lunes, 26 de febrero de 2018

Imre Kertész / Premio Nobel de Literatura 2002 / Un inconformista

Imre Kertész

Imre Kertész

PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2002
(1929 - 2016)
Escritor húngaro de origen judío, superviviente de los campos de exterminio nazis. Imre Kertész nació en Budapest en 1929, en el seno de una modesta familia judía asimilada (esto es, no practicante). Por razones cronológicas y geopolíticas, le tocaba vivir un destino judío, con todas las consecuencias que a la sazón esto conllevaba.
Él no había elegido nada de lo que luego inapelablemente se convirtió en su destino. «Yo había vivido un destino determinado; no era mi destino pero lo había vivido (medita el álter ego del autor en su novela Sin destino, cuando al volver del campo de concentración intenta entenderse con algunos supervivientes de su familia y de su vecindad). No comprendía cómo no les entraba en la cabeza que ahora tendría que vivir con ese destino, tendría que relacionarlo con algo, conectarlo con algo, al fin y al cabo ya no bastaba con decir que había sido un error, una equivocación, un caso fortuito o que simplemente no había ocurrido.» Por increíble que parezca, al futuro autor de estas meditaciones no le costó mucho conectar su infame experiencia con la realidad cotidiana de su nueva vida.
Imre Kertész

Su libro Sin destino, con cierto contenido autobiográfico, es para muchos la mejor novela sobre el Holocausto y una de las grandes obras de la literatura contemporánea. En el verano de 1944 el húngaro llegó a ser la lengua más hablada en Auschwitz. Casi medio millón de judíos magiares deportados de un mes a otro contribuyeron a esa mutación lingüística en el campo de exterminio más grande de la historia. Entre ellos se encontraba el adolescente Imre Kertész, un muchacho de apenas quince años. Exactamente como el protagonista de Sin destino, la primera novela que treinta años después escribiera el nuevo inquilino de Auschwitz.
El adolescente héroe de esa novela -y tal vez el mismo Kertész- pretendía ver siempre el lado positivo de la vida. Creía que llegaba a Alemania, y a trabajar. Lo tomaba como una aventura, algo forzada, que le permitiría conocer mundo y practicar la lengua. Porque hablaba un poco de alemán. Y eso le salvó la vida. Al menos, ese día.
En la estación de Auschwitz unos seres extraños en uniforme de preso y con la cabeza rapada subieron al vagón de mercancías para recoger las pertenencias de los recién llegados, y en un alemán estrafalario -que luego resultó ser yiddish, a la sazón la lengua materna de muchos judíos de Europa del Este- insistieron en que, en lugar de quince años, él tenía dieciséis. El joven no entendía nada y no les hacía caso. Pero cuando un poco más tarde, en una cola interminable, le tocó pasar delante de un oficial médico, que, casi sin mirarlos, les preguntaba la edad que tenían, por algún impulso misterioso él dijo que dieciséis. Sus compañeros, que no tuvieron esa iluminación o cuyo aspecto no convenció, fueron enviados directamente a las cámaras de gas.
Reclusión en libertad
Después de Auschwitz y Buchenwald, Kertész se encontró en medio de un nuevo horror. Para el recién instaurado régimen estalinista de Hungría, él era hijo de un pequeño burgués, un intelectual, un decadente. Volvió a ser un enemigo: del pueblo, del Estado, de la redentora ideología oficial. Pero al menos no querían aniquilarlo físicamente.
Sobrevivió a trancas y barrancas: terminó la escuela secundaria, empezó a trabajar como periodista, y cuando en 1950 lo despidieron, sólo encontró trabajo en una fábrica. El año siguiente le tocó el servicio militar y, cuando en 1953 se reincorporó a la vida civil, se dedicaba a escribir piezas cómicas para un cabaret, letras de canciones bailables, y, ya en los años sesenta, algunas veces ejercía incluso como una especie de publicidad, inventando guiones, eslóganes y gags para el tipo de anuncios que podía existir en un país comunista que empezaba a coquetear con el consumismo.
Finalmente, a partir de los años setenta, se forjó cierta reputación como traductor, entre otros, de Friedrich Nietzsche, Ludwig Wittgenstein, Sigmund Freud, Hugo von Hofmannsthal, Elias Canetti y Joseph Roth. Pero el hecho de que fuese un traductor apreciado por los redactores de algunas casas editoriales de Budapest no cambió su esencial condición de marginado. Y eso que para esas fechas, a mediados de los años setenta, ya había publicado su primera novela.
Trece años tardó en terminar Sin destino, que luego fue rechazada por una importante editorial con fama de abierta y liberal. Su director, un judío, tachó a Kertész casi de antisemita. Finalmente, Sin destino se editó en 1975, pero su publicación no causó ni el más leve cambio en la vida de su autor: no se produjo revelación alguna, no atrajo la atención de la crítica, ni tampoco tenía lectores. Sólo algunos años después, un pequeño grupo de intelectuales se enteró de la existencia de esta obra capital de la narrativa contemporánea.
Por lo demás, su vida seguía transcurriendo en el mismo restringido espacio social y físico. Respecto a esta última circunstancia, cabe señalar que durante treinta y cinco años Kertész vivió en un piso de 29 metros cuadrados. Allí escribió -por las noches y en la mesa de la cocina- sus tres grandes novelas. La primera fue Sin destino. La siguiente, El fracaso (1988), que reconstruye, en una estructura compleja y de manera no del todo realista, sus vivencias durante la época estalinista. La tercera, Kaddish por el hijo no nacido, es de 1990 y su título revierte el sentido de una oración judía que, en su variante más conocida, se reza en homenaje de los padres muertos.
Sólo cabe añadir a este desolador repaso de la trayectoria de Kertész la etapa que siguió a la caída del muro de Berlín. Se volvió más productivo: publicó el dietario Diario de galera (1992), los relatos La bandera británica (1991) y Acta notarial(1993), los ensayos incluidos en Un instante de silencio en el paredón (1998) y el híbrido Yo, otro. Crónica del cambio (1997).
También es cierto que en esa década poscomunista, los años noventa, Kertész estaba algo más presente en la vida cultural húngara y empezó a vivir, incluso, con cierta holgura, gracias a su tardío descubrimiento en el extranjero, principalmente en Alemania. Pero nada cambió en lo esencial: seguía siendo un autor desconocido para la mayoría de los lectores, y no reconocido -o, incluso, rechazado- por las autoridades culturales húngaras, que a menudo intentaron impedir su incipiente carrera internacional.
Por ejemplo, cuando los convocantes de un importante premio alemán decidieron distinguir a un autor húngaro, barajando, entre otros, el nombre de Kertész, al consultar a un responsable ministerial magiar, se encontraron con la respuesta de que Kertész no sería el autor idóneo para ese premio, puesto que en realidad no es húngaro, sino judío.
El valor del Holocausto
Después de Sin destino, Kertész no ha vuelto a tratar el Holocausto en su narrativa, al menos directamente. Será, en cambio, el tema recurrente de sus ensayos escritos en los años noventa. Su tesis central es que, acaso, el único mito válido de nuestro tiempo sea Auschwitz. Pocos han contribuido tanto y de manera tan radical a tener esta conciencia viva del Holocausto como este húngaro al que un día se le impuso un terrible destino ajeno. La concesión en 2002 del Premio Nobel de Literatura fue la compensación más esplendorosa por una larga vida de marginación y también el reconocimiento de las letras de una pequeña nación que no siempre pudo reconocer a su hijo, en este momento, más famoso.




 "Todo es ficción, el ser humano es ficción. Si contemplo mi vida, veo que me hago escritor cuando nada indicaba que lo fuera."
Imre Kertész

“La última posada”, el testamento literario de Imre Kertész Z”L, con su traductor Adan Kovacsics

“La última posada”, el testamento literario de Imre Kertész”, con su traductor Adan Kovacsics.

  “Un amigo con traje y panamá blancos esperando la llegada de nuestro tren en el andén”. Así nos dice Adan Kovacsics, el traductor e íntimo de Imre Kertész Z”L que permanecerá en su memoria siempre el Premio Nobel de 2002, al que hemos perdido recientemente. Este programa -que llega tarde a la sombra de la noticia de la muerte del genio húngaro, y pronto pues Acantilado acaba de publicar su libro póstumo La última posada quiere ser una homenaje a la figura literaria y humana de este autor que -señala Kovacsics- “tenía por supuesto mucho que decir, y tiene mucho que decir, seguirá siendo una lectura obligada para entender nuestro pasado más reciente,pero también nuestro presente y nuestro futuro inmediato. La suya es una obra en la que tenemos que hurgar necesariamente”.

Recordado para siempre no sólo por Sin destino, Kertész sobrevivió a Auschwitz y Buchenwald e intentó hacerlo a la desesperanza de ver cómo el ser humano no parece haber aprendido las lecciones de la Shoá. Ya muy enfermo, cuenta Adan Kovacsics, intentó “escribir una obra sobre la senectud, una novela inspirada en los cuadros postreros de William Turner o en los últimos cuartetos de Beethoven. La última posada plasma ese intento, el esfuerzo, las dudas y también el fracaso”.
Imre Kertész era cálido, un hombre, un amigo cálido, nos dice Kovacsics, quien escribió ante la noticia de su muerte:
“Hoy 31 de marzo de 2016, a las cuatro de la madrugada, falleció Imre Kertész, premio Nobel de Literatura 2002. Resulta imposible plasmar en pocas palabras todo el significado de la obra de este autor, uno de los más grandes de las letras húngaras del siglo XX y del actual. Como también es imposible describir en pocas líneas lo que ha significado como persona, como escritor y pensador, para su traductor al español. Los últimos años de Imre Kertész fueron de enorme dificultad, la enfermedad de Parkinson había hecho mella en su cuerpo, en su mente, en su alma, aunque él se aferraba a la vida y, en particular, a lo que había sido el contenido esencial de su vida, la literatura. En enero todavía estaba trabajando con su colaborador Zoltán Hafner en la recopilación de sus apuntes de los años noventa.
La obra de Kertész es esencial para comprender al ser humano del siglo XX y del actual. Cuando se publicó “Sin destino” en 1975, la novela pasó inadvertida. Inadvertida precisamente por la radicalidad de su visión, porque era intolerable, se alejaba de las grandes palabras, describía la expropiación del destino propio del individuo, su conversión en destino de masas, «el despojamiento de la sustancia más humana del hombre» en los campos de exterminio en particular y en el totalitarismo en general. En el célebre final de la novela, el protagonista, el adolescente judío Gyuri Köves, regresa a Budapest tras su paso por los campos y se topa con la incomprensión: su lenguaje no es el mismo, sus sentimientos no son los mismos, sus sensaciones no son las mismas que los de la gente que se ha quedado. Los tópicos con los que lo reciben no tienen nada que ver con su experiencia. Y él insiste en que sus palabras reflejen la experiencia. Lo mismo hará también Kertész en sus libros. Esa es la perspectiva existencial, iluminadora y aterradora de su obra. En “Fiasco”, el narrador se define como «un miembro modestamente aplicado, de comportamiento no siempre intachable, de la tácita conspiración urdida contra mi vida.»
Nuestra época, la del ser humano funcional y sustituible, la de la sociedad de masas y del Estado moderno, lleva implícita la posibilidad del totalitarismo y, por tanto, de Auschwitz. Y aquí se encuentra otro de los puntos que hacen de la obra de Kertész algo singular: la consideración del significado del Holocausto como mito universal y como cultura. En Diario de la galera escribe: «Auschwitz, y lo que forma parte de ello (¿y qué no forma parte de ello hoy en día?), es el trauma más grande del hombre europeo desde la cruz…». En los años noventa se percibía en sus escritos y ensayos cierta confianza en el influjo catártico de la experiencia del Holocausto, cierta confianza en Europa e incluso en que su país, Hungría, se acercara a las democracias de corte occidental. Confiaba en el mito de Auschwitz como eje ético para crear una nueva cultura europea y universal. No obstante, al mismo tiempo constataba que el fondo nada había ocurrido de verdad, seriamente, que hiciera imposible otro Holocausto en el futuro.
En estos días, Acantilado publicará en español el hasta ahora último libro de Imre Kertész. Se titula “La última posada”. Es el libro de su vejez. Su intención era escribir una obra sobre la senectud, una novela inspirada en los cuadros postreros de William Turner o en los últimos cuartetos de Beethoven. “La última posada” plasma ese intento, el esfuerzo, las dudas y también el fracaso. Se lo impidió, entre otras cosas, la enfermedad que fue creciendo, el Parkinson que se le diagnosticó hace más de quince años”.



Imre Kertész, un inconformista

Guadalupe Nettel
16 de mayo de 2016

Imre Kertész estuvo en un campo de concentración de los quince a los diecisiete años. Sin destino, su obra más importante, es la historia autobiográfica de un adolescente deportado por los nazis que recorre los campos de Auschwitz y Buchenwald. Para su enorme fortuna, un hombre mayor, un prisionero, lo tomó bajo su protección y le enseñó las reglas básicas de la sobrevivencia: aunque solo tengas un pedazo de pan, adminístralo y come tres veces al día; nunca dejes de asearte, pues la higiene otorga autoestima; jamás olvides que eres un ser humano. Las páginas de Sin destino son inusualmente ágiles, están impregnadas de una ligereza casi incongruente con la historia que nos cuenta, y hay un misterio que recorre la novela y que no se resuelve hasta las últimas páginas.

Kertész tardó diez años en escribir sus recuerdos. Al principio sintió una culpa anquilosante, parecida a la que motivó el suicidio de Primo Levi, y a la de tantos otros sobrevivientes, la culpa de seguir con vida mientras que otros murieron. “Acabamos por interiorizar la sentencia de muerte que teníamos encima. Yo vivo con el campo cada día de mi vida”, aseguraba. Y, aunque terminó por reponerse, nunca pudo permitirse la idea de dar la vida a otro ser humano. En Kaddish por el hijo no nacido explica largamente su imposibilidad de ser padre.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Hungría fue anexada al bloque socialista. El nazismo y el estalinismo constituían para Kertész dos caras de una misma moneda, y le permitieron encontrar su tema principal, es decir, la disección minuciosa de la actitud conformista, la inercia y la sumisión con que la mayoría de los seres humanos aceptamos lo inaceptable: “Yo he explicado cómo un solo policía rural se llevó a decenas y decenas de judíos al campo de exterminio. Todos obedecimos. A nadie se le ocurrió rebelarse. Cuando nos notificaron que a mi padre lo habían destinado al campo, ¿qué hicimos? ¡La familia lo despidió y le preparamos la maleta!” Aunque el escenario habitual de sus novelas eran los Estados totalitarios, esa reflexión puede extenderse al resto de la sociedad, particularmente en países donde el abuso de poder, la impunidad y la carencia de garantías individuales son moneda corriente. Es verdad que en la Alemania nazi hubo solo una revuelta de Sobibor, pero el hecho de que haya existido nos autoriza a apropiarnos de esa experiencia.

Así, el título de la primera novela de Imre Kertész sugiere que somos seres sin un destino determinado: “en cada minuto, en cada momento de la vida se pueden cambiar las cosas. El conformista que asume los hechos por absurdos que sean, y se adapta a ellos, pierde su libertad, porque se convierte, en mayor o menor grado, en víctima o en verdugo”. En las entrevistas procuraba dejar claro que para él todos tenemos la facultad de cambiar el curso de nuestra existencia, la libertad de ser felices a pesar de las circunstancias, incluso en un campo nazi. He ahí la clave de la ligereza que ilumina las páginas de su extraordinaria novela. “Siempre me ha tocado vivir el lado negativo de la vida, la tarea que me he impuesto ha sido transformar toda esa negatividad en creatividad.” Esa tarea, llevada a cabo con tenacidad y entereza, pero a la vez con una enorme humildad, influyó en el jurado que le otorgó el Premio Nobel en 2002.

En una autobiografía posterior llamada Dossier K., Imre Kertész aborda con un conmovedor sentido del humor, no exento de sabiduría, diferentes cuestiones de su vida, sus padres, sus amoríos, sus dilemas morales. “Mi vida no se reduce a haber subido a un autobús a los quince que me llevó a los campos de concentración.” La obra de Kertész tardó mucho tiempo en ser reconocida. Hungría no quería saber nada de su pasado nazi e ignoraba ese tipo de testimonios. Incluso después del Nobel volvió a sufrir, en su propio país, actos de violencia. Sus compatriotas antisemitas quemaron sus libros en la calle.

A pesar de lo que podría esperarse, la obra de Kertész no está animada ni por la amargura ni por el resentimiento. Para él, la Shoah “se trata de una crisis moral y espiritual de Occidente, el piélago donde se hundieron los valores que habían sustentado la civilización europea durante siglos”. Y no cesaba de advertirnos sobre esta cuestión aterradora: los campos no dejaron de existir porque la humanidad, tras reflexionar al respecto, se diera cuenta de que eran inaceptables, dejaron de existir porque los aliados ganaron la guerra y también tuvieron su versión soviética con el gulag. Aunque la descubrió muchos años después, porque sus libros estaban proscritos en la Hungría socialista, el autor de Sin destino encontró en la obra de Hannah Arendt un eco a su pensamiento, en particular en su teoría sobre la banalidad del mal. “Lo verdaderamente inexplicable no es el mal sino el bien”, decía Kertész.
La obra de Imre Kertész conoce a fondo al género humano con sus innumerables contradicciones y sus debilidades. Invita a responsabilizarnos de nuestro destino como individuos y como sociedad. Su invitación no es hija del reproche ni del rencor, sino de esa naturaleza inusualmente generosa que caracterizaba a este escritor. El pasado 31 de marzo murió un hombre imprescindible para nuestro tiempo, un autor cuyos libros habría que volver y volver a leer, hasta incorporar y hacer nuestras las preguntas actuales y pertinentes que nos plantea. 



BIBLIOGRAFÍA

  • Sorstalanság, 1975. Trad. Sin destino, Acantilado, Barcelona 2001; novela y en parte documento. (traducción de Judith Xantus y revisión de Adam Kovacsics) ISBN 84-95359-53-7
  • A nyomkereső: Két regény. Detektívtörténet, 1977. Trad. Un relato policiaco. El buscador de huellas, Acantilado, 2007.
  • A kudarc, 1988. Trad. Fiasco, Acantilado, 2003; novela.
  • Kaddis a meg nem született gyermekért, 1990. Trad. Kaddish por el hijo no nacido, Acantilado, 2002; relato-ensayo.
  • Az angol lobogó, 1991. Trad. La bandera inglesa, Acantilado, 2005 (novela).3
  • Gályanapló, 1992. Trad. Diario de la galera, Acantilado, 2004; diarios.
  • Jegyzőkönyv, 1993. Trad. Expediente. G. Gutenberg, 2005, novela.
  • Valaki más: a változás krónikája, 1997. Trad. Yo, otro; Crónica del cambio, Acantilado, 2002.
  • A gondolatnyi csend, amíg a kivégzőosztag újratölt, 1998. Trad. Un instante de silencio en el paredón, Herder, 2002; diez ensayos. (Incluye: A holocaust mint kultúra: három elöadás, conferencia de Viena sobre Améry, 1992; trad. El holocausto como cultura).
  • A száműzött nyelv, 2001. Trad. La lengua exiliada, Taurus, 2006.
  • Felszámolás, 2003.Trad. Liquidación, Alfaguara, 2004.
  • K. Dosszié, 2006. Trad. Dossier K, Acantilado, 2007.
  • Haldimann-levelek, 2009. Trad. Cartas a Eva Haldimann, Acantilado, 2012.
  • La última posada. Diario, Acantilado, 2016 (de próxima publicación)


jueves, 25 de enero de 2018

Nicanor Parra / Antipoeta


Nicanor Parra
DRAGON

Nicanor Parra

San Fabián de Alico, Región del Biobío, 5 de septiembre de 1914
La Reina, Santiago, 23 de enero de 2018


Poeta chileno que, junto con Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Vicente Huidobro, está considerado uno de los grandes de la poesía de su país, y una de las mayores voces de la lírica latinoamericana.

Terminó el bachillerato en su población natal y se trasladó a Santiago para graduarse como profesor de mecánica teórica y matemáticas. Con una beca del Institute of International Education estuvo durante tres años en la Universidad de Brown, en Estados Unidos. De vuelta a su país fue nombrado director interino de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile (1948) y un año más tarde, gracias de nuevo a una beca, esta vez del Consejo Británico, se trasladó hasta Inglaterra, donde permaneció dos años más.

En 1951 regresó a su país para seguir con su labor docente en la Universidad, hasta que la Fundación Gugenheim le condujo de nuevo a Estados Unidos con el objeto de continuar sus estudios en el campo de la física, lo que le supuso una intensa actividad investigadora que no le impidió desarrollar el ejercicio poético.

Inició su labor literaria en 1937, con la publicación de Cancionero sin nombre, aunque ya en 1935 había aparecido el cuento Gato en el camino, en La Revista Nueva. El Cancionero sin nombre fue relegado por el propio autor a su prehistoria poética, aunque destaca por su estilo antihermético, en el ámbito de una corriente que propugna el retorno a la claridad expresiva.

De 1954 es Poemas y antipoemas, su obra fundamental, compuesta por tres partes: Cantos a lo humano, Poemas y Antipoemas. En esta obra abandonó su poesía hasta entonces simbólica y desesperanzada por otra más folclórica, irónica, de acentos escandalosos y muy vinculada a la realidad. El libro fue acogido como una obra revolucionaria en el ámbito de la poesía hispanoamericana de aquellos años. Sobre todo en Chile, dominado entonces por el tono solemne y grandioso de Neruda, el coloquialismo del autor significó un profundo cambio e introdujo un modelo alternativo, abierto a la ironía y el humorismo. La antipoesía planteaba una reacción contra la función metafísica de la poesía y su sacralización y se adhería a una línea fundamentalmente antirromántica, comprometida políticamente y desmitificadora.

A partir de allí se le conoció como el antipoeta por excelencia, lo que tuvo confirmación en La cueca larga (1958). Esta obra, que alude en su título al ritmo musical chileno por excelencia, desarrolla el tono antirretórico y popular, abriéndose a las canciones, también debido a la relación del poeta con su hermana, la célebre cantautora Violeta Parra.

La década de 1960 fue especialmente activa en cuanto al número de publicaciones de Parra y brillante por sus aciertos. Versos de salón (1962) cambió el sujeto pasivo de los antipoemas por un sujeto activo, muy agresivo y delirantemente enérgico; Discursos, que apareció el mismo año, fue publicado de forma conjunta con Pablo Neruda. Le siguieron Manifiesto (1963) y Deux Poèmes (1963), en edición bilingüe en francés y castellano.

Canciones rusas (1967) es más elaborado, y alterna la antipoesía con la recuperación del lirismo con un neosimbolismo intimista. En 1969 la publicación de Obra gruesa permitió reunir en un solo volumen la "antipoesía" del autor, con la incorporación de nuevos textos. Ese mismo año obtuvo el Premio Nacional de Literatura, que le consagró definitivamente.
Artefactos (1972) inaugura una nueva etapa de su obra: es un libro en forma de caja, que contiene decenas de postales en las que se establece una contraposición entre palabra e imagen. El punto en común de estos textos es la exasperación del sarcasmo, que intensifica su efecto gracias al estilo epigramático. Alrededor del poeta empezaron a manifestarse algunas voces de desacuerdo, precisamente por la ironía feroz que a veces parece lindar con el cinismo. Las polémicas se hicieron más encendidas después de los dramáticos acontecimientos de 1973, cuando el autor fue acusado de mantener una postura ambigua respecto a la dictadura militar.

La última fase de su poesía está representada sobre todo por Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1977), seguida de Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1978). Inspirándose en un personaje extravagante de la actualidad chilena, el poeta creó a través de esta pantalla un efecto de extrañamiento. Al mismo tiempo, estas obras atestiguan la relación constante del autor con el mundo popular, del que extrae continuamente elementos sugerentes, en formas renovadas. La compilación Hojas de Parra (1983-1996) y Poemas para combatir la calvicie (1996) son sus más recientes publicaciones.

Nominado muchas veces sin éxito para el premio Nobel, recibió en cambio muchos otros como el Internacional Juan Rulfo, el Prometeo de Poesía, el Municipal de Santiago, el Juan Said de la Sociedad de Escritores de Chile, el del Sindicato de Escritores de Chile, el Bicentenario y, en el 2001, el X Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Además, su trabajo poético ha sido estudiado en varias de las más importantes universidades de Estados Unidos, donde se han filmado incluso dos películas sobre su vida y su obra, partiendo de varios de sus recitales.

BIOGRAFÍAS Y VIDAS

Nicanor Parra, Artefactos

Nicanor Parra obtiene el X Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

80 poetas concurrían al galardón, que distingue toda una obra literaria


Nacido en 1914 y hermano de la cantante Violeta Parra, Nicanor Parra fue el creador de la denominada antipoesía, mediante la cual introdujo el lenguaje cotidiano en la poesía tradicional. Entre sus obras destacan Cancionero sin nombre, Poemas y antipoemas, La cuesta larga, La camisa de fuerza, Obra gruesa, Antipoemas, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, Hojas de parra o Chistes para desorientar a la policía.

El pasado domingo se clausuró la exposición Artefactos visuales, que ha exhibido en la Fundación Telefónica de Madrid una antológica del artista y poeta en la que, a través de 300 obras definidas por él mismo como 'antiguallas del siglo XX', hace una revisión crítica de la cultura de Occidente.

Último superviviente de la trilogía de grandes poetas chilenos, con Pablo Neruda y Vicente Huidobro, Parra es el segundo autor chileno galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En la primera edición resultó premiado Gonzalo Rojas. Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, José Hierro, Álvaro Mutis, Ángel González, Mario Benedetti y Pere Gimferrer son algunos de los poetas galardonados después.
Parra tuvo que competir en esta edición con creadores como Francisco Brines, Carlos Bousoño, José Manuel Caballero Bonald o el portugués Eugenio de Andrade. Este último llegó junto a Parra a las votaciones finales.
El jurado estuvo presidido por Álvaro Fernández-Villaverde, y formado además por Gregorio Salvador, Ignacio Berdugo, Luis Alberto de Cuenca, Camilo José Cela, José Saramago, Miguel García-Posada y Pere Gimferrer, entre otros. Además de su dotación económica, el premio lleva consigo la publicación de una antología con la obra del galardonado y otras actividades paralelas.
Parra suma este premio al Nacional de Literatura de Chile, el Municipal de Santiago, el Internacional de Literatura Latinoamericana y el Juan Rulfo. El pasado 29 de mayo, obtuvo el Premio Bicentenario 2001, que le concedió la Corporación del Patrimonio Cultural y la Universidad de Chile.

Por otra parte, el poeta José Hierro (Madrid, 1922) fue también galardonado ayer con el Premio Ojo Crítico especial a toda una vida. El jurado -formado por Eduardo Arroyo, Antón García Abril, Joaquín Benito de Lucas, Gonzalo Suárez, Javier González Ferrari, María Jesús Chao y Paz Ramos- estimó que la escritura de Hierro resume las principales etapas de la poesía española del siglo XX. Hierro declaró a Europa Press sobre el premio a Nicanor Parra que admira su integridad pero que sus antipoemas le gustan 'muy poco'. 'Eso de hacer poesía que no parezca poética no lo entiendo', dijo Hierro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de junio de 2001


Nicanor Parra: "Nunca fui el autor de nada porque siempre he pescado cosas que andaban en el aire"
Leila Guerreiro
Madrid, 1 de diciembre de 2011




La periodista Leila Guerriero visitó al gran poeta chileno en su refugio costero de Las Cruces, a 200 kilómetros de Santiago. Lo que sigue es una colección temática de reflexiones entresacadas del encuentro.
LA INDIA Y LA FILOSOFÍA DE LA VIDA

"Estuve una semana [en la India]. Yo no conocía el Código de Manú. Si lo hubiera conocido, me quedo. El último verso del código de Manú es el siguiente: '¿Por qué?, se pregunta uno. Porque humillación más grande que existir no hay'. Atención. Dice el Código de Manú: las edades del hombre no son ni dos ni tres, sino cuatro. Primero, neófito. Segundo, galán. Tercero anacoreta. Cuando nace el primer nieto, el hombre se retira del mundo. Nunca más mujer. Nunca más familia. Nunca más bienes materiales. Nunca más búsqueda de la fama. [¿Y la cuarta edad?] Asceta o mariposa resplandeciente. Quien haya pasado por todas esas etapas será premiado. Y para el que queda a medio camino, castigo. Resucitará. En cambio el otro, el asceta, no resucita. Porque no hay humillación más grande que existir. El mejor premio es borrarlo a uno del mapa".
FERNANDO PESSOA
"Ya no corre. Ese chiste de los heterónimos. Ya, compadre, ya. Tiene un poema que es insuperable. Dice "Todas las cartas de amor son ridículas. Si no fueren ridículas no serían cartas de amor". Y sigue "yo también en mi tiempo escribí cartas de amor, como las otras, ridículas". Mire usted las volteretas que se da. Como esas poetisas argentinas. La María Elena...la María Elena..."
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ Y LA POESÍA CHILENA
"Una vez a Borges le preguntaron qué pasaba con la poesía chilena y dijo '¿Qué es eso?' Y le dijeron que ahí estaba un premio Nobel que era Pablo Neruda. Y dijo 'Ya lo dijo Juan Ramón Jiménez, un gran mal poeta'. Y eso que Neruda todavía no había descubierto el kitsch. Y le preguntaron por Nicanor Parra. Y dijo 'No puede haber un poeta con un nombre tan horrible'.
PABLO NERUDA
"Una revista puso en la portada una foto que decía "El poeta de Isla Negra: Nicanor Parra". Neruda vio eso y dijo "Esta es la cabeza de una maniobra internacional antineruda, pero yo voy a descargar todo mi poder en la cabeza de Nicanor Parra". Y dicho y hecho. Descargó todo el poder del PC internacional".
LA PUBLICACIÓN DE LAS OBRAS COMPLETAS
"[Me sentí] Sorprendido. Yo leo esos poemas y no me siento el autor. Pienso que nunca fui el autor de nada porque siempre he pescado cosas que andaban en el aire".
TIERRA DE FUEGO Y LA INFANCIA
"He pasado con un nieto, el Tololo. Es el autor de frases muy fenomenales. Lo primero que dijo fue "dadn". Y después "diúc". Años después le dije "Usted me va a contar qué quiso decir con "dadn". En ese tiempo yo estaba traduciendo El Rey Lear y me paseaba de un lado a otro, y él estaba en su cuna, y yo recitaba: "I thought the king had more affected the Duke of Albany than Cornwall". Y pensaba. "¿Cómo traduzco esto?". Y él ahí pescó: el "diúk". Y le digo "¿Y el "dadn?". Y me dijo: "To be or not to be: that is the question". That is: "dadn". Una vez la directora de colegio citó a una reunión urgente a su mamá porque pasaba lista y el Tololo no contestaba. Entonces le dijo "Oiga, compadre, ¿por qué no contesta cuando paso lista?". "No puedo porque yo ya no me llamo Cristóbal. Ahora me llamo Hamlet". Desde esa época yo renuncié a la literatura y me dedico a anotar las frases de los niños"



El Cervantes bendice la antipoesía

La poética del chileno Nicanor Parra recibe el máximo galardón de la literatura en español

A sus 97 años, sigue siendo un referente para los jóvenes



Nicanor Parra, en 2009, en Las Cruces


Nicanor Parra, el último antipoeta (y el primero)

El escritor, premio Cervantes de 2011, fallece a los 103 años en Santiago de Chile. Científico de formación, fue un renovador único en la creación literaria


Todos los días muere algún poeta. Los antipoetas, sin embargo, mueren una vez por siglo. O por era geológica. La razón es sencilla: poetas siempre ha habido y habrá; antipoetas solo ha habido uno, Nicanor Parra. Así, por contraste con el resto de sus pares, suele presentar al escritor chileno el mejor de sus estudiosos: el profesor Niall Binns. Después de asistir hace tres años a su propio centenario y hace uno al de su hermana, la cantante Violeta, Nicanor Parra (San Fabián de Alico, 1914) murió ayer en su casa del municipio de La Reina, en Santiago de Chile. Se había instalado en ella poco antes de su cumpleaños, en septiembre pasado, y después de pasar los últimos tiempos en el pueblo costero de Las Cruces.
Allí se quedó en abril de 2012 mientras a 11.000 kilómetros de distancia, en Alcalá de Henares, uno de sus nietos recogía en su nombre el Premio Cervantes. El abuelo, cuya edad no era la más indicada para un viaje transatlántico, había pedido una prórroga para pergeñar un discurso “medianamente plausible”. Eso sí, ya estaba manos a lo obra: su mesa estaba llena de libros sobre el autor del Quijote con los pasajes más importantes marcados con bolsitas de té.
Aquella antisolemne mañana de abril en el paraninfo de la universidad alcalaína, mezclada entre las autoridades civiles y militares, estaba la cantante Patti Smith, que había llegado a la devoción por Nicanor Parra desde la que sentía a su vez por este el novelista Roberto Bolaño, el escritor latinoamericano más influyente de las últimas décadas. “Escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”, dijo el autor de Los detectives salvajes de su viejo compatriota. Más bien, a ser electrocutado después de electrocutar al lector: “Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa. / Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo si bajan / echando sangre por boca y narices”, escribió en un poema de 1962 incluido en Versos de salón.
















‘EPITAFIO’, ESCRITO POR EL AUTOR


“De estatura mediana,
Con una voz ni delgada ni gruesa,
Hijo mayor de profesor primario
Y de una modista de trastienda;
Flaco de nacimiento
Aunque devoto de la buena mesa;
De mejillas escuálidas
Y de más bien abundantes orejas;
Con un rostro cuadrado
En que los ojos se abren apenas
Y una nariz de boxeador mulato
Baja a la boca de ídolo azteca
-Todo esto bañado
Por una luz entre irónica y pérfida-
Ni muy listo ni tonto de remate
Fui lo que fui: una mezcla
De vinagre y aceite de comer
¡Un embutido de ángel y bestia!”
Este poema pertenece al libro De la cueva larga (1958)

Años antes, en 1954, había publicado un libro para el que barajó varios títulos —Material de Lectura, Oxford 1950,Veinte años y un día— pero cuya denominación final marcaría el resto de su obra: Poemas y antipoemas. En él, como avisaba su autor, no aparecían palabras como arcoíris, dolor o Torcuato. Sillas y mesas, sí. También había prosaísmo, humor, ironía, quiebros, chistes (buenos y malos), poesía que no quería serlo.
Después de estrenarse en 1937 como poeta con un Cancionero sin nombrede aires lorquianos, el Parra antipoeta era una piedra seca de prosaísmo anglosajón en el verboso estanque afrancesado de la poesía hispana. No en vano, entre 1949 y 1951 había estudiado cosmología en Oxford después de especializarse en Mecánica Avanzada en la Universidad de Brown.
















Nicanor Parra, visto por Agustin Sciammarella.ampliar foto
Nicanor Parra, visto por Agustin Sciammarella.


Licenciado en Física y Exactas, durante 30 años fue profesor de Física en la escuela de ingenieros de la Universidad de Chile y en 1973, año del golpe de Pinochet, engrosó el mítico Departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Matemáticas. Allí coincidió con el también poeta Enrique Lihn, con el que dos décadas antes, y junto a Alejandro Jodorowsky, había fundado el periódico mural El quebrantahuesos. Aquel departamento se convirtió durante la dictadura en un reducto de pensamiento libre. Libros como Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui(1977) o Chistes para desorientar a la policía/poesía (1983) fueron la respuesta a un tiempo, el de pinochetismo duro, que Parra sobrellevó confundiendo su voz con la de un supuesto loco: Domingo Zárate Vega, llamado el Cristo de Elqui, un famoso predicador callejero de los años treinta.

Disfrazado de loco

Científico disfrazado de poeta, poeta disfrazado de loco, Nicanor Parra fue también un escritor disfrazado de artista plástico desde que en 1972 publicó Artefactos, una chispeante colección de poemas visuales que lo emparentan con autores como el escocés Ian Hamilton Finlay, el belga Marcel Mariën o el catalán Joan Brossa. En la muestra que el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) dedica estos días a la producción de este último pueden verse varios de los artefactos y “trabajos prácticos” del chileno.
Desde aquel estreno de los setenta, Parra alternó la imagen y la escritura, que en los años siguientes dio como fruto títulos como Hojas de Parra (1985) o Discursos de sobremesa (1997), siempre recurriendo a una ortografía que, con su particular uso de signos como “&”, “x” o “+” (en lugar de “y”, “por” o “más”), se adelantó a los mensajes de texto de los teléfonos móviles. Y, por supuesto, desde una irreductible idea de la poesía: “Vida en palabras / Un enigma que se niega a ser descifrado x los profesores / Un poco de verdad y una aspirina / Antipoesía eres tú”.
Uno de los artefactos o poemas visuales de Nicanor Parra.
Uno de los artefactos o poemas visuales de Nicanor Parra.

EL PAÍS










BIBLIOGRAFÍA BÁSICA


Cancionero sin nombre (1937).
Poemas y antipoemas (1954). - La Cueca Larga (1958).
Versos de Salón (1962). - Canciones Rusas (1967).
Artefactos (1972).
Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui ( 1977).
Nuevos Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui (1979).
Hojas de Parra (1985).
Discursos de sobremesa (2006).
- En España las ediciones más accesibles son: Chistes para desorientar a la policía/poesía (Visor), Poemas y antipoemas (Cátedra), Páginas en blanco(Universidad de Salamanca), Parranda larga (Alfaguara). y Obras completas & algo +, (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).



BIBLIOGRAFÍA

La obra de Parra abarca más de 75 años y más de una veintena de poemarios, a los que se suman numerosas antologías, catálogos, exposiciones visuales y colaboraciones en diversos proyectos artísticos. El antipoeta tiene trabajos con Enrique Lihn, Alejandro Jodorowsky, Pablo NerudaVioleta ParraJaime VadellJoan Brossa y Congreso, entre otros. También se han escrito numerosos libros acerca de él, siendo el crítico literario José Miguel Ibáñez Langlois, alias Ignacio Valente, quien más se ha ocupado de su obra.​ Su antología más completa la conforman los dos tomos de Obras completas & algo +: 1935-1972 y 1975-2006.
A continuación se listan los principales trabajos de su propia autoría:
  • 1937 - Cancionero sin nombre
  • 1954 - Poemas y antipoemas
  • 1958 - La cueca larga
  • 1962 - Versos de salón
  • 1963 - Manifiesto
  • 1967 - Canciones rusas
  • 1969 - Obra gruesa
  • 1971 - Los profesores
  • 1972 - Emergency Poems
  • 1972 - Artefactos
  • 1977 - Sermones y prédicas del Cristo de Elqui
  • 1979 - Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui
  • 1981 - El anti-Lázaro
  • 1982 - Poema y antipoema a Eduardo Frei
  • 1982 - Ecopoemas
  • 1983 - Chistes parra desorientar a la policía poesía
  • 1983 - Poesía política
  • 1983 - Coplas de Navidad (antivillancico)
  • 1985 - Hojas de Parra (Ed. David Turkeltaub)
  • 1997 - La Sagrada Familia
  • 2004 - Lear, rey & mendigo
  • 2006 - Discursos de sobremesa
  • 2006 - Obras públicas
  • 2015 - Antiprosa
Adicionalmente, el autor deja un enorme caudal de material inédito, dentro del cual se cuenta media docena de poemarios escritos entre 1937 y 1954, un cuaderno de notas titulado Notas al borde del abismo, y abundante material creado desde los años 2000.