Picasso, y, consciente de su condición de última depositaria de una larga estirpe de musas, decide que algunas estén también presentes en la exposición de Madrid, como Fernande Olivier, Olga Klokova, Dora Maar, Lee Miller, Nush Eluard... El de esta última es de una gracia y una penetración que nos parece la mejor representación de la sensibilidad nerviosa, la conmovedora fragilidad y el inquietante lirismo que desprendía la compañera de Paul Eluard.
Con todo, ¿cuáles resisten la comparación con los de Jacqueline en cuclillas, Busto de mujer, Mujer sentada en un sillón o Jacqueline con vestido rojo?
Muy desigual, incluso incongruente, si perdemos el hilo conductor afectivo que la vivifica o si hacemos abstracción de las circunstancias que la rodean, esta exposición, no obstante, contiene piezas excepcionales y, en cualquier caso, siempre un detalle revelador del genio. Entre las primeras hay que contar, Las dos mujeres desnudas(1908), la Composición (1919), Mujer con guitarra (1924-1925), las esculturas en bronce Gallo (1932) y Cabeza de mujer (Dora Maar)(1941), las dos, Tauromaquias (1955) y, en general, una buena parte de los cuadros finales, que es como conjunto lo más consistente de la exposición, aunque uno prefiera, dentro de este período, los desnudos, los pintores y sus modelos y el par de retratos excepcionales del propio Picasso y de Jacqueline formando pareja, de 1965, a los mosqueteros, comparativamente más débiles.


Picasso_Woman in an Armchair /Jacqueline Roque
Oil on canvas,1960
Pablo Picasso
Fracasan las gestiones para retener en España las obras cedidas por Jacqueline Picasso

Cultura justifica el regreso a Francia de los cuadros por la falta de documentos



La decisión de hacer regresar a Francia las 61 obras de la exposición Picasso en Madrid, cedidas a España de palabra por Jacqueline Picasso, supone el fracaso de las gestiones para retener las obras en el país realizadas desde la muerte de la viuda del pintor, el 15 de octubre. El director general de Bellas Artes, Miguel Satrústegui, explicó el jueves que no existe un documento legal sólido que ampare la pretensión de guardar las obras en España. El abogado José Mario Armero difiere de Satrústegui. Cerca de 200.000 personas han visitado la exposición desde octubre.
Miguel Satrústegui declaró que su departamento hará regresar los cuadros a Francia a partir del lunes, cuando termina la exposición inaugurada el 25 de octubre, debido a la inexistencia de documentos jurídicos sólidos que amparen otra pretensión. La exposición se exhibe en el Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC), cuyo director, Aurelio Torrente, coincide con Satrústegui.La expectativa de que los cuadros se quedaran en España se creó al saberse, tras la muerte de Jacqueline Roque, el 15 de octubre, que la viuda de Picasso había, expresado su deseo varias veces, de palabra, de que las obras quedasen en España. Lo mismo dijo a la revista Paris-Match.
Jacqueline Roque se suicidó de un disparo el 15 de octubre, y, prescrito el plazo legal, no fue encontrado testamento. En principio, su heredera universal es Katherine Hutin, hija de Jaequeline de un matrimonio anterior a su unión con Picasso.
Según declaró el abogado internacionalista José Mario Armero, vinculado a la traída del Guernica a España y conocedor de la situación jurídica de la herencia Picasso, el regreso a Francia de las obras es precipitado, pues existían suficientes bases jurídicas para retenerlas; por ejemplo, las reiteradas declaraciones verbables de Jaqueline Roque de que deseaba dejar las obras a España.

Sin información

"La información que tengo es que no tengo ninguna información", dijo Armero cuando fue consultado. sobre este asunto. "Lo que me extraña es que el ministerio de Cultura no haya informado de forma suficiente sobre las circunstancias en que los cuadros vuelven a Francia".A su juicio, al no existir testamento ni declaración de herederos, y al poderse demostrar que hubo una donación verbal de las obras -pues las declaraciones de Jacqueline fueron reiterada y ante testigos-, los cuadros deberían quedarse en España hasta que la justicia zanjara la cuestión.
Miguel Satrústegui piensa por el contrario que sólo un título jurídico de peso podría autorizar a España a retener los cuadros. Guardarlos tal como están las cosas "no sólo violaría la ley sino que podría producir perjuicios incalculables para la actividad española en el mundo internacional del arte". Las obras se devuelven, dijo, cuando termina el permiso de exportación -temporal- para sacarlas de Francia.
Armero, sin embargo, afirma que el permiso es ilimitado. "El ministro sabe que los cuadros salieron de Francia con licencia de exportación ilimitada", dijo,,. Según el abogado, " no se ha intentado demostrar que hubo donación verbal", y los cuadros se podían haber dejado en España, por lo menos a la espera de que se produjera una declaración de hered eros. "Me extraña esa prisa por llevarse los cuadros", dijo, y sugirió la posibilidad de que se haya producido alguna presión por parte del Gobierno francés. Esta afirmación fue negada por Satrústegui: "No ha habido presión política", dijo, "que de haberse producido sólo podría haber anulado un documento que no existe
Satrústegui aseguró que los cuadros vuelven a Francia después de un intenso estudio en el que "se han tenido en cuenta las opiniones de todas las personas interesadas, como la hija de Jacqueline, las autoridades francesas, etcétera". "Tenemos la sensación de haber hecho lo que teníamos que hacer", dijo Satrústegui es decir' "informar a los ciudadanos de que Jacqueline Picasso expresó varias veces su deseo de que las obras fuesen para España, investigar cuáles eran las verdaderas posibilidades de cumplir su deseo, y cumplir con nuestra obligación de devolver las obras".

Jacqueline Roque y Picasso
'Aux espagnols morts pour la France'
Uno de los cuadros de la exposición Picasso en Madrid es un proyecto, de 1947, de monumento a los españoles muertos por Francia. Una característica cabeza picassiana, con corona de laurel, reposa sobre un podio en el que se enreda un lazo azul, blanco y rojo, los colores de la bandera francesa. Una placa ofrece el monumento "aux espagnols morts pour la France" ("a los españoles muertos por Francia"). Al frente, una calavera reposa sobre dos huesos largos.Según José Mario Armero, Picasso tuvo desde el comienzo la intención de entregar el cuadro a España en un proceso parecido al del Guernica.
Jacqueline Roque, la viuda de Picasso, dijo varias veces a Aurelio Torrente que deseaba dejar la colección "a su museo".
También comunicó el proyecto, según dijo a Torrente, al presidente François Mitterrand, a Michel Guy, director del Festival de Otoño de París, y a Hubert Landais, director de Museos de Francia, su amigo y albacea.
Jacqueline, 1955
Pablo Picasso
Jacqueline Roque

Falsas promesas



La exposición dedicada a las 61 obras procedentes de los fondos privados de Pablo Picasso, si bien resultó ser un indiscutible éxito en lo que a calidad y visitantes se refiere, no se puede negar que estuvo rodeada de una serie de circunstancias que casi han ennegrecido el resplandor con el que fue presentada.Las malas noticias han acompañado desde el primer momento a la exposición, inaugurada el 25 de octubre. Jacqueline, que se había encargado personalmente de seleccionar las obras, se suicidaba en su castillo de Nôtre Dame de Vie, disparándose un tiro en la cabeza, el 15 de octubre. Antes de morir, Jacqueline Roque había hecho una serie de promesas cuya imposibilidad de ser cumplidas ha llenado de frustración a, los responsables del Ministerio de Cultura, además de haber provocado la indignación de la heredera de Jacqueline, Catherine Hutin.
La primera gran decepción se debió a que Jacqueline había prometido verbalmente al director del MEAC que las 61 obras se quedarían en España. La inexistencia de un documento escrito que apoyara tales deseos supuso que el 11 de enero la colección fuera cargada en un camión e iniciara un accidentado retorno sorteando barreras de nieve hasta su lugar de procedencia. La últimasorpresa ha venido de la mano de la reclamación de Spadem, exigiendo 30 millones por los beneficios devengados por la venta de las publicaciones editadas en la exposición.

Jacqueline, 1952
Pablo Picasso
El Estado francés recibe un importante conjunto de obras de Pablo Picasso


El Estado francés acaba de recibir un importante conjunto de obras de Pablo Picasso procedentes de la herencia de Jacqueline, la última esposa del pintor malagueño, según informaron ayer los ministros de Cultura y de Presupuesto, Jack Lang y Michel Charasse, respectivamente. La entrega se ha efectuado en virtud del procedimiento jurídico de la dación, incorporado a la legislación francesa en 1968.
Este procedimiento permite a los herederos de un artista o de una importante colección de obras de arte pagar al Estado los derechos de sucesión con la entrega de una cierta cantidad de piezas de gran valor.
En 1979, los herederos de Pablo Picasso ya utilizaron la dación para arreglar sus cuentas con la Hacienda francesa. Aquella entrega permitió la apertura del Museo Picasso de París.
Ahora, la hija de Jacqueline Picasso, fallecida en octubre de 1986, ha vuelto a emplear el sistema. El lote de obras del pintor malagueño recibido por el Estado francés consiste en 49 pinturas, 2 esculturas, 38 dibujos, 24 cuadernos, 19 cerámicas, 247 grabados y 7 litografías.
Según la dirección de los museos de Francia los cuadernos de dibujo constituyen la joya de esta colección que será expuesta en el museo Picasso desde el próximo 23 de mayo al 3 de septiembre.
Desde 1968, el patrimonio, público francés se ha visto enriquecido con más de 100 daciones. Las más importantes, las obras de Pablo Picasso de 1979 y una colección de 464 obras de Marc Chagall entregada en 1988.
Las autoridades no han valorado el legado pero puede estimarse en miles de millones de pesetas.

Suicidio en el campo

Jacqueline Picasso, la segunda mujer del pintor, se suicidó a los sesenta años disparándose una bala en la cabeza en octubre de 1986, en su casa de campo de Mougins, en el sureste de Fracia.




Jacqueline
Pablo Picasso

El Museo Picasso exhibirá los cuadros 

del artista inspirados en Jacqueline

 Barcelona 9 AGO 1990


La exposición De Pablo a Jacqueline, que se inaugurará el 17 de octubre en el Museo Picasso de Barcelona, reunirá por primera vez en la historia todas las obras de Picasso en las que utilizó como modelo a su mujer, Jacqueline. En total se expondrán 142 obras, entre pinturas, dibujos, esculturas y grabados, realizadas entre 1954 y 1971 por el pintor malagueño. Todas ellas tienen en común que se inspiran en Jacqueline Picassó, la que fuera su companera durante los últimos 20 años de su vida, de la que realizó tantos retratos como versiones libres basadas en su imagen y que con el tiempo se convirtieron en uno de los elementos constantes de su mundo pictórico.
- La muestra, organizada por el Museo Picasso con la colaboración de diversas colecciones particulares y museos de Europa y de Estados Unidos, pretende cubrir tres objetivos. Por una parte rendir un homenaje a Jacqueline Picasso, que fue quien impulsó la creación del museo; mostrar también como su figura Influyó en el complejo mundo artístico de Pablo Picasso en sus últimos años de trabajo; y, por último, presentar en España una muestra del trabajo del pintor malagueño durante sus últimos 20 años ya que sus trabajos de esta etapa son los que menos se han expuesto en nuestro país.
La exposición incluye numerosas obras que sólo han participado en algunas exposiciones internacionale puntuales o, en algunos casos, son totalmente Inéditas a nivel nacional.


Picasso y Jacqueline Roque
Una exposición de Picasso en Barcelona rinde un homenaje 'familiar' a Jacqueline

142 obras raramente exhibidas, realizadas entre 1954 y 1971, reviven el universo creativo del artista



El Museo Picasso de Barcelona presentó ayer la exposición De Pablo a Jacqueline, que permanecerá abierta hasta el 27 de enero de 1991 y que trata de revivir el universo familiar y creativo del artista en sus últimos años, centrándose en la presencia en sus obras de su esposa, Jacqueline, quien convivía con el pintor cuando éste decidió favorecer la creación de un museo suyo en Barcelona y que, tras la muerte del artista, continuó dando cuadros al museo catalán, por el que sentía especial predilección. La exposición inaugurada ayer, concebida desde hace años por la directora del Museo Picaso, María Teresa Ocaña, y preparada íntegramente por su equipo, reúne obras de museos extranjeros y coleccionistas particulares, entre ellos los familiares del pintor. Los alicientes de la exposición son la cuidada ordenación temática y contextual de las obras y su novedad en un museo español.
El origen de la exposición De Pablo a Jacqueline, inaugurada ayer en el Museo Picasso de Barcelona con la asistencia del ministro de Cultura, Jorge Semprún, el de Defensa, Narcís Serra, el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, y una hija del pintor que ha colaborado en el montaje, se remonta a las últimas visitas de la viuda de Picasso a Barcelona, ciudad por la que sentía una especial predilección y con cuyo museo picassiano mantenía estrechos vínculos, pues había continuado las donaciones tras la muerte del artista. La directora del museo, María Teresa Ocaña, concibió entonces la idea de montar una exposición con los retratos de Jaequeline, que Picasso había pintado en cantidades notables durante sus últimos años. Posteriormente, tras la muerte de Jacqueline, el concepto de la exposición fue ampliándose hasta llegar al propósito de mostrar la presencia de Jacqueline en la obra del último Picasso y recrear así el universo creativo de los años finales del pintor, al tiempo que se rendía homenaje a la esposa y musa del artista.La exposición reúne unas 142 obras, entre óleos, esculturas y maquetas de las mismas, dibujos, grabados y linóleos, todos ellos realizados por el artista entre 1954 y 1971. De hecho, los visitantes pueden ver 55 óleos, 59 dibujos -que figuran en el catálogo como 18 obras, pero son más piezas, pues varias de esas obras son cuadernos de dibujo que contienen varios originales- 19 esculturas con sus respectivas maquetas (casi todas inéditas) y 48 grabados y linóleos, de los que 40 pertenecen a los fondos del Museo Picasso y han sido raramente exhibidos, ya que el museo sólo mantiene siete de estas obras gráficas en su exposición permanente.El resto de las obras expuestas -con la única excepción de un óleo (Retrato de Jacqueline, de 1957) de la serie Las meninas que pertenece al museo barcelonés- procede de museos, galerías y colecciones particulares del extranjero, por lo que muchas no han sido nunca expuestas en España y algunas sólo se habían mostrado públicamente en la gran antológica de Picasso organizada en París en 1982.
Aparte de las colecciones de Catherine y Marina Picasso, de las que procede un número sustancial, aunque no especificado, de óleos y esculturas, las obras han sido prestadas por museos, como el Detroit Institute of Arts, el New Orleans Museum of Art y el Museum of Modern Art (MOMA) de Nueva York (EEUU), la Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen de Düsseldorf y el Sprengel Museum de Hannover (ambos de Alemania), el Museo Picasso y el Centro Pompidou de París (Francia) y el museo Listasafn de Reikjavik (Islandia). Además, hay préstamos de galerías, como Jean Krugier o Perls Galleries de Nueva York y Louise Leiris de París, y de coleccionistas particulares, como Claude Laurens (París), Angela Rosengart (Lucerna), Antonio Sapone (Niza) y Gustau Gili (Barcelona).
Experimentación pictórica
El equipo museológico del Museo Picasso no sólo ha intentado reunir un importante fondo de obras de Picasso poco conocidas en Barcelona y España, sino que ha tratado de ir más allá de la recolección de retratos de Jacqueline Picasso. "La exposición", explica Nuria Rivero, una de las integrantes del equipo, "intenta mostrar el método de trabajo y los mecanismos creativos de P¡casso a través de las casi ilimitadas variaciones de unos pocos temas, que caracterizan sus últimos años. Por ejemplo, esta exposición permite ver cómo Picasso se apropia de la imagen de Jacqueline y convierte su rostro, sus posturas, sus peinados o su sombrero en objetos de experimentación pictórica".
Otra de las cosas que los visitantes de la exposición pueden comprobar es cómo Picasso experimentaba los mismos temas o motivos en todas las técnicas -óleo, escultura, dibujo, grabado, linóleo- como si intentara agotar todas las posibilidades expresivas e investigar todas las íncógnitas que le planteaba cada motivo pictórico. El montaje de la exposición resalta este frenético quehacer del artista.

Jacqueline Roque
Picasso, Jacqueline y Montecarlo


En una semana se abarca un universo y hasta se descubre que los sabios meten la pata ruidosamente, por suerte. El último día 13 del mes en el que vivimos, el diario La Vanguardia, de Barcelona, publicó una amplia entrevista con John Richardson; ese mismo día, en la Ciudad Condal, Richardson recibió el Premio Don Juan de Borbón al libro del año 1995; el tal galardón lo ofrece la Fundación Conde de Barcelona, promovida por La Vanguardia. La obra exitosa en esta ocasión es el segundo tomo de una biografía gigantesca que escribe Richardson sobre Picasso; su proyecto abarca cuatro tomos, en los que participan sus colaboradores, aunque recalca que "las entrevistas claves las he realizado yo", muy particularmente, advierte, las muchas que mantuvo con Picasso y con Jacqueline.Tras mi primer contacto con Richardson, en Barcelona, me trasladé a Niza y, por nada muy particular, me acerqué a Mougins, donde Picasso vivió los últimos 20 años de su vida con Jacqueline, la esposa que más le duró antes de ser enterrado delante de su castillo de Vauvenargues, no lejos de Aix-en-Provence, el castillo del que dijo un día, "lo he comprado sólo para ver de cerca la montaña de Sainte Victoire", inmortalizada en sus lienzos por Cézanne. Picasso vivió en una simple mansión campestre llamada Notre Dame de Vie. Muchas veces comía en Le Moulin de Mougins, de Berger, célebre en la guía gastronómica francesa.
Richardson desliza en la entrevista citada que Jacqueline cree que "en realidad no se suicidó, sino que siguió un ritual como el de las viudas indias que se tiraban al fuego junto al cadáver de su marido". Yo traté a Jacqueline tanto o más, supongo, que Richardson, y jamás atisbé en ella esa historieta que suele contarse de las viudas de personajes célebres. Jacqueline, desde que murió Picasso, en 1974, padeció durante ocho años por una razón fundamental: por lo que le hicieron sufrir los herederos del pintor; en ese tiempo envejeció descaradamente y se le cayó mucho pelo; yo la conocí por entonces, y pude seguir su evolución. Cuando se quedó sola en Mougins y cuando la herencia la dejó en paz, Jacqueline recordaba a Picasso, pero no como cuentan las leyendas refiriéndose a una viuda enlutada de negro y de lágrimas por el monstruo malagueño. Jacqueline lo tenía todo materialmente, pero le faltaba un hombre, y no Picasso precisamente, cuya vida con él, además, no fue un paseo aromatizado por fragancias y rosas. Jacqueline quería un hombre al que pudiese tocar. Ese hombre existía: se llamaba Frédéric Rossif, el cineasta autor de Morir en Madrid. Fue él quien me la presentó a mí, y yo fui quien la tranquilizó muchas veces asegurándole que Rossif no vivía con otra mujer. Un buen día la llamé y sentí que algo grave le ocurría; y al día siguiente volé a Mougins; por delicadeza, fui directamente al restaurante Le Moulin y le envié una nota rogándole que bajara a cenar conmigo; no vino, y me telefoneó y me dijo llorando: "No quiero ver a nadie, sólo quiero morirme". Llamé a su hija Catherine a París y le conté lo que sabía. Y regresé a Madrid sin verla. Una semana después se conoció su suicidio. La leyenda de la viuda inconsolable se infló, y la enterraron en Vauvenargues, al lado de Picasso. Todos los silencios, sobre ella y su colección, desde entonces, han sido brutales. El otro día paseé por Mougins y luego fui a Montecarlo, y comí y cené en el Café de Paris, una brasserie típica francesa, bellísima, belle époque, donde por menos de 300 fancos (no es nada en Mónaco) se degusta la cocina tradicional francesa. Frente por frente está el Casino y el Hotel de París, y aquí, en el restaurante Louis XV, se puede soñar todo en el paladar, pero a su precio.


Jacqueline con flores, 1954
Pablo Picasso

Picasso, a ojos de Jacqueline

Un libro sobre la última mujer del pintor afirma que donó 61 obras a España en 1986



Pablo y Jacqueline en La Californie, alrededor de 1955.
En junio de 1982 Jacqueline Picasso (1927-1986) dejó boquiabiertos a todos los que acudieron a inaugurar una exposición en el Museo Picasso de Barcelona. Cuando el alcalde Narcís Serra tomó la palabra, la última mujer de Picasso lo interrumpió para decir que donaba a la ciudad de Barcelona 52 cerámicas realizadas por el pintor malagueño. Fue una prueba de su generosidad que tuvo su momento culminante poco antes de morir en 1986 —tras pegarse un tiro en la sien en su castillo de Notre-Dame-de-Vie—, cuando donó 61 cuadros que se exponían en el Museo de Arte Contemporáneo (MEAC) de Madrid a España. Eso es lo que sigue manteniendo Pepita Dupont, amiga íntima de Jacqueline durante los tres últimos años de su vida.
Lo asegura en La verdad sobre Jacqueline y Pablo Picasso (Elba), un libro que sale hoy a la venta en castellano tras publicarse en francés en 2008, levantando una fuerte polémica entre los herederos del pintor que no dudaron en presentar hasta cuatro querellas. Y lo volvió a ratificar ayer en la presentación del libro en Barcelona.
Dupont explicó que: “Como hacía siempre que efectuaba una donación, Jacqueline me llamó y me dijo que había elegido con Aurelio Torrente, director del museo, las 61 obras que se expondrían en Madrid y que ya no volverían a Francia. Lo sabía Torrente, que había hablado con el presidente Mitterrand, con su hija, Catherine Hutin, con el abogado de Picasso, Roland Dumas, que también me lo confirmó y con el abogado español José María Armero”. Dupont no entiende por qué España no peleó más por estas pinturas. “Quizá hay intereses políticos que se me escapan”, aseguró tras reconocer que no ha podido hablar con Felipe González sobre las posibles presiones francesas para olvidar el tema.
La inexistencia probada del documento hizo que las obras volvieran a Francia. Para colmo, el Estado español tuvo que pagar por la venta de las publicaciones editadas para la exposición 30 millones de pesetas en concepto de derechos de autor. “Es un milagro que el libro salga en español, porque todas las cosas referidas a Picasso están muy controladas por la familia”. De hecho, aseguró, el libro no se vende en el Museo Picasso de París. “Lo volvería a escribir igual”, explicó esta periodista que durante 36 años ha trabajado para el semanario Paris Match.

'Jacqueline en cuclillas' (1954), una de las 61 obras exhibidas en la exposición 'Pablo Picasso en Madrid' en el MEAC, que forman parte de la colección privada de su viuda, Jacqueline. / BERNARDO PÉREZ
Dupont, lejos de los libros escritos por los descendientes de Picasso en los que el pintor no sale bien parado, retrata un “artista tierno y nada cruel”, y asegura que: “Como periodista he verificado lo que he escrito, refutando las obras que lo mostraban como un monstruo o un ególatra”. “He escrito una historia de amor de 20 años entre Picasso y Jacqueline, en la que queda claro que los cuadros nunca fueron para ellos una fuente de negocios, era algo diferente, una manera de vivir y de compartir con los otros”, explica.
E insiste: “Jacqueline hizo testamento, lo vi y el artista Gastón Orellana, también”. Esta afirmación le ha costado caro, ya que Catherine Hutin (la única hija de Jacqueline) denunció su libro por difamación, por entenderse que ella lo había hecho desaparecer. Lo raro, asegura Dupont, es que la ausencia de testamento de Picasso —“Me moriría al día siguiente si lo hago”, le dijo al crítico John Richarson— no impidió que se hiciera efectiva la donación de su colección particular al Louvre.
La autora, que no omite el alcoholismo final de Jacqueline ni su debilidad psicológica, se pone seria cuando recuerda su suicidio: “Habíamos hablado del tema. Me prometió que no lo haría, fue la única vez que me mintió”. La periodista remacha sus críticas a los intereses económicos de los herederos del pintor con una anécdota: “No han tenido reparos en dar el nombre de Picasso a un coche, cuando él no tuvo ningún interés de saber conducir”.