viernes, 6 de septiembre de 2013

Paul Gauguin / Una vida singular




LA VIDA SINGULAR DE PAUL GAUGUIN
(1848 - 1903)
Por George Kent

Al subastador de los cuadros le parecían realmente ridículos. Mostrando uno cabeza abajo, dijo con una sonora carcajada: “Aquí tienen ustedes… ¡Las cataratas del Niágara!” Y lo remató por 15 francos. Otros siete los vendió a cinco francos cada uno y, finalmente, otro lo dejó en un franco y medio.
Aquellas telas eran obra de Paul Gauguin, que acababa de morir en las islas Marquesas, en el Pacífico Sur, y las pertenencias del artista se habían sacado a pública subasta para cubrir sus deudas. Un pescador que se había encontrado tres baúles llenos de lienzos en la mísera cabaña del artista, ni siquiera se tomó el trabajo de venderlos, sino que los tiró al mar. Hoy en aquellas islas se juzga que fue éste un error que costó, por lo menos, un millón de dólares.
Y no es exageración. Las mejores obras del pintor son de valor casi incalculable. El maestro habría sabido ver la ironía que ello encierra, ya que en toda su vida lo que ganó con la pintura fue apenas el equivalente de unos 15000 dólares.
La tranquilidad económica y las comodidades, sin embargo, nada significaban para Gauguin. Lo que le importó siempre fue un ideal. Habiendo sido acaudalado corredor de bolsa, abandonó el lujo y el regalo porque ansiaba pintar. En la actualidad se le reconoce como uno de los grandes pintores modernos. Van Gogh lo llamaba maestro. Picasso no ocultaba lo mucho que le debía. Despertó en todos los pintores un nuevo interés por el color y la forma en sí mismos.
Nació Gauguin en París en 1848, hijo de un oscuro periodista y de una dama descendiente de Grandes de España. A los diecisiete años de edad abandonó la escuela y pasó los seis siguientes en el mar como marinero. La ruda vida de a bordo fortaleció el débil organismo del muchacho y, sobre todo, le inspiró el sueño que había de trasformar su vida. Una noche, sentado en cubierta, oyó a un compañero describir la vida en el Pacífico Sur: las mujeres eran hermosas y bien dispuestas; las frutas se desprendían de los árboles; el sol brillaba a diario y las noches eran bellísimas. Gauguin tomó nota de esto mentalmente y nunca lo olvidó.
De regreso en París, a los veintitrés años de edad, descubrió en sí mismo una habilidad bastante extraña en un artista nato: la habilidad para ganar dinero en la bolsa de valores. Se empleó en una casa de cambio, ascendió rápidamente, invirtió sus utilidades con tino, y pronto llegó a ganar 20000 francos al año. Usaba entonces sombrero de copa, iba por las mañanas a su oficina en reluciente coche, y era conocido en todos los buenos restaurantes.
Como culminación de esta convencional carrera burguesa, se casó con Mette Gad, hija de un ministro danés. Era esta una rubia desapasionada y práctica que vestía correctamente, daba tés elegantes para gente elegante y, con el tiempo, dio a su marido cinco hijos. Mas para entonces Paul Gauguin había descubierto la pintura.
Al principio la esposa vio complacida que su marido hubiera encontrado una diversión de su gusto. Nada tenía de malo que pintara como entretenimiento ocasional. Aún no sabía que para su esposo no había términos medios: o todo, o nada. Uno de sus cuadros, titulado “Estudio de desnudo” (para el cual le sirvió de modelo la sirvienta de la familia) se exhibió en público y un crítico lo llamó el mejor desnudo que se había visto de Rembrandt para acá. Tras de este comentario la carrera de Gauguin como hombre de negocios llegó a su fin. A los treinta y cinco años de edad dejó su oficina de corredor de bolsa. En adelante no haría más que pintar.
A la vuelta de un año había perdido toda su fortuna. Fue preciso vender la casa familiar, con sus finísimos muebles y sus ricas alfombras. Mette se marchó a Dinamarca, donde la familia tendría por lo menos qué comer. Gauguin la siguió, pero los daneses lo despreciaban como hombre que vivía del patrimonio de su mujer y se burlaban de su pintura. Regresó a París solo y allí siguió pintando.
Mucho es lo que se ha denigrado a Gauguin, a quien se ha calificado de vagabundo que abandonó a su mujer y a sus hijos; en realidad, él mismo consideraba que fue Mette quien lo abandonó. Casi hasta el final de su vida le escribió cartas de amor en las que le rogaba que volviera a su lado. “Ámame bien”, le escribía desde Tahití, quince años después de su separación, “porque cuando regrese volveremos a amarnos. Te mando un beso de amante, un abrazo de desposorio.” Inútil. Ella nunca volvió con él.
El drama de Gauguin empieza con su regreso de Dinamarca a París, donde entonces vivía en desnudos y helados desvanes, vestía harapos y pasaba días enteros sin comer. En una ocasión trabajó pegando carteles por cuatro francos diarios. Oyó decir que en Pont-Aven, en la Bretaña, había una posada cuyo dueño daba crédito a los artistas y pidió prestado el dinero necesario para marcharse de allá. Sus lienzos de esta época se admiran hoy en los grandes museos del mundo: paisajes austeros, mujeres bretonas arrodilladas y cubiertas con tocas monjiles, niños desnudos que juegan en la playa. El público, empero, no había aprendido a estimar su obra.
Todavía sin un céntimo, Gauguin se trasladó a Arles, en el sur de Francia, a vivir con su amigo Vincent Van Gogh. La visita fue financiada por el hermano de Vincent, Theo, negociante en obras de arte, que abrigaba la esperanza de que la compañía de Gauguin pudiera ser beneficiosa para el infortunado Vincent, que estaba a punto de perder al juicio. Al principio los dos se llevaron muy bien. Gauguin hacía el aseo de la casa, cocinaba, obligaba a su amigo a ajustar su vida a un horario normal y le ayudaba en su pintura. Pero tanto el temperamento como las opiniones de los dos artistas diferían violentamente. Al fin Gauguin declaró que se marchaba.
Eso bastó para que el dominante Van Gogh, traspasando los límites de la cordura, sufriera un acceso de demencia. Aquella noche Gauguin, que paseaba por la calle, sintió pasos a espaldas suyas. Era Van Gogh que, armado de una navaja, se disponía a echársele encima. Su amigo no lo atacó, sin embargo, sino que se volvió a su casa, se cortó una oreja y se la llevó a una de las muchachas de un burdel. Posteriormente fue recluido en un hospital, pero a los dos años de estar allí se quitó la vida de un balazo.
Gauguin regresó a la Bretaña, donde se le unieron varios pintores jóvenes, a quienes daba enseñanzas que todavía repiten los pintores modernos: “Recordad que el arte es abstracción. Soñad frente a la Naturaleza, sacad de ella la esencia de lo que veis, luego pintad… Lo feo puede ser bello, lo bonito, nunca.”
Gauguin aplicaba la pintura en anchas franjas planas de colores elementales, con lo que lograba una luminosidad prodigiosa. Cierta vez, a un pintor joven que insistía en emplear colores más sutiles, le gritó que no hiciera tal, que usara en cambio fuertes pigmentos contrastantes. El muchacho no hizo caso, y por segunda vez recibió un regaño. A la tercera, Gauguin sacó un revólver, lo cargó con toda calma y lo colocó sobre la mesa frente a sí. De esta manera se hizo entender.
Como era hombre de enorme vitalidad, después de un día de trabajo normal le quedaban todavía fuerzas para dedicarse a la escultura en madera y en mármol. Pintó también las paredes, las puertas y el techo de la posada, para no hablar de sus zuecos de madera, su bastón y su chaqueta de pescador.
Aún entonces, y pese a que ya algunos críticos aplaudían su obra, el público seguía considerando “grotescas” las pinturas de Gauguin. A los cuarenta y dos años de edad, continuaba en la miseria.
Luego, súbitamente, anunció que se marchaba al Pacífico Sur a vivir y a pintar como primitivo. Su viejo sueño se convertía al fin en realidad. Sus amigos trataron de disuadirlo, pero él se obstinó. Con el producto de la venta de sus cuadros en pública subasta pagó el valor del pasaje.
En Tahití (corría el año de 1891) se internó en la montaña y alquiló un rústico albergue a la orilla de una laguna. Su compañera fue una muchacha aborigen cuyo rostro y cuyo cuerpo se ven reproducidos en muchos de sus cuadros.
Después de 28 meses regresó a Francia llevando consigo buen número de lienzos extraordinarios. Exhibió más de 40, pero sólo unos cuantos se vendieron, y eso entre viejos amigos, por un total de 500 francos. Escribió un crítico: “Si quiere usted hacer reír a sus niños, llévelos a la exposición de Gauguin.” Cuando leyó esto, el artista lloró.
Lleno de tristeza a los cuarenta y siete años de edad, regresó al Pacífico Sur para pasar los últimos y miserables años de su vida, primero en Tahití, luego en la remota isla de Dominica, del grupo de las Marquesas. Había contraído sífilis, enfermedad para la cual no existía entonces cura alguna; sufría también de una herida en el tobillo que no sanaba. Gauguin padecía horriblemente. “Espero aquí, como una rata metida en un tonel en medio del océano”, escribía.
Solemos imaginarnos a Gauguin tendido a la sombra de un árbol del pan, rodeado de bellas polinesias que cantan y bailan para divertirlo. Si se tendía en el suelo era porque sus piernas, carcomidas por la enfermedad, no le permitían andar. Si las muchachas le cantaban era porque estaba perdiendo la vista. “Ya las luces se me están apagando”, le dijo a un médico. Pese a que era el más aseado y cuidadoso de los hombres, murió en 1903, en una indecente choza de cañas, solo, sin poder valerse por sí mismo, junto a su último lienzo: un nevado paisaje en la Bretaña. ¡Extraño tema para haberlo pintado en el paradisiaco Pacífico Sur!
Años después de su muerte, cuando su nombre, como el del desdichado Van Gogh, se había convertido en leyenda, empezó la arrebatiña por sus cuadros. Los coleccionistas los encontraron en tabernas, burdeles y hospederías. Gauguin los había cedido a cambio de una botella de vino, un día de hospedaje, un instante de placer. Por lo general estaban arrumbados en las buhardillas o en los sótanos, porque sus propietarios no creían que valiera la pena colgarlos. En Bretaña los habían utilizado como tapetes para el piso o los habían recortado y cosido para hacer zapatos de lona.
El novelista Somerset Maugham encontró el famoso Gauguin de su propiedad en la puerta de un cuarto donde el pintor había dormido. Presa al parecer de un súbito deseo de pintar y no disponiendo de un lienzo, Gauguin había cubierto el vidrio de la puerta con mágicos colores, como solo él sabía hacerlo.
Poco tiempo antes de su muerte, el artista trató de explicar, en profesión escrita de su fe, el sentido de su extraña y trágica vida: “El arte tiene origen divino”, decía, “y vive en el corazón de todos aquellos que han sido tocados por la luz celestial. Habiendo probado el deleite de las grandes obras de arte, queda uno consagrado a él inevitable y eternamente.”
¿Acaso podía haberlo explicado con mayor claridad?

Genios y figuras
Selecciones del Reader’s Digest
México, Reader’s Digest de México, 1982. 



Paul Gauguin

(París, 1848 - Atuona, Polinesia francesa, 1903) 

Pintor y escultor francés. Hijo de un periodista y con sangre peruana por parte de madre, tras el golpe de Estado de Napoleón III (1851), huyó con sus padres a Lima. Cuando no era todavía más que un adolescente, Paul Gauguin se hizo a la mar; en 1871 regresó a París y entró a trabajar en una empresa financiera de la capital.
   En esta época Paul Gauguin empezó a desarrollar un fuerte interés por el arte que le condujo a tomar clases de pintura y a reunir una impresionante colección de obras impresionistas que comprendía trabajos de Manet, Cézanne, Monet y Pissarro. En 1875 trabó conocimiento personal con este último y empezó a trabajar con él; resultado de tan fecunda colaboración fue la invitación a participar en la quinta Exhibición Impresionista de 1880, que sería reiterada en los dos años siguientes.
   En 1883, su creciente interés por la pintura se unió al desplome de la Bolsa parisina para conducirle a tomar la decisión de dedicarse íntegramente a la actividad artística. Al año siguiente se trasladó a Copenhague, residencia familiar del padre de su esposa, en busca de apoyo económico, pero su empeño fracasó rotundamente y poco después abandonaría a esposa e hijos.
   A partir de ese momento Gauguin vivió en la penuria, rechazado por una sociedad que con anterioridad le había abierto los brazos y que en breve iba a aborrecer. Entre 1886 y 1888 su obra experimentó un giro radical, cuyo origen cabe buscar en dos experiencias vitales de gran importancia: su encuentro con Van Gogh y su primer viaje a la Martinica.
   Gauguin conoció al pintor holandés en París y quedó fuertemente impresionado por el modo en que éste conseguía plasmar sus inquietudes vitales en unos lienzos rebosantes de expresividad. En 1888 incluso se desplazó a Arles con la intención de trabajar conjuntamente, pero las incompatibilidades de carácter dieron espectacularmente al traste con el proyecto al cabo sólo de pocas semanas.
   Poco antes, Gauguin habíase trasladado durante un tiempo a la colonia francesa de la Martinica, donde entró en contacto con un paisaje repleto de sensual colorido y una sociedad, la indígena, en estrecha convivencia con la naturaleza. Ambos factores se unieron para despertar en el artista una aguda nostalgia por lo primitivo, cauce en el que iba a encontrar una vía idónea para expresar una emotividad no contaminada por el naturalismo propio del arte refinado.
   Tras su desastrosa experiencia en Arles, Gauguin regresó a París, donde su interés por las formas del arte popular se acrecentó por vía de su amistad con el joven artista Émile Bernard. De resultas de sus propias experiencias en la Martinica y del aporte teórico de Bernard iba a surgir el sintetismo, estilo personal caracterizado por la representación no imitativa y la separación de la imagen pictórica en zonas de color fuertemente contrastadas y a menudo delineadas en negro.

Mujeres de Tahití (1891), de Paul Gauguin


    Dicho estilo, con su rechazo frontal al uso de trucos formales para recrear la percepción visual, significó una ruptura absoluta, desde el punto de vista conceptual, con el impresionismo que otrora había abrazado, razón por la cual es categorizado por la moderna historiografía del arte como postimpresionista (junto con Van Gogh y Cézanne).
     Entre 1891 y 1903 Paul Gauguin efectuó largas estancias en Tahití y las islas Marquesas, donde su primitivismo fue atemperándose al abrirse a la influencia de neoclásicos como Ingres o contemporáneos como el nabi Puvis de Chavannes. Este proceso corrió de la mano de un creciente refinamiento tonal y de la presencia en su producción de una aura onírico-poética que en modo alguno parece reflejar la enfermedad y los conflictos personales –particularmente sus enfrentamientos con las autoridades locales en defensa de las comunidades indígenas– que marcaron los últimos años de su vida.









domingo, 1 de septiembre de 2013

Lucia Joyce



FICCIONES

Lucia Joyce

(26 de julio de 1907 - 12 de diciembre de 1982)



Lucia Anna Joyce, hija del escritor irlandés James Joyce y de Nora Barnacle, nació en Trieste (Italia) y murió en un hospital psiquiátrico en Northampton (Inglaterra).

El italiano fue la primera lengua de Lucia (escrito sin acento, a la italiana) y aquella en que se escribía con su padre. Estudió ballet en su adolescencia, llegando a merecer practicar con la famosa bailarina Isadora Duncan. Lucia empezó a mostrar síntomas de enfermedad mental en 1930, hacia la época en que conoció al escritor Samuel Beckett, asistente de su padre a la sazón; ambos tuvieron alguna cita. La enfermedad de ella motivó el alejamiento de Beckett. Éste confesaría más tarde a su amiga Peggy Guggenheim que «estaba muerto y que no tenía sentimientos humanos»; ésa era la razón por la que no había sido capaz de enamorarse de Lucia. En 1934, el psiquiatra Carl Jung atendió a Lucia como paciente. Poco después Lucia fue diagnosticada como esquizofrénica en la clínica psiquiátrica Burghözli de Zúrich. Murió en 1982, en el St Andrew's Hospital de Northampton, Inglaterra.






Su estado mental, así como la documentación relativa al mismo, ha sido objeto de un estudio reciente a cargo de Carol Shloss, quien considera que Lucia de alguna forma fue la musa inspiradora de Finnegans Wake, la última obra de su padre. El estudio hace referencia a las cartas entre Lucia Joyce y su padre, y se convirtió en motivo de un litigio por uso indebido interpuesto por la testamentaría de James Joyce. El litigio fue resuelto el 25 de marzo de 2007.


Lucia Joyce con sus padres


Carol Shloss cuenta que Carl Jung, después de leer Ulises, pensó que el padre también sufría de esquizofrenia. Jung afirmó que ambos, padre e hija, se deslizaban al fondo de un río, sólo que él sabía bucear y ella se hundía irremediablemente. El tipo de relación que mantenía Joyce con su hija esquizofrénica es desconocido, debido a que el heredero actual de Joyce, Stephen Joyce, quemó los miles de cartas que se escribieron padre e hija, cartas recibidas por él a la muerte de Lucia, en 1982. Stephen Joyce afirmó en una carta al editor del New York Times: «En cuanto a la destrucción de la correspondencia, se trataba de cartas personales dirigidas por Lucia a su familia. Fueron escritas muchos años después de morir Nonno y Nonna [es decir, Joyce y Nora Barnacle] y no se referían a ellos. También fueron destruidas algunas tarjetas postales y un telegrama de Samuel Beckett para Lucia. Esto se hizo a requerimiento del propio Beckett por escrito.»



En 2004 se estrenó en el West End londinense una obra inspirada en la relación de Lucia con Samuel Beckett: Calico, escrita por el dramaturgo británico Michael Hastings.


Source: Wikipedia


El trágico amor de Lucia Joyce

Lucia Joyce y Violet Gibson tienen tumbas vecinas en el cementerio del Hospital Psiquiátrico de San Andrés en Northampton, pero sus historias sólo se entrelazaron en la muerte. La primea fue la hija del escritor James Joyce, internada desde jovencita en centros para discapacitados mentales, y la segunda una aristócrata irlandesa que intentó asesinar a Benito Mussolini en Roma en 1926.
La biografía de Gibson, publicada hace poco, ha servido para divulgar una foto hasta ahora desconocida de Lucía y nuevos detalles sobre su desgraciada vida, destrozada por su amor no correspondido con el dramaturgo Samuel Beckett (‘Esperando a Godot’), asistente de James Joyce en el París de los felices años veinte y que la abandonó diciéndole que por quien estaba realmente fascinado era por su padre, no por ella. Un golpe así deja K.O a cualquiera.
Es lo que le ocurrió a Lucia, única hija y ojito derecho del autor de ‘Ulises’, hasta entonces una prometedora bailarina, que se encerró en sí misma y desarrolló un comportamiento violento. En una fiesta con ocasión del cincuenta cumpleaños de su progenitor, se enzarzó en una discusión con su madre (Nora Barnacle) y le arrojó una silla a la cabeza. Fue la gota que colmó el vaso e hizo que su familia la internara primero en una institución de la Francia ocupada por los nazis, y posteriormente en el siniestro hospital de Northampton donde se pasó los últimos cuarenta años de su vida diagnosticada como esquizofrénica, sin recibir visitas y completamente sola.

Quien sí la visitó fue una admiradora llamada Helen MacTaggart, que la describió como una chica de enorme creatividad y talento que todavía seguía enamorada de Samuel Beckett después de tanto tiempo y a pesar de lo que le hizo. Cuando le contó que lo había visto hace poco en París, le preguntó celosa, con su voz gutural de fumadora empedernida, si gozaba de la compañía de alguna mujer, y sonrió satisfecha cuando le respondió que no. El amor es ciego.

Una obra de Michael Hastings titulada ‘Calico’, que fue uno de los grandes éxitos del West End en el 2004, narra la trágica relación triangular entre James Joyce, Lucia y Samuel Beckett. Pero todos los documentos que podrían aportar luz sobre la tragedia y son anhelados por los historiadores permanecen bajo llave en una caja fuerte, custodiados por los herederos de la familia, en particular Stephen Joyce, nieto del escritor.

De ahí el interés suscitado por la foto y los pocos detalles que aparecen en la biografía de Violet Gibson, la responsable del frustrado intento de asesinato del dictador fascista Benito Mussolini, cuyo acto fue atribuido a un trastorno mental y acabó en el mismo Hospital Psiquiátrico de San Andrés donde estaba Lucia. No se sabe si se hicieron amigas, si compartieron mesa, intercambiaron historias o pasearon juntas por los jardines. Lo que sí sabe es que están enterradas una a la vera de la otra, unidas en la muerte.






Lucia Joyce: la muchacha Arco Iris

Un libro recién publicado en los Estados Unidos revela aspectos hasta hoy desconocidos de la hija de James Joyce. Carol Loeb Shloss, la autora de la biografía, afirma que aquélla sólo fue un factor dominante en la obra del escritor; también fue una artista extraordinaria, con peso propio.


Era la iluminadora, la "maravilla salvaje". Así escribió James Joyce acerca de su hija, Lucia. Los estudiosos de Joyce la identifican con lo que han dado en llamar "la muchacha Arco Iris" de su obra maestra, Finnegans Wake: Issy, la tentadora que se irisa por arte de magia. Cierta vez, Joyce escribió en una carta que su mente tenía "la claridad despiadada del relámpago". Y añadió: "Es un ser fantástico". Sin embargo, en la mayoría de las biografías de su padre, Lucia es una figura marginal, una joven triste, bizca, que se enamora del secretario de su padre, Samuel Beckett, es rechazada y muere en un manicomio, en 1982.
Acaba de salir un libro, Lucia Joyce: To Dance in the Wake (Lucía Joyce: Bailar sobre la estela), que cambia por completo esta imagen. Su autora, Carol Loeb Shloss, profesora de lengua y literatura inglesas en la Universidad de Stanford, sostiene que Lucia no sólo fue una artista extraordinaria por derecho propio: también fue un factor dominante en la creación de Finnegans Wake. Quizás, aún más que su madre, Nora, considerada por largo tiempo la principal inspiradora de los personajes femeninos. "Lucia fue una musa fundamental para Joyce, quien se inspiró en ella y dependió de ella. Su relación ayudó a cambiar el rumbo de la literatura moderna", afirmó Shloss en una entrevista.
Sin duda, su interpretación suscitará polémicas. Los entendidos juzgan importante esta biografía porque Lucia fue el eje en torno al cual giró la obra de Joyce. No obstante, estuvo a punto de no publicarse por las objeciones que planteó Stephen J. Joyce, nieto del escritor. Según Shloss, la amenazó con entablarle un pleito si citaba material referente a su abuelo. "Tuve que rehacer el libro varias veces y suprimir cosas que me había llevado años encontrar. Fue muy doloroso", recuerda. Y agrega: "Ha imposibilitado el uso público de citas de Joyce".
Pese a estas restricciones, Shloss pudo incorporar a su libro datos novedosos, entre ellos varias fotografías inéditas de Lucia. Muestran a una joven hermosa en el centro del escenario de la danza parisiense de los años 20, una mujer sexualmente libre y autora de una novela, hoy perdida.
Shloss pudo acceder a dos cuadernos de memorias de Lucia, también inéditos, diversos documentos que Stephen Joyce habría olvidado retirar de la Biblioteca Nacional de Irlanda y los archivos de Richard Ellmann, biógrafo de James Joyce, que contenían información no utilizada por éste.
Morris Beja, secretario ejecutivo de la International James Joyce Foundation, leyó una de las primeras versiones del libro de Shloss. "Podría ser una obra capital, por cuanto no se ha apreciado debidamente la importancia que tuvo Lucia en la vida de Joyce", opina. Por su parte, Zack Bowen, un profesor de la Universidad de Miami y destacado experto en Joyce que conoce a fondo el trabajo de investigación de Shloss, dice que es un libro "magnífico".
Lucia nació en 1907, en la sala para indigentes de un hospital de Trieste, donde había emigrado su padre huyendo de las estrecheces de Dublin. Su nacimiento, afirma Shloss, liberó la creatividad de Joyce, que por entonces escribía Retrato del artista adolescente y se había atascado.
Shloss describe una niña difícil, dramática, enfurecida por el rechazo de Nora, que desalentaba su talento, el abandono de su padre egocéntrico y los celos de su hermano Giorgio, dos años mayor que ella y el predilecto de Nora. Cuando se publicó Ulyses, en 1922, Lucia cortó el cable telefónico para silenciar las llamadas congratulatorias. "C´est moi qui est l´artiste!" (¡La artista soy yo!), alegó.
Estudió danza con el hermano de Isadora Duncan, Raymond. Parodió con agudeza a Carlitos Chaplin. Recorrió Europa con una renombrada compañía de danza moderna. En 1927, tuvo un papel en el film de Jean Renoir La pequeña vendedora de fósforos. "Cuando sus dotes para la danza rítmica alcancen su plenitud, James Joyce tal vez sea conocido como el padre de Lucia", escribió un reportero del The Paris Times en 1928. Al año siguiente, abandonó el baile por la enseñanza. Shloss cita un comentario de Helen Kastor Joyce, madre de Stephen, que sugeriría que Nora la instó a hacerlo, celosa de la atención que despertaba. Un amigo comentó: "Es la venganza del adulto sobre el niño dotado y creativo".
Sus sucesivas relaciones afectivas fueron otros tantos fracasos. En 1932, pensó casarse con Alec Ponisovsky, que por entonces enseñaba ruso a su padre, pero él amaba a otra mujer y Lucia aún suspiraba por Beckett. Sufrió un colapso y pasó varios días en estado catatónico.
De ahí en más, rodó cuesta abajo. La trataron con veronal, montó rabietas en público, la hospitalizaron, le dieron el alta y volvieron a internarla en otras instituciones. Un día, prendió fuego a su habitación. La enviaron a Zurich, para que Jung la psicoanalizara. "Pensar que un suizo tan gordo, grandote y materialista intentará adueñarse de mi alma", habría comentado, según Ellmann.
Al morir su padre, en 1941, Nora y Giorgio se desentendieron de ella. Harriet Weaver, la mecenas de Joyce, asumió su custodia. En 1951, Lucia cambió de sanatorio por última vez: la trasladaron al St. Andrew´s, en Northampton (Inglaterra).
Joyce fue un hombre abstraído y atormentado. Aun así, dice Shloss, los padecimientos de Lucia se infiltraron en su obra maestra. Un amigo de la familia escribió acerca de él: "En aquella noche en que se debatía su espíritu, en esa perplejidad nocturna [cita de Finnegans Wake], yacía oculta la realidad punzante de un rostro bienamado".
"En los primeros borradores, advertimos que Joyce utiliza nombres de varones amigos de Lucia. Sus maestros de baile aparecen por todas partes. Basta ver la creatividad de la niña para percibir que, a través de ella, el padre va conociendo más el mundo. El lenguaje mismo de Finnegans Wake, esas palabras en constante movimiento, refleja el interés de Lucia por la danza", señala Shloss.
Lucia es quien ronda el final de la obra. La que dice aquellas palabras famosas: "Mis hojas se han dispersado. Todas. Pero una todavía se aferra a mí. La llevaré encima. De recuerdo. ¡Lff! Qué dulce es esta mañana, la nuestra. Sí. ¡Llévame contigo, papá, como aquella vez en la feria de juguetes!"
"Joyce --escribe Shloss-- dejó este homenaje y consuelo postreros a la hija que había sido su compinche secreta y turbulenta durante la mayor parte de su juventud."
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

EL CANCERBERO

No es la primera vez que Stephen Joyce, beneficiario de los derechos de autor de su abuelo, intenta poner fin a las citas de sus escritos en films, obras teatrales y trabajos de investigación. En especial, ha vigilado el material referente a Lucia y ha admitido por escrito que destruyó algunas cartas suyas.
En todos estos años, Stephen Joyce ha tenido varias reyertas con investigadores. Shloss lo acusa de haber retirado de la Biblioteca Nacional de Irlanda documentos esenciales sobre Lucia, donados por la familia de Paul Leon, otro secretario de James Joyce.
Por Dinitia Smith Nueva York, 2003 
The New York Times y LA NACION

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Dibujo de Lucia Joyce, en 'La niña de sus ojos'.
El cómic psicoanaliza a la familia Joyce

Los claroscuros que rodearon al autor de ‘Ulises’ y su entorno inspiran varias novelas gráficas




Suponemos que Joyce despreciaría a los tebeos. También desdeñó a Yeats. “Nos hemos conocido demasiado tarde: es usted demasiado viejo para ser influido por mí”, le espetó. Al irlandés le sobraban talento y soberbia. Punto de partida y tal vez punto final de una historia de la literatura. Además, bebedor, asiduo de prostíbulos, amante de Dublín aunque enemigo de patrias, sableador profesional de amigos y desconocidos. Dentro del gran creador habitaba un rotundo personaje.
El cómic sí le admira a él y ha sucumbido ante la intensidad biográfica del autor de Ulises y su familia. Además de las dos obras firmadas por Alfonso Zapico, Dublinés La ruta Joyce, que este mes reedita Astiberri, se ha traducido al español La niña de sus ojos (La Cúpula), del matrimonio Mary M. Talbot y Bryan Talbot, vibrante y cruda novela gráfica que ha merecido los elogios de Joe Sacco y que indaga en el desplome psicológico de Lucia Joyce, la hija del escritor.
Consciente o no, Joyce tejió a su alrededor un universo de seres singulares. O que tal vez se singularizaron al entrar en contacto con él. Algunos rasgos de Nora Barnacle, de la que se ha dicho de todo (que era analfabeta, que desconocía la obra de su marido, que no estaba a la altura del semidiós), superarían a la fictica Molly Bloom del Ulises. Ya viuda, le preguntaron su opinión sobre el escritor francés André Gide. Y dijo: “Indudablemente cuando has estado casada con el más grande escritor del mundo, no recuerdas a todos los hombrecillos”.

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Nora Barnacle y James Joyce, vistos por Alfonso Zapico en 'Dublinés'.
El padre del genio, los hijos del genio, la pareja del genio... la biografía que ha merecido el Premio Nacional del Cómic, Dublinés, de Alfonso Zapico (Blimea, Asturias, 1981), reconstruye esa atmósfera errática de la familia, una existencia que oscilaba entre la anorexia económica y la bulimia derrochadora, las patadas a ciertas convenciones (James y Nora se casaron cuando estaban a punto de ser abuelos) y los secuestros por prejuicios machistas. El ensimismamiento. En aquel mundo cabían apenas dos.
A Mary M. Talbot, una investigadora británica que ha publicado libros sobre lenguaje, género y poder, le fascinó una figura secundaria: Lucia Joyce, la hija relegada, la niña de papá sin derecho a vida propia, la estrella fugaz que se esfumó en un universo de manicomios y residencias siniestras (pasó en ellas 40 años). En cierto modo (aunque sin su final) un alma gemela de Mary M. Talbot, hija de James S. Atherton, escritor irlandés que amó y estudió tanto a Joyce que redactó su reseña para la Enciclopedia Británica. Atherton fue un padre en permanente erupción, hosco, irritable y que sustituyó los gritos por el sarcasmo cuando su hija creció.
Aunque su progenitor se cayó del pedestal “estando muy vivo”, Mary M. Talbot se ha pasado la vida mirándose en el espejo de otras hijas doloridas, como Lucia Joyce o Sylvia Plath, a la que cita en su primera novela gráfica: “Mucho después, cuando leía la poesía de Sylvia Plath, pude identificarme con una parte de ella. Plath presentó en la radio su poema Papaíto [Papaíto: he tenido que matarte / Te moriste antes de que me diera tiempo…] poco antes de suicidarse”.
En La niña de sus ojos, Mary y el dibujante Bryan Talbot recrean la historia de la autora y, en paralelo, la biografía de Lucia Joyce, prometedora coreógrafa, intérprete... A los 21 años era una estrella en ascenso. “Puede que para cuando desarrolle todo su talento para la danza rítmica James Joyce acabe siendo conocido por ser el padre de su hija”, escribía la prensa francesa.

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Nora Barnacle y James Joyce, vistos por Mary M. Talbot y Bryan Talbot en 'La niña de sus ojos'.

En lo concerniente a su hija, James y Nora salen peor parados de la indagación de Talbot que de la de Zapico. La británica les achaca en parte el desequilibrio de su hija, cuyo talento es arrinconado y menospreciado en beneficio de la comodidad de su ilustre papá. Zapico libera a los padres de responsabilidad en la caída en el abismo esquizoide de Lucia, a la que dibuja como una mujer inestable que se derrumba tras un contratiempo amoroso con Samuel Beckett, por entonces secretario y discípulo de James Joyce.
Lucia, que se había montado una vida profesional en París, es obligada a mudarse a Londres contra su voluntad en 1931. En La niña de sus ojos se recrea una sobrecogedora conversación entre Nora, Lucía y James. Mientras esperan en Calais el barco que les alejará de Francia, Lucia se queja de que le truncan su carrera.
—Deja esas tonterías para él. ¿Tú te crees que me importa un comino lo que hace él? ¡Por los clavos de Cristo! ¡Si no tenemos un hogar y tu hija es una neurótica es por culpa de esas idioteces que escribes! —espeta la madre.
—Nora, por favor... —suplica el escritor.
—¡Nos has dado una vida insoportable! —continúa Nora.
—Lucia, querida, no necesitas preocuparte por tu carrera. Como bien sabe tu madre, lo único que importa es que sepas entrar en una habitación de la forma adecuada.




jueves, 29 de agosto de 2013

Mercè Rodoreda

Mercè Rodoreda

(1909 - 1983)

(Barcelona, 1909 - Romanyà de la Selva, 1983) Escritora española en lengua catalana. Miembro de la generación literaria forjada en el exilio republicano, su novelística se considera una de las más destacadas de la posguerra en el ámbito de su lengua.


Mercè Rodoreda


De formación autodidacta (sólo recibió educación escolar entre los siete y los diez años), llegó a la literatura a través de la poesía popular y publicó tempranamente por su cuenta la novela Sóc una dona honrada? (1932). Ingresó al periodismo político en defensa de sus ideales catalanistas, en Clarisme (1933-1934). Este mismo año, la publicación de las novelas Del que hom no pot fugir y Un dia en la vida d'un home le abrirían las puertas a la publicación de cuentos en las páginas de La Publicitat. La siguiente novela, Crim (1936), cierra un conjunto novelesco del que la autora posteriormente renegaría.
Durante la Guerra Civil española trabajó en el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya y en la Institució de les Letres Catalanes. En 1938, en plena guerra, publicó Aloma, novela psicológica en la que la protagonista, Aloma, aún adolescente, se entrega a una relación amorosa con un hombre maduro. En ella destaca ya la utilización de símbolos poéticos, una de sus constantes: en especial aquí la flor, que evoca la caducidad de la vida y, en el contexto del relato, representa la infancia y la felicidad; otros símbolos serán el espejo, el agua o la paloma. Aloma apunta ya algunas constantes de su producción: atención preferente al mundo femenino e inclinación hacia una novela psicológica con tonos poéticos y simbólicos.

Al término de la guerra se exilió, y la primera larga etapa, en París y Burdeos, supuso una larga interrupción de su obra, pero también la maduración y el acopio de experiencias y lecturas que, a la larga, beneficiarían a su narrativa. Tras la colección de relatos breves Vint-i-un contes (1958), y aprovechando un período de relativa estabilidad en Ginebra, donde trabajó como traductora en distintos organismos internacionales a partir de 1954, escribió la novela que le proporcionaría mayor celebridad: La plaça del Diamant (1962). Tiene como protagonista a una mujer humilde, la Colometa, que en voz propia, es decir, en un tono coloquial (literariamente insólito en la literatura catalana), relata los dramáticos episodios de su vida: amor, angustia, guerra, hambre, desesperación, resignación. Los elementos socio-históricos se alían a los míticos, y un toque de poesía impregna (como un pálpito de vida) toda la confesión del personaje.

Fue una constante en su obra la elección como protagonistas de personajes femeninos que encarnan diferentes momentos y fases de la vida de la mujer: en El carrer de les Camèlies (1966) quien cuenta su vida es Cecília, una marginada forzada a prostituirse. Su vida será reconstruida a través de pequeñas confesiones, de detalles tenues y dispersos. El contexto histórico se hace menos explícito a partir de la novela Jardí vora la mar (1967), donde el narrador es un jardinero que explica su particular punto de vista sobre una tragedia amorosa, y en La meva Cristina i altres contes (1967), a partir de la cual el narrador omnisciente se compatibiliza con el uso de la perspectiva interna a través del soliloquio y del estilo indirecto libre. Estas dos últimas obras abren una nueva etapa, dominada por el desencanto y la soledad premonitoria de la muerte, a la que se sumará Mirall trencat (1974), con la vida y la desintegración de todo un universo familiar como temas.

En 1973 regresó de su exilio y se instaló primero en Barcelona y luego en el pueblo de Romanyà de la Selva, cerca de Girona. Sus últimas obras fueronSemblava de seda i altres contes (1978), Viatges i flors(1980) y las novelas Quanta, quanta guerra! (1980) yLa mort i la primavera (1986), publicada póstumamente. Escribió también varias piezas teatrales: El parc de les magnòliesEl torrent de les flors y El maniquí. Póstumamente salió a la luz una buena parte de su producción poética bajo el títuloAgonia de llum. Poesia secreta de Mercè Rodoreda(2002). Entre los numerosos galardones que recibió cabe mencionar el Sant Jordi (1966), el Premio de la Crítica (1967), el Ramón Llull (1969) y el Premio de Honor de las Letras Catalanas (1980).






Escribo porque me gusta escribir. Si no me pareciera exagerado diría que escribo para gustarme a mí misma. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor. Quizás es más profundo. Quizás escribo para afirmarme. Para sentir que soy ... Y acabo. He hablado de mí y de cosas esenciales en mi vida, con una cierta falta de medida. Y la desmesura siempre me ha dado mucho miedo.
Mercè Rodoreda, Prólogo Mirall Trencat


Cronología

1908 - 1921

1908 - 1914
El día 10 de octubre de 1908 nace Mercè Rodoreda Gurguí en una casita con jardín, propiedad de su abuelo, situada en la calle de Sant Antoni, actualmente Manuel Angelon, del barrio de Sant Gervasi de Cassoles, de Barcelona. Es la única hija del matrimonio formado por Andreu Rodoreda Sallent i Montserrat Gurguí Guàrdia. Al padre, contable de una armería, siempre le gustó el teatro. La madre sentía cierta inclinación por la música. Ambos compartieron la afición por el teatro en un ambiente bohemio, y asistieron al Instituto del Teatro, que dirigía Adrià Gual, para aprender declamación.
1909
Joan Gurguí Guàrdia, hermano de Montserrat, se va a Argentina.
1915 - 1917
Estudios primarios en dos escuelas distintas: en el colegio de Lourdes, de Sarriá, y en otro un poco más cercano a su casa, entre las calles Pàdua i Vallirana. En realidad, su gran maestro fue su abuelo, admirador de Verdaguer y colaborador de La Renaixença.
1917
Participa en la representación de la comedia El misterioso Jimmy Samson, realizada por una compañía aficionada en el Ateneo de Sant Gervasi. Rodoreda representa el papel de Ketty.
1919
Joan Gurguí, que había mantenido una correspondencia regular con su familia, regresa a Barcelona. Mercè vivía con entusiasmo la espera y la llegada de las cartas de su tío, que, con tiempo, llegó a mitificar.
1921
Muere su abuelo, Pere Gurguí. La llegada de su tío a casa de los Gurguí cambia el tipo de vida de la familia. Se impone la austeridad y el orden convencional.

1928 - 1938

1928
El 10 de octubre, día en que cumplía veinte años, se casa con Joan Gurguí Guàrdia, catorce años mayor que ella, en la parroquia de la Bonanova de Barcelona, con dispensa papal por el grado de consanguinidad.
1929
El día 23 de julio nace Jordi, hijo único de Mercè Rodoreda y Joan Gurguí. Mercè Rodoreda comienza entonces a actualizarse en todos los sentidos y busca una proyección, un trabajo que la libere de la dependencia económica y social contraída con su marido.
1932
Se publica en la editorial Catalonia la primera novela de Mercè Rodoreda: Sóc una dona honrada?.(¿Soy una mujer honrada?) Escribe cuentos para distintos periódicos.
1933
Mercè Rodoreda ingresa en el periodismo a través de Clarisme, en la que colabora desde el mes de octubre de 1933 hasta 1934, donde publica sus entrevistas a escritores y artistas plásticos; también crónicas de la ciudad o viajes.
1934
Publica Del que hom no pot fugir (De lo que nadie puede huir), en ediciones de Clarisme, y en ediciones Proa Un dia en la vida d’un home (Un día en la vida de un hombre). Mercè Rodoreda empieza a relacionarse con el mundo de la literatura, a través del escritor J. Puig i Ferreter, director de Proa. Por una parte, conoce a Andreu Nin, que traduce directamente del ruso novelas de Dostoyevski, L. Tolstoi..., y por otra, a escritores como Francesc Trabal, Joan Oliver, Joan Prat, conocido como Armand Obiols, que había pertenecido a la Colla de Sabadell y más tarde al Club de los Novelistas, al igual que la propia Rodoreda. Ese año también sale a la venta el ensayo Polèmica, de Delfí Dalmau, donde el autor entrevista a Mercè Rodoreda, y en la introducción hace unas declaraciones que anticipan los valores literarios de la escritora.
1935 - 1939
Escribe cuentos infantiles en la página semanal del periódico La Publicitat, llamada Una estona amb els infants (Un rato con los niños), y cuentos en La Revista, La Veu de Catalunya y Mirador...
1936
Aparece publicada su cuarta novela, Crim (Crimen), rechazada posteriormente por la escritora, como hizo también con las tres anteriores.
1937
Comienza a trabajar como correctora de catalán en el Comisariado de Propaganda de la Generalitat de Catalunya. Conoce a escritores como Aurora Bertrana, M. Teresa Verne y gana otras amistades: Susina Amat, Julieta Franquesa, Anna Murià y Carme Manrubia. Con Aloma, su quinta novela, gana el premio Crexells. Andreu Nin, con quien Rodoreda mantuvo relación, muere asesinado. Ese mismo año, Mercè Rodoreda y su marido, Joan Gurguí, se separan.
1938
Se publica Aloma para la Institució de les Lletres Catalanes en Barcelona Mercè Rodoreda viaja a Praga con el escritor Francesc Trabal en representación del PEN Club de Catalunya, y allí lee un saludo redactado por el poeta Carles Riba.

1939 - 1953

1939
Mercè Rodoreda emprende el camino del exilio el 23 de enero, y deja a su hijo con su madre, pensando en un regreso próximo. Parte de Barcelona junto con otros intelectuales en un bibliobús de la Institució de les Lletres Catalanes que los traslada a Girona, donde pasan al Mas Perxés, en Agullana (Alt Empordà) para dirigirse después a Perpiñán y Tolosa, hasta instalarse en un castillo del siglo XVIII, dispuesto para acoger a refugiados en Roissy-en-Brie, población próxima a París. Allí vivirá unos meses junto con otros escritores: Anna Murià y familia, C.A. Jordana y familia, Armand Obiols, Francesc Trabal, etc. En ese contexto empieza la relación sentimental entre Rodoreda y Obiols, su pareja en el exilio. La Segunda Guerra Mundial rompe, no obstante, la estabilidad de Roissy y los obliga a emprender de nuevo el periplo: algunos escogen el exilio hacia Hispanoamérica y otros, como Rodoreda y Obiols, deciden quedarse en Europa.
1940 - 1944
Huída de París con la entrada de los alemanes. Acabada la Segunda Guerra Mundial, Mercè Rodoreda se instala en Limoges y al cabo de poco tiempo en Burdeos, junto con Joan Prat. Durante estos primeros años se gana la vida cosiendo para unos almacenes y escribe cuentos, que primero publica en revistas del exilio y posteriormente reúne en Veintidós cuentos.
1946
Se trasladan a París, a la calle Cherche-Midi número 21, junto a la zona donde se reúnen los intelectuales: Saint-Germain-des-Prés. Sigue escribiendo cuentos y empieza a dedicarse a la poesía. Obiols trabaja como responsable de la Revista de Catalunya en el exilio.
1947 - 1953
Mercè Rodoreda empieza a tener problemas de salud; además, se resiente de una extraña parálisis en el brazo derecho que le impide afrontar una creación literaria larga. Busca como maestro para su poesía y, en ocasiones, como corrector, a Josep Carner. Con este mantiene una intensa y afectuosa correspondencia. Con la obra poética consigue distintos premios: En los Juegos Florales de 1947 en Londres, recibe la Flor Natural; en el año siguiente, los de París, le dan de nuevo la Flor Natural y, por último, en Montevideo en 1949, es nombrada Mestra en Gai Saber.
1951
Se interesa por la pintura. Se acerca a los pintores más destacados de entonces: Picasso, Klee, Kandinsky, Miró..., a los que intenta imitar.
1952
Cura en el balneario Chátel-Guyon, cerca de Vichy, lugar donde además de su recuperación comienza a disfrutar de una soledad que le permite, sin demora, entrar de lleno en la obra creativa.

1954 - 1959

1954
Rodoreda fija su residencia en Ginebra, ya que Obiols trabaja en esta ciudad como traductor de la UNESCO. Sigue conservando su habitación en París. El alivio económico les permite alquilar un apartamento en un barrio burgués en la calle Vidollet, número 19, donde desde la terraza se observa un bonito panorama: a montaña pelada del Salève, el lago Lemán, al fondo la cima del Montblanc. También allí se dedica esporádicamente a la pintura. Se casa su único hijo.
1956
Envía tres sonetos a México: Evocació dels morts, que pertenecen al proyecto inacabado Mundo de Ulises, que preside Agustí Bartra. Gana y se los publican en Gaseta de Lletres, suplemento literario de La Nova Revista. En Barcelona, clandestinamente, se convocan los primeros premios literarios en catalán. Rodoreda gana el Premio Joan Santamaría con el relato Carnaval, escrito en Burdeos durante la guerra.
1957
Gana el premio Víctor Català con la recopilación de cuentos escritos en el exilio, con el título Veintidós. Si el Premio J. Santamaría le dio ánimos, el Víctor Català significa el impulso definitivo para seguir una obra ahora ya imparable.
1958
Publica Veintidós cuentos.
1959
Presenta al premio Joanot Martorell Una mica d’història, que se publica en 1967 con el título de Jardín junto al mar. Escribe el cuento Rom Negrita para Els 7 pecats capitals visto por 21 cuentistas. Comienza a escribir Colometa, la futura La plaza del Diamante.

1960 - 1970

1960
Presenta su Colometa al premio Sant Jordi. No gana, pero obtiene el voto de Joan Fuster, que la recomienda al Club de los Novelistas, cuyo director, Joan Sales, se interesa vivamente por la novela e inicia un contacto epistolar con Mercè Rodoreda. Obiols fija definitivamente su residencia en Viena por motivos de trabajo.
1961
Envía La muerte y la primavera al premio Sant Jordi, nuevamente sin éxito. Se publicará póstumamente en 1986.
1962
Publicación de La plaza del Diamante en el Club de los Novelistas.
1964
Muere Montserrat Gurguí, madre de la escritora.
1965
El 25 de agosto escribe a Joaquim Molas en respuesta a la solicitud de poner en marcha la edición de sus obras completas. Rechaza la publicación de las cuatro primeras novelas y acepta reelaborar Aloma. Comienza a ser reconocida fuera de Cataluña gracias a la traducción de sus obras. La primera es La plaza del Diamante, traducida al español en 1965, al inglés en 1967, al italiano en 1970, al francés en 1971, etc.
1966
Publicación de La calle de las Camelias, que gana el premio Sant Jordi 1966. Muere su marido Joan Gurguí.
1967
Publicación de Jardín junto al mar. La calle de las Camelias recibe el Premio de la Crítica. Se publica el volumen de cuentos Mi Cristina y otros cuentos. Trabaja en Espejo roto.
1969
Publicación de la nueva versión de Aloma. La calle de las Camelias recibe el premio Ramon Llull.
1970
A partir de este año, se multiplican las traducciones de sus obras a lenguas muy distintas, incluidas las lenguas más remotas (japonés, vietnamita, etc.).

1971 - 1983

1971
Armand Obiols muere en Viena.
1972
Mercè Rodoreda pasa el verano en Romanyà de la Selva, en El Senyal, la casa de su amiga Carme Manrubia. Vivirá aquí seis años, hasta que en 1978 tendrá construida su propia casa.
1973 - 1975
Acaba Espejo roto en Romanyà, que se publica en 1974. Cierra el piso de Ginebra. Empieza a escribir Cuanta, cuanta guerra...
1976
Primera tesis doctoral sobre la narrativa de Mercè Rodoreda, obra de Carme Arnau.
1977
Edicions 62 inicia la publicación de sus Obras completas.
1978
Versión televisiva de Aloma, dirigida por Lluís Pasqual. Publica Parecía seda y otros cuentos, con narraciones escritas desde la guerra hasta la muerte de A. Obiols.
1980
Se publica la recopilación de Todos los cuentos. Recibe el Premi de les Lletres Catalanes; y el Ciutat de Barcelona por Viajes y flores; Cuanta, cuanta guerra... merece el premio Crítica Serra d'Or, ambas obras son publicadas ese mismo año. Pregonera en las Fiestas de la Mercè de Barcelona.
1982
Se estrena la versión cinematográfica de La plaza del Diamante, dirigida por Francesc Betriu. Escribe Imatges d'infantesa (Imágenes de infancia), breves relatos biográficos publicados en la revista Serra d’Or.
1983
Muere el día 13 de abril en una clínica de Girona, víctima de un cáncer, y es enterrada en el cementerio de Romanyà de la Selva.


Pessarrodona desmonta tópicos sobre Rodoreda en una biografía

ISRAEL PUNZANO Barcelona 25 FEB 2005

"Vemos como en la vida de Mercè Rodoreda sobresalen dos dramas: la Guerra Civil y una historia amorosa que la marcaría para siempre", afirmó ayer la escritora Ana María Moix en la presentación de Mercè Rodoreda i el seu temps (Rosa dels Vents), un retrato biográfico de la autora de La plaça del Diamant a cargo de la poetisa Marta Pessarrodona (Terrassa, 1941). "Es un libro de autor, inserto en la tradición anglosajona, no una biografía oficial", añadió el crítico literario Sam Abrams.
Pessarrodona conoció a Rodoreda en su época de editora de Edhasa, sello en el que aparecieron varias traducciones castellanas de sus obras. El trato habitual las convirtió en amigas. El 13 de abril de 1983 la gran escritora catalana fallecía víctima de un cáncer hepático en la clínica Muñoz de Girona. Pessarrodona fue de las pocas personas que le acompañaron en su agonía. "Aunque han aparecido otras biografías, nadie me ha preguntado nada. Sin embargo, me siento testigo. Como no me preguntan, he decidido explicarlo. No es un libro filológico, me dirijo al lector corriente", dijo la poetisa.
El resultado: un perfil rotundo que desmiente tópicos sobre la autora de Mirall trencat. Por ejemplo, el desinterés de Rodoreda por el mundillo literario catalán tras su regreso del exilio. O su altivez, que no era más que timidez patológica, según Pessarrodona. "No tenía un pelo de tonta y, además, era muy generosa. No era espabilada, sino inteligente".

Romance adúltero

Muchas de las páginas del libro se adentran en la relación adúltera que Rodoreda mantuvo con el marido de Monserrat Trabal, Armand Obiols. Su amor les supuso el rechazo de buena parte del exilio catalán afincado en Francia. Algunos se negaban a compartir mesa con ella. El romance sería el inicio de una leyenda negra que perseguiría siempre a la autora de Aloma. "La consigna de que era una puta que rompió el matrimonio entre Obiols y Trabal duró toda su vida. Por eso no le dieron el recién creado Premio Sant Jordi cuando presentó una versión de La plaça del Diamant", señaló Moix.
Entre la documentación escasamente conocida, recuperada ahora por la autora, destaca la correspondencia con Carles Riba. Pessarrodona reivindica también el trabajo periodístico de Rodoreda, anterior a la Guerra Civil española, y su maestría en el relato breve. En su escritura rehúye el academicismo y opta por una descripción cercana. "La autora demuestra una gran pasión por Rodoreda. Para ella, es la Virginia Woolf o la Doris Lessing catalana", destacó Abrams.
Familia e instituciones culturales autonómicas no salen muy bien paradas en la biografía. Pessarrodona recuerda que los gastos de Rodoreda en el hospital donde falleció los pago su amiga Carme Manrubia. "Después de todo lo que le había hecho el mundillo cultural catalán, era normal su silencio. La llegaron a acusar de haber abandonado a su hijo. Es tremendo que se metieran en asuntos tan personales", lamentó Moix.


BIBLIOGRAFÍA

Novela:

Sóc una dona honrada? Barcelona: Llibreria Catalònia, 1932.
Del que hom no pot fugir. Barcelona: Clarisme, 1934.
Un dia en la vida d'un home. Badalona: Proa, 1934.
Crim. Barcelona: Edicions de la Rosa dels Vents, 1936.
Aloma. Barcelona: Institució de les Lletres Catalanes, 1938.
La plaça del Diamant. Barcelona: Club Editor, 1962.
El carrer de les Camèlies. Barcelona: Club Editor, 1966.
Jardí vora el mar. Barcelona: Club Editor, 1967.
Mirall trencat. Barcelona: Club Editor, 1974.
Quanta, quanta guerra... Barcelona: Club Editor, 1980.
La mort i la primavera. Barcelona: Club Editor, 1986.
Isabel i Maria. València: Edicions 3 i 4, 1991.


Relato:

Vint-i-dos contes. Barcelona: Selecta, 1958.
La meva Cristina i altres contes. Barcelona: Edicions 62, 1967.
Semblava de seda i altres contes. Barcelona: Edicions 62, 1978.
Tots els contes. Barcelona: Edicions 62, 1979.
Viatges i flors. Barcelona: Edicions 62, 1980.


Narrativa infantil y juvenil:

Contes infantils de Mercè Rodoreda. Barcelona: Baula, 2008.

Teatro:

"El Parc de les Magnòlies", Els Marges, núm. 7, 1976, p. 79-89.
El torrent de les flors . València: Edicions 3 i 4, 1993.
La Senyora Florentina i seu amor Homer. Barcelona: Sociedad General de Autores y Editores, 1996.
El maniquí. Barcelona: Teatre Nacional de Catalunya; Proa, 1999.

PREMIOS
Premi Creixells de Novel.la (1938)
Premi Víctor Català (1958)
Premi Sant Jordi (1966)
Premi Ramon Llull (1969)
Premi d' Honor de les Lletres Catalanes (1980)
Premio de la Crítica (1980)