domingo, 3 de marzo de 2019

Willem Dafoe

Willem Dafoe

Willem Dafoe

(1955)


William Erik John "Willem" Dafoe (Appleton, Wisconsin, 22 de julio de 1955) es un actor estadounidense de cine y teatro, coproductor y miembro fundador de la compañía teatral The Wooster Group.



Nominado al premio Oscar una vez como mejor actor y en tres ocasiones como mejor actor de reparto. Ha tenido papeles en películas como To Live and Die in L.A., Platoon, Nacido el 4 de julio, La última tentación de Cristo, Mississippi Burning, Wild at Heart, The Boondock Saints, El paciente inglés, Inside Man, The Life Aquatic with Steve Zissou, Spider-Man, El aviador, American Psycho, Anticristo y le prestó su voz a personajes de Fantastic Mr. Fox, Buscando a Nemo y a Nathan Dawkins en el videojuego Beyond: Two Souls; en este último también se utilizó su rostro para la caracterización del personaje.


Fue el sexto de los ocho hijos del doctor William Alfred Dafoe, cirujano, y su esposa Muriel Isabel Sprissler, enfermera nativa de Boston.​ Su nombre al nacer fue William Dafoe pero luego lo cambió legalmente a Willem Dafoe, para que no le llamaran "Billy". Estudió arte dramático en la Universidad de Wisconsin–Milwaukee; luego formó parte del grupo avant-garde llamado Theatre X.



TRAYECTORIA

Después de hacer una gira con Theatre X y Emil Aguilera durante cuatro años en Estados Unidos y Europa, se mudó a la ciudad de Nueva York y se unió al Performance Group. Su carrera en el cine comenzó en 1980, en La puerta del cielo, aunque su papel fue eliminado durante el montaje. A mediados de la década de 1980 fue seleccionado por William Friedkin para protagonizar To Live and Die in L.A., donde interpreta al falsificador Rick Masters. Un año más tarde interpretó al líder de una banda de motociclistas en The Loveless (y más tarde hizo un papel similar en Streets of Fire), pero el papel que lo consagró como actor fue el del compasivo sargento Elias en Platoon (1986), película por la cual recibió su primera nominación al Oscar como mejor actor de reparto.

En 1988, Dafoe protagonizó otra película ambientada durante la Guerra de Vietnam, esta vez como el agente Buck McGriff en Off Limits. Desde ese entonces se transformó en un popular "actor de carácter". A menudo ha sido elegido para interpretar personajes inestables o villanos, como el Duende Verde en la serie de películas de Spider-Man. Antes de esto, fue considerado por Tim Burton y Sam Hamm para el papel de The Joker en Batman (1989). El director y el guionista pensaban que Dafoe se parecía físicamente al Joker, pero el rol finalmente fue para Jack Nicholson.2​ Sin embargo, Dafoe también enfrentó desafíos al ser encasillado en papeles como villano. En 1988, interpretó a Jesús de Nazaret en La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, recibiendo la aclamación de la crítica pese a la controversia religiosa generada por la película. Dafoe declaró: «Hasta el día de hoy, no puedo creer que fui tan descarado en pensar que podía lograr hacer el papel de Jesús».3​ En los años siguientes participó en películas de gran éxito de taquilla, como Nacido el 4 de julio (1989), Corazón salvaje (1990) o El paciente inglés (1996).

En 1991, Dafoe interpretó a un traficante de drogas de Manhattan en Light Sleeper, una película bien recibida por críticos y seguidores. En 1992, participó junto a Madonna en un drama erótico, Body of Evidence. Interpretó un excéntrico agente del FBI en The Boondock Saints (1999), y a un investigador privado en American Psycho (2000).

En el año 2000 volvió a ser nominado al Óscar al mejor actor de reparto por La sombra del vampiro, para la que se sometió a largas sesiones de maquillaje para interpretar a Max Schreck, actor protagonista del clásico del cine de terror Nosferatu, de F. W. Murnau. En 2002 dio vida en la pantalla a Norman Osborn y su álter ego el Duende Verde en Spider-Man, de Sam Raimi, en la que también debió someterse a un gran esfuerzo de caracterización. Reapareció puntualmente encarnando el mismo personaje en las secuelas Spider-Man 2 (2004) y Spider-Man 3 (2007).

En 2006 interpretó al detective del NYPD Stan Aubray que sigue los rastros de un asesino serial en el thriller Anamorph, junto a Scott Speedman y Peter Stormare. También trabajó junto a Rowan Atkinson en la secuela de Bean (1997), Las vacaciones de Mr. Bean (2007).

En 2012-2013 interpretó a un personaje en un videojuego de drama interactivo Beyond: Two souls, siendo Nathan Dawkins del departamento de actividad paranormal (DPA).

Willem Dafoe ha destacado en numerosas películas por interpretar a personajes de carácter. Para el crítico Tomás Obregón, «Willem Dafoe pasará a la historia por el trasfondo perverso y su maquiavélica sonrisa de demonio que imprime en sus personajes del lado oscuro y por haber protagonizado la película más controvertida de la historia»





Una saludable derrota

  • 'PLATOON'
ANGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
26 de marzo de 1985

Platoon, que fue concebida como una película sobre la guerra de Vietnam contra la corriente -la corriente se llamaba ayer mismo Rambo y sucedáneos- y para la que se preveía una dificultosa carrera comercial en Estados Unidos, parece que está levantando allí riadas de espectadores. Un primer síntoma: Platoon ha sido convocada por la Academia de Hollywood para optar a ocho oscars, y esto tiene sabor a sanción institucional para un filme que vulnera las consignas de la industria sobre el vidrioso asunto de la derrota norteamericana en Vietnam.Otro síntoma, éste más veraz: en las siete primeras semanas de su explotación comercial, Platoon recaudó en EE UU alrededor de 20 millones de dólares (unos 2.540 millones de pesetas), y, lo que es más significativo, el volumen de recaudación se mantenía semanas después, en un ritmo de descenso muy bajo. Si la película comenzó con un tirón inicial que alcanzó un taquillaje semanal de cuatro millones, en la novena semana recaudó 3,5 millones de dólares, lo que es seguro indicio de su sostenimiento en la atención de la opinión pública norteamericana,

Platoon

Dirección y guión: Oliver Stone. Fotografía. Robert Richardson. Música. Georges Delerue. Producción: Arnold Kopelson. Intérpretes: Tom Berenger, Willen Dafoe, Charlie Sheen. Estreno en Madrid en cines Capitol, Canalejas, Carlton, Europa, Luchana, La Vaguada y (en versión original) Urquijo.
El director del filme, Oliver Stone, cuando se le pregunta -y se le pregunta casi siempre- a qué se debe este inesperado poder de convocatoria de su Platoon, insiste una y otra vez en que la causa del súbito triunfo de la película hay que buscarla en que, a su juicio, ésta es la primera película que ha permitido entender al público de su país "qué ocurrió realmente en Vietnam". Una explicación didáctica que sólo convence a medias, porque sólo a medias dice la verdad.
Por un lado, con esta rotunda afirmación Stone contradice a su apasionada aceptación de Apocalypse now como el modelo de imagen de la guerra de Vietnam que hay detrás de su Platoon; pero, por otro, dice una verdad, pues la metáfora poética que vértebra el célebre filme de Francis Coppola le sitúa por encima de esa sensibilidad ideológica casera que Stone pretende mover y conmover con su Platoon, y esto hace a este filme más accesible, más apto para el consumo masivo que el de Coppola. Si Apocalypse now derivaba hacia una enigmática alegoría trágica oscurecida por sus ambiciones universales e incluso metafísicas, Platoon propone una ficción a ras de tierra: un alegato, escrito en el lenguaje del más puro cine de acción, contra el nacionalismo revanchista provocado en la industria hollywoodense por elreaganismo en lo relativo a la -aún no digerida y para ese reaganismoindigerible- derrota del ejército de EE UU en Vietnam.

Reparto de patadas

En un respiro del tenso itinerario del filme en las selvas indochinas, hay un diálogo en el que el sargento bueno -que interpreta Willem Dafoe, opción humana a la opción bestial del genocida sargento malo que interpreta Tom Berenger- dice al soldado protagonista, el chico, que interpreta Charlie Sheen y sobre el que ambos sargentos giran como modelos ideológicos entre los que ha de optar: "Nos hemos pasado toda la vida dando patadas en el culo a los demás. Ya es hora de que comiencen a dárnoslas a nosotros". En esa frase se resume el muy elemental -pero también muy eficaz, para el tipo de receptor a que la película está destinada- mensaje ideológico de Platoon: "Fue para EE UU un hecho saludable perder la guerra de Vietnam".Hemos empleado, para identificar a los tres personajes sobre los que gira el debate ideológico resultante de la aventura de Platoon, la terminología más ingenua de la jerga empleada en las tradiciones del cine de acción norteamericano: el chico, el bueno y el malo. Sobre estas candorosas pero eficacísimas simplificaciones o estereotipos de conducta discurre enteramente el juego de mensajes ideológicos barajados por Stone, y esta argucia es otra de las claves -tal vez la más decisiva- del poder de convocatoria de su Platoon.
De esta manera, la elementalidad del mensaje didáctico y político del filme es la fuente de la complejidad de sus consecuencias. La argucia de Stone es la de las ratas de cinemateca: ha estudiado a fondo las tradiciones del cine bélico antibelicista de Hollrvood y ha extraído de él modelos de acción y cadencias de imagen que le permiten secuestrar la atención del espectador, sumergirle en la aventura y hacerle participaremocionalmente en ella por un proceso de identificación.
El espectador acepta al chico como guía sentimental y, conseguido esto, asume no sólo sus emociones, sino también las elecciones morales y políticas derivadas de ellas. La mercancía ideológica entra así en los ojos -a la manera de Objetivo Birmania, de Walsh, y de La colina de los diablos de acero, de Mann, dos joyas del cine bélico antibelicista clásico- por la vía del magnetismo y la fascinación ante la aventura.
De esto se desprende que Platoon no es una obra original, sino genérica, y que esta renuncla a la originalidad es precisamente su originalidad mayor, la clave de su poder de convocatoria. No es una película que hará historia del cine, sino que se aprovecha, inteligentemente de esa historia para aportar una zona de luz e inquietud al sórdido y quieto debate norteamericano de puertas adentro sobre la humillación nacional que fue la en realidad saludable derrota de su ejército, humillado por la vileza del adjetivo invencible. Stone digiere la espina vietnamita y hace digerirla a sus clientelas: ésa es su manera, en las antípodas del revanchismo reaganista, de ser patriota.





"Estar colgado de una cruz durante horas es muy duro", afirma Willem Dafoe

ANGELES GARCÍA
17 de septiembre de 1988

Willem Dafoe, el actor que da vida en el cine a Jesús en La última tentación de Cristo, el último y polémico filme de Martin Scorsese, exhibido ayer en San Sebastián, tiene ahora la misma edad que Cristo al morir: 33 años. Nacido en Estados Unidos, casado y padre de un hijo de seis años -"un angelito de verdad"-, asegura que no entiende el fanatismo y la ira que ha provocado la película allá donde se ha exhibido, sea en Estados Unidos o en Europa.
Willem Dafoe es un hombre no demasiado alto, rubio, en el que lo que más destaca son unos impresionantes ojos azules que, por fuerza, tuvieron que despertar el interés de Scorsese. Son unos ojos capaces de transmitir desde el odio más profundo hasta la inseguridad más miedosa o la más regocijante ternura. Procedente del teatro independiente, en el que sigue trabajando, Willem Dafoe ha intervenido en filmes como Platoon o Vivir y morir en Los Ángeles.
"Yo no sé por qué me escogió Martin Scorsese para el papel de Jesús. Es más, creo que al principio él pensó en alguno de sus actores habituales. Sólo puedo decir que, sin que suene pedante, cuando me lo propuso intuí automáticamente que ese Jesús sólo lo podía interpretar yo".

El miedo

De la versión de Jesucristo hombre-privado que se da en la película y en el que destaca especialmente el miedo, Dafoe advierte que es algo que no debe sorprender. "Sólo sabiendo sus orígenes de carpintero, encargado de hacer las cruces sobre las que otros hombres morían, puede uno imaginarse el miedo en el que se puede vivir. Imagínese el pavor que puede producir la sola sospecha de que además se es Dios. Francamente, creo que eso daría miedo a cualquiera".Asegura Dafoe que sus convicciones religiosas no se han modificado después de esta película. Tampoco él se muestra partidario de dar demasiadas pistas sobre sus creencias, si es que las tiene. "Yo, antes del filme, estaba familiarizado con la historia de la Biblia, y eso es todo. Pero éste es un asunto que no creo que deba salir del ámbito personal. Martin Scorsese no me preguntó jamás si yo era o no católico".
Respecto a su intervención en la película, Dafoe dice que ha trabajado, sobre todo, consigo mismo. "Jesús era sólo una idea sobre la que yo debía de crear un personaje. La película ha tenido para mí las mismas dificultades que cualquier papel al que tengo que dar vida, tanto en el teatro como en el cine. El ser Jesús no ha añadido nada. Lo que sí puedo decir es que he hecho un esfuerzo mental y físico muy grande. Sobre todo, un esfuerzo muy grande. Nadie puede imaginar lo duro que es estar colgado de una cruz durante horas y horas".
Ayer, en San Sebastián, Dafoe vivía con cierta intriga la posibilidad de que grupos extremistas se pronunciaran en contra de la película, tal como ha ocurrido en otros lugares y, en especial, en su propio país, Estados Unidos. "Aunque no tengo esperanza de que me hagan caso, lo único que pediría es que pasen a ver la película y después den su opinión".




Willem Dafoe: "No tuve un lío con Madonna"

La cantante y el actor forman una ardiente pareja en 'El cuerpo del delito'




ANDRÉS FERNÁNDEZ RUBIO
Madrid 13 FEB 1993

Madonna le ata las manos a Willem Dafoe con un cinturón. Luego agarra una vela encendida, deja caer la cera sobre el pecho desnudo de Dafoe y añade champán antes de lamerlo. Era de esperar que después de rodar escenas así se atribuyera a los actores un romance. Pero Willem Dafoe, que ya sufrió lo suyo en La última tentación de Cristo, niega haber caído en las redes de la cantante. El cuerpo del delito tampoco le parece una película tan fuerte, y la sitúa, como mucho, "en los alrededores" del sadomasoquismo. Rutinaria historia de abogados y juicios, la publicidad pretende hacerla pasar por un nuevo Instinto básico.
La escena más inverosímil presenta a Madonna rompiendo la bombilla de un aparcamiento subterráneo con su afilado tacón. Después hace el amor con el pobre Dafoe apoyado sobre los cristales, que le dejan huellas de sangre en la espalda. A la pregunta de si no cree que los espectadores incondicionales pueden acabar en el hospital, el actor ironiza con que no es para tanto. Sobre qué sintió en las escenas de sexo oral, sonríe: "Trato de concentrarme en lo que estoy haciendo y no pienso en otra cosa que en lo que tengo delante".Como era previsible, algunos periódicos se apresuraron a especular con un noviazgo entre los intérpretes. "Recuerdo que en un programa de variedades una cronista de cotilleo dijo que yo tenía un affaire con Madonna. Llamé a mi mujer y le dije: 'Mira, sólo quiero que estés preparada porque alguna gente empieza a decir que tengo un lío con ella, lo cual no es cierto'. Y mi mujer me contestó: '¿Cómo es que han tardado tanto?'".
Dafoe, de 37 años, explica que "hay tantas distracciones, consideraciones técnicas" en el rodaje de las escenas eróticas que esa dificultad no permite. pensar en casi nada. En esos momentos "hay que cuidarse mutuamente", dice Dafoe, un actor de respuestas cortas y un poco sosas cuya mirada, sin embargo, tiene enorme poder.
En El cuerpo del delito Madonna es acusada de urdir un plan para matar a su viejo y millonario marido a base de sexo y cocaína. Dafoe interpreta al abogado de la Presunta asesina. El actor no cree que Madonna estuviera más desinhibida que él delante de la cámara, "aunque habría que preguntárselo a ella". "Obviamente", añade, "ella se siente a gusto con su cuerpo y con un cierto grado de exhibicionismo, pero a mí me pasa lo mismo, para bien o para mal. Desde la perspectiva de un actor, cuando te quitas la ropa la apuesta sube de nivel".
Estrenada hace un mes en EE UU en versión reducida (el próximo día 19 se verá en España sin cortes), El cuerpo del delito, dirigida por Uli Edel, "no es un gran éxito allí", según reconoce el sincero Dafoe. "La verdad", continúa, "es que las críticas han sido muy puntillosas con Madonna".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de febrero de 1993






Willem Dafoe: boda secreta con una actriz italiana


7 DE JULIO DE 2005


El actor estadounidense Willem Dafoe, que cumple 50 años este mes, contrajo matrimonio con la actriz y cineasta italiana Giada Colagrande, de 29 años, en una ceremonia íntima celebrada en Nueva York hace seis semanas. La pareja se dio el sí quiero en el Ayuntamiento de la Gran Manzana en un acto muy familiar en el que estuvieron acompañados por amigos y familiares más cercanos. 


Segundo matrimonio para el actor

Además de ser a partir de ahora matrimonio, Dafoe y su esposa, Giada, comparten trabajo. Ambos se dedican al mundo del cine y en la actualidad acaban de escribir de forma conjunta el drama romántico Before I had a name. La simbiosis entre ambos es tal que también tienen previsto protagonizar el filme ambos. Este es el segundo matrimonio para el actor, quien tiene un hijo de 23 años, Jack, nacido fruto de su anterior relación con la directora de teatro Elisabeth LeCompte, de quien se separó el pasado año tras 27 años de relación -nunca llegaron a pasar por la vicaría-. 



Willem Dafoe, que pasará a la historia por su cara perversa y su sonrisa de demonio, ha dado vida a todo tipo de personajes desde villanos a poetas, pasando por vampiros, incluso a Cristo (La última tentación de Cristo de Martin Scorsese). Estuvo nominado al Oscar por su interpretación de Max Schreck en La Sombra del Vampiro, y por Platoon, de Oliver Stone en 1987, aunque de momento la estatuilla parecer resistírsele. Vegetariano declarado, practica yoga a diario y posee un restaurante con su compañero de reparto en Platón, John C. McGinley.

HOLA



Paul Schrader desencadenado

Con navajazos de crítica social que quizá se pierden en un mar tan descontrolado, la película acaba de definirse por algunos diálogos feroces


Javier Ocaña
26 de enero de 2017

Desde el éxito de la formidable Aflicción (1997), quizá su película más redonda, el cine del estadounidense Paul Schrader se ha ido haciendo, si es que ello era posible, aún más arriesgado, desenfrenado y esquizofrénico. Con una carrera marcada por sus sublimes guiones para Martin Scorsese (Taxi driver, Toro salvaje) y por un continuo esquinamiento moral como director, Schrader ha ido abrazando con reiteración las zonas más recónditas del alma humana. A veces deliberadamente intrascendente (Forever mine, Caza al terrorista), otras a medio camino entre la complejidad y la aguda desfachatez (Desenfocado, The Walker), sus películas del siglo XXI, manteniendo (casi siempre) un gozoso interés, parecen la obra de un suicida laboral en un Hollywood alérgico a los saltos mortales, por muy de guionista mítico que sean.
Nicolas Cage y Willem Dafoe
Como perros salvajes

Una línea dionisiaca con la que insiste en la desatada Como perros salvajes, thriller de acción de espíritu pulp, basado en una novela de Edward Bunker, el tarantiniano Eddie Bunker de Reservoir dogs, donde, en su faceta de actor, interpretaba al señor Azul. Schrader deja atrás sus películas más elevadas, sobre todo las de la primera etapa, de Blue collar a Mishima pasando por Hardcore, y lanza un escupitajo de drogas, humor negro y violencia extrema que, para acabar de articularse como un exaltado divertimento, extiende también al apartado formal: giros del blanco y negro al color; multiplicaciones de pantalla; cambios de texturas; flashbacks casi extemporáneos; acelerones, y extrañísimas composiciones de plano/contraplano, con uno de los personajes en el extremo inferior derecho del encuadre y el otro en el izquierdo, e infinito aire por la parte superior.
Con navajazos de crítica social que quizá se pierden en un mar tan descontrolado (los asesinato y agresiones de policías blancos a ciudadanos negros, el control de armas...), la película de Schrader, de interpretaciones sorprendentemente calmadas, acaba de definirse por algunos de los diálogos más feroces de sus cafres protagonistas: "¿No sabías que habíamos invadido Egipto?"; "¡Irak!"; "Es igual, al final es la misma mierda".






 Willem Dafoe es un actor de prestigio que, sin embargo, ha recibido pocos premios. Pero su interpretación de Vicent van Gogh en un filme de Julian Schnabel presentado hoy en Venecia le sitúa entre los favoritos para llevarse la Copa Volpi de esta edición. 
Una precisa interpretación que hasta hace olvidar que el actor tiene 63 años y At Eternity's Gate, un filme que compite por el León de Oro y recrea las últimas semanas de vida del artista, que murió cuando tenía 37. 
"Todo el mundo cree que lo sabe todo sobre Van Gogh y que es innecesario hacer otra película sobre él", resaltó en rueda de prensa Schnabel, que contó cómo tras una visita al Museo de Orsay (París), Jean-Claude Carrière y él tuvieron la idea de hacer un filme que hiciera sentir al espectador como cuando sales de ver una exposición. 
Al salir "tienes una acumulación de imágenes en la cabeza y es la idea que queríamos crear en la película", resaltó Schnabel, que apareció en Venecia con una camisa rota y manchada de pintura e informales bermudas. 
Esa idea fue el punto de partida para la historia que Schnabel, que como pintor conocía muy bien la vida de Van Gogh, quería pintar, pero aseguró que le resultaba "imposible" explicar la película, que ha tratado solo de transmitir sensaciones. 
A Eternity's Gate sigue a Van Gogh cuando se traslada de París a Arles en busca de la luz, se instala en la famosa habitación amarilla y acaba cortándose la oreja para regalársela a su amigo Paul Gauguin (Oscar Isaac en el filme). 
Es en ese periodo cuando el pintor holandés empieza a ser consciente de que tiene problemas mentales, algo que en la película está tratado con imágenes en blanco y negro y con escenas medio desenfocadas. 
Una historia sacada principalmente de las cartas que Van Gogh escribió, sobre todo a su hermano Theo, pero también a otros artistas, como Gauguin. 
Textos que reflejan que Van Gogh "estaba absolutamente lúcido" en esa última etapa de su vida, en Arles (sur de Francia) y en Auvers-sur-Oise (cerca de París). 
También Dafoe leyó las cartas para preparar su personaje y considera que Van Gogh fue "absolutamente inspirador y lúcido sobre lo que hablaba", lo que le ayudó mucho en su trabajo. 
Fue más difícil, reconoció el actor, cuando tenía que mostrar las dificultades de compartir con los demás las visiones que tenía, pero sobre todo pintar. 
"Conozco a Julian desde hace casi 30 años, he trabajado con él, he estado con él cuando trabaja en el estudio, y me gusta cómo hace las cosas. Y sabía que iba a tener que pintar en la película", explicó Dafoe. 
El realizador le enseñó nociones de pintura y cómo mover la mano, los gestos necesarios que fueron la clave para entender además la profunda relación que Van Gogh tenía con la naturaleza. 
Un artista que no fue entendido en vida, que la película muestra como un hombre muy religioso, un poco obsesionado por su amistad con Gauguin y que tenía que ser interpretado por Dafoe, único actor al que Schnabel veía en el papel. 
"Nunca pensé en nadie más para interpretar a Vincent Van Gogh, siempre pensé en él para hacerlo, tiene la vida interior y la profundidad necesaria y es un actor muy físico", dijo el director, que afirmó que tenerle para hacer el papel fue "lo mejor" que le podía pasar. 
Sobre la historia, Schnabel reconoció haberse tomado algunas licencias, como el hecho de que Van Gogh se fijara en Goya cuando no vio realmente ningún cuadro del pintor español. 
Y sobre la tesis del asesinato que la película defiende frente al suicidio que siempre se ha asumido como la causa de su muerte, Carrière -coguionista, junto a Schnabel- afirmó que "no hay testimonio alguno de que Van Gogh se suicidara". 
Una teoría que ya se lanzó hace algunos años en una biografía del maestro holandés escrita por Steven Naifeh y Gregory White Smith. 
Carrière resaltó que, en sus últimas semanas, Van Gogh pintaba un cuadro casi por día y no pasaba por ninguna depresión, lo que avala más que fuera asesinado.


FILMOGRAFÍA
THE LOVELESS (1981) de Kathryn Bigelow y Mont Montgomery
EL ANSIA (1983) de Tony Scott
NOCHES DE NUEVA YORK (1984) de Simon Nutchtern
CALLES DE FUEGO (1984) de Walter Hill
TABERNA SALVAJE (1984) de John Mark Robinson
VIVIR Y MORIR EN LOS ANGELES (1985) de William Friedkin
PLATOON (1986) de Oliver Stone
LA ÚLTIMA TENTACIÓN DE CRISTO (1988) de Martin Scorsese
SAIGON (1988) de Christopher Crowe
ARDE MISSISSIPPI (1988) de Alan Parker
EL TRIUNFO DEL ESPIRITU (1989) de Robert M. Young
NACIDO EL CUATRO DE JULIO (1989) de Oliver Stone
CORAZON SALVAJE (1990) de David Lynch
EL VUELO DEL INTRUSO (1990) de John Milius
CRY BABY (1990) de John Waters
POSIBILIDAD DE ESCAPE (1991) de Paul Schrader
ARENAS BLANCAS (1992) de Roger Donaldson
EL CUERPO DEL DELITO (1993) de Ulrich Edel
TAN LEJOS TAN CERCA (1993) de Wim Wenders
PELIGRO INMINENTE (1994) de Phillip Noyce
TOM & VIV (1994) de Brian Gilbert
LA NOCHE Y EL MOMENTO (1994) de Anna Maria Tato
VICTORY (1995) de Mark Peploe
BASQUIAT (1996) de Julian Schnabel
EL PACIENTE INGLÉS (1996) de Anthony Minghella
SPEED 2 (1997) de Jan de Bont
AFLICCION (1997) de Paul Schrader
NEW ROSE HOTEL (1998) de Abel Ferrara
LULU ON THE BRIDGE (1998) de Paul Auster
EXISTENZ (1999) de David Cronenberg
PABELLÓN DE MUJERES (2000) de Ho Yim
LOS ELEGIDOS (2000) de Troy Duffy
AMERICAN PSYCHO (2000) de Mary Harron
ANIMAL FACTORY (2000) de Steve Buscemi
LA SOMBRA DEL VAMPIRO (2000) de E. Elias Merhige
BULLFIGHTER (2000) de Rune Bendixer
willem dafoe filmografiaHIJOS DE UN MISMO DIOS (2002) de Yurek Bogayevicz
SPIDER-MAN (2002) de Sam Raimi
DESENFOCADO (2002) de Paul Schrader
EL MEXICANO (2003) de Robert Rodriguez
BUSCANDO A NEMO (2003) de Andrew Stanton y Lee Unkrich
EL MISTERIO DE WELLS (2004) de Paul McGuigan
SPIDER-MAN 2 (2004) de Sam Raimi
LA SOMBRA DE UN SECUESTRO (2004) de Pieter Jan Brugge
EL AVIADOR (2004) de Martin Scorsese
LIFE AQUATIC (2004) de Wes Anderson
ASESINO (2004) de Tim Hunter
RIPLEY UNDER GROUND (2005) de Roger Spottiswoode
BEFORE IT HAD A NAME (2005) de Giada Colagrande
XXX2: ESTADO DE EMERGENCIA (2005) de Lee Tamahori
pasolini cartel criticaMANDERLAY (2005) de Lars von Trier
PLAN OCULTO (2006) de Spike Lee
AMERICAN DREAMZ (2006) de Paul Weitz
PARÍS, JE T’AIME (2006) (episodio) de Nobuhiro Suwa
LAS VACACIONES DE MR. BEAN (2007) de Steve Bendelack
THE WALKER (2007) de Paul Schrader
ANAMORPH (2007) de Henry Miller
GO GO TALES (2007) de Abel Ferrara
LUCIÉRNAGAS EN EL JARDÍN (2008) de Dennis Lee
ADAM RESUCITADO (2008) de Paul Schrader
ANTICRISTO (2009) de Lars von Trier
DAYBREAKERS (2009) de Michael Spierig y Peter Spierig
EL CIRCO DE LOS EXTRAÑOS (2009) de Paul Weitz
EL CASO FAREWELL (2009) de Christian Carion
FANTÁSTICO SR. FOX (2010) de Wes Anderson
MY SON, MY SON, WHAT HAVE YE DONE (2010) de Werner Herzog
MIRAL (2010) de Julian Schnabel
A WOMAN (2010) de Giada Colagrande
4:44 LAST DAY ON EARTH (2011) de Abel Ferrara
TOMORROW YOU’RE GONE (2012) de David Jacobson
JOHN CARTER (2012) de Andrew Stanton
NYMPHOMANIAC (2013) de Lars Von Trier
LA LEY DEL MÁS FUERTE (2013) de Scott Cooper
ODD THOMAS, CAZADOR DE FANTAMAS (2013) de Stephen Sommers
NYMPHOMANIAC VOLUMEN 2 (2014) de Lars Von Trier
TIERRA DEL MAL (2014) de Chris Brinker
EL GRAN HOTEL BUDAPEST (2014) de Wes Anderson
BAJO LA MISMA ESTRELLA (2014) de Josh Boone
EL HOMBRE MÁS BUSCADO (2014) de Anton Corbijn
PASOLINI (2014) de Abel Ferrara
JOHN WICK (2014) de David Leitch y Chad Stahelski
MEU AMIGO HINDU (2015) de Hector Babenco
BUSCANDO A DORY (2016) -voz- de Andrew Stanton
COMO PERROS SALVAJES (2016) de Paul Schrader
UN HOMBRE DE FAMILIA (2016) de Mark Williams
PADRE (2016) de Giada Colagrande
SCULPT (2016) de Loris Gréaud
LA GRAN MURALLA (2016) de Zhang Yimou
ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS (2017) de Kenneth Branagh
THE FLORIDA PROJECT (2017) de Sean Baker
SIETE HERMANAS (2017) de Tommy Wirkola
AQUAMAN (2018) de James Wan
VAN GOGH, A LAS PUERTAS DE LA ETERNIDAD (2018) de Julian Schnabel
En vísperas de estreno o en fase de producción
OPUS ZERO (2017) de Daniel Graham
TOMMASO (2019) de Abel Ferrara
THE LIGHTHOUSE (2019) de Robert Eggers
THE LAST THING HE WANTED (2019) de Dee Rees
MOTHERLESS BROOKLYN (2019) de Edward Norton
THE FRENCH DISPATCH (2020) de Wes Anderson
TOGO (2020) de Ericson Core




domingo, 24 de febrero de 2019

Martín Caparrós

Martín Caparrós





Martín Caparrós (Buenos Aires, 29 de mayo de 1957) es un periodista y escritor argentino.



Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires y comenzó su carrera periodística en el diario Noticias en 19732​ —dirigido por Miguel Bonasso—, en la sección policial, a cargo de Rodolfo Walsh.


A partir de ese 1974 colaboró con la revista Goles hasta 1975.



En la dictadura, abandonó el país y se exilió en Europa: se licenció en Historia en la Universidad de París; más tarde vivió en Madrid, hasta 1983.


En la capital española comenzó a escribir su primera novela, se dedicó a hacer traducciones, colaboró en el diario El País y con algunos medios franceses.

Martín Caparrós
Tras el retorno de la democracia a Argentina, regresó a Buenos Aires, donde trabajó en la sección cultural del diario Tiempo Argentino y en 1984 comenzó a colaborar en la Radio Belgrano, donde fue conductor, junto con Jorge Dorio, del exitoso Sueños de una noche de Belgrano. 

Habrá de volver a España a trabajar como corresponsal de esa radio durante 1985 y 1986.

Al año siguiente retornó a Argentina como editor de la revista El Porteño.

En 1987 participó en la creación de Página/12 junto a Jorge Lanata, su primer director periodístico, y al siguiente, con Dorio, trabajó en el programa televisivo El monitor argentino y fundó la revista Babel.

Ha publicado textos en medios de América y Estados Unidos. Vive en España y publica sus columnas en El País de Madrid y el New York Times.






Caparrós, mirar para contar

Martin Caparrós, mirar para contar

El escritor argentino publica ‘Lacrónica’, una antología de sus mejores reportajes literarios realizadas a lo largo de 40 años


VÍCTOR NÚÑEZ JAIME
Madrid 8 DIC 2015 - 18:00 COT

Cada vez que sale de viaje, Martin Caparrós Rosenberg (Buenos Aires, 1957) guarda en una pequeña maleta cuatro camisetas negras, dos camisas negras, un pantalón negro, dos pares de calzoncillos y calcetines, el neceser, un ordenador portátil y un kindle. “Fueron años redefiniendo el modelo, ¿eh?, hasta conseguirlo. Gracias a esto, hace años que no despacho [facturo] ninguna valija en el aeropuerto. La que llevo pasa como equipaje de mano”, dice con cara de ¡bingo! el escritor que con cada viaje que entrega una historia a los lectores. “Visto siempre de negro porque así todo es mucho más fácil. Porque no tengo que combinar ropa ni lavarla, necesariamente, todos los días”, añade.
—¿De negro, incluso, en los calores infernales de África?
—¿Viste? A veces me pregunto si no está mal. Pero prefiero ir de negro a África que llevar cosas que me hagan perder la eficiencia de este modelo viajero. Dentro de unos días me voy a la Argentina. Entre otras personas, voy a ver a un gran amigo, mi primer compañero de colegio que cumple 60 años, y estaba pensando en llevarle una muy buena botella de vino. Pero para eso tendría que despachar la maleta. Estoy dudoso: ¿lo haré, no lo haré? ¡Hace tanto que no lo hago!
El periodista que, contrario a Tom Wolfe, siempre viste negro y no factura su equipaje en las terminales aéreas, acaba de publicar Lacrónica (Círculo de Tiza), una antología que repasa sus más de cuarenta años haciendo notas sobre los sitios, las situaciones y los personajes que ha mirado en medio mundo. Entre un reportaje y otro, Caparrós ha incluido el relato (y la reflexión) de lo que hay detrás de su trabajo.
—¿Quería hacer un corte de caja en la historia de su vida, a través de su vida profesional?
El autor argentino —la calva, el bigote de manubrio, el magisterio por defecto— le da sorbos a una taza de café en medio de una tarde nublada, cruza la pierna derecha sobre la izquierda, carraspea y responde:
—Es difícil negarlo. Lo curioso es que no se me ocurrió a mí. Fue una propuesta de la editorial y a mí me gustó y por eso lo hice. Es algo así como el prólogo de la fecha en que me convertiré en un señor mayor. Bueno, ya tengo pensadas una serie de celebraciones para dentro de año y medio, cuando cumpla 60. Porque va a ser un momento que me va a impresionar mucho. Básicamente son dos cosas: un libro sólo para los amigos y una reedición en Anagrama de La historia, que es mi novela que más me importa y que hoy está totalmente inasequible. Saldrá para mi cumpleaños, en mayo del 2017. Acabamos de firmarlo. Entonces, Lacrónica no lo pensé como corte de caja, pero termina siendo eso. Hay momentos, en el libro, en los que me veo muy jovencito. Hoy comentaba con alguien la entrevista que le hago a [Juan] Rulfo, que está ahí reproducida. Y digo: ¡cómo puede ser que yo fuera tan maleducado para replicarle! Le pido que se defina en tres adjetivos, él me dice “pobre diablo” y yo le digo: ‘no, ese es sólo un adjetivo, yo le pedí tres.’ ¡Debería haberme dado un par de cachetazos! Pero bueno, en ese momento… era un niñato.
***
Martín Caparrós es hijo de dos psicoanalistas, Antonio Caparrós y Martha Rosenberg, él español exiliado en Argentina y ella hija de inmigrantes polacos judíos. Desde los cuatro años era un lector voraz de libros de aventuras. A diferencia de sus amigos, era un niño que no buscaba dibujitos sino una sucesión de palabras. Porque a él le gustaba —siempre y sobre todo—leer. Leía hasta en la mesa mientras comía. Soñaba con ser Sandokán, el protagonista de las novelas de Emilio Salgari y tenía un osito de peluche al que le puso Yañez, como el “lugarteniente” de Sandokán. Luego, cuando empezó a escribir, principalmente poemas patrios para los actos del colegio, aspiró a ser Domingo F. Sarmiento, el rey de las letras argentinas del siglo XIX. Quizá influido por las aventuras de estos personajes, también deseaba con todas sus fuerzas que la vida le permitiera viajar mucho. Comenzó a hacerlo a los diez años, cuando se separaron sus padres.
Era un adolescente cuando, una noche, durante una cena en casa de su madre, un amigo de ella comentó que conocía a un periodista que estaba armando un nuevo periódico. Era diciembre de 1973, el muchacho de 16 años fue a ofrecerse como fotógrafo (había trabajado durante cuatro días haciendo retratos de bebés) y Miguel Bonasso, al frente del diario Noticias, lo contrató como cadete(chico de los recados).
En la redacción de Noticias, el cadete tenía generales de la Primera División de las letras: Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Paco Urondo. A ellos, y a los demás, les repartía con rapidez cafés, cocacolas y cables de agencia. Un día caluroso, uno de los miembros del equipo le preguntó si se atrevería a redactar una nota con los datos proporcionados por un teletipo que acababa de llegar acerca de un pie congelado, encontrado por un montañista austriaco, que había pertenecido al desaparecido escalador mexicano Óscar Arizpe. Martín escribió el texto, se tituló “Un pie congelado 12 años atrás” y, con ese pie (izquierdo), comenzó su carrera como periodista, a pesar de la advertencia de su padre: “si quieres hacer periodismo haz periodismo, yo no puedo impedirlo, pero trata de no ser un periodista.” Se lo dijo porque, para él, un periodista era “alguien que sabe un poquito de todo y nada realmente.”
“No le hice caso. Lo que pasa es que su advertencia no me pareció disuasoria”, dice ahora el también autor de Comí (Anagrama). “Esa fue la definición de periodista de un padre preocupado. Pero a mí no me pareció mal plan. En otro momento, qué se yo, dicho por un historiador hubiera sido algo así como la definición del espíritu renacentista. Entonces a mí no me pareció mal y me sigue sin parecer.”
—¿Cómo era su padre?
—Mi padre era español. Nació en Madrid, vivió aquí hasta los 19 años, hasta que su familia se fue, formando parte de los perdedores de la guerra. Mi abuelo, que era un médico republicano, estuvo preso y cuando lo soltaron agarró a su familia y se fue. Mi padre siempre fue, en Argentina, un gallego, como le dicen allá a los españoles. Era un clásico intelectual de izquierda de los 60. Era médico, psicoanalista. Fue un militante de izquierda muy comprometido. Formó parte de ciertos proyectos para empezar la guerrilla en Argentina. Y, al mismo tiempo, al querer ser inteligentísimo y activísimo, se tomó todas las anfetaminas del planeta. Y se jodió la vida, se murió muy joven. A los 58 años. La edad que yo tengo ahora. En casa tenía un laboratorio de fotos y nos encerrábamos ahí a rebelar y a copiar. Él hacía fotos raras, de documentos. Se había comprado una cámara pequeña y fotografiaba documentos y necesitaba tener un lugar dónde rebelar. Eran momentos que tenían que ver con militancia política y demás. Pero, a partir de eso, le empezó a gustar hacer fotos en general. Nada: fotos de la calle, de mi hermano y yo, cualquier cosa. Y nos encerrábamos ahí. Era una situación muy íntima, porque en esa luz roja de los laboratorios oscuros y el encierro y los olores… éramos padre e hijo juntos con el mismo juguete.
—¿Y usted no le robaba anfetaminas?
—No. Le robaba tabaco, pero no anfetaminas. Tenía un extremo respeto por las drogas. Por lo que le pasaba a él. Él lo sabía perfectamente. Hizo la tesis doctoral, muy trabajada y muy sesuda, sobre el deterioro causado por anfetaminas. Y él se dedicó a comprobarlo consigo mismo, me parece. Era un tipo inteligentísimo, todavía me sigo encontrando con gente que me dice: ‘¡pero tu padre era brillante!’ y no sé qué. A mí me hubiera gustado que fuera menos brillante y que hubiera vivido 20 años más. Tenían una buena relación con él, sí. Muy distinta a la que tenía con mi madre. Pero bien con los dos.
Después de escribir la nota del pie congelado, al hombre que ahora tiene la misma edad con la que murió su padre, lo nombraron redactor de Informaciones Generales y Policiales del diario Noticias, una sección a cargo de Rodolfo Walsh, autor del célebre Operación Masacre.
—¿Veía a Walsh como un gurú?
—En ese momento él tenía 45 años. Para mí, que tenía 16, era un viejo. Al mismo tiempo, era un tipo normal. Y tanto como él me impresionaba Juan Gelman, que era mi poeta preferido. Lo leía compulsivamente y, cuando yo traba de escribir, me salía en versos de Gelman. Y estaba Paco Urondo, que era otro poeta que yo respetaba mucho. Era un lugar donde había mucha gente que yo respetaba realmente. Era muy impresionante para un chico como yo estar ahí. Y cuando ya empecé a escribir, no me lo podía creer. Visto retrospectivamente, puede ser que no haya habido nada mejor que me pasara esos años. Y sin duda me cambió la vida. Walsh era un tipo raro, muy osco, muy tímido, que pasaba el tiempo encerrado en su pecera. De vez en cuando salía y derramaba unas gotas de sabiduría sobre nosotros. Yo compartía mesa con Patricia, su hija. Él era el jefe de los cinco integrantes de la sección y padre de uno de ellos. Pero salía poco. A veces te hacía algún comentario y, claro, a mí me resultaba muy iluminador. Pero creo que aprendí más de él leyéndolo que teniéndolo como jefe.
—Siempre ha dicho, sin embargo, que su principal maestro ha sido Tomas Eloy Martínez.
—Con Tomas nos hicimos muy amigos, en los años noventa. Vivimos al mismo tiempo en Nueva York. Me traba bien y me respetaba y no me hacía sentir inferior. Sabía chismes de todo el mundo y le encantaba contarlos y lo hacía muy bien. Se podía pasar hora y media al teléfono contando unos chismes increíbles. Era como una tía vieja que te cuenta maldades de la familia de una manera muy divertida. En este caso, del ambiente literario y periodístico. Y compartíamos la misma afición: escribir ficción y no ficción. Y mucha gente decía lo mismo de nosotros: que veníamos del periodismo y hacíamos ficción. Pero no. Él en ese momento estaba casado con una judía venezolana y yo tenía una novia que era judía colombiana. Nos reíamos. Le decía: ‘Tomás, Argentina está llena de judíos, ¿qué necesidad había de buscar judías donde no hay?’ Ellas también eran muy amigas entre sí.
El hijo rebelde no le había hecho caso a su padre en aquello de “no ser un periodista”, pero sí en otra recomendación: estudiar piscología. La complacencia duró poco porque el joven terminaría cursando la carrera de Historia. En el exilio, eso sí, pues su militancia política era contraria a la dictadura en la que Argentina se sumió en 1976 y tuvo que irse a Francia. Pero en París se permitió afianzar su vocación.
Cierto día se sentó a escribir un relato sobre el 25 de mayo de 1973, el día de la asunción de Cámpora, un acontecimiento que él había presenciado con emoción. Era un día soleado de primavera y, con su relato bajo el brazo, salió muy contento a por un sándwich. Pidió uno de atún con ensalada y aceitunas que costaba cuatro francos. Pagó con un billete de 10, pero le dieron cambio de uno de 50. Él no dijo nada, claro. Se sintió muy afortunado y, mientras comía, releyó su historia. Y al llegar al punto final pensó, entusiasmado, que esas páginas podían convertirse en una novela. Cuando terminó la carrera de Historia vino a España, se sentó a escribir “en serio” y el resultado fue su primera novela.






Caparrós, mirar para contar


—No obstante, usted es más reconocido como periodista y no como novelista.
—Bueno, soy más conocido por mis crónicas porque nunca me han visto bailar tap [ríe]. A veces me sorprende un poco porque yo había publicado cuatro novelas cuando escribí mi primera crónica. Siempre me pensé más como un escritor de ficción que, en algún momento, empezó a escribir no ficción. Pero mucha gente tiene una idea contraria: el periodista que luego se puso a escribir novelas. Me da igual. Si hay alguna novela que valga la pena se leerá y si no, tampoco es decisivo este asunto. A mí me importa mucho que se vuelva a editar La historiaporque es un libro en el que trabajé diez años y creo que es el mejor de mis esfuerzos. Es un foco o un centro del cual he venido abrevando todo este tiempo. Casi todas las formas que he escrito en los últimos años aparecieron ahí.
***
Martín Caparrós volvió a Buenos Aires después de la dictadura convertido en “un adulto de mundo.” Seguía escribiendo libros pero vivía, sobre todo, del periodismo. En 1991 había publicado tres novelas, acababa de ser padre y quería convertirse en “un hombre de bien.” Por eso fue a ver a Jorge Lanata, entonces director del periódico Página/12. Le propuso ser el crítico gastronómico de Página/30, la revista mensual del diario porteño, o ser el editor de toda ella porque, según él, era una publicación “muy mala.” Lanata le dijo que ni una cosa ni la otra, que mejor se encargara de “Territorios”, es decir, la sección de crónicas de viajes. Entonces, en Argentina (y en América Latina), el periodismo narrativo no estaba “de moda”, como hoy. Pero él quería que esas notasestuvieran bien contadas. Así que para escribir “como se debe” comenzó por leer buenos libros. De Tomás Eloy Martínez, Rodolfo Walsh, Truman Capote y Manuel Vicent. En ellos basó su estilo para hacer no ficción y empezó sus andanzas por Tucumán, en la provincia argentina. Luego, dice, los viajes “empezaron a hacerse más groseros”: Haití. Perú, Estados Unidos, Brasil, China, Bolivia… No había Internet y, antes de emprender cualquier travesía, se documentaba en pírricas bibliotecas y archivos. Pero también iba a un instituto americano a fotocopiar reportajes de National GeographicHarper’s y The New Yorker, que luego leía con devoción.
Cada mes, con cada nuevo destino, publicaba una historia en la revista: la deconstrucción de un sitio y su gente. Relatos verdaderos escritos con una sola prohibición: no aburrir al lector. Situaciones tan cotidianas como emblemáticas. Prosa con ritmo. La mirada aguda. Porque, a diferencia de ver, explica él mismo en Lacrónica, “mirar es la búsqueda, la actitud consciente y voluntaria de tratar de aprehender lo que hay alrededor —y de aprender. (…) Mirar, escuchar: ponerse en modo esponja.” Esos “Territorios” fueron reunidos después en un libro que contagiaría las ganas de hacer este tipo de trabajos a los colegas de profesión. Se llamó Larga distancia.
—¿Cómo se aprende a mirar?
—No sé, no sé cómo. Sé que hago todo lo que puedo. Por un lado, soy muy curioso o voyeur. Y el periodismo me permite justificar mi voyerismo. Pero el resto, entender, estructurar, no existe sin la base de mirar. Mirar, escuchar, captar lo que hay alrededor. Lo que sabemos es no mirar. Es más: está hasta condenado socialmente cuando uno va por la calle y mira demasiado a alguien o a algo, siempre hay alguna reacción de incomodidad. Peor yo reivindico esta actitud del cazador, de aquel que sabe que si no está atento y mira para todos lados, se le va la liebre y se va a quedar sin comer. Esa intensidad es lo que más me gusta cuando tengo que escribir una crónica. Saber que en cualquier parte del material para el texto puede saltar la liebre. Todo esto, contra la forma demasiado relajada de estar en el mundo a la que nos hemos acostumbrado.
Todo lo que mira lo convierte en un texto. De largo aliento, por lo general. A pesar de la “aduana” interpuesta por los editores (“periodistas promovidos a ese estatus brilloso”) que hoy tenemos que pasar los reporteros. “Lo primero que hacen los editores es desconfiar de sí mismos, de su oficio y su negocio: suponer que lo malo de la palabra impresa es la palabra y que esté impresa. La profesión está, últimamente, dominada por editores que tiemblan ante la más mínima acumulación de letras. Editores que han imaginado una especie extraordinaria —el lector que no lee— y trabajan afanosos para ella”, señala en Lacrónica.
—En cada contrato de edición que firma hay una clausula que compromete al editor a mandarle una caja de “buen vino” cuando salga el libro. ¿Ya le mandaron una caja de “buen vino” por este libro?
—No. Tienes razón. Estamos en problemas. Yo no pido, no me ocupo de mis contratos. Lo hacen mis agentes María Lynch y Mercedes Casanovas. Y ellas lo incluyen en los contratos. Y… no he recibido nada. Me has abierto los ojos. Preguntaré. Bueno, también es verdad que acaba de llegar el libro a mis manos. Yo estaba fuera, en Alemania porque salió El Hambre en alemán. Salió la semana pasada y apenas tengo el primer ejemplar en mis manos. Quizá pronto me manden el vino.
—Hablando de El Hambre (“un relato que piensa, un ensayo que cuenta”), ¿es verdad que usted quería que se publicara primero en Internet, gratis, para que todo mundo tuviera acceso a él, y luego en papel?
—Sí. Pero me dijeron que no. Y a mí me parece que fue un error. Me dio pena. Pero bueno, ahora, por suerte, ya está en PDF en muchos sitios y parece que circula bien. Hay contratadas, además, unas 14 o 15 traducciones. Ya salió en Italia, Holanda, Francia, Alemania, está por salir la de Noruega. Pero faltan otras. Y la de China y Taiwán salen pronto. Eso me tiene contento.
—¿En estos cuarenta años que lleva reporteando, cuándo desistió de perseguir una historia porque se dio cuenta de que estaba equivocado?
—[Piensa unos instantes] Es que se me ocurren ejemplos de historias que no conseguí. Pero de historias que me parecieron inútiles… Bueno, por ejemplo, no sé si te sirva: hace unos días me estaba acordando que hace años, en el 95 o 96, quería entrevistar a Raúl Alfonsín, que había sido presidente de la Argentina hasta el 89. Lo fui a entrevistar, puse el grabador, y todo lo que dijo era un lugar común tras otro. Como decimos en Argentina: estaba totalmente caseteado. Yo lo veía con desesperación y traté de azuzarlo un par de veces, pero no tuve éxito. Volví a la redacción y dije: ‘no hay entrevista, lo siento.’ Se podía haber publicado alguna página con frases idiotas, pero no. Cuatro años después me encontré a Alfonsín en un acto y me dijo: ‘me han dicho que usted dice que yo estoy caseteado. ¿Tiene un rato?’ Sí, doctor. ‘Bueno, sentémonos ahora, hagamos la entrevista y veamos si estoy caseteado.’ O sea: le picó la vergüenza y me dio una entrevista buenísima. Porque trató, justamente, de romper con todos los lugares comunes.
—¿Y algo que haya perseguido y no haya conseguido?
—Bueno, hace muchos años que me prometí que voy a escribir un libro sobre Buenos Aires. Se llama Bue. En un momento iba a ser un libro multimedia y se me pasó. Porque un par de amigos que saben mucho de multimedia me humillaron demostrándome que mi concepto de multimedia correspondía a 1994, más o menos. Así que desistí de esa parte, pero aun así quiero hacer un libro. Pero no encuentro la manera. Tengo la sensación de ya casi. Pero no. Mi objetivo es: alguna vez voy a saber lo suficiente para contar bien la manzana donde está mi casa. Pero primero tengo que pasar por la ciudad. Sí, es raro. Tomo decisiones, trabajo durante 15 días y no lo consigo.
***
Además de sus dos cicatrices en la cara, una por un accidente de coche (“me quedé dormido”) y otra que le hizo un borracho en un altercado en París, Martín Caparrós Rosenberg (“en Argentina nunca usamos segundo apellido y ya me acostumbré y ahora lo veo y me parece un chiste. Cacofónico, además: Caparrós Rosenberg. No puedo con él”), se caracteriza por su bigote.
—Pero se lo ha quitado dos veces. “Por exigencias del guion”, ha dicho.
—La primera vez que participé en una película fue a principios de los 90, con un director argentino que se llama Pino Solanas, que había sido muy amigo de mi padre y mío después. La película se llama El viaje. Yo iba a hacer de cura y estábamos por empezar a filmar mi parte, en Tierra del Fuego, en el fin del mundo, en un viejo presidio abandonado ambientado como colegio y se suponía que la acción transcurría ahí. Y el día anterior a mi primer día de rodaje alguien se dio cuenta de que los curas no tienen bigote. Y, sí, no lo había pensado. Los curas pueden tener barba, pero no bigote. Años después le pregunté a un Obispo, con el que tengo confianza, por qué era y me dijo que el bigote era cosa de coquetería y que la Iglesia había siempre desaconsejado a sus miembros que llevaran bigote. La solución había sido dejarme crecer la barba, pero no daba tiempo y me tuve que afeitar. Fue en una noche rarísima, de cervezas. En la habitación de hotel de Fito Paez y otro actor, que también estaban trabajando en la película. Como a las tres o cuatro de la mañana, en el baño, ¡zas! Me saqué el bigote y no lo creía. Y mi cara sin bigote me asustó. Bueno, trabajé en la película, hice de cura y tal y, durante un mes o dos, fui el hombre invisible. Me cruzaba con mis amigos en la calle y no me reconocían. Así supe que, cuando quisiera desaparecer, lo que tenía que hacer era afeitarme. Veinte años después, en 2011, me propusieron protagonizar una película que era medio ficción, medio documental, sobre la muerte de un militante de izquierda [del Partido Obrero] que había matado la policía en una manifestación, que se llamaba Mariano Ferreyra. Yo tenía que ser el periodista que llevara adelante la investigación. Eso se aprovechaba para dar material documental real sobre la historia. Y a mí me interesó hacerlo porque fue un tema que conocí desde el principio. Pero ahí fui yo el que pensé que, si aprecia tal cual, iba a parecer que yo, Martín Caparrós, era el que llevaba la investigación. Y era injusto porque fue otro periodista el que lo había hecho. Y hago un personaje que no habría podido hacer con bigote. Estuve un par de meses así y, bueno, no pasó nada. Esa había sido mi relación profesional con el cine. Hasta ahora, que estoy escribiendo un guion. Con el director de El abrazo partido, Daniel Burman. Es como la parte más juguetona de escribir, sin la parte más tensa. Es como inventarse historias y divertirse con eso, pero después no hay que ponerlas en prosa, con ritmo, una construcción. Entonces, es puro juego. Es la primera vez que hago un guion de ficción. Nunca me había tocado.
***
El periodista que ha recorrido medio mundo para contarlo (y El interior de su país), pero que todavía no ha logrado contar lo que se sucede en la manzana donde se encuentra su casa porteña, y ha hecho cine, y le impresiona llegar a los 60 años de edad, también imparte talleres de periodismo y dice que no quiere generalizar, “pero muchos de los nuevos periodistas no leen. Y eso es lo que más me sorprende. ¡La materia prima de nuestros sueños es la lectura! No se puede escribir sin leer y leer y leer. Sin embargo, hay muchos que lo intentan. Y, además, hay varios que tampoco se preocupan por viajar.”
—¿Siempre que usted viaja, escribe?
—No hago viajes por el gusto de hacerlos. El gusto de hacerlos consistía en escribir algo. Lo que sí tenía era que convencer a gente de que valía la pena comprarme lo que yo tenía que escribir. Ponle por caso: se me ocurrió que debía ir a Birmania porque me daba curiosidad ese nombre exótico. Pero nunca se me habría ocurrido ir a Birmania para no escribir. Para mí, ir a un lugar, incluye escribir sobre ese lugar. Venía todo en el mismo combo. En esa época tenía un buen acuerdo con el diario Clarín, que era que ellos me compraban más o menos caro lo que yo producía, pero no me pagaban el viaje y yo tenía qué ver qué hacía para rentabilizar el viaje. Me las arreglaba: hacía dos reportajes en lugar de uno, viajaba muy barato. Siempre había que buscarse la vida. En Argentina nunca ha habido dinero para estas cosas. Yo escucho ahora a muchos periodistas españoles decir: ‘no, porque ustedes, los periodistas latinoamericanos, qué envidia, cómo me gustaría poder hacer eso.’ Pero vamos a ver: a mí nunca nadie me pidió que fuera a la India a reportear sobre tal cosa o tal otra. Nosotros hacemos esas cosas porque peleamos o lo hacemos fuera de nuestras horas de trabajo. Lo hacemos a fuerza de voluntad. No esperamos a que llegue un jefe y nos diga: ‘ay, por qué no te vas a Tumbuctú a pasearte tres semanas y me traes 40.000 caracteres para que se publiquen en ocho páginas y, de paso, te traes un camello porque se vería bien en la redacción.’ Nunca fue así. Ni aquí ni allá. La diferencia es: ¿tienes las ganas de hacerlo o prefieres quejarte?
—¿No puede estar mucho tiempo en un mismo sitio?
—Ay, me gustaría, ¿eh? Me lo vengo proponiendo últimamente porque… este año, por ejemplo, he estado sólo un tercio del año en casa. Es poco. Quiero estar más. El problema es que también aprendí a escribir en cualquier lado. Entonces ya ni siquiera tengo la excusa esta de ‘quiero estar en casa para escribir’ o ‘necesito estar en casa para escribir’ Me tomo el pelo y digo que mi hogar es la pantalla del ordenador. Además es cierto: abro el ordenador y digo: ‘ya estoy en casa.’ Pero aun así me gustaría estar un poco más en casa. Me lo propongo y digo: ‘diciembre, enero y febrero estoy en Madrid y no me muevo.’ Pero ya tengo una propuesta para ir a África en enero, una cosa en Noruega para febrero.
—¿No será que es usted mismo es el que busca eso?
—No, estas te juro que no. De todas formas estoy declinando algunas cosas para sentirme más de acuerdo con mi propio discurso, para no sentirme tan falso. Lo que pasa es que digo: hace como un año que no voy a África, me proponen ir a trabajar y es muy difícil decir que no. No, yo no pido nada, justamente porque me dije: voy a estar tres meses aquí, quiero terminar un librito. Bueno, ya veré. Lo que pasa es que el tiempo del viaje me sigue resultando muy atractivo: la forma en que los viajes organizan y estiran el tiempo. La semana pasada estive en Alemania presentando El Hambre. Luego pensé que había estado en Italia, antes en Viena, en Berlín, en Múnich y ahora en Madrid. La única desesperación real que uno tiene es que el tiempo se le acaba. Quizá eso sea lo que hace que yo intente estirarlo con los viajes.
—¿Y ahora que ganó la oposición en Argentina, no le gustaría volver a Buenos Aires?
—Me da curiosidad. La curiosidad que no tenía hace un mes o dos, ahora la tengo. De todas maneras no sé si con esa curiosidad alcance. Hay muchas cosas que me interesa hacer fuera, que son las que estoy haciendo. No sé si estoy dispuesto a dejarlas todas para ir a ver qué pasa con el nuevo gobierno. Tengo que ir ahora, dentro de 10 días para una cosa que ya estaba prevista de antes: el guion de cine, con el director argentino Daniel Burman, tenemos que encontrarnos para trabajar durante una semana. Supongo que forzosamente tendré que mirar qué pasa. Pero este gobierno tampoco me despierta unas expectativas extraordinarias. Me da mucho gusto que se acabe esta situación cerrada en que estaba la Argentina hasta ahora. Y, cuando las cosas se abren, pueden pasar cosas muy diversas.
—¿Vive en España como parte de un segundo exilio?
—No. Ahora es totalmente distinto. Por muchas razones. Primera y principal porque ahora yo puedo ir y venir de Buenos Aires cuantas veces quiera. Segundo: estamos en un mundo distinto en el que vine a España, entre otras cosas, a partir de la base de que puedo hacer mi trabajo en cualquier lado. Cosa que no sucedía hace 40 años, cuando llegué la primera vez. Ahora el lugar donde estas no es decisivo. De hecho, yo me acabo de mudar de Barcelona a Madrid y hago exactamente lo mismo que hacía hace seis meses, cuando vivía en Barcelona. Por otra parte, mi situación es muy distinta. Estar aquí es una manera, no de no estar en la Argentina, sino de estar en todos lados.
—¿Hasta cuándo seguirá yendo de un sitio a otro? Que ya va a cumplir 60, oiga.
—No tengo ni idea. Seguramente me voy a cansar en algún momento. Tal vez un día diga: estaré un año en tal lugar y después volverá la movedera. O quizá no. A veces le envidio a alguna gente el hecho de no tener que repensar su vida todo el tiempo. Mucha gente sabe en qué lugar va a vivir, en qué casa a vivir, con quién va a vivir… una cantidad de cosas como muy permanentes. Después todo puede cambiar, pero no quieren saber eso. Yo tengo el enorme privilegio, y la gran molestia, de estar pensando todo el tiempo dónde voy a vivir, cómo voy a vivir, qué voy a hacer. Es genial, no lo cambio por nada. Pero al mismo tiempo se me va parte de la vida en eso.
—¿En sus viajes no le da por comprar libros y objetos, que luego abultan su equipaje?
—No. Nada. Prefiero ese tipo de limitaciones que andar complicándome la vida. Mi biblioteca está en una casa que alquilé en Buenos Aires. Aquí no tengo casi libros en papel. Ropa, la de siempre. Uso estos pantalones negros desde hace 20 años. Compro dos o tres al año. Y ya. No me interesan los objetos. Y eso me da mucho gusto: porque me parece que vivimos en un mundo sobrecargado de objetos innecesarios. Y no hay que contribuir a eso. Y hay que hacerlo sin dolor, no me sacrifico. Lo prefiero así.



Caparrós gana el premio de ensayo Caballero Bonald por ‘El hambre’

El libro analiza por qué mueren 25.000 personas al día en el mundo cuando hay alimentos suficientes


MANUEL MORALES
Madrid 30 SEP 2016 - 14:06 COT



El periodista y escritor argentino Martín Caparrós.
El periodista y escritor argentino Martín Caparrós. ÁLVARO GARCÍA

“El hambre ha sido, desde siempre, la razón de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada ha influido más en la historia de la humanidad”. Esta es una de las reflexiones del escritor argentino Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) en su libro El hambre, que ha sido galardonado hoy, jueves, con el premio internacional de ensayo Caballero Bonald. Publicado en 2015 por la editorial Anagrama, se trata de un “ensayo que, en la gran tradición de la crónica argentina, aborda uno de los asuntos esenciales a los que se enfrenta la sociedad contemporánea” y que “concierne a sus víctimas, a sus causantes y a sus insólitos espectadores”, ha informado el jurado del galardón.
La obra se ha alzado ganadora entre los 150 textos presentados a un premio con una dotación económica de 20.000 euros. Periodista y escritor, Caparrós, colaborador de El País Semanal, comenzó su carrera en 1973 cubriendo sucesos en el diario Noticias. Con la dictadura en su país se exilió a Europa y no retornó hasta 1987. Desde 1991 comenzó a publicar sus relatos de viajes, es autor de novelas entre las que destaca A quien corresponda (2008) y Los Living, por la que ganó el premio Herralde en 2011. Desde Medellín, donde se encuentra en el Festival García Márquez de periodismo, explica por correo electrónico los motivos de El hambre, un volumen que se ha publicado en 25 países y del que se prepara "un documental para televisión en Francia y una obra de teatro en Polonia".
"Tras muchos años de contar historias en muchos lugares del mundo, siempre me cruzaba con personas que no comían suficiente. Y siempre había alguien que te decía, ‘qué tontería ponerse a hablar del hambre, ya sabemos todo lo que hay que saber, es aburrido’. Un día decidí que valía la pena intentarlo”.
En su libro, Caparrós intenta encontrar las respuestas a por qué cada día mueren 25.000 personas de hambre en el planeta. A lo largo de las casi 600 páginas analiza lo que denomina “el mayor fracaso del género humano”. Caparrós señala que para desarrollar su obra lo primero fue entender “que no existía el hambre, sino muchos millones de personas que pasan hambre, y quise contar algunas de sus historias. Después entendí que no existía el hambre, sino distintos mecanismos por los que esas personas no comen suficiente, y quise contarlos". El autor recorrió “una docena de países, desde India hasta Argentina, desde Madagascar hasta EE UU”. Un trabajo de cinco años.

Ocho capítulos, ocho países

El ensayo está estructurado en ocho capítulos, cada uno sobre un país. "Desde el supuesto hambre estructural del Níger hasta el uso del hambre como instrumento de explotación en Bangladesh, pasando por el funcionamiento de la Bolsa de Chicago, que define los precios de los alimentos en el mundo, o las tradiciones sociales y religiosas que mantienen 250 millones de hambrientos en la India, las guerras que lo producen en Sudán, los sistemas clientelares en Argentina, la apropiación de tierras en Madagascar", añade.
Una de las grandes preguntas a las que invita el libro es por qué no se acaba con el hambre. “Solo se necesita que queramos hacerlo: que muchos empecemos a considerarlo como nuestro problema, que hagamos presión. Pero claro, es fácil pensar que es algo que les pasa a otros, y olvidarlo”, dice Caparrós. Así que ante la evidente pregunta de si todos los seres humanos podrían tener comida, responde que “sin la menor duda”. “Y eso es lo peor, lo que hace que todo sea más indignante. Hace 30 o 40 años que producimos comida suficiente para todos los habitantes del planeta, y sin embargo sigue habiendo más de 800 millones que pasan hambre. El problema es económico y político, el resultado de cómo los países ricos acaparamos los recursos alimentarios del mundo y los despilfarramos”. Una paradoja que en su libro le lleva a preguntarse en varias ocasiones: “¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”.
El jurado del Caballero Bonald estuvo formado por Victoria Camps, José-Carlos Mainer, José María Pozuelo Yvancos, Fernando R. Lafuente, Santos Sanz Villanueva y Fernando Domínguez Bellido, representante de la Fundación Caballero Bonald, creada en 1998 para custodiar la obra del poeta jerezano nacido en 1926.
EL PAÍS 







Caparrós recoge el Delibes de periodismo

El argentino recibió el reconocimiento por tres artículos publicados en El País Semanal

EL PAÍS
Madrid 19 ENE 2017 - 15:46 COT




El periodista hispano-argentino Martín Caparrós durante la rueda de prensa del XXI Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes.
El periodista hispano-argentino Martín Caparrós durante la rueda de prensa del XXI Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes.  EFE

El periodista y escritor argentino Martín Caparrós recogió ayer en Valladolid el XXI Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, que entrega anualmente la Asociación de la Prensa de la misma ciudad. El galardón está dotado con 6.000 euros. El reportero recibió el reconocimiento por tres artículos publicados en El País Semanal y titulados La palabra viral, Ladramos, Sancho y Contra las letras.


Los tres textos se centran en sendos problemas del lenguaje y del periodismo contemporáneos. La palabra viral analiza la tendencia de los medios de comunicación a priorizar la búsqueda de contenidos que generen muchas audiencia on line por encima de la información de calidad: “No importa comunicar, contar, analizar, hacer preguntas; importa el tráfico”. Ladramos, Sancho aprovecha el uso en castellano de la expresión de origen anglosajona “guau” para lamentar como los hispanohablantes maltratan cada vez más su idioma. Y Contra las letras critica el avance de los emoticonos para sustituir a menudo a las palabras y sus matices.Al concederle el premio, en diciembre de 2016, el jurado destacó la “originalidad y la creatividad del planteamiento” de los artículos premiados y su “agudo sentido crítico y humorístico”, así como su arraigo con la actualidad y con el mundo del periodismo y su encaje con la filosofía del Premio Delibes.
Martín Caparrós

Las 1.022 páginas de ‘La Historia’ de Martín Caparrós

El escritor reflexiona sobre la reedición de su libro sobre una civilización imaginaria

JUAN CRUZ
Madrid 4 JUN 2017 - 12:16 COT
El atributo de este hombre es la escritura. Torrencial (El interior, La Historia, El Hambre), viajera. Pero su aspecto es el de un muchacho que viaja desnudo. La revista Matador le pidió un objeto de su vida. Entregó libretas llenas de palabras incomprensibles, escritura apresurada del Martín pescador de historias.
Llega a los sitios como si quisiera estar en otro lugar a la vez y se atusa el bigote como si no se hubiera acostumbrado a llevarlo. Tampoco se ha acostumbrado a los pantalones, ajustados, la pernera mostrando la canilla blanca, desnuda; un adolescente que no acaba de sentir que es suya la ropa que lleva. Deja la bicicleta, pero entra en los bares como John Wayne: parece que aún cabalga sobre la montura. Si cronometras los segundos que piensa sus respuestas, en una entrevista, podrías sacar minutos de duda: “¿Ah sí? ¿Tú crees?".
Un viaje largo con él no desmiente esas impresiones: es reportero, se dice en las solapas de sus libros. Y uno se lo esperaría tomando notas en esas libretitas. Pero en ese cuerpo enjuto cercado por ropas estrechas ni un bolígrafo ves. ¿Lo guarda todo en la memoria? Quizá. Luego sus libros (los narrativos, como El Interior, La Historia) están llenos de notas; de hecho, en este último las notas superan a veces la narración. Le contamos, en una conversación en el Café Gijón, lo que le pasó a Vargas Llosa en Fráncfort. Un alemán llegó a él con un volumen tan grande como este de La Historia. El peruano dijo: “¡Con este volumen puede matar a un hombre!” El alemán se lo tomó en serio: “Pero no pienso hacerlo”. Caparrós comentó, sacando rápido: “¡Pues mira lo que hubiera podido hacer Vargas Llosa con Conversación en La Catedral! ¡Podía matar a dos, de placer, eventualmente!”.
El libro con el que no quiere matar a un hombre es su “más puro capricho”. Comienza con una cita de Cervantes y con una frase que debería ser memorable: “Ya no hay más muertes bellas”. El propósito, como el de todo creador literario, desde Homero a su amigo Gabo o a Faulkner, es suplantar a Dios. Por eso en su novela la civilización que crea es un mundo sin Dios. “¡Es que Dios quiero ser!”. Y se ríe, y se va, sin libreta, apenas cubierto por los ropajes del verano. Su atributo es la desnudez.




El pequeño capricho de mil páginas de Martín Caparrós

El escritor y cronista argentino recupera ‘La Historia’, ambiciosa novela de mil páginas que publicó en 1999


Carlos Geli
8 de junio de 2017

“Decidí darme todos los gustos, todo aquello que siempre había querido inventar, puro capricho”. Y eso, en un exquisito de la escritura y lector omnívoro como Martín Caparrós, es sinónimo de festival: por ejemplo, dos maneras posibles de leer el libro con una historia cargada de referentes tácitos, formada por decenas de capas a partir de un texto encontrado y que fue dictado por un soberano de una civilización perdida prehispánica, de lo que toma nota un religioso cautivo español, relato que alguien luego tradujo al francés, para ser retraducido ahora por un historiador argentino. O quizá todo fue un texto inventado por un autor francés de la Ilustración… A la exquisitez literaria, a la que Caparrós dedicó una década, se añadió la rareza bibliográfica: la novela, La Historia, fue publicada en una edición argentina de 1.000 ejemplares, título blanco en portada blanca (“para no verse, puro joder”), guardas interiores del verde de las obras completas de Borges y edición numerada a mano por el propio autor. Resultado: una pieza buscada en internet, negocio que en parte se ha dinamitado cuando, 18 años después, Anagrama ha decidido recuperar ese novelón de fondo y forma (1.020 páginas) y que ayer se hizo coincidir como especial regalo en el 60 aniversario del escritor y cronista argentino.

“En realidad, es mi único libro, ahí aprendí a escribir, volcando formas que después solo hice que aplicar con los años”, dice Caparrós (Buenos Aires, 1957) y eso es mucho en quien sigue pensándolo a pesar de acumular ya 11 novelas y 16 ensayos. Un libro así --“un tomo aterrador”, lo define sardónico tras su legendario mostacho--, sólo podía gestarse tras un guiño del azar, al participar en una mesa redonda a la que dio el sí sin haber entendido bien el enunciado: ¿Qué libro habría querido leer? Pensó en el Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (1940) de Borges, ese juego sobre una gran enciclopedia de una cultura a reconstruir: “Postula un mundo en apenas 10 páginas, bien definido; pero si quería leerlo todo sobre ese mundo, debería escribirlo; yo he querido poner todos los detalles y me han salido un millar de páginas”, contrapone juguetón.
Para gestarlas estuvo toda la década de los 90, escribiendo de todo, pero siempre con el “bajo continuo” de una historia que tiene uno de sus ejes en “la única decisión de gobierno importante que toman los mandatarios: cuál va ser la forma del tiempo que va a imperar en su reinado”. El otro gran tema es la revolución social: en La Historia, los súbditos de la civilización de la Ciudad y las Tierras se rebelan porque sólo los monarcas tiene derecho a la vida después de la muerte. “Eso ocurrió de verdad, aunque parezca mentida, durante el reinado del egipcio Akenatón; son restos de la idea primigenia que quería escribir sobre este personaje”. Licenciado en Historia, Caparrós admite que hay una reflexión sobre ella: “No hay hecho más maleable que el pasado; la Historia siempre es una construcción a posteriori, es falsa; en Cataluña deberían reflexionar hoy sobre esas cosas”. Lo más difícil, sin embargo, fue, más que la creación de un mundo, “inventar un idioma, pues quería dar con un castellano muy peculiar, que a cualquier castellanoparlante le resultase ajeno”.
Ambicioso, el autor de Los Living y Comí, pero también de El interior o El hambre,construye en La Historia un mundo sin culpa (“porque no hay ante quién pecar, ¿por qué inventarse un dios?), tampoco hay vida conyugal (la procreación es “por acuerdos bilaterales”) y se come un poco al estilo de la deconstrucción ferranadrianesca: “Lo hice antes de ir a El Bulli y luego le regalé el libro”. Todo ello bajo un enésimo juego formal: el volumen puede abordarse por cualquier página, si bien al lector se le proponen, al menos, dos modelos: reseguir la historia lineal en sus cinco capítulos o a través de las más de un centenar de notas que tiene cada parte, idea que le sobrevino tras entrevistar a Bioy Casares, que le habló de un libro de Menéndez Pelayo “donde las notas parecían una novela”. Y en ese caldo afloran referentes como el cortaziano Rayuela, el sabatoniano Sobre héroes y tumbas, el nabokoviano Pálido fuego o el pigliano Respiración artificial. “Es un libro para ser leído y explorado y sí, quizá se instale en la tradición de salirse de la tradición; es en la confusión de géneros donde vale la pena escribir, a mí me interesan los libros en los que el género está en cuestión”.
Las notas ayudaron a generar algún que otro momento de vértigo literario, porque por ahí hay falsos sonetos quevedianos, una obra teatral del Siglo de Oro, referencias a Bakunin o a José Martí, tratados de onanismo… “Disfruté como un enano, aunque claro que me dio miedo su sistema canceroso; pensé en hacerle quimioterapia, pero decidí aceptarlo así”, dice Caparrós. La Historia, pues, como una auténtica anomalía en la literatura actual. “La literatura está más adocenada y comercializada que nunca; para mí ha de ser desafío, búsqueda y no una confirmación de lo que se ve en la tele… Si alguien pintara hoy como Delacroix lo destrozarían, pero en cambio se escribe como Balzac, con fórmulas de hace 250 años , sólo dejando caer un móvil en el argumento para modernizarlo”; estamos en un temible círculo vicioso: se escribe novela sin ambición, sin probar nada, por lo que se educa al lector a un consumo de este tipo de obras y esto se retroalimenta, calentado por una falta también de exigencia editorial; si la novela sólo ha de narrar bien una historia irá cediendo el paso, como ocurre, a mejores maneras de contarlas, como demuestran la series de televisión”.
Caparrós es una manera de ver y entender el mundo, en el que ya lleva 60 años, hecho que le impresiona. ¿Pero, tras escribir La Historia, puede haber algo que le zarandee? “Me impresionan muchas cosas; por eso escribo y escribí esto; en cualquier caso, para resumir un mundo es un intento modesto, no?”. Quizá capricho, pero nunca modesto.

BIBLIOGRAFÍA

NOVELAS

  • Ansay o los infortunios de la gloria (1984)
  • No velas a tus muertos (1986)
  • El tercer cuerpo (1990)
  • La noche anterior (1990)
  • La Historia (1999)
  • Un día en la vida de Dios (2001)
  • Valfierno (2004, premio Planeta Argentina)
  • A quien corresponda, Anagrama, (2008)
  • Los Living, Anagrama, (2011, Premio Herralde)
  • Comí, Anagrama, (2013)
  • Echeverría, Anagrama, (2016)
  • Todo por la patria, Planeta, (2018)


OTRAS OBRAS
  • Larga distancia, crónicas de viaje, 1992
  • ¡Dios mío! Un viaje por la India en busca de Sai Baba, crónicas de viaje, 1994
  • La Patria Capicúa, ensayo, 1995
  • La Voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978, junto con Eduardo Anguita; 3 tomos, Buenos Aires, 2007-2008
  • La guerra moderna, crónicas de viaje, 1999
  • Extinción. Últimas imágenes del trabajo en la Argentina, fotos de Dani Yako, 2001
  • Bingo!, ensayo, 2002
  • Qué país. Informe urgente sobre la Argentina que viene, ensayo, 2002
  • Boquita, 2005
  • Amor y anarquía. La vida urgente de Soledad Rosas, historia novelada de la vida de la joven anarquista que se suicidó en Italia en 1998; Planeta, Buenos Aires, 2003
  • Pali Pali - Impresiones Coreanas, 2012
  • El Interior, crónicas de viajes por las provincias argentinas, 2006 y 2014
  • Una luna, diario de hiperviaje, 2009
  • Contra el Cambio, crónica literaria/ periodística. Mirada crítica de la agenda mundial sobre el cambio climático, 2010
  • Argentinismos, ensayos. Mirada crítica de la Argentina actual, 2011
  • El Hambre, libro de investigación sobre el hambre en el mundo, 2014
  • Lacrónica, selección comentada de su no-ficción, 2015
Ha publicado ediciones críticas de dos textos de Voltaire -El ingenuo y Filosofía de la historia-, y del Plan revolucionario de operaciones de Mariano Moreno, como también una traducción en verso de Romeo y Julieta, de William Shakespeare.