viernes, 24 de abril de 2015

Fabio Martínez

Fabio Martínez
Foto de Bernardo Peña
DE OTROS MUNDOS
Fabio Martínez / El escritor y sus enfermedades

Fabio Martínez
(1955)

Fabio Martínez. Escritor y académico nacido en Colombia, 1955. Doctor en semiología de la UQAM (Montreal, Canadá). Algunos de sus libros publicados son: Fantasio (1992); El viajero y la memoria: un ensayo sobre la literatura de viaje en Colombia (2000); Pablo Baal y los hombres invisibles (2003); La búsqueda del paraíso. Biografía de Jorge Isaacs (2003); Club social Monterrey (2003); Del amor inconcluso (2006); Balboa, el polizón del Pacífico (2007); El fantasma de Íngrid Balanta (2008); Un habitante del séptimo cielo, (edición bilingüe, 2011), El tumbao de Beethoven (2012), El desmemoriado (2014) y Los viajes de la música (2015). 

Como antologista ha publicado los libros: Cuentos sin cuenta: antología de relatos de escritores de la generación del 50(2003) y Cali-grafías: la ciudad literaria (edición bilingüe, 2008) y el libro Carlos Arturo Truque. Valoracíón crítica. Compilación y prólogo de Fabio Martínez. Programa Editorial Universidad del Valle. Cali, Colombia (2014).





Ha recibido diversos premios literarios, como la Mención Especial en la Beca Ernesto Sábato (Cali, 1988); el Primer Premio de Ensayo Latinoamericano René Uribe Ferrer (Medellín, 1999), y Primer Premio Jorge Isaacs (Cali, 1999). Actualmente dirige el Programa de Literatura de la Universidad del Valle, Maestría en Estudios Ibero-americanos, Universidad de la Sorbona, París III. Doctorado en Semiología de la UQAM, Montreal, Canadá.

Por otra parte, durante las últimas décadas ha publicado artículos periodísticos y literarios en diferentes medios de prensa, entre los que se destacan El Espectador, el Magazine Dominical, el Boletín Bibliográfico y Cultural del Banco de la República, La Gaceta de El País, La Palabra; y en revistas virtuales como Letralia, Vericuetos, Aurora Boreal, Cronopios Mefisto, Con-fabulación, Ómnibus y el Centro Virtual Cervantes del Instituto Cervantes de Madrid. Actualmente es columnista habitual de El Tiempo.

Desde hace más de veinte años es profesor titular de la Universidad del Valle.

Fabio Martínez
Foto de Gonzalo Márquez

Fabio Martínez
El oficio de la escritura
Un largo destino íntimo

Texto leído en el evento: "Escritores en su tinta" programado por la Escuela de Estudios literarios de la Universidad del Valle, Cali, 10 abril 2015 |

Nací en la colina de San Antonio. En una casa blanca de ventanas y zócalos verdes. La casa tenía nueve piezas, una cocina y un patio interior, donde yo vivía en compañía de mis abuelos maternos, mi madre y siete tías. 

Don Agustín Martínez Sanabria, mi abuelo materno, perteneció a una familia de tipógrafos que fueron pioneros en la industria editorial de Cali. 

Mi tío Francisco tuvo la famosa Imprenta Martínez, ubicada en plena olla de la ciudad (Carrera 9ª con 16), y mi abuelo trabajó durante muchos años en la Imprenta Bolivariana, propiedad del padre Alfonso Zawadski, que estaba ubicada en la carrera cuarta, del barrio San Antonio, contigua a la casa donde don Jorge Isaacs escribió el último capítulo de su novela María. 

Si alguien me pregunta por mis influencias literarias, debo afirmar que ellas tienen su origen en aquella casa donde compartía con mis abuelos maternos y mis siete tías. 





Mi abuelo era un lector que tenía una biblioteca clásica, y llevaba a la casa cuanto libro o revista se imprimía en la imprenta. En medio de un país religioso y conservador era un hombre que se destacaba por sus ideales liberales. Fue él quien me enseñó a leer y escribir a la edad de cinco años, y a conocer algunos autores como Alejandro Dumas, Gabriela Mistral y Ruben Darío. Escritores que, si bien es cierto, no comprendía muy bien en aquellos años, dejaron un eco imborrable en mi memoria. 

Don Agustín tenía los sábados en la tarde, con sus amigos, una tertulia literaria, donde leían poesía en voz alta y se la pasaban, al calor de un aguardiente, hablando de literatura. Recuerdo a don Luis Chicaiza, quien tenía una voz grave y profunda, y era un excelente contador de historias. 

Aquella voz de don Luis me persiguió durante toda la vida. Cuando llegué a la adolescencia y tuve qué decidir sobre mi carrera profesional, dije, no sin cierta ingenuidad, que quería ser escritor. “En la universidad no se enseña a escribir; se enseña ingeniería, medicina o derecho”. Contestó mi madre. 

Mi infancia transcurrió feliz entre libros, escotes y los ligueros de mis tías, que siempre, cuando estaban acicalándose ante el espejo para ir a un baile o ir a tirar paso al Séptimo cielo, me pedían que las ayudara a vestirse. “Tía, ¿para dónde va?” Preguntaba atónito mientras les colaboraba a subir un cierre o poner un liguero. Ellas, jóvenes, bellas y seductoras, respondían: ¡Mijo, voy pa’vieja!.

Con su pasito tun-tun, mis tías se despedían de besito en la mejilla, y se alejaban dejando el eco de sus tacones resonando en toda la casa. 

Fabio Martínez con Oscar Collazos


La colina de San Antonio era perpendicular y todos los años reverdecía como el amor de los adolescentes. Los sábados en la tarde, la colina se convertía en una cancha de fútbol donde las galladas del barrio se reunían a jugar fútbol. La cancha era vertical. El lado de cada cancha se sorteaba con una moneda. El equipo que ganaba el cenit siempre llevaba la ventaja sobre su contendor; pues cuando el delantero se acercaba a la valla imaginaria, sólo le era necesario dar un taquito a la pelota para meterla en la portería. La bola traspasaba la zona de gol, y descendiendo por la carrera quinta, llegaba hasta la plaza de don Joaquín de Caycedo y Cuero. Mientras el recoge-bolas bajaba hasta el centro de la ciudad y recuperaba la pelota, el partido se suspendía. El equipo que le tocaba el lado inferior de la colina era el que más sufría pues para marcar un gol siempre tenía que desafiar la ley de gravedad. 

Cuando no había fútbol, jugábamos al coclí-coclí. Un rito de la infancia que consistía en que un niño, abrazado a un arbusto, se tapaba los ojos con sus manos, mientras los otros se iban a esconder. “Coclí coclí, al que lo vi lo vi, al que está detrás de mi, no juego más”. Cantaba el niño; apenas terminaba la canción, salía a buscar a sus compañeros de juego. 

En la colina, experimentamos nuestros primeros amores y nuestros primeros sufrimientos. En la noche, el cielo en la colina de San Antonio es de un color azul cobalto y está lleno de estrellas. Allí, después de una jornada, nos sentábamos en un banco de cemento a contemplar la ciudad y el valle del mundo. 

Guido Tamayo, Fabio Martínez y Antonio Correa en FILBO

Mi morada estaba situada en el camino que va de la casa del poeta Isaías Gamboa a la del novelista Jorge Isaacs. En la mitad del camino, entre las dos casas, se levantaba un frondoso palo de mango. Debajo de aquella sombra del mango, escuché por primera vez los cuentos de Buziraco, la Llorona de San Antonio y el relato del negro de la loma de la Cruz.

La colina de San Antonio era un microcosmos múltiple y variado: allí se encontraba el zapatero, el carnicero, el dentista, la modista, el panadero, la enfermera, el peluquero, el carpintero, el talabartero y el hacedor de macetas.

Por las calles empedradas se escuchaba cómo iba subiendo la flauta aguda del afilador de cuchillos; el voceador de periódicos que a todo pulmón gritaba “El País”, El Tiempo”, “El Espectador”. Y el pregón delicioso de las negras, que con sus platones de aluminio en la cabeza, trepaban por la colina, ofreciendo frutas, cocadas y pescado fresco. 





De los personajes del barrio, quizás el panadero, la enfermera y el hacedor de macetas eran los que tenían la mejor aceptación entre los niños. El panadero porque siempre que uno iba a comprar el pan del desayuno, le daba de ñapa, una cuca o un pandebono. La enfermera porque cuando un niño le reventaba la nariz a otro, ella lo curaba con sólo mirarlo a los ojos. El hacedor de macetas era el fabricante de dulces de azúcar, que tenían distintas formas y colores, y venían empotrados en un palo de maguey. Cada 29 de junio los padrinos acostumbran a regalarle a sus ahijados una maceta. 

El peluquero y el dentista eran crueles y tenían la reputación por el suelo. Mi madre siempre me llevó engañado a ese par de lugares. Voy a comprarte un juguete, me decía; cuando menos pensaba, estaba sentado en la silla de la peluquería frente a un hombre gordo y barrigón, que con tijeras en mano, comenzaba a cortarme el pelo sin ninguna consideración. 

En aquellos años, al contrario de los muchachos de hoy en día, deseábamos tener el pelo largo porque nos identificábamos profundamente con John Lennon y el CheGuevara. Las madres, quizás influenciadas por los soldados norteamericanos que iban a Vietnam, nos querían ver rapados y nos imponían el corte ‘Humberto’. Al final de la castrada, el peluquero nos regalaba un pirulí de consuelo. 





La ida a la dentistería era otro dolor. La madre nos llevaba engañados, y cuando menos pensábamos, estábamos sentados en una silla frente a un hombre de delantal blanco que con unas tenazas en la mano, nos obligaba a que abriéramos la boca. En aquellos años, la odontología, al no estar desarrollada técnicamente, no usaba anestesia, y por esta razón, toda escisión se sacaba con dolor. Después del forcejeo con el dentista, terminábamos agotados y con la boca roja. Como paliativo, la madre nos compraba una paleta en la heladería de la esquina. Pero todo no era dolor en la colina de San Antonio. También había momentos para el asombro y la tristeza. Recuerdo que en una tarde de agosto, un niño famélico comenzó a elevar su cometa. De pronto, vino un viento tan fuerte que sacudió al niño y se lo llevó por los aires. Desde la altura, el párvulo levantó su mano y nos dijo adiós. No lo volvimos a ver. Otro día, un carro de cervezas Bavaria se volteó y aplastó a un borracho que bajaba tambaleándose por la loma. Otro buen día, a una niña se la llevó el monstruo de los mangones.

En esos tiempos, el terror de los niños era el monstruo de los mangones. Un hombre oscuro y solapado que acostumbraba a llevarse a los infantes, los violaba, y luego, los mataba. 

Sobre la imagen del monstruo de los mangones existían varias leyendas. Unos decían que se trataba de un hombre que había sido contratado por un señor poderoso de la ciudad; al sufrir de leucemia, el señor tenía que alimentarse con la sangre de los niños. Era una versión tropical de la historia creada por el escritor británico Bram Stoker. Otros afirmaban que el monstruo de los mangones, era, en verdad, un ‘pájaro’ de la violencia; aquella figura siniestra que asoló el campo colombiano durante los años cincuenta. 





Desde la colina de San Antonio contemplaba la ciudad. Desde allí, podía apreciar la plaza de Cayzedo, la torre Mudéjar de San Francisco, la Ermita y el Hotel Alférez Real, que años más tarde fue destruido por la mano de un alcalde inescrupuloso. 

Allí, en aquella montaña mágica, transcurrió mi infancia. Luego, vino la adolescencia. Los años sesenta y setenta donde la ciudad vivió una época dorada en las artes y las letras. 

Fue el periodo de los festivales de arte dirigidos por Fanny Mickey; los montajes del TEC con Enrique Buenaventura a la cabeza; la creación del Museo de Arte la Tertulia bajo la dirección de Maritza Uribe de Urdinola y donde expusieron por primera vez, los artistas Pedro Alcántara, Óscar Múñoz y Ever Astudillo; y Ciudad Solar, fundada por Hernando Guerrero y Pakiko Ordóñez. 

Los años del Cine club San Fernando dirigido por Andrés Caicedo, donde cada sábado veíamos en la pantalla lo mejor de Buñuel, Truffaut y Fellini.

De aquellos años, hay tres acontecimientos que fueron claves en el proceso de mi formación literaria: El Congreso de escritores hispanoamericanos, dirigido por Gustavo Álvarez Gardeazábal, donde participaron los escritores Camilo José Cela, Juan Rulfo y Manuel Puig. 

Aquella tarde, Cela, como buen español, fue el más hablador. Puig, el más divertido. Rulfo, el más silencioso. Recuerdo que cuando Gardeazábal lo anunció ante el público, el autor de Pedro Páramo se había quedado dormido.

Aquella tarde, los jóvenes que habíamos decidido ser escritores, estuvimos allí, escuchando a los grandes escritores de las letras hispanoamericanas. 

Fabio Martínez con Ramón Illán Bacca

El segundo evento que me marcó fue la aparición en la ciudad de la revista cultural Estravagario del periódico El Pueblo, dirigido por Fernando Garavito. 

Estravagario fue un periódico literario que tenía un diseño moderno y sus viñetas, en blanco y negro, eran sugestivas. Allí se podía leer desde un texto de Albert Camus, hasta un cuento de Jorge Luis Borges. Pero también, allí se podían leer los escritos de María Mercedes Carranza, Roberto Burgos Cantor y Fernando Cruz Kronfly, que comenzaban a descollar como escritores.

Los jóvenes caleños que deseábamos ser escritores, esperábamos el domingo con ansiedad para recibir en la puerta de la casa, por parte del voceador de prensa, aquel manjar literario. 

El tercer acontecimiento fue mi paso como actor, durante cinco años, en el -Grupo de teatro experimental latinoamericano -GRUTELA- que dirigía Danilo Tenorio. El dramaturgo caleño venía del TEC y había dirigido excelentes obras como Guárdese bien cerrado en un lugar seco y fresco y Los papeles del Infierno. A su regreso del Festival de Nancy, en Francia, creó el grupo de teatro en el barrio San Antonio, que se hizo famoso por su montaje Túpac Amarú, 1780. Una obra que tenía la influencia del dramaturgo polaco Jerzy Grotowski.

Con esta pieza teatral estuvimos en el Primer Festival Internacional de Teatro en Manizales donde fueron jurados, entre otros, el poeta Pablo Neruda y Atahualpa del Chiopo, y recorrimos todo el país. 

Estos años hacen parte de mi educación sentimental y fueron claves en mi proceso de formación literaria donde no sólo los libros fueron mi compañía, sino también, la música, el teatro, y por supuesto, la ciudad que, en aquel momento, respiraba un aire de arte, civismo y progreso. 

Hoy, la montaña prodigiosa de San Antonio es un barrio de artistas y escritores. De pequeños restaurantes y tiendas de artesanías. De estudios de pintura y salas de teatro. 

Allí vivieron por muchos años los actores y actrices Jacqueline Vidal, María Eugenia González, Jorge Herrera y Diego Vélez. Allí vivió el director de cine Luis Ospina e hicieron su residencia el arquitecto Benjamín Barney y la fotógrafa Silvia Patiño. Allí nacieron los grupos: el Teatro Imaginario de Tenorio, La Máscara de Lucy Bolaños, El Globo de Jorge Vanegas y Cali- Teatro de Álvaro Arcos. 

Allí viven los músicos Liliana Montes y Gustavo Vivas y conservan sus talleres de pintura los maestros Labrada, Polo y Tello. Allí vive el ceramista Mauricio Pazán y la familia Otero (ésta última famosa por elaboración de las macetas). Allí pernoctaron durante años los escritores Germán Patiño, Octavio León, Leopoldo Berdella de la Espriella y Lucy Fabiola Tello, entre otros. 
Benhúr Sánchez, Fabio Martínez y Jorge Eliécer Pardo en FILBO

Luego, un buen día, pasó el periodo de la adolescencia, y entonces, hubo necesidad de abandonar la pequeña montaña mágica. Había llegado el momento decisivo de dejar la colina, alistar maletas y lanzarse a conocer el mundo. 

Como la imagen de la colina era tan fuerte y me perseguía, cada vez que llegaba a una nueva ciudad, escogía el barrio más alto. Cuando llegué a vivir a París, pernocté por un tiempo en la colina de Montmartre; en Barcelona viví en la colina del Tibidabo; en Montreal viví en Mont Royal; y en Bogotá, en la colina de la deshonra. 

La memoria es una colcha de recuerdos y olvidos. Mis recuerdos más profundos vienen de la loma de San Antonio, mi bella y dorada manzana de la infancia. Los lapsus y olvidos vienen de mis experiencias más recientes.

Si hoy, alguien me pregunta por mis primeras influencias literarias, no sabría decir qué fue primero: si el lenguaje de mi abuelo y el olor a tinta que emanaban sus manos; si el lenguaje de los árboles de la vieja colina de San Antonio o el lenguaje indescifrable y misterioso de las mujeres.




Libros publicados

Los viajes de la música. Música y poesía afroamericana. Ensayo. Colección Mirada ensayo, Editorial Nirada Malva, Granada, 2015
El desmemoriado. Novela. Colección Mirada narrativa, Editorial Mirada Malva, Madrid, 2014
El tumbao de Beethoven. Novela. Común Presencia Editores, Bogotá, 2012.
El escritor y la bailarina. Cuentos. Colección El Solar. Escuela de Estudios Literarios, Univalle, 2012.
Un habitante del séptimo cielo. Edición bilingüe. Novela. Univalle y Vericuetos de París, (1992), 2011.
El fantasma de Íngrid Balanta. Novela. Caza del libro y Pijao Editores, Ibagué, 2008.
Balboa, el polizón del Pacífico. Novela. Editorial Norma, Bogotá, 2007.
Del amor inconcluso. Minificciones. Común Presencia Editores, Bogotá, 2006.
Club social Monterrey. Novela. Editorial Facultad de Humanidades. Univalle, Cali, 2003. 
La búsqueda del paraíso. Biografía de Jorge Isaacs. Editorial Planeta, Bogotá, 2003.
Pablo Baal y los hombres invisibles. Novela. Univalle, Cali, 2003.
El viajero y la memoria. Un ensayo sobre la literatura de viaje en Colombia. Pontificia U. Bolivariana, Medellín, 2000.
Fantasio. Cuentos para bailadores. Editorial Universidad del valle, Cali, 1992. 

Como antologista y editor ha publicado los libros
Carlos Arturo Truque. Valoracíón crítica. Compilación y prólogo de Fabio Martínez. Programa Editorial Universidad del Valle. Cali, Colombia, 2014
Colección El Solar. Veinte libros de cuentos colombianos. Escuela de Estudios Literarios. Univalle, 2012
Cali-grafías. La ciudad literaria. Antología bilingüe. Univalle-Vericuetos Paris, 2004.
Cuentos sin cuenta. Antología de relatos de escritores colombianos. Programa Editorial Universidad del Valle, Cali, 2003

Distinciones
Mención Especial en la Beca Ernesto Sábato Cali, 1987.
Primer Premio de Ensayo latinoamericano René Uribe Ferrer, Medellín, 1999.
Primer Premio ‘Jorge Isaacs’, 1999.
Fue el Director fundador del periódico La Palabra.
En la actualidad es columnista de eltiempo.com




domingo, 19 de abril de 2015

Guinevere van Seenus


Nació el 15 de septiembre de 1977 en Washington DC. Su infancia la pasó viajando por Estados Unidos, donde comenzó su carrera como modelo posando para catálogos y revistas locales. Tenía por aquel entonces sólo 15 años. Sin embargo, esta joven rubia de ojos azules, que actualmente está nacionalizada como holandesa, se marchó a Europa para triunfar en el mundo de la moda. Un objetivo que ha logrado, ya que es una de las modelos más cotizadas del mundo.


Guinevere van Seenus ha sido imagen de varias firmas importantes, como ChanelDolce & GabbanaGAPVidal SassoonJil SanderSonia Rykiel y TSE, entre otras.


También ha posado para las portadas de las revistasVogue (Italia y Alemania), Marie Claire (Italia) y W, entre otras. Sobre la pasarela ha desfilado por ejemplo para las marcas DKNYGianni VersacePradaAnna SuiGivenchy y Lanvin, por citar unas pocas.






martes, 14 de abril de 2015

Günter Grass


Günter Grass
Poster de T.A.




Günter Grass
(1927 - 2015)

(Danzig, actualmente Gdansk, Polonia, 1927 - Lübeck, 2015) Escritor alemán cuya obra narrativa reflexionó ácidamente sobre la historia de su país y la sujeción del individuo a las ideologías imperantes. En 1999 recibió el Premio Nobel de Literatura "por su forma de descubrir y recrear el rostro olvidado de la historia".
Günter Grass

De origen alemán por parte de padre y polaco por el lado materno, militó en su adolescencia en las Juventudes Hitlerianas y fue llamado a filas en 1944, hecho prisionero por los americanos y liberado en 1946. Tras desempeñar diversos trabajos y oficios (bracero agrícola, picapedrero), ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Düsseldorf para seguir cursos de escultura, que luego continuaría en Berlín. En sus inicios cultivó paralelamente la creación plástica (escultura y artes gráficas) y la literaria en las vertientes poética y dramática, componiendo piezas como Faltan diez minutos para Buffalo (1957), Inundación (1957) y Tío, tío (1958).
Fue sin embargo la narrativa, en la que se concentró a partir de 1958, la que lo lanzó a la fama con El tambor de hojalata (1959), primera de las novelas que integran la denominada "trilogía de Danzig". La obra tuvo una enorme resonancia, generó una gran polémica literaria y cimentó el renombre del autor. En ella, como en las otras dos (El gato y el ratón y Años de perro), su ciudad natal constituye el telón de fondo ante el cual se desarrolla la historia del protagonista, Oskar Matzerath, un enano que deambula permanentemente acompañado de un diminuto tambor, a cuyos redobles va evocando un animado fresco de la pequeña burguesía alemana entre 1930 y 1950.

Autorretrato
Günter Grass

Internado en una institución psiquiátrica, Oskar Matzerath narra su vida desde el comienzo. Esta narración se intercala con un diario que escribe en su reclusión y que abarca de 1952 a 1954. El personaje no ha crecido desde los tres años a causa de un accidente provocado con objeto, precisamente, de detener su crecimiento. En cambio, maduró intelectualmente cuando aún se hallaba en estado embrionario. Esta disparatada peculiaridad le permite ver con toda claridad lo que le rodea, pero sin participar en nada, en una auténtica relativización de la propia realidad. Desde su singularísima situación, Oskar evoca su infancia en Danzig, donde su madre y el marido de ésta regentaban una tienda de comestibles. Con ellos convivía un primo, de origen polaco, que formaba con el matrimonio un ménage à trois.
Llegó después la ascensión del nazismo, y el pequeño Oskar se dedicaba a perturbar los desfiles de los camisas pardas tocando su tambor de hojalata. Después de empujar al primo polaco a la muerte durante el asedio de la oficina de correos, se integró en una troupe de enanos que, durante la guerra, hacían números de circo para entretener a los soldados. De regreso en Danzig, y en el momento en que el Ejército Rojo se disponía a tomar la ciudad, consiguió que su padrastro muriese asfixiado al obligarle a tragarse una insignia nazi.
El lenguaje de Grass es como una pirotecnia de truculencias, pastiches estilísticos, juegos de palabras y descripciones llenas de dramatismo y no ajenas a ciertas evocaciones simbólicas. Völker Schlöndorff realizó en 1979 una película basada en esta novela. La labor de desenmascaramiento es llevada a cabo desde una perspectiva de ingenua intrepidez, que opera totalmente al margen de cualquier ideología o tendencia moralizadora y pone en marcha una amplísima gama de recursos estilísticos y compositivos.
Günter Grass
El tono satírico-grotesco predomina también en El gato y el ratón (1961), a la que sigue Años de perro (1963), donde la historia política de Alemania en el segundo cuarto de siglo sirve, una vez más, de marco referencial a los avatares y conflictos de una relación entre dos amigos de infancia. Después del estreno y la publicación en Berlín del drama Los plebeyos ensayan la rebelión (1966), en el que se pone en entredicho la postura del dramaturgo Bertolt Brecht en relación al levantamiento antiestalinista del 17 de junio de 1953 en Berlín oriental, publicó las novelasAnestesia local (1969), cuya versión teatral resumida apareció ese mismo año con el título de Antes, y Diario de un caracol (1972), que reflejan la intensa actividad política del escritor en las filas de la socialdemocracia alemana.
En El rodaballo (1977), acaso la más ambiciosa de sus creaciones novelísticas, recurre al mito y a la historia para plantear una parábola de la condición humana y de la relación hombre-mujer que contiene, además, una historia del arte culinario y una aguda sátira del feminismo. La obra se compone de nueve capítulos correspondientes a los de la gestación. Una mujer es la protagonista de cada capítulo, que se desarrolla en distintas épocas de la historia y tiene como hilo conductor la alimentación humana desde la época de las cavernas hasta nuestros días, otorgando a las conquistas culinarias mayor trascendencia que a las guerras y a los episodios consignados en las historias convencionales.
El protagonista que subyace al conjunto de la narración es el rodaballo, y el punto de partida de la inspiración es un cuento sobre ese pez del autor romántico Philipp Otto Runge. Capturado en la edad de la piedra, el rodaballo promete al pescador que si lo suelta le ayudará a liberarse del matriarcado imperante. De ahí deriva la concepción viril de la historia, hecha de imposición del poder y de sumisión de la realidad a la elucubración que desemboca en el totalitarismo, nutrido por invenciones tales como Dios, el progreso o la revolución. El libro de cocina es el verdadero texto de historia, el que recoge la estricta realidad y los progresos y conquistas del género humano, porque el hombre, más que un animal racional, es un animal (el único) capaz de cocinar. En nuestra época, el rodaballo es capturado de nuevo, pero esta vez por tres feministas a las que promete, si lo sueltan, apoyar su causa. Pero ellas no lo liberan y le organizan un juicio, con lo que el curso de la historia no se invertirá, y a los excesos del predominio viril no sucederán excesos por parte del sexo opuesto.
Günter Grass publicó posteriormente, entre otros títulos, el relato Encuentro en Telgte (1979), evocación de su actividad dentro del "Grupo 47" y de la figura de Hans Werner Richter, ambientada durante la guerra de los Treinta Años, y las novelas Partos mentales o los alemanes se extinguen (1980) y La ratesa (1986), melancólica prefiguración del fin de la Humanidad en un holocausto atómico del que sólo se salvarían las ratas.
En 1978 apareció Escarmientos, libro que reúne sus discursos y escritos políticos, y dos años después se editaron sus Ensayos sobre literatura 1957-79. Entre sus últimas obras cabe citar Alemania, una unificación insensata (1990); la novelaMalos presagios (1992); Cuatro decenios (1992); Es cuento largo (1995), libro muy crítico acerca del proceso de la reunificación alemana, y Mi siglo, colección de cien relatos (uno por cada año del siglo) publicada en 1999, año en que fue doblemente galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y con el Premio Nobel de Literatura.
En 2002 publicó A paso de cangrejo, nueva narración sobre la Alemania de la Segunda Guerra Mundial que abordaba el sufrimiento de los alemanes a través del relato del hundimiento de la embarcación Wilhelm-Gustloff en 1945, en el mar Báltico. En 2006 vieron la luz el poemario Lírico botín, que recoge la producción poética de los cincuenta años anteriores del autor, y la narración autobiográficaPelando la cebolla, en la que Grass hizo pública su condición de miembro de las SS durante su primera juventud. La noticia desató ríos de tinta en todo el mundo, pero especialmente en su país de origen, en el que no faltaron las voces que reclamaron la renuncia del escritor a su Nobel. Grass tuvo que salir al paso pidiendo perdón por su "pecado de juventud", mientras que sus defensores esgrimieron su continua dedicación a la causa antibelicista y a la denuncia de los desmanes y horrores provocados por la guerra.
Socialdemócrata convencido, Günter Grass nunca evitó salir a la primera línea del debate público para defender sus puntos de vista. Así, criticó la reunificación alemana por considerarla demasiado acelerada y traumática para la República Democrática Alemana, y defendió siempre los derechos de las minorías en su país. En su momento, fue un defensor del movimiento sandinista. Crítico con el capitalismo, no perdía ocasión de señalar su íntima injusticia y, en su opinión, la reducción que opera en las formas sociales de experiencia del mundo y de relación entre las personas.



“Cuando algo es moralmente correcto hay que defenderlo 
sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar.”
Günter Grass



Peces de pelea
Grabado de Günter Grass

Durante mi entrenamiento para el combate con tanques no supe nada de crímenes de guerra. Pero mi llamada ignorancia no puede encubrir el hecho de que pertenecí a un cuerpo, un sistema, que planeó y organizó la destrucción de millones de seres humanos. Aunque yo mismo no me considerara culpable, siempre queda algo en la conciencia que no se puede limpiar, eso que solemos llamar con frecuencia responsabilidad compartida. Es seguro que tendré que vivir con ello para el resto de mi vida.

Günter Grass

Günter Grass, 2013

David Bennent como Oscar Matzerath
El tambor de hojalata, una película de Volker Schlondorff


"El tambor de hojalata", 

de Günter Grass, 

de la literatura al cine

Ayer se presentó en Madrid la película sobre la novela del escritor alemán

ROSA MARIA PEREDA 3 OCT 1979

Anoche se proyectó por primera vez en Madrid, en sesión de preestreno, la versión cinematográfica de El tambor de hojalata, que, sobre la novela de Günter Grass, ha dirigido Volker SchIoendorff. David Bennent, un chico de doce años, hijo de un actor y una bailarina, carga con el papel que centra la película y la novela: Oscar Matzerath.
Ese niño terrible que, justo el día de su tercer cumpleaños, decidió dejar de crecer y se quedó en ese horizonte bajito, odiando infinitamente el mundo de los adultos, que además eran los grandes, y haciéndose cargo de su doble dote: un grito tan penetrante que podía desgarrar los cristales de las ventanas y un tambor: la percusión personalísima que es un contrapunto de sus afectos y sus rechazos, de su humor y sus malhumores, de sus amores y su denuncia.En el largo proceso de escritura del guión, de conversión de esta novela al cine, ha habido que saltar muchas dificultades. Primero, el cambio de lenguaje, porque El tambor de hojalata -publicada en España, tras larga prohibición, por la editorial Alfaguara- sustentaba su poder de rebeldía y denuncia en un lenguaje muy especial -el salto de perspectivas, por ejemplo, la inclusión de elementos que rozan lo maravilloso, la aparición de objetos (palabras) claves cargados de significados misteriosos- y, sobre todo, como siempre en literatura, en el poder evocador de la palabra, que encuentra imágenes distintas, relacionadas pon las experiencias individuales y vaya a saber qué oscuras zonas de la personalidad, pero que en cada caso tienen encarnaciones distintas. Dar una cara y un cuerpo a Oscar Matzerath no ha sido la menor entre las dificultades, y David Bennent, un niño inquietante, ha sido el personaje elegido. La historia, que según apuntaba Schloendorff en su diario, y a la primera lectura, podría convertirse, debería ser «un fresco muy alemán, la historia del mundo vista y vivida desde abajo: cuadros gigantescos, espectaculares, reunidos por el minúsculo Oscar», le tentaba especialmente. Al director de El joven Toerless -una película de iniciación- se le planteaba la historia justo contraria: la desiniciación, la negativa al crecimiento, como él apunta: «El crecimiento personal cero.» Pensó -ha dicho él mismo- en un enano. Prefirió un niño: que la repulsa del universo nazi, de la vida provinciana y pequeñoburguesa que tan ferozmente fustiga Günter Grass, se viva desde el pasado infantil de cada uno, desde el infierno perdido.
El propio Günter Grass se había mostrado escéptico sobre la posible realización cinematográfica de su novela. Y, en realidad, de cualquier novela, o mejor, de cualquier buena novela. Él ha colaborado en el remodelamiento de la historia que inventó, en los cambios que se han hecho necesarios al volver imagen la palabra. Sobre el primer guión de Schloendorff ha dicho: «Me di cuenta de que había comprendido la dimensión épica de la obra. Me di cuenta también de que tendría el valor suficiente para remodelar el material, sin seguir servilmente el libro, sustituyendo las fórmulas literarias por otras cinematográficas.» Y, hablando de su novela y de la película, ha dicho: «En la joven generación actual hay mucho de Oscar Matzerath. Son tantos los que querrían escapar al proceso de volverse adulto y a las responsabilidades que esto lleva consigo, así como a las mutilaciones de un crecimiento desviado.


'El tambor de hojalata' redobla 

en una nueva traducción española

Una versión de Miguel Sáenz celebra el medio siglo de la novela de Günter Grass

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS Madrid 15 DIC 2009


En 1958, un joven de 31 años con formación de dibujante que había probado suerte con la poesía y el teatro leyó un capítulo de su primera novela en una de las sesiones del legendario Grupo 47, al que se había unido tres años antes. Fundada en el año que le dio nombre, la historia ha visto cómo los nombres de los fundadores de aquella particular asociación de escritores alemanes -Hans Werner Richter y Alfred Andersch- han quedado ensombrecidos por la fuerza de otros de sus componentes: Paul Celan, Ingeborg Bachman, Martin Walser y Hans Magnus Enzensberger.
De allí salieron además dos premios Nobel. Uno fue Heinrich Böll, en 1972. El otro, Günter Grass, en 1999, justo aquel muchacho cuya lectura le valió los 5.000 marcos del premio que convocaba el grupo y, de paso, la posibilidad de terminar esa novela, El tambor de hojalata,que se publicaría en 1959, hace ahora medio siglo.

El traductor pasó una semana junto al novelista en los escenarios del libro
La grotesca historia de Oskar Matzerath, algo más que un niño que se niega a crecer en la Alemania que sirvió de caldo de cultivo al nazismo, fue recibida como una obra maestra pero con una mezcla de júbilo y cólera. "Lo que, por amor, no le había ahorrado a mi país, fue leído como si ensuciara mi propio nido", dijo Grass al recordar aquellos años en su discurso del Nobel. Su popularidad se disparó cuando la adaptación cinematográfica de Volker Schlöndorff, de 1979, obtuvo la Palma de Oro en Cannes y el Oscar a la mejor película extranjera.
La novela pudo leerse en español a los cuatro años de su aparición, pero no en España. Prohibida por el Gobierno franquista, El tambor de hojalata apareció en la editorial Joaquín Mortiz de México. Allí fue presentada en 1964 por su propio autor y por un exiliado español llamado Max Aub. Aquella traducción, que corrió a cargo de Carlos Gerhard, fue la que Alfaguara publicó en España en 1978, la que ha venido reeditándose hasta este año y la que todavía puede encontrarse en bolsillo.
Cincuenta años después de la aparición de la novela original, llega a las librerías un nuevo tambor en español, salido esta vez de la mano de Miguel Sáenz, premio Nacional de Traducción por toda su obra en 1991. "Desde que publicó El rodaballo, en 1977", cuenta Sáenz, "Grass se ha reunido con sus traductores cada vez que sacaba un libro importante. Hace cuatro años, en una de esas reuniones, surgió la idea de traducir de nuevo El tambor...". Sáenz, que nunca lo había considerado una urgencia porque la traducción de Gerhard seguía "funcionando muy bien", creyó llegado el momento de enfrentarse a aquellas casi 700 páginas y se puso a ello. Durante un año.
Su versión acaba de aparecer, otra vez en Alfaguara, acompañada de un homenaje explícito del nuevo traductor al antiguo, casi un relato de intriga de cuatro folios a modo de epílogo: "Aparte de que su versión tenga hallazgos brillantes, Gerhard era un personaje interesantísimo". Catalán de origen suizo y alsaciano y hermano de un músico discípulo de Schoenberg, fue diputado durante la República y escribió un libro sobre su trabajo en Monserrat durante la Guerra Civil. Murió exiliado en México en 1974. Es posible, además, que su versión pasara por las manos de colaboradores de la editorial mexicana, como Augusto Monterroso, Manuel Andújar o Bernardo Giner de los Ríos.
"La calidad del resultado fue enorme", dice Sáenz. Él, no obstante, ha contado para su trabajo con la complicidad del propio Günter Grass: "El contacto con el autor es fundamental. No sólo porque puede resolverte dudas, sino porque es impagable pasar siete días en Danzig [actual Gdansk] con Grass recorriendo los escenarios de la novela". ¿Cambia su lectura a la luz de la revelación que hizo el propio Grass en Pelando la cebolla, la primera entrega de sus memorias, de que había sido miembro de las SS al final de la guerra? "No. Muchas cosas autobiográficas ya estaban en El tambor... Lo que pasa es que él nunca las había dicho tan claramente como en las memorias".
Con El tambor de hojalata, dice Sáenz, nació la nueva novela germana: "El Grupo 47 demostró que se podía seguir escribiendo en alemán después de Auschwitz. No tanto por el hecho de que la lengua hubiera sido o no corrompida por los nazis, sino porque su fuerza literaria es enorme". El mismo Grass, que siempre ha reconocido la influencia de la picaresca española en su obra más famosa, explicó en su discurso de Estocolmo que había tratado de sacar el idioma alemán del "paso militar": "Para nosotros, niños escaldados, de lo que se trataba era de renegar de las magnitudes absolutas, el blanco o el negro ideológicos. Nuestros padrinos eran la duda y el escepticismo". ¿Su mejor arma? Un tambor de hojalata en manos de un niño chillón.



Günter Grass

"Die Blechtrommel" 

"El tambor de hojalata"

3 DE ABRIL DE 2013

"El día de su tercer cumpleaños es una fecha determinante en la vida del pequeño Oskar Matzerath: toma la decisión de dejar de crecer y recibe su primer tambor de hojalata...".
En 1959 Günter Grass publicó su primera novela, "El tambor de hojalata" - "Die Blechtrommel", en la que se mezclan el realismo, lo macabro, la fantasía y el simbolismo; la lucha de un hombre por preservar su individualidad en medio de lo que Grass concibe como la pesadilla materialista de la vida contemporánea.

Vamos a participar en el tránsito de la vida de un hombre que se negó a crecer; a conocerlo con 30 años y un tambor cuya música no deja indiferente, ni tampoco su voz capaz de romper cristales. Desde su psiquiátrico, como si se tratase del mundo y, con la capacidad de recordar incluso su etapa intrauterina gracias al redoble continuo de su tambor, seremos privilegiados invitados a una de las etapas más cruciales en la Alemania de 1920 a 1950.


Traducida al español en 1963, auque en España es prohibida por la dictadura franquista. Con motivo del 50 aniversario de su publicación, en 2009 la novela redobla en su nueva traducción de la mano de Miguel Sáenz, premio Nacional de Traducción por toda su obra en 1991. Os recomiendo leer esta traducción y no la anterior de Carlos Gerhard.


Llevada al cine por Volker Schlöndorff en 1979, obteniendo la Palma de Oro en Cannes y el Óscar a la mejor película de habla no inglesa ese año.






Günter Grass
Poster de T.A.

Günter Grass

Hijos, ficción y memoria


Las difíciles relaciones con sus ocho hijos centran la nueva entrega autobiográfica de Günter Grass, titulada La caja de los deseos. El Nobel alemán acaba de publicar un poemario, Payaso de agosto,escrito tras el escándalo de sus confesiones en Pelando la cebolla.
Tiene algo de catarro, se tienta la frente pero no tiene fiebre, y está en su rincón, bajo los grabados de Goya, en su casa de Behlendorf, cerca de Lübeck. Tiene ya 81 años, para 82, que cumplirá el 16 de octubre, y la edad le pesa. La aligera escribiendo. Y dibujando, y esculpiendo, y caminando por el jardín ahora primaveral de esta casa en la que él y Ute, su mujer, comparten recuerdos, palabras y silencio. Los hijos, de varios matrimonios, están desperdigados por el mundo, los de él (seis, con distintas madres) y los de Ute (dos), pero tienen ahora, para los lectores también, un extraordinario protagonismo, porque son los que hablan en su último libro, La caja de los deseos (Alfaguara), casi tan arriesgado como Pelando la cebolla, aquella primera autobiografía en la que tomó la decisión de contar con todo detalle algo que ya había insinuado otras veces: que estuvo en las SS hitlerianas cuando tenía 17 años. Ahora no se armará la que se armó entonces, porque La caja de los deseos es sólo un escándalo privado, sobre las difíciles relaciones del padre (Günter, papaíto, papi, El Viejo...) con hijos que siempre le vieron buscando algo que contar, en su estudio, ensimismado, silencioso, "un padre incapaz", como él dice ahora y se dice también en la novela. El libro es una mezcla de ficción y realidad y narra distintos encuentros con los ocho hijos que ha tenido o que comparte con sus sucesivas mujeres; son ocho hijos, algunos mayores de cincuenta años, cuya voz interpreta el premio Nobel y premio Príncipe de Asturias de 1999 muchas veces para ejercer una autocrítica feroz y otras veces para expresar ternura, crítica, indiferencia..., todos los sentimientos que se reflejan en la relación de los hijos con el padre. Es un libro de Grass, en el que el autor de El tambor de hojalata parece mantenerse al margen, de modo que es un libro suyo dicho por los hijos. Le encontramos, en esta ocasión, especialmente tierno, como si la edad también estuviera limando sus aristas, y casi no hablamos de política, que es un asunto tan querido por él; algunas cosas dijo del presidente de Estados Unidos Barack Obama, y de la crisis, pero habló sobre todo de literatura, y de los hijos, de la rara relación que el tiempo impulsa en la familia. Luego nos invitó a una cena de callos que preparó Ute, con una receta portuguesa, me parece. Estuvimos acompañados por Grita Loebsack, que nos sirvió de intérprete y que es la cotraductora, colaboradora de su marido, Miguel Sáenz, de los últimos libros de Grass, incluido este. Es un libro difícil de escribir, muchas veces conmovedor, y raro, y por ahí, por esa rareza que contiene (las confesiones de los hijos con el padre presente) comenzamos a hablar en su luminoso estudio de Behlendorf.


"Sigo siendo un revisionista y un reformador. Y estoy hablando de Europa. Las revoluciones en Europa siempre han acabado mal"
PREGUNTA. A veces he pensado si usted no es uno de sus hijos.
RESPUESTA. ¡Ja, ja, ja! Lo que me ha atraído de esta fase autobiográfica en la que estoy, después de haber escrito Pelando la cebolla, sobre los años de mi juventud, hasta El tambor de hojalata, es tratar sobre la situación familiar, que a veces es tan confusa. Hay muchos elementos en juego en esa relación, y yo quise abordarla en forma de diálogo. Y empiezo el libro como si fuera a contar una fábula: "Érase una vez...". Y el libro adquiere un tono como de cuento de hadas, por eso seguramente has tenido la impresión de toparte conmigo como si fuera un niño...
P. Y como un padre, a la vez.
R. Y yo mismo me llamo padre incapaz, deficiente. Es muy lógico que, siendo padre de ocho hijos distintos, de madres diferentes también, a pesar de todo el amor, la simpatía, de las relaciones cariñosas, esta sensación de que soy un padre incapaz o deficiente aparezca una y otra vez... Y aparece también el estado de confusión en el que se encuentran a veces los hijos en determinadas situaciones. Pienso, por ejemplo, cuando se quebró mi primer matrimonio. En el fondo trato de mi propio estado de confusión, porque soy yo quien ha causado esas situaciones.
P. ¿Le dio pudor? ¿Aprendió haciendo esa autocrítica que pone en boca de sus hijos? ¿Qué aprendió de ellos?
R. Mi intención era describir o presentar todo ese ámbito familiar sin culpar a nadie, y creo que lo he conseguido. He descrito sin decir "éste es culpable" o "yo soy el culpable". Aparte de que creo que la posición del padre es siempre un poco dudosa... Cuando terminé la primera versión del libro envié el manuscrito a todos los hijos, y luego tuvimos una discusión muy larga y muy intensa con ellos; vinieron casi todos, y les hice caso. Uno no quería que saliese esto, el otro quería que esto se presentara de una forma distinta..., y les hice caso. Y a pesar de haber tomado muy en serio todo lo que dijeron siempre he insistido en que el que escribe soy yo, yo soy el que tiene la sartén por el mango. Todo ese temor, esa aversión a revelar la vida íntima de los hijos a los lectores no es para mí un argumento. Ellos forman parte de mi vida, pero esta es mi vida también. Así que tengo derecho a exponer mi vida, y los hijos forman parte de mi vida.
P. ¿Sobre qué se produjo más discusión con ellos?
R. Me sorprendió que no les interesara en absoluto el carácter literario o artístico del libro, lo pasaron por alto completamente...
P. ...Eso es evidente también en el libro. Pasan completamente...
R. Ellos siempre se han agarrado a detalles: "Esto fue distinto, aquello no ocurrió así...". Una de las cosas que realmente me sorprendió fue que los dos hijos mayores, que entonces, cuando eran chicos, fumaban porros, no querían que se mencionara esa circunstancia entonces completamente normal en Berlín. Ahora son hombres de cincuenta años, y no quieren que se les recuerde fumando porros. Es que todavía lo consideran algo que no quiere que se traspase al público. Les importa, les sigue importando; en el fondo son sus historias de niños, y ellos siguen siendo sensibles a ellas. Que son ellos los que las deben guardar. Les importan, les siguen importando.
P. ¿Y cuando se encontró con los chicos se dijo, "¡Dios mío, en qué lío me he metido!"? ¿Se divirtió?
R. Realmente puedo decir que he escrito el libro con placer, con alegría. O sea que sí, me divertí. Además, sentí como un desafío hacer un libro dialogado. Había ocho voces diferentes, y todos los hijos reaccionaron con sensibilidad, algunos con rechazo, otros me dijeron que podía escribir lo que quisiera sobre ellos. Hubo, en definitiva, además de esa alegría de escribir, una cierta melancolía por el efecto de las discusiones que hemos tenido y que se reflejan en el libro. Creo que ese tono melancólico no le hace nada mal al libro, todo lo contrario. He intentado sacar lo mejor, aprovechar las discusiones de los hijos, he seguido trabajando después de esas discusiones, pero no les he dado la última versión.
P. ¿Y qué han dicho una vez publicado?
R. ¡Viven con ello!
P. ¿Hubo un momento en que usted dijo: "Tengo que hacer este libro"?
R. Necesitaba escribirlo para seguir escribiendo autobiográficamente. Había escrito Pelando la cebolla, que termina con la aparición de El tambor de hojalata. Hasta ese momento yo era un autor completamente desconocido. Y después fui escribiendo un libro tras otro (y fue habiendo hijos). Yo quería saber cómo me habían visto mis hijos a lo largo del tiempo; habían vivido con un padre que desaparecía en su estudio para escribir y escribir. ¿Cómo me habían percibido? En gran parte era un padre ausente. Ellos sabían que escribía sobre un perro, sobre un pez, pero nunca trascendió de ellos interés alguno por lo que hacía. Estaba allí recluido, escribiendo... Y quise contar esa relación a través de los ojos de María [María Rama, fotógrafa, que siempre acompañó a Grass, y a quien está dedicado el libro], a través de esas fotos que ella obtenía con una extraña caja fotográfica antigua...
P. La caja de los deseos...
R. Es una caja de sorpresas, una caja mágica que sabe mirar hacia el futuro y hacia el pasado y que podía ser de interés para los niños. Yo sé que sin esta idea de la caja fotográfica no habría podido escribir este libro. Lo que pasa es que para mí se trata, en el fondo, de historias de la cámara oscura.
P. No está Grass, por así decirlo, está lo que usted supone que es el lenguaje de los hijos. ¿Lo escuchó? ¿Lo inventó?
R. Es una mezcla de todo. Por un lado existen las experiencias con los niños, y por otro está el lenguaje de los hijos cuando eran niños. Pero cuando están sentados alrededor de la mesa son personas mayores que una y otra vez recaen en el lenguaje infantil o juvenil. Todo esto había que mezclarlo, coordinarlo y pasarlo por la mano de un autor, por la fuerza creativa de un autor. No es un reflejo fiel de un modo de hablar, no, son muchas cosas a la vez.
P. Aparece un micrófono que graba...
R.Sí, lo digo en el primer capítulo; uno de los chicos es ingeniero de sonido, pone dos micrófonos en la mesa. Y al final se quitan los micrófonos. Pero nunca hubo estas conversaciones, todo es pura ficción, y los micrófonos también son una ficción. Pero en esos comentarios del padre se nota el deseo y la voluntad de que esto se registre con micrófonos. Y todo está en la mano cuidadosamente organizadora del padre. Lo importante era presentar las cosas que para mí eran importantes vistas a través de los hijos.
P. Un desafío interesante era comprobar cómo los hijos habían asistido a su proceso literario.
R. Ellos no valoran la obra, no la ven, no la interpretan; en el fondo la perciben como historietas... Los hijos son más bien indiferentes con respecto a la obra. Tienen un padre, cuando está presente también está ausente, porque siempre lleva un tictac en la cabeza, está en otra cosa. Cuando les enseñé la primera versión y empezaron a objetar les dije: "Mirad, incluso cuando os escucho y doy una contestación, por dentro tengo siempre otra película que está ahí. Es mi manuscrito, en el que estoy trabajando". Estaban sorprendidos pero tienen que vivir con ello: tienen a un autor como padre y a un padre como autor. A mi mujer a veces le pasa lo mismo.
P. En 1996 hizo usted un viaje con tres hijas suyas de madres distintas; fueron a Italia, lo cuenta en Mi siglo. Puede ser el punto de partida de este nuevo encuentro...
R. El viaje con las tres hijas fue una tentativa feliz; se conocían poco, quería que se conocieran más. Es un acto de padre, y fue posible, fue deseable, y fue fructífero: reunir a los hijos de madres distintas... Y luego vino este encuentro: todos crecieron en ambientes muy distintos, en familias muy distintas. Fue importante juntarlos.
P. ¿Cómo se siente como padre de tanta familia? ¿Este libro le ha servido de catarsis?
R. Vivimos en un mundo en que a izquierdas y derechas se destrozan, se rompen los matrimonios, y por regla general las separaciones se hacen a costa de los hijos, porque hay muchas disputas, muchos problemas, y ellos están ahí, sufriéndolo... Esto es lo que queríamos evitar precisamente Ute y yo, los dos. Por esta razón hemos intentado reunir a estos ocho hijos de distintas mujeres en una gran familia. Y creo que lo hemos conseguido. Los hijos han respondido, les gusta formar parte de este grupo. Como te he dicho antes, en el libro no se distribuyen culpas..., el problema de la culpa se trata al margen, en un capítulo que no sé cómo lo ha traducido Miguel Sáenz...
P. Desbarajuste...
R. Desbarajuste. Si estoy orgulloso de algo, aparte de haber escrito algún libro o de haber hecho algún dibujo o alguna escultura, es de tener ocho hijos y ya diecisiete nietos, que están reunidos en un gran conjunto que es la familia...
P. ¿Y cómo se ve a sí mismo como hijo ahora?
R. Las relaciones con mi padre, que describo en Pelando la cebolla, fueron más bien conflictivas, difíciles. Cuando yo era joven me consideraba, y tenía toda la razón del mundo, como un personaje absolutamente loco por escoger la profesión de artista en tiempos tan complicados, tan revueltos, como aquéllos. Pero luego, cuando me hice un personaje público y adquirí cierta reputación ya no nos peleamos en absoluto... Ahora me resulta más fácil mirarlo con ojos más comprensivos; él era consciente de que era realmente muy difícil en aquellos tiempos hacerse artista, y además era muy posible el fracaso. Quizá no me entendía muy bien, pero representaba una actitud de cariño hacia mí. Por eso ahora lo puedo enjuiciar con más tolerancia y más comprensión.
P. En este libro hay una invocación: "No juzguéis a vuestro padre. Podéis estar contentos de que exista aún...".
R. Lo dice la nuera mexicana... Las nueras son mucho más objetivas en los conflictos que los propios hijos...
P. Se apiadan más.
R. Claro, además ella tiene el temperamento mexicano. No es seguro que eso haya ocurrido así, pero es cierto que alguna vez me ha contado Ute que ella se lo ha dicho a sus cuñados y a su marido. "Podéis estar contentos de que todavía viva".
P. Y usted se siente reconfortado con esa reflexión.
R. Naturalmente.
P. En el libro uno de sus hijos dice de usted: "Nunca ha querido saber nada de las revoluciones, siempre ha sido sólo un reformador". ¡Un conservador Günter Grass, después de tanto tiempo!
R. Alguien que reforma no es conservador... Reformista era una palabra que odiaban los comunistas, era para ellos una mala palabra fea.
P. Ha vivido un siglo de muchas revoluciones, algunas funcionaron y otras no. ¿Sería ahora un reformista o un revolucionario?
R. Cuando publiqué mis primeros discursos políticos lo hice bajo el título Discursos de un revisionista, porque ésa era otra palabra que no podían soportar los comunistas. Hasta hoy sigo siendo un revisionista y un reformador. Y estoy hablando de Europa. Las revoluciones en Europa siempre han acabado mal, en el sentido de que se han devorado a sus propios hijos, como suele decirse. Han empezado con una tremenda ansia de libertad, y luego... Pensemos en la Revolución Francesa, o en el Octubre de Rusia. Han acabado en sangre y en falta de libertad... De todo esto he sacado mis conclusiones, y pienso que la situación que tenemos aquí, en Europa, tiene que cambiar gracias a reformas radicales, porque no sólo vivimos una crisis financiera o económica sino una crisis del sistema capitalista. Como no hay ninguna alternativa, debe de ser posible hacer proyectos radicales para que este sistema sea más humano, para que se comprometa más socialmente, como sucedió después de la guerra en Alemania o en Escandinavia... Yo creo que vivimos una situación revolucionaria que no sé por donde va a salir, si por la derecha o por la izquierda, y yo personalmente temo que vaya por la derecha.
P. ¿Le ha desatado alguna esperanza el cambio en Estados Unidos?
R. Naturalmente. Cuando se ve una persona como Obama, con su gran carisma, un hombre que parece auténtico y sincero, uno tiene esperanza, esto es completamente lógico y normal... Pero hay que tener en cuenta tanto en América como en Europa la existencia de los lobbies, fuerzas que sin ninguna legitimación democrática quieren intervenir en los Gobiernos. Este poder es tan grande que si no conseguimos romperlo entonces estamos listos.
P. Volvamos al libro. ¿Usted se siente reflejado en lo que escriben sobre usted "los chicos de la prensa", como los llaman los hijos en La caja de los deseos?
R. No quiero hablar sólo sobre lo que me concierne; soy lector de periódicos y veo lo que sucede en la prensa. Y tengo que decir que muchos periodistas escriben por debajo de su nivel. Muchos se adaptan al espíritu del siglo, tienen unos conocimientos absolutamente deficitarios de los libros, hacen todo de una forma muy superficial, les interesa más el color de mi pantalón o cómo éste combina con mis zapatos... Esto por un lado es deprimente y por otro es aburrido y no contribuye gran cosa a esa función mediadora que debería tener el periodista crítico entre el libro y los lectores. En este momento el tiempo que dedico a estas cosas ha bajado muchísimo, porque me concentro ahora en lo que me interesa de verdad, que es el trabajo de escribir. Cuando escribo me siento verdaderamente feliz. He llegado tomando conciencia muy tarde de algo que realmente es muy importante: lo bueno de escribir es escribir.
P. El tambor de hojalata sale otra vez en España, cincuenta años más tarde, en una nueva traducción de Miguel Sáenz, el 7 de octubre de este año. ¿Qué le sigue diciendo Oscar Matzerath? ¿Sigue rompiendo cristales, o rompiendo los tímpanos?
R. Apareció hace medio siglo en Alemania. Hace mucho tiempo que no he leído el libro entero, pero justamente la semana pasada he tenido dos veces ocasión de leer un capítulo, y con gran sorpresa he visto que el texto se ha mantenido muy fresco. Oscar es el reflejo de su tiempo, pero al parecer su presencia supera los límites del tiempo. Eso pasa muchas veces con los protagonistas literarios. He dicho más de una vez que El tambor de hojalata se puede considerar dentro de la tradición de la novela picaresca. Hay todavía cosas en Don Quijote que nos interesan muchísimo a pesar de que en su tiempo fue una parodia de las novelas de caballería. Ahí creó Cervantes algo que trasciende la temporalidad. Y lo mismo se podría decir de Tristram Shandy, de Laurence Sterne y de otros. Me alegraría mucho de que eso se pudiera decir de alguno de los protagonistas de mis libros.
P. E independientemente del libro, ¿cómo ve usted el futuro?
R. Actualmente hablamos únicamente de una cosa: el colapso del capitalismo desde un punto de vista económico y financiero. Pero paralelamente hay procesos igual de desastrosos: el cambio climático, el increíble aumento de la población mundial, la considerable falta de agua y el incremento de hambrientos en el mundo...
Günter Grass. La caja de los deseos. Traducción de Miguel Sáenz. Alfaguara. Madrid, 2009. 256 páginas. 21,50 euros. En catalán: La caixa dels desitjos. Traducción de Pilar Esterlich. Edicions 62. Barcelona, 2009. 208 páginas. 21,50 euros. Poemario: Payaso de agosto. Traducción de Miguel Sáenz. Bartleby. Madrid, 2009. 132 páginas. 14 euros.


Günter Grass
El Rey está desnudo


Uno de los cuentos que Günter Grass ha dibujado con más frecuencia y delectación es el famoso apólogo sobre la desnudez del Rey de quien todos celebran la fastuosidad de sus vestimentas hasta que un niño advierte la realidad: el Rey está desnudo.
Su ahora famosísimo poema sobre la amenaza de que la confrontación Israel-Irán acabe en una situación de enorme gravedad mundial ha desatado una reacción de extrema virulencia en torno al escritor, cuya obra fue coronada con el Nobel cuando acababa el siglo XX.
Günter Grass ha sido denunciado por medio mundo como el autor de una agresión intolerable a Israel. Y para ilustrar el desmán del autor sus más locuaces adversarios han utilizado, sobre todo, un elemento del pasado de Grass, que perteneció al final de su adolescencia (tenía 17 años) a las fuerzas armadas de Hitler, el terrible líder nazi.
Como no era suficiente con recordar ese punto oscuro del pasado del autor de El tambor de hojalata, los críticos de su posición se hicieron críticos de poesía, y lanzaron contra él los denuestos que ya están impresos y que han dibujado al escritor como un poeta inepto, incapaz de hacer versos o por lo menos de hacerlos como ellos (los críticos) creen que deben hacerse los versos. No sólo es perverso, nazi, réprobo antidemócrata que quiere ver bajo la bota nazi (todavía) al pueblo judío, sino que además es un poeta insoportable. Estese callado.
Entre los muchos reproches que ha recibido Grass (aparte del repudio que ha merecido por parte de las autoridades israelíes, que lo han declarado persona non grata), se ha señalado reiteradamente aquel terrible punto negro: su militancia en las SS. Según los críticos (los de poesía también), ese extremo era suficiente como para Grass se callara, imagino que para siempre y desde siempre, al menos desde los diecisiete años.
Los que lo tratan de avergonzar con el importante detalle de ese pasado alevoso subrayan un extremo que me permito puntualizar, aunque incluso los críticos más terribles de la prosa de su vida lo habrán podido escuchar de su voz, que Grass jamás ocultó, al menos desde los años cincuenta que, en efecto, fue soldado juvenil en aquella fortaleza carcomida que representó el ejército nazi. A los diecisiete años.
No lo calló, al contrario, lo ha proclamado tanto que extraña que aún no lo registren ni quienes afirman, en sus escritos, que conocen bien su historia, la de réprobo y asesino. Lo dijo primero en una radio de Berlín, lo explicó luego en distintas conversaciones (con Nicole Casanova, por ejemplo, en 1980), lo señaló en su conjunto de metáforas sobre el siglo XX (Mi siglo, 1999) y finalmente lo escribió en su libro de memoriasPelando la cebolla. Dio tantos detalles (suyos, y de su familia, y de los sufrimientos de ésta) de lo que vio en la guerra que era imposible pensar que este hombre quisiera disfrazar con otro ropaje el hecho de que fue soldado de Hitler.
Cuando apareció en este último libro, en el periodo en el que ya Grass era Nobel, la prensa fue alertada y en torno a esos párrafos en el que el escritor volvía sobre ese lado oscuro de su vida, se precipitaron contra él los que ya le tenían ganas y se unieron a ese coro de indignados otros que quizá lo estaban esperando. Y entre lo peor que se dijo de él es que, en efecto, hasta ese momento no había dicho ni media palabra. No fue suficiente que él dijera que eso no era cierto.
Ahora Grass ha escrito este poema sobre la amenaza nuclear, ha dicho que Israel dispone de la bomba atómica, que se enfrenta, como sale todos los días en la prensa que él también lee, a la del “fanfarrón” iraní, y que ese es un peligro que debe denunciarse como una amenaza potencial a la humanidad, a la que Alemania contribuye dotando de material para armamento de ese tipo a uno de los contendientes en una batalla que ahora es, por fortuna, tan solo verbal.
Es como si Grass señalara la luna, o como si dijera que el Rey está desnudo cuando muchísima gente renuncia a mirar la luna o como si todo el mundo pensara que el Rey está ricamente vestido. El debate no es pues la luna ni el vestido, sino el dedo y el niño, y contra el dedo han ido. El propio Grass ha dicho, después de publicar sus tan polémicos versos, que quizá en vez de decir “Israel” en el poema tenía que haber hablado del Gobierno de Israel. Sin duda hubiera hecho bien el viejo poeta. Pero a la vista de la reprimenda universal que ha recibido por advertir que ve un peligro donde otros lo ven solo a él desnudo y con Hitler seguramente el diapasón de los ataques no hubiera bajado demasiados decibelios.
Se trata de que no hable, nunca. Por mal poeta, por hablar a destiempo, por no darse cuenta de que una vez cometido un error, ya es erróneo hasta respirar.



Günter Grass

Günter Grass

“Nunca dejó de romper tabúes”

Juan Goytisolo elogia el espíritu crítico y el carácter cervantino de Günter Grass


Juan Goytisolo, que la semana que viene recibirá en Alcalá de Henares el premio Cervantes, recuerda por teléfono  desde su casa de Marrakech a Günter Grass
El intelectual como aguafiestas
“Pájaro que ensucia su propio nido” es la expresión que usaba Günter Grass para hablar del trabajo del intelectual, aquel que critica lo propio pero respeta lo ajeno. Un aguafiestas, sí. La mejor muestra de la influencia que su orientación intelectual ha tenido en mi vida es el hecho de que yo usara esa expresión para titular una recopilación de mis ensayos. Grass no era el tipo de escritor que pone letra a la música nacional. Muy interesado por las culturas de fuera de Europa, tenía la virtud de ser siempre independiente, incisivo, planteando preguntas que esas culturas no se atrevían a plantear pero sin perder el sentido de la autocrítica. Su libro sobre Calcuta es fascinante, pero incluso cuando lanza cuestiones sobre la India pone en tela de juicio la realidad alemana".
Presente y pasado
"Günter Grass siempre se mantuvo independiente y crítico. Hasta el final. Lo vi tres veces en mi vida -dos en Madrid y una en su casa de Alemania junto a Hans Meinke, director del Círculo de Lectores-, pero siempre lo tuve muy presente. Hace un par de años le dediqué un premio a la libertad de expresión que me dieron en Praga y me escribió una larga carta agradecido. No nos hemos vuelto a ver, pero sé que nunca dejó de romper tabúes. Aunque eso le trajese problemas, ya se tratase de defender a los inmigrantes turcos en Alemania, de criticar la política colonialista de los extremistas israelíes en Palestina, como hizo con un polémico poema, o de reconocer algún episodio de su juventud. ¿Qué pasó por las SS a los 17 años? Exigir responsabilidades a alguien por lo que hizo de adolescente es un despropósito. Además, lo contó él mismo en sus memorias. Entre los 9 y los 11 años yo también cantaba cada mañana en el colegio cantos en honor de Franco brazo en alto".
 Novelista cervantino
"También literariamente es un autor fundamental. Aunque leí prontoEl tambor de hojalataEs cuento largo es el libro suyo que más he estudiado. Para mí es una de las mejores novelas del siglo XX y, sin duda, una de las más cervantinas que conozco. Grass conocía perfectamente la obra de Cervantes –hablé de ella con él- y ese libro suyo es otro gran ejemplo de la influencia del Quijote en la novela universal. Pese a que siempre tuvo lectores, es paradójico que el influjo de Cervantes no se deje ver en la literatura española hasta el siglo XX mientras que la literatura europea no se entiende sin él".
Juan Goytisolo



LA OBRA

Llamó poderosamente la atención su extensa novela El tambor de hojalata, de 1959, sobre la Alemania de su infancia y asimismo Años de perro de 1963. Desde entonces se convirtió en una de las voces narrativas más conocidas de su país por su tono ácido e implacable sobre el pasado inmediato.
En 1968 publicó en Berlín una colección de relatos cortos, Historias (Geschichten), bajo el pseudónimo de "Artur Knoff", utilizando el apellido de su madre.13
Escribió luego El rodaballo (1977), novela que recoge sus saberes culinarios; un breve y denso Encuentro en Telgte (1981), sobre los escritores alemanes del barroco. Luego La Ratesa (1986), y tres libros sobre la historia de su país, que han tenido mucha resonancia: Es cuento largo (1996), sobre la caída del muro de Berlín, Mi siglo (1999), que va año a año por el siglo XX (y fue publicada en el año de su Nobel), y A paso de cangrejo (2002), pues "es necesario retroceder para avanzar, como los cangrejos", según dice Grass. En esta novela, A paso de cangrejo, recuerda el destino de millones de alemanes que fueron víctimas de la Segunda guerra mundial. La pieza central del libro es el hundimiento del barco Wilhelm Gustloff, el 30 de enero de 1945, con miles de refugiados de la Prusia Oriental a bordo; muchos de ellos, niños. Como en Alemania es un tema monopolizado por las poderosas asociaciones de refugiados de Prusia Oriental, de corte conservador, Grass corría el riesgo de verse adscrito a una ideología que no era la suya. Por eso en su novela va contraponiendo el tema de la muerte de miles de refugiados alemanes con el destino fatal de un joven de la ultraderecha (neonazi). Partiendo de esa tragedia, hace igualmente un recorrido por otras de las sufridas por la población alemana, que apenas se estudian en los libros de texto del país.
Aparte, realizó obras de ilustración, como en Der Schatten (La sombra. Los cuentos de H. C. Andersen vistos por G. Grass), por la que obtuvo el premio Hans Christian Andersen de ilustración en 2005. También ha editado libros con sus dibujos. En 2006, presentó una exposición con esculturas y dibujos en Görlitz. En ocasión de su fallecimiento, el diario El País publicó algunos de sus dibujos y acuarelas, varios de los cuales tienen la particularidad de incluir textos explicativos del autor. Destaca especialmente su autorretrato.
Los principales traductores de las obras de Grass al castellano han sido Carlos Gerhard Otterwälder, muerto en México en 1976, y Miguel Sáenz (este último la ha hecho en contacto con el autor).
En enero de 2014 Grass declaró que no escribiría más novelas, debido a que a su avanzada edad le era imposible planificar el tiempo que le lleva hacerlo. Su abandono de la narrativa no significó, sin embargo, el retiro definitivo, ya que siguió cultivando la poesía y el dibujo.
El 14 de abril de 2015 el diario El País publicó la última entrevista de Grass, realizada por el periodista Juan Cruz el 21 de marzo anterior, y que estaba todavía inédita: "Günter Grass: “El dolor es la principal causa que me hace trabajar y crear”.


BIBLIOGRAFÍA
NOVELAS
  • Trilogía de Danzig — Danziger Trilogie
    • El tambor de hojalata, 1959 — Die Blechtrommel, trad.: Carlos Gerhard; Joaquín Mortiz, México, 1963 (prólogo de Mario Vargas Llosa, semblanza biográfica de Francisco J. Satué, Círculo de Lectores, 1987; nueva trad.: Miguel Sáenz, Alfaguara, Madrid, 2009)
    • El gato y el ratón, 1961 — Katz und Maus, trad.: Carlos Gerhard; Joaquín Mortiz, México, 1964 (Alfaguara, Madrid, 1999)
    • Años de perro, 1963 — Hundejahre, trad.: Carlos Gerhard; Joaquín Mortiz, México, 1966 (Alfaguara, Madrid, 1992)
  • Anestesia local, 1969 — Örtlich betäubt, trad.: Carlos Gerhard; Joaquín Mortiz, México, 1972
  • El rodaballo, 1977 — Der Butt, trad.: Miguel Sáenz; Alfaguara, Madrid, 1999
  • Encuentro en Telgte, 1979 — Das Treffen in Telgte, trad.: Genoveva Dieterich; Alfaguara, Madrid, 1992
  • La ratesa, 1986 — Die Rättin, trad.: Miguel Sáenz; Alfaguara, Madrid, 1999
  • Malos presagios, 1992 — Unkenrufe, trad.: Miguel Sáenz; Alfaguara, Madrid, 1999
  • Es cuento largo, 1995 — Ein weites Feld, trad.: Miguel Sáenz; Alfaguara, Madrid, 1997
  • Mi siglo, 1999 — Mein Jahrhundert, trad.: Miguel Sáenz; Alfaguara, Madrid, 1999
  • A paso de cangrejo, 2002 — Im Krebsgang, trad.: Miguel Sáenz; Alfaguara, Madrid, 2003

POEMAS
  • Die Vorzüge der Windhühner, poemas, 1956
  • Gleisdreieck, poemas, 1960
  • Ausgefragt, poemas, 1967
  • Del diario de un caracol, 1972 — Aus dem Tagebuch einer Schnecke, trad.: Miguel Sáenz; Alfaguara, Madrid, 2001
  • Letzte Tänze, poemas, 2003
  • Novemberland, 13 poemas antirracistas acompañadas de otras tantas ilustraciones suyas
  • Dummer August, poemas, 2007 — Payaso de Agosto, 2009

TEATRO
  • Die bösen Köche. Ein Drama, teatro, 1956
  • Hochwasser. Ein Stück in zwei Akten, teatro, 1957
  • Onkel, Onkel. Ein Spiel in vier Akten, teatro, 1958
  • Die Plebejer proben den Aufstand, teatro, 1966 — Los plebeyos ensayan la revolución, Cuadernos para el diálogo, Madrid 1969
  • Davor, teatro, 1970

ENSAYOS Y DISCURSOS
  • Über das Selbstverständliche. Reden - Aufsätze - Offene Briefe - Kommentare, discursos y ensayos, 1968
  • Denkzettel. Politische Reden und Aufsätze 1965-1976, ensayos políticos y discursos
  • Der Bürger und seine Stimme. Reden Aufsätze Kommentare, discursos y ensayos, 1974 — El burgués y su voz
  • Kopfgeburten oder Die Deutschen sterben aus, 1980 — Partos mentales o los alemanes se extinguen, trad.: Genoveva Dieterich; Alfaguara, Madrid, 1999
  • Widerstand lernen. Politische Gegenreden 1980–1983, discursos políticos, 1984
  • Zunge zeigen. Ein Tagebuch in Zeichnungen, diario con dibujos, 1988 — Sacar la lengua

MEMORIAS

  • Beim Häuten der Zwiebel, 2006, primer volumen de memorias — Pelando la cebolla, 2007
  • Die Box, segundo volumen de memorias, 2008 — La caja de los deseos, trad.: Miguel Sáenz; Alfaguara, Madrid, 2009
  • Unterwegs von Deutschland nach Deutschland. Tagebuch 1990, 2009 — De Alemania a Alemania. Diario, 1990, trad.: Carlos Fortea; Alfaguara, Madrid, 2011
  • Grimms Wörter, tercer volumen de memorias, 2010

RELATOS
  • Geschichten, 1968 - Berlín, Literarisches Colloquium (bajo el pseudónimo de "Artur Knoff")