domingo, 26 de enero de 2020

Artur Lunkvist / Un gigante nebuloso

Artur Lundkvist
Ilustración de Triunfo Arciniegas


Artur Lundkvist (1906 - 1991) 






Nils Artur Lundkvist (Escania, Suecia, 3 de marzo de 1906 - Estocolmo, Suecia, 11 de diciembre de 1991), escritor y poeta sueco, fue miembro de la Academia Sueca desde 1968.



Aunque más conocido por su obra poética, escribió también novelas y ensayos en más de un centenar de libros publicados así como fue traductor de grandes obras de la literatura europea y facilitó su introducción en Suecia. Residía ocasionalmente en España y tradujo las obras de Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez entre otros autores españoles e hispanoamericanos.




ACTIVISMO POLÍTICO

Durante la Guerra Fría, Lundkvist fue un partidario de la llamada «tercera posición» en el debate público sueco, que abogaba por una postura neutral en el conflicto entre las dos superpotencias. A pesar de esto, fue miembro de la junta directiva de la pro-comunista Asociación Suecia-RDA. También fue miembro del Comité de la Paz de Suecia, la sección sueca del Consejo Mundial de la Paz.​ En 1958 fue galardonado con el Premio Lenin de la Paz de la Unión Soviética.​

Lundkvist siempre mostró fuertes prejuicios en contra de la religión católica y, debido a ello, utilizó su posición para bloquear repetidamente los intentos de otorgar el Premio Nobel de Literatura al escritor católico Graham Greene. Así mismo, mostró su oposición a que Borges recibiera ese galardón, lo que a la postre resultaría decisiva para que el argentino se quedara sin el Nobel.




Artur Lundkvist (segundo de izquierda a derecha) con Marie Wine (centro)

Lundkvist: "Fabulosa vitalidad y originalidad"

Francisco J. Uriz
Estocolmo, 8 de octubre de 1977

El primer premio Nobel de 1977, el de literatura, ha tomado el camino de España. La academia sueca ha concedido su premio al poeta español Vicente Aleixandre motivando su elección «por su renovadora obra poética que, enraizada en la tradición poética española y en las corrientes modernas estéticas, esclarece la condición humana en el universo y en la sociedad actual».Este año la academia sueca ha madrugado. El premio se ha concedido tres semanas antes que de ordinario, probablemente para evitar desagradables fugas de sus conciliábulos secretos en torno a la concesión del premio. Este año la suma del premio asciende a unas 700.000 coronas (unos doce millones de pesetas).
A pesar de ello, Aleixandre recibe su premio con un año de retraso. El año pasado estuvo ya rozando el premio. Fue un incidente extraliterario y ajeno a él -las inauditas declaraciones en favor de las dictaduras latinoamericanas de su compañero de candidatura, el escritor, argentino J. L. Borges, lo que hizo impensable el galardón.

También habrá que pensar que la recién estrenada democracia española no habrá obstaculizado la decisión de la academia. El nombre del premio Nobel de Literatura 1977, sorprenderá no sólo al ciudadano medio sueco sino también a las secciones culturales de la prensa. De la extensa obra de Aleixandre existe solamente una antología de unas cien páginas traducida al sueco y publicada con el título, Paradisets skugga (Sombra del paraíso).
El traductor de dicha antología es Arthur Lundkvist, miembro de la academia e incansable embajador de la literatura española y latinoamericana en Suecia. Su peso literario es decisivo en las discusiones sobre el Nobel y no dudamos de que también lo habrá sido en esta ocasión cuando se trataba de premiar la obra de un poeta al que tanto admira.
El señor Lundkvist comunicó a EL PAIS la alegría que sentía por el premio de Aleixandre y la enorme impresión que ha causado en varios miembros de la academia «la fabulosa vitalidad y originalidad de la producción de Aleixandre».
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 1977

Marie Wine y Artur Lunkvist


El británico William Golding recibió el Nobel de Literatura, por su obra, 'iluminadora de la condición humana'


Lundkvist, miembro del jurado, disiente de la decisión de sus compañeros


Londres, 7 de octubre de 1983

William Golding, escritor británico de 72 años de edad, recibió ayer la noticia de la concesión del Premio Nobel de literatura -dotado con 28. 500.000 pesetas-, en su residencia de Ebble Thatch, en Bowechalke, un pequeño pueblo de la cam ifia inglesa, en el condado de Wiltshire, no lejos de la ciudad de Bath. Este es el decimosexto galardón que se concede a un escritor de habla inglesa y el primero desde Winston Churchill, hace 30 años. La Academia Sueca anunció el premio calificando la obra de Golding como iluminadora de la condición humana en el mundo de hoy". También dijo que sus obras son "divertidas y excitantes". Luadkvist, miembro del jurado, disintió de la decisión.

Arthur Lundkvist, poeta sueco, miembro del jurado de la Academia, que el pasado año intervino decisivamente en la concesión del Nobel a Gabriel García Márquez, disintió de la decisión de sus compañeros y dijo públicamente, en declaraciones recogidas por agencias internacionales, que el nuevo Nobel es "un fenómeno inglés sin interés particular. Nadie aprecia la obra de Golding", añadió el académico, que tiene una larga relación con la literatura española. Según Lundkvist, no ha habido unidad en la Academia. "La mayor parte de los miembros nadan a favor de la corriente. A mí eso no me gusta. Cada uno debe tener su propia opinión y defenderla".Lundkvist explicó que, en una primera votación, que se suponía iba a ser la definitiva, Golding contaba con siete votos, el escritor francés Claude Simon -al que apoyaba Lundkvist- con cinco, y los otros seis votos estaban repartidos. En una segunda votación, realizada en ausencia del académico sueco, Golding volvió a ganar por una mayoría no especificada, actuación que Lundkvist calificó como "un golpe" ya que no tuvo ocasión de votar nuevamente.
Las reglas fijadas por el fundador de los premios, el inventor sueco Aldred Nobel, establecen que las deliberaciones de la Academia deben ser secretas.
Golding sólo había sido alertado de la posibilidad de ser premiado con el Nobel de Literatura a primera hora de la mañana, cuando un periodista sueco le llamó por teléfono y le comunicó que estaba entre los finalistas y con muchas posibilidades de ganar.
Poco después, a la una del mediodía, el propio escritor oyó la noticia en la radio y su primera reacción fue de incredulidad. En sus primeras declaraciones aseguró que no había tenido tiempo de reaccionar por lo inesperado de la noticia.
Ante las múltiples felicitaciones procedentes de todas las partes del mundo, el novelista fue haciéndose a la idea. "Estoy encantado", dijo. "Creo que cualquier persona lo estaría en un caso así. La posibilidad de que me dieran el premio no estaba en mi mente. Yo pensaba que iba a ganar el escritor de origen hindú V. S. Naipaul o Doris Lessing", declaró ayer a El PAIS. Más tarde, el escritor salió a dar un gran paseo a caballo para "asimilar la noticia". Aprendió a montar hace 18 meses, cuando tenía 70 años.
William Golding quiso ser escritor desde los siete años y hoy, preguntado sobre si este galardón es un aliento para seguir escribiendo, ironizó: "A los 72 años, cuando uno ha estado escribiendo desde los siete, ya no necesita aliento alguno, las cosas salen automáticamente de la pluma".
Con el tono de ingenuidad que caracteriza muchas de sus obras -el otro es el pesimismo-, el escritor comentó: "¿Por qué me han dado el premio? Ah, esto habrá que preguntarlo a los jurados. Será que creen que soy bueno...".
La obra que le encaminó hacia el Premio Nobel, según los críticos, fue Ritode paso, también traducida al castellano en 1982 y publicada hace tan sólo tres años.
Golding sigue escribiendo y en la actualidad realiza los preparativos de su próxima obra, de la que ayer no quiso hablar "porque sólo está en sus albores".
Poco conocido en España
Golding es un autor poco leído por los escritores españoles, pese a que la mayor parte de su obra ha sido traducida y editada en castellano o catalán. Escritores como Cela, Buero Vallejo o Torrente Ballester no le han leído y otros no se han interesado particularmente por su obra. A Francisco Ayala El señor de las moscas no le pareció "gran cosa" y cree que es un escritor de cierto auge entre los adolescentes.
Para otros autores, como el uruguayo Juan Carlos Onetti, El señor de las moscas es "una obra muy hermosa y admirable". "La leí hace años y todavía recuerdo la belleza del ambiente en que se desarrolla".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de octubre de 1983

Artur Lundqvist, poeta sueco

Miembro del jurado del Premio Nobel de Literatura, ha rectificado sus discrepantes declaraciones sobre la concesión del galardón


Ricardo Moreno
Estocolmo, 9 de octubre de 1983

La concesión del Premio Nobel de Literatura 1983, ha hecho a Artur Lundqvist, protagonista de un episodio inusual, al discrepar públicamente con la elección hecha por la Academia Sueca, lo que, seguramente muy a su pesar, divulgó su nombre por el mundo entero. Un episodio con sabor amargo sobre el que ahora el propio Lundqvist quiere poner un manto de olvido con unas declaraciones tan sorprendentes como las anteriores. En tales declaraciones, aparecidas ayer en el matutino de Estocolmo, Svenska, Dagbladet Lundqvist rectifica el juicio que se le atribuye sobre el laureado William Golding, así como también las afirmaciones sobre irregularidades en el proceso de discusión y votación de la academia.
En dichas declaraciones, cuya autenticidad fue confirmada a El PAÍS telefónicamente por la esposa del escritor, el académico expresa que "Iamenta que la Prensa haya afirmado que yo subestimara a Golding como escritor". "Yo pienso", agrega, "que Golding es bastante buen escritor, y lo que yo dije es que había posibilidades de haber hecho una elección mejor".Admite haber formulado algunas reflexiones totalmente privadas, "que pueden haber sido escuchadas por algún periodista que les dio una interpretación de la que no soy responsable". Declara también que en sus 15 años de miembro de la Academia Sueca no recuerda que alguna vez las opiniones de sus miembros fueran totalmente coincidentes en la valoración del candidato al premio, pero que, una vez adoptada por mayoría la decisión, ésta es respaldada unánimemente. Así, dice que este año inicialmente su candidato era el poeta senegalés Leopold Senghor, pero que cuando las discusiones cambiaron el curso de las simpatías, se inclinó por el francés Claude Simon, y que, finalmente, cuando la mayoría optó por Golding, él lo aceptó sin objeciones. Finalmente Lundqvist declara que su primera reacción sobre un golpe en el proceso de la votación fue el fruto de informaciones equivocadas que recibió.
Artur Lundqvist, de 77 años, novelista, poeta, ensayista y miembro de la Academia Sueca desde hace 15 años, es considerado una figura señera de la vida cultural sueca del último medio siglo. Se ha dicho de él que lee cerca de 500 libros por año, dato por demás elocuente del rigor y la pasión con que ha cultivado el interés por las letras, pero insuficiente para dar toda la medida de su significación. Estimado con justicia como un erudito, no ha sido, sin embargo, un hombre encerrado en las paredes acogedoras de as bibliotecas. En su obra, prolífica y diversa, está reflejada su sensibi¡dad ante todas las manifestaciones de la vida y el acontecer del mundo que le rodea. En la época de la guerra fría posterior a la segunda guerra mundial, cuando los vientos del macartismo llegaron también a su país, Lundqvist fue uno de los intelectuales que denunció con valentía su trasfondo de irracionalidad y deliberado confusionismo. Su obra incluye exploraciones en los más diversos campos. Así, Evals de Vidinge recoge impresiones de su infancia en un pueblo del sur de Suecia; Así se vive en Cuba (1965) fue escrito con posterioridad a un viaje efectuado a la Cuba de la revolución; Eamor de Goya por la vida (1974) refleja su admiración por el pintor, de quien escribiera: "Goya desapareció hace mucho tiempo disuelto en átomos inapreciables y, sin embargo, algo de él queda todavía en su obra, a través de la leyenda, el ejemplo como artista y ser humano creador". Ludqvist escribió también una autobiografía con el sugestivo título de Autorretratde un soñador con los ojos abiertos. Pero uno de sus más señalados aportes ha sido el de hacer conocer en Suecia primero la literatura inglesa y, a partir de los años cincuenta, a los autores de habla castellana.
Autores españoles y latinoamericanos de los que hace 20 años muy pocos tenían noticia en Suecia fueron ampliamente divulgados gracias a él. Poco proclive a aceptar distinciones, ha recibido, sin embargo, el Premio Lenin y recientemente la medalla de oro de Bellas Artes otorgada por el Ministerio de Cultura español y entregada por el embajador de España en Estocolmo, Máximo Cajal. Está casado con la poetisa María Wine, de quien ha recibido además apoyo en su tarea.
Lundqvist, que ahora se siente cansado y tenso a raíz de todo este enredo, guarda silencio y seguramente no volverá a reflexionar en voz alta.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de octubre de 1983


Homenaje al escritor sueco Lundkvist en su 80º aniversario


RICARDO MORENO
13 de febrero de 1986

La Embajada de Suecia en Madrid dedica hoy un homenaje a Artur Lundkvist, una de las figuras más relevantes de la literatura sueca contemporánea, que el próximo 3 de marzo cumplirá 80 años, en plena madurez creadora pese a la precariedad de su salud fisica. En este acto hablarán el embajador Carl-George Crafoord y el traductor René Vázquez Díaz, que ha vertido al castellano los libros de Viajes del sueño y la fantasía y Escrito en el atardecer. Al homenaje se unirán otros que se preparan en su propio país.Artur Lundkvist es narrador, poeta, ensayista, miembro de la Academia sueca desde hace 18 años y dentro de ésta integrante del Comité Nobel que selecciona cada año el candidato al Premio Nobel de Literatura.
Traductor e introductor de literaturas extranjeras en Suecia, su interés por la cultura española ha sido notorio. Perteneciente a una generación de grandes escritores suecos inserta en la tendencia delmodernismo poético, Lundkvist caracterizó su participación en dicha tendencia cuando escribió en el prólogo a una edición de literatura sueca editada por la Casa de las Américas: "Yo participé activamente en él el movimiento modemistal con poemas, manifiestos y críticas, y todo lo que hice después ha venido siguiendo dos líneas fundamentales: una vinculada al país y otra dirigida afuera, a los contextos globales. Procedo, como Harry Martinson, del proletariado campesino. Me adentré pronto en la literatura por mi propia cuenta y después traté de ampliar mi experiencia y mis conocimientos viajando por todo el mundo y leyendo sin cesar. Para mí, la poesía y la prosa están también muy entremezcladas, de modo que mi prosa narrativa y mis artículos literarios y mis libros de viajes funcionan hasta cierto punto como poesía".
El resultado de esta experiencia ha sido una obra fecunda y múltiple desde la aparición de su primer libro, Las brasas, en 1928. Singular erudito, soñador de mundos imposibles, no se encerró en el ambiente silencioso de las bibliotecas -se dice que lee 500 libros al año-, sino que estuvo siempre abierto al acontecer del mundo. "Me dediqué", ha escrito, "conforme a mi época, a la descripción de ambientes antes de pasar a escribir una poesía mítica y apocalíptica de inspiración su perrealista. Más tarde ( ... ) me fui impregnando de una visión global, y trato de acercarme a una poesía de carácter universal".
Sin perder nunca sus raíces cul turales y sociales, sin desprender se nunca del paisaje de su pueblo natal en Escania, sin abdicar de sus aspiraciones a un mundo mejor que identificó con el socialis mo, aunque sin adscribirse a dog mas y partidos, Lundkvist logró una síntesis de raro equilibrio en tre su vida y la creación literaria.
Una mención especial merece su contribución al conocimiento y difusión en Suecia y los países nór dícos de la literatura hispánica Durante más de medio siglo ha sido un lazo de unión entre las culturas de ambos pueblos, tarea que cobra mayor significación si se tiene en cuenta que durante gran parte de ese período fue prácticamente el único puente que mantuvo fluida una corriente mutua entre los dos países.
Nombres como los de Unamuno, Celaya, Miguel Hernández, García Lorca, Ana María Matute, Aleixandre, a los que habría que agregar los de muchos latinoamericanos, fueron conocidos en Suecia a través de Lundkvist.
Esta labor ha sido reconocida por España. En 1983, el Ministerio de Cultura le otorgó la Medalla de Oro de Bellas Artes por su contribución a esa obra. Imposibilitado de viajar a Madrid para recibirla por razones de salud, la entrega se cumplió en una sencilla ceremonia en la Embajada de España en Estocolmo.
El entonces embajador, Máximo Cajal, dijo en esa oportunidad que el premio era el testimonio de la gratitud de España a la tarea de Lundkvist.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de febrero de 1986
Artur Lundvist

Un gigante nebuloso


RENÉ VASQUEZ DÍAZ
3 de marzo de 1986

Mañana cumple 80 años Artur Lundkvist, académico sueco autor de 79 obras y mentor de los escritores en castellano para la concesión del Premio Nobel de Literatura. Según el autor de este artículo, los premios de Asturias, Neruda, Aleixandre y García Márquez guardan relación con su pluma.
Cuando el próximo 3 de marzo el escritor sueco Artur Lundkvist desemboque en el estuario apacible de sus 80 años, podrá barruntar una imponente flota de 79 libros de su puño y letra, disipándose en La bruma hasta perderse en el arrabal de su debú en 1928. Verá entonces naves vikingas oteando puertos saqueables y bergantines llenos de suecos de hace dos siglos emigrando a un paraíso en las Antillas, donde acabarían devorándose unos a otros. Pero también, a. sus 80 años, vislumbrará el viejo humanista su tenaz flotilla de chalupas poéticas repletas de flores salvajes, que a ni el sol duro ni las noches sin luna podrán marchitar. Y al lado, de acá de la medianoche verá sonriendo cierta lujosa nave que a duras penas oculta sus andrajos, pilotada por orates que se roban, lisonjean, denigran y asesinan mutuamente, para después aullar juntos la lástima de sí mismos.Dejaré aparte su obra ensayística, de introductor avizor y de traductor, a la que tanta gratitud deben guardar las literaturas hispánicas, por su labor de esclarecimiento fuera primero y, después dentro de la Academia Sueca. Diré escuetamente en este sentio que los Nobel de Asturias, Neruda, Aleixandre y García Márquez guardan una innegable relación con su pluma. Hablando de Lundkvist y de la influencia de su crítica en el ámbito del Nobel, es de rigor nombrar el caso de Alejo Carpentier, precursor cuya muerte repentina en 1980 le arrebató el premio y abonó el campo para García Márquez, que jamás lo hubiera obtenido en vida de Alejo. Dejaré también aparte la poesía en verso de Lundkvist, y me limitaré a evocar la última parte de su obra y para mí la más deslumbrante, que es su prosa poética.
A fines de los años sesenta, con más de 20 años siendo una figura central en la literatura de su país, Lundkvist opta por un ámbito de holgura formal en el cual verter la cantidad hechizada de su temperamento; "una rítmica más cercana a la prosa, de respiración más profunda, sin jadeo", basada en la transgresión de los géneros establecidos. Como un afluente hay que mencionar un extraño libro, Lugares rotos (1968), donde el autor recoge unos apotegmas líricos que, en nuestra lengua, se acercan a las greguerías de Gómez de la Serna; Lundkvist les llama afolirismos, y doy unos ejemplos para que otros decidan si son greguerías o no: "Mientras más alta sea la muralla, más hondo tendrás que cavar para escapar por debajo de ella". "El que te sigue acabará determinando tu camino". "Di algo alevoso, así la policía secreta no te espiará en vano". "La jirafa que se case con una burra tendrá que aprender a andar de rodillas".
Aparecen entonces libros que van configurando una totalidad, como Sueños en tiempos de tormenta (1961), Cuentos para extraviados (1963), Demoniaco edén (1973), Fuga y sobrevida (1977), Visiones del agua que fluye (1978), hasta desembocar en el hermoso libro Textos del ocaso (1980), traducido por este escriba y publicado en España por Montesinos Editor en 1984.

Escritor para escritores

En estas obras encontramos, codeándose e interpenetrándose, reminiscencias autobiográficas, encuentros con escritores célebres que devienen sugerentes ensayos fugaces, mientras que una disquisición filosófica a un enigmático relato se presenta en forma de metáfora que se ramifica. No en balde se ha dicho que Lundkvist es un escritor para escritores. Pero es más que eso. Lundkvist investiga la totalidad del ser, transfigura la experiencia del hombre moderno en lenguaje y atrapa su esencia mediante la fragmentación: una serie de textos sin aparente ilación, yuxtapuestos y abandonados a su suerte en el intelecto del lector. Se trata de hallar, con ojo de gato, la velada organicidad. Todo es dual, hay que avanzar atisbando. Lundkvist es claro de bosque donde se dan cita los sabios y los proscritos, y es vertedero de escombros de donde vuelan las mariposas. Es urraca en celo y túnel sin salida, es oráculo temible y diablillo fálico. Verbo en mano ("la palabra es mi herramienta, no mi arma", ha dicho), Lundkvist abre incisiones en el lienzo demasiado terso del razonamiento; después se aleja sonriendo malévolamente, con esa inocencia suya de alba nórdica que sin más se hace borrasca, como si no quisiera enterarse del favor que ha hecho. Hay quien objeta que el tifón de imágenes de Lundkvist fuerza la coherencia léxica y pone a volar la butaca del lector, pero creo que ese tipo de críticas define mejor al lector-hembra del que hablaba Cortázar, que al creador.
El último libro de Lundkvist se inscribe en este género que ha esbozado, y fue escrito posteriormente a que el autor rebasara un estado de coma profunda de casi tres meses, tras sufrir un paro cardiaco en medio de una conferencia sobre literatura inglesa contemporánea. Parece un chiste, del que Lundkvist suele reírse, el que en aquel momento estuviese hablando de Antony Burguess.
Su esposa, la delicada poetisa María Wine, asistió diariamente a su lecho de moribundo a leerle suavemente poemas y a ponerle sus sinfonías preferidas, en directa confrontación con la exacta gelidez de la ciencia médica, cuyo pronóstico era el peor. El escritor sonrió de pronto un día, poco después despertó penosamente y llegó a recuperarse milagrosamente, ante la frustración de los doctores. "La poesía ha hecho lo suyo", me dijo después María, temblorosa.

Poesía al otro lado

El libro de que hablo fue escrito después de ese despertar, y se titula Viajes del sueño y la fantasía. Se trata de un fresco de prosa poética que describe una experiencia "vivida al otro lado", pero que además sintetiza una rica vida dedicada a la literatura. Dentro de unos meses, este libro se publicará en España en traducción del que escribe.Para todo aquel que vea en la literatura una manera noble de entrar, saliendo de sus propios límites, en "la magnificencia del mundo" (otro título de Lundkvist), la obra de este sueco célebre pero aún por descubrir será un desafío, un placer divergente, una anomalía envolvente, y estimo que la relativamente escasa atención que hasta el momento se le ha prestado en España es una especie de sordo escándalo.
¿Quién es Artur Lundkvist? Lo diré sin decirlo: es el carcaj que debió quedarse vacío porque sus flechas son ya flechazos atravesando la sustancia del siglo. Pero de pronto ya está el carcaj lleno de nuevo. La ballesta somos nosotros, son ustedes, y el ballestero es el lenguaje. La diana podría ser la vida, el mundo que hemos heredado, o simplemente un viento que se aleja.
Y mientras, los escritores españoles de dos mundos siguen sin tributar el perentorio homenaje que se merece este gigante nebuloso.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 1986

La cultura sueca festeja los 85 años del escritor Arthur Lundkvist


Ricardo Moreno
4 de marzo de 1991

Rodeado de los grandes amores de su vida, los libros y su mujer, la escritora Marie Wine, y un pequeño grupo de amigos, Arthur Lundkvist, celebró ayer sus 85 años. Las páginas culturales de los principales diarios suecos dedicaron amplios espacios a comentar la obra y la vida de una de las figuras cumbres de la literatura contemporánea. Pese a que la salud de Lundkvist quedó seriamente resentida tras un fallo cardiaco en 1981, ha continuado trabajando tanto en su condición de autor como de lector infatigable. Todavía en estos años, su voz ha seguido siendo decisiva en las deliberaciones de la Academia sueca para la elección de los premios Nobel. Profundo conocedor de la literatura hispanoamericana, que ha dado a conocer, a través de traducciones, al pueblo sueco, Lundkvist ha tenido un peso decisivo en la adjudicación del premio a escritores de lengua castellana.Desde su estreno como escritor en 1928 con un libro de poesías, ha publicado casi un centenar de obras, constituyéndose en un punto de referencia ineludible de la literatura escandinava. Nacido en un hogar campesino de un pueblo del interior de Suecia, autodidacta, sus viajes por el mundo le proporcionaron un conocimiento que difícilmente habría obtenido con la sola lectura de los autores. Estando en España en 1968, recibió la noticia de que había sido elegido miembro de la Academia, y estuvo dos días dudando si aceptar o no. La posibilidad de influir en la elección del Premio Nobel fue lo que le decidió finalmente, declaró en una entrevista publicada ayer por el diario Svenska Dagbladet.

EL PAÍS




El hispanista sueco Artur Lundkvist muere a los 85 años

Ricardo Moreno
12 de diciembre de 1991

Artur Lundkvist, uno de los más fecundos, vitales y universales, escritores suecos contemporáneos, traductor al sueco de autores como García Lorca, Unamuno, Aleixandre o Celaya, murió en la madrugada de ayer, cuando apenas se habían apagado los ecos de la música y el murmullo de las palabras en la gran fiesta de los Nobel en el Ayuntamiento de Estocolmo. Lundkvist, que tenía 85 años, murió mientras dormía en su casa del barrio de Solna, en los alrededores de Estocolmo. Junto a él se encontraba su mujer, la poetisa Marie Wine compañera inseparable del escritor desde hacía 50 años.La muerte de Lundkvist conmovió a los círculos culturales de la sociedad sueca y del exterior, ya que era, por su obra tanto como por sus cualidades humanas, un escritor ampliamente conocido. Particularmente en España y América Latina sus vínculos personales y literarios eran muy fuertes y antiguos. El conocimiento y la difusión de la literatura española y latinoamericana en Suecia y en los países nórdicos se debe en buena parte a él. Ya a fines de los años veinte tradujo a García Lorca al sueco, Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejias, y a partir de entonces otros nombres, Miguel de Unamuno, Gabriel Celaya, Miguel Hernández, Ana María Matute y Vicente Aleixandre, entre otros, fueron conocidos en Suecia a través de él. El Ministerio de Cultura español le otorgó, en 1983, la medalla-de oro de Bellas Artes.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 1991


BIBLIOGRAFÍA
  • El dragón transformado
  • La montaña y las golondrinas
  • Poemas entre el animal y Dios
  • Agadir


lunes, 16 de diciembre de 2019

Tony Judt

Tony Judt


FICCIONES

DE OTROS MUNDOS



Tony Judt

Londres, 2 de enero de 1948
Nueva York, 6 de agosto de 2010

Tony Judt  fue un historiador y escritor británico, profesor en varias universidades. Especializado en Europa, dirigió el Erich Maria Remarque Institute en la Universidad de Nueva York. Fue colaborador habitual de la revista New York Review of Books.

Su madre y padre, que procedían del extranjero y eran de origen judío, estaban secularizados: su padre nació en Bélgica y de niño emigró primero a Irlanda y luego a Inglaterra; por su parte, los padres de su madre habían emigrado de Rusia a Rumania.

Tony Judt

Pero al igual que muchos otros padres judíos que vivieron en la Europa de la posguerra, los de Tony Judt le mandaron a la escuela hebrea, donde pudo empaparse en la cultura yidis. Esa experiencia marcaría su futuro.
Tony Judt ayudó a promover la migración de los judíos británicos a Israel. En 1966, tras haber ganado una posición en el King's College de Cambridge, tomó un año sabático y se fue a trabajar en el kibutz Machanaim. Cuando Nasser expulsó a las tropas de la ONU en el Sinaí en 1967, e Israel se movilizó para la guerra, como muchos judíos europeos, se ofreció a sustituir a los miembros del kibutz, que habían sido llamados a filas. Durante y después de la Guerra de los Seis Días, trabajó como conductor y como traductor para las Fuerzas de Defensa de Israel.

Tras la guerra, comenzó a pensar que la empresa sionista comenzaba a desmoronarse. ​De todos modos, su paso por el sionismo le dio la fuerza moral para poder decir lo que pensaba años después: “En los próximos años Israel va a devaluar, socavar y destruir el significado y la utilidad del Holocausto, reduciéndolo a lo que mucha gente ya dice que es: la excusa para su mal comportamiento”.
Formado en Cambridge, gracias al sistema de becas británico, luego Tony Judt enseñó desde muy joven en el Reino Unido, así como especialmente en los Estados Unidos, donde finalmente moriría, a temprana edad.
Al prolongar sus estudios en Francia, pudo conocer de cerca el ambiente de las grandes Escuelas parisinas (que no admiró demasiado), como tampoco le atrajeron demasiado las ideas revolucionaria del 68 francés (se sentía más bien sionista, por entonces). Su gran descubrimiento, gracias al poliglotismo familiar y personal, fue el de textos de escritores polacos y checos, desde 1990.​
El 4 de octubre de 2006, Judt tenía programado un discurso en el consulado polaco en Nueva York, pero fue cancelado. Según el periódico The New York Sun: «la aparición en el consulado polaco fue cancelada después de que el gobierno polaco decidió que las opiniones del Sr. Judt sobre Israel no eran compatibles con las relaciones de amistad entre Polonia y el Estado judío».​
En 2008, a Judt se le diagnosticó esclerosis lateral amiotrófica. A partir de octubre de 2009, quedó paralizado desde el cuello hasta abajo; murió en 2010.


El historiador
De su interés inicial por la historia de la izquierda en la Francia contemporánea son resultado sus dos monografías: La reconstrucción del partido socialista: 1921-1926 (1976) y Socialismo en Provence, 1871-1914 (1979).
Enseguida abundó en la historia intelectual de Francia: Marxismo e izquierda francesa (1990), y Pasado imperfecto: intelectuales franceses, 1944-1956 (1992), en donde incorporaba informaciones de sus lecturas de intelectuales foráneos. Por entonces pasaba por ser un experto en asuntos franceses contemporáneos, en un entrecruce de ideología, filosofía, política y literatura.
Tony Judt amplió horizontes con su libro ¿Una gran ilusión?: un ensayo sobre Europa (1996); pero volvió a intentar completar sus ideas sobre Francia, discutidas, pero de moda ya, con El peso de la responsabilidad: Blum, Camus, Aron, y la Francia el siglo XX (1998).
De otro tipo fueron sus panorámicas posteriores: Posguerra: una Historia de Europa desde 1945 (2005); y Sobre el olvidado siglo XX (2008), una colección de sus artículos publicados en The New Yorker que habían supuesto su lanzamiento mundial como comentarista y divulgador. En sus últimos diez años, Judt ha participado en muchos debates estadounidenses.
Cierran su obra dos textos autobiográficos, muy difundidos: El refugio de la memoria (2010), y Pensar el siglo XX (2012), este último un largo diálogo con Timothy Snyder, un norteamericano de Ohio veinte años más joven que él.
Su crítica del pensamiento francés le llevó a ciertos desenfoques de su historia intelectual. Defendió los "Estados democráticos y constitucionales fuertes, con una fiscalidad alta y activamente intervencionistas, que podían abarcar sociedades de masas", con lo que se oponía al triunfo financiero y sus avaladores en el siglo XXI.7​En ocasiones, la percepción de esa realidad, ajena, le resultó complicada, pese a su gran eco mediático. Así, el 19 de julio de 1995, Judt publicó un artículo en The New York Times, alabando la decisión de Jacques Chirac de decir al fin la verdad sobre el comportamiento de la Francia de Vichy entre 1940 y 1945, y denunciando el comportamiento vergonzoso, según decía, de los intelectuales franceses; afirmaba que Jean Paul Sartre o Michel Foucault se habrían mantenido silenciosos por sus simpatías hacia el marxismo. Ese juicio lo haría extensivo a otros, como Roland Barthes o Jacques Derrida. Éste respondió en una conferencia parisina de 1997 recordando que, entre otras muchas acciones colectivas de denuncia previas, ya en 1992, varios autores (Debray, Castoriadis, Derrida, Sarraute, Boulez, Piccoli, etc.) habían escrito una carta abierta a François Mitterrand, para que reconociese oficialmente el papel de Vichy,​ aparte del absurdo de citar a Foucault como marxista, o de simplificar las críticas de Sartre o de otros a la historia nacional.​ Cuatro días más tarde, en julio de 1995, el profesor Kevin Anderson, de la universidad de Northern Illinois, publicó una carta en ese periódico, en esa misma línea, ​pero su eco fue limitado.



Críticas
A la muerte de Judt, el historiador Eric Hobsbawm con el que mantuvo discrepancias ideológicas, escribió con cierta ironía: "En mi opinión, su fase francesa combinaba una impresionante erudición con resultados históricamente triviales". Y concluía: "se había hecho un nombre como académico agresivo; su posición básica era de tipo forense: no la del juez sino la del abogado de la acusación, cuyo objetivo no es la verdad ni la veracidad, sino ganar el caso. Preguntarse por las posibles debilidades de la propia posición no es crucial, aunque esto es lo que debe hacer el historiador de los grandes espacios, de los largos periodos y complejos procesos. Pero sus décadas formativas como acusador intelectual no evitaron que Tony se transformara en un historiador maduro, considerado e informado".



Europa, una historia universal

Santos Juliá
4 de noviembre de 2006

El británico Tony Judt traza una panorámica del continente tras la Segunda Guerra Mundial desde tres ángulos distintos: el repliegue político, provocado por el ocaso de sus potencias mundiales; el enfriamiento del fervor político de la Revolución Francesa y del marxismo, y, por último, su conversión en un foco de atracción para individuos y países enteros.

Asegura Tony Judt (Londres, 1940) al comienzo de esta apasionante historia que él no tiene un gran argumento que contar ni una gran teoría que exponer. En realidad, hace ya dos o tres décadas que nadie los tiene: el fin de los "treinta gloriosos" a mediados de la década de 1970 y la caída del socialismo real a finales de los ochenta arrasaron los relatos sostenidos en grandes teorías y en visiones unilineales de la historia. En su lugar, sin embargo, Judt tiene varías líneas argumentales que desarrollar: como ocurre con la misma Europa que, como el zorro, sabe muchas cosas, el autor de este libro tampoco quiere ser como el erizo, que sólo sabe una.
Esas líneas argumentales quedan claras desde el pórtico de Postguerra. Ante todo, ésta es una historia de la reducción de Europa, de la liquidación de sus restos imperiales y del ocaso de sus Estados como potencias mundiales. Es, además, la constatación de la decadencia y fin de los discursos tradicionales: el fervor político que alimentó a Occidente desde la Revolución Francesa se enfrió al tiempo que se liquidaba en el Este la fe en el marxismo como filosofía irrebasable de nuestro tiempo, que dijo Sartre. Hasta aquí, Postguerra sería, pues, la historia de un repliegue político acompañado de una decadencia intelectual. Pero este tipo de argumento choca con la tercera de las líneas que Judt despliega con idéntica maestría: el surgimiento de un modelo europeo, de Europa como polo de atracción para individuos y países enteros. En fin, a esta historia de destrucción y resurgimiento se mezcla la complicada relación con el mundo exterior, en especial con Estados Unidos.






POSTGUERRA. Una historia de europa desde 1945

Tony Judt. Traducción de Jesús Cuéllar y Gloria E. Gordo del Rey
Taurus. Madrid, 2006
1.212 páginas. 29,50 euros

Mantener en tensión estos cuatro argumentos habría sido ya una obra titánica, poco habitual en los tiempos que corren, más dados a historias parciales. Judt sostiene y controla esa tensión. Su recorrido por las ruinas económicas y políticas, pero también morales y culturales, de la posguerra es sencillamente soberbio, como es agudo su análisis de la rehabilitación y de la inmediata llegada de la guerra fría. Ciudades devastadas por los bombardeos aliados, decenas de miles de mujeres violadas por los soldados del Ejército Rojo, niños huérfanos, perdidos por las calles de Berlín, programas de desnazificación. Y, casi sin transición: hay que olvidar todo eso, hay que ponerse a trabajar.
En estos primeros capítulos ya se hace patente lo que constituirá la marca distintiva del ingente trabajo en el que se sostiene la sólida estructura de este libro: la atención al detalle se da la mano con la perspicacia del análisis político; la cita que ilustra un momento decisivo se acompaña de la reconstrucción del clima moral de una época; la indagación en la cultura política se enriquece con la reflexión sobre el papel de los intelectuales; los planes y las iniciativas económicas avanzan a la par que el proceso de reconstrucción de los Estados. ¿Una historia total, entonces? Pues sí, por más que el sueño de totalidad hiciera mutis junto a las grandes teorías, Judt, que carece de gran teoría, ha construido lo más parecido a una historia total que pueda imaginarse.

Que no por serlo anula o fagocita las historias singulares. Porque imbricada con esa historia de Europa van desplegándose las historias individualizadas de cada uno de los Estados y naciones que acabarán formando lo que hoy llamamos Unión Europea. Sin duda, la parte del león se la llevan Alemania, Francia, Reino Unido y Unión Soviética (o Rusia), pero cada vez que el argumento lo exige, aparecen Italia o Polonia, Rumania o la antigua Checoslovaquia. Es también, en este sentido, una historia de Europa al modo tradicional, una historia de Estados y naciones, con una diferencia: la atención prestada a las sucesivas élites dirigentes, a las corrientes de pensamiento, a las producciones culturales, a las modas y modos de vida, introduce una perspectiva transversal que teje una trama narrativa única a la par que diversa, como la misma Europa.

Con estos mimbres, y sostenido en una montaña de información nunca indigesta, el sobrecogedor arranque y la rápida reconstrucción se convierten en distanciamiento irónico cuando el relato se adentra en lo que Judt llama "momento socialdemócrata" y asiste al revoloteo del espectro de la revolución. Aquí, lo que prima es la rebaja de la tensión, como cuando se pierde la ilusión. Ilusión perdida: la socialdemocracia nunca ha sido un proyecto capaz de suscitar los entusiasmos del fascismo o del comunismo; pero riqueza multiplicada, educación generalizada, seguridad garantizada, mayor calidad y duración de vida. Todo esto logrado, ¿qué se podría poner en el lugar de las pasiones políticas?, ¿qué podría sustituir el gran debate entre capitalismo y socialismo, entre liberalismo y marxismo?
Judt aborda entonces las respuestas realmente dadas a este final de la vieja Europa que sigue a aquella revolución que no fue, la del 68, la que buscaba la playa debajo del pavés y al agotamiento del modelo socialdemócrata unos años después. Salen a escena la señora Thatcher y el presidente Mitterrand, personajes -especialmente la primera- por los que siente una evidente fascinación. Ambos, aunque por caminos distintos, toman nota de los resultados de la crisis; ambos liquidan, una por reacción, otro de manera directa, la pesada herencia del viejo socialismo. Y ambos sacan las consecuencias del camino irreversible por el que ha entrado Europa tras la Ostpolitik de Willy Brandt. Una nueva Europa aparece en el horizonte, más desencantada, conocedora de los límites del Estado como sujeto moral.

Es lástima, sin embargo, que en un libro por tantos conceptos extraordinario, el tratamiento que se dedica a España sea tan decepcionante. Salvo dos breves observaciones sobre el poder de la Iglesia católica y la aparición del terrorismo vasco, hay que esperar a los años setenta para que se conceda una atención específica a España en el marco de la transición a la democracia de los tres países de la periferia del sur. Pero la información manejada es deficiente y el relato convencional: calificar a la España que ingresa en la Comunidad Europea de país pobre y agrario es un error que debe ser revisado: una economía que sólo emplea al 15% de su población activa en el sector agrícola no puede calificarse de agraria: Judt debió haber tomado mejor nota de la gran transformación experimentada por la economía y la sociedad española en la década de 1960.

La historia sigue, en todo caso, su curso y lo que Judt nos cuenta de Europa a partir de esa década resultará muy familiar a un lector español: el mismo vandalismo urbanístico, la misma admiración por modelos ajenos, idéntico interés por la nouvelle vague, similar liberación de las convenciones morales impuestas por la religión. Como también resulta familiar la sustitución de las ideologías que anunciaban un nuevo mundo por "el discurso de los derechos" o ese momento socialdemócrata, que en España se fundió con la "tercera vía", la privatización del sector público empresarial y la emergencia de las identidades regionales que florecen por toda Europa.
Postguerra culmina, tras la caída del muro de Berlín, en la consolidación de un modelo de vida europeo que se desarrolla en diversas formas dentro de unos límites territoriales imprecisos, cambiantes, con sus diferencias culturales regionales, con "excepciones" orgullosas de sus identidades separadas, con una red de comunicaciones cada vez más tupida. Europa, dotada de unas instituciones que garantizan un espacio económico común, se define en el ámbito político más por lo que no es que por lo que es: no es una unión de Estados ni es una confederación. Lo que vaya a ser, habrá que verlo: la historia total desemboca en historia abierta.
Mientras tanto, concluye Judt en su postrer meditación sobre memoria e historia, la nueva Europa constituye un éxito notable vitalmente vinculado a un terrible pasado en el que un grupo de europeos pretendió exterminar a otro grupo de europeos en un holocausto sin parangón en toda la historia de la Humanidad. Para que los europeos conserven siempre ese vínculo vital hay que enseñárselo de nuevo a cada generación. Tal es la tarea de la historia, que este libro excepcional cumple de manera admirable.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de noviembre de 2006



LIBROS DEL AÑO

El rescate del siglo XX

'Pensar el siglo XX', testamento intelectual del historiador británico Tony Judt, es el libro del año para los críticos de 'Babelia'


José-Carlos Mainer
28 de diciembre de 2012








Tony Judt, coautor de 'Pensar el siglo XX':
Tony Judt, coautor de 'Pensar el siglo XX': JAMES LEYNSE/CORBIS

1 Pensar el siglo XX

Tony Judt con Timothy Snyder. Traducción de Victoria Gordo del Rey. Taurus
Nadie de los que han votado Pensar el siglo XX como el mejor libro del año lo ha hecho por considerar las tristes circunstancias en las que se produjo y fue escrita esta conversación de Tony Judt, un enfermo de esclerosis lateral amiotrófica que tenía pocas oportunidades de verla impresa, y su colega y admirador Timothy Snyder. En esa misma época angustiosa había surgido también un breve pero intenso panfleto sobre la crisis de civilización que todavía nos aquejaAlgo va mal (2010), y una sugestiva autobiografía ordenada por ámbitos temáticos, El refugio de la memoria (2010), ambos dictados por el autor y transcritos por manos amigas. Lo que sucedió es que todos reconocimos en estos libros la lucidez, la libertad y la inteligencia que nos habían deslumbrado en los dos inmediatamente anteriores, la síntesis histórica sobre la historia europea posterior a 1945, Posguerra (publicado en 2005, traducido en 2006), con enorme éxito internacional, y los brillantes ensayos de Sobre el olvidado siglo XX (2008), escritos casi todos para las exigentes páginas de The New Yorker.








En la conversación se habla a menudo de la doble condición de 'insider' y 'outsider' como formas de socialización y disposiciones de ánimo

Leer algo que se ha escrito con la contumaz voluntad de un testamento impresiona por fuerza. Pero, desde un comienzo, Tony Judt había observado la experiencia de su propia vida como un objeto de historia y en estos libros postreros se aprecian las dotes intelectuales que siempre tuvo: la vehemencia y la brillantez expresivas, la capacidad de evocación de lo concreto y revelador, la legítima soberbia de quien puede ser osado o impertinente, pero sin rozar la autosuficiencia o la pedantería. En la conversación con Snyder se habla a menudo de la doble condición de insider y outsider como formas de socialización y disposiciones de ánimo, y se infiere que Judt se sabía beneficiario de las ventajas de ambas: como historiador fue un insider con resabios de outsider (formado en Cambridge, enseñó muy tempranamente en Reino Unido y en Estados Unidos, pero siempre fue bastante rebelde a consejos, actitudes y supersticiones académicas) y como ser humano fue un outsider con voluntad de insider (fue un judío británico de clase media que cursó estudios gracias al excelente sistema de becas, que siempre echó de menos, y supo lo que debía a las tradiciones pedagógicas británicas). En El refugio de la memoria, el precioso capítulo dedicado a ‘Joe’, su primer profesor de alemán, deja muy claro el orgullo por el propio esfuerzo. Y otro apartado, ‘Palabras’, consigna la deuda con la retórica y la exactitud verbal que aprendió en el King’s College. Y nunca se sintió incómodo por haber sido —como sus compañeros becarios— “al mismo tiempo radicales y miembros de una élite. Es la incoherencia de la meritocracia: dar a cada uno su oportunidad y luego privilegiar a los que tenían talento”. Tampoco resulta fácil clasificarle en virtud de otras decisiones vitales. Se dedicó temprana y brillantemente a la historia intelectual de la Francia moderna, pero nunca estuvo cómodo en el mundo ceremonioso y mandarinesco de las grandes Écoles, donde tuvo la oportunidad de completar su formación. Por edad vivió la conmoción de 1968, pero no sintió el atractivo de la revolución, ni militó en el comunismo, porque en esos años prefirió ser sionista. Y, de hecho, su gran descubrimiento intelectual se produjo, ya en los noventa, cuando empezó a leer (y logró hacerlo en sus lenguas de origen) a pensadores disidentes polacos y checos a los que sus coetáneos anglosajones y franceses habitualmente desdeñaban.







no le quita el sueño la querella de hogaño entre la Historia profesional y la Memoria histórica

El análisis de esta trayectoria marca el sistema conjuntivo que pactaron Snyder y Judt para la escritura de Pensar el siglo XX. El arranque de cada capítulo es un memorándum autobiográfico de Judt que plantea lo sustancial del tema y que va dando paso a las matizaciones, apostillas o sugerencias de su colega y, al cabo, a un diálogo animado entre dos hombres de distinta edad (el entrevistador es veinte años más joven) y biografía (Snyder es un norteamericano de Ohio), aunque ambos compartan el mismo interés por la cultura centroeuropea y la misma aversión a los dos totalitarismos del siglo XX, el fascismo y el comunismo. Snyder escribe al frente de su prólogo que “este es un libro de historia, una biografía y un tratado de ética”, porque recuerda, sin duda, que la definición de historiador que más complacía a Judt era aquella que los hacía “filósofos que enseñan mediante ejemplos”. En las páginas de los capítulos 7 (‘Unidades y fragmentos: historiador europeo’) y 8 (‘La edad de la responsabilidad: moralista estadounidense’), que se refieren respectivamente a la escritura de Posguerra y a la participación en los debates políticos de las revistas norteamericanas de los últimos diez años, encontraremos a un defensor del concepto clásico de la historia (“la historia es un relato moral”), que prefiere como arrimo la referencia de las Humanidades a la de las llamadas Ciencias Sociales y que se confiesa poco amigo de las corrientes poshistóricas de patente francesa, o de las surgidas al calor de los Cultural Studies. Y a quien no le quita el sueño la querella de hogaño entre la Historia profesional y la Memoria histórica, concebida como una suerte de democratización de la primera: “Son hermanastras que se odian —apunta en sus conversaciones— y son inseparables porque comparten una herencia indivisible”. El objetivo de la Historia es la dilucidación de la verdad y no un acto personal de reconciliación o de querella con el pasado: la “verdad de la autenticidad”, le cuenta a Snyder, “es distinta de la verdad de la honestidad. Del mismo modo, la verdad de la caridad es diferente de la verdad de la crítica”.







Pero en los artículos de ese libro no había tenido inconveniente en manifestar su antipatía por la megalomanía obstinada de Juan Pablo II,

No le gustaba que la Historia se haya arrogado la función de corregir el presente, mediante la lectura masoquista del pasado. Como historiador de los acontecimientos del siglo XX, pudo tener la tentación de hacerlo pero la conjuró porque no creyó (como escribió en el prefacio a Sobre el olvidado siglo XX) que aquella centuria fuera solamente “una Cámara de los Horrores Históricos de utilidad pedagógica cuyas estaciones se llaman Múnich o Pearl Harbor, Auschwitz o Gulag, Armenia o Bosnia o Ruanda, con el 11 de septiembre como especie de coda excesiva, una sangrienta posdata”. Pero en los artículos de ese libro no había tenido inconveniente en manifestar su antipatía por la megalomanía obstinada de Juan Pablo II, por la fatuidad vana de Tony Blair, por la soberbia de Jean-Paul Sartre, por los silencios del gran historiador Eric Hobsbawn, a la vez que exponía su consideración negativa de la sociedad belga de hoy y de los errores que parecen presidir los rumbos de la historia israelí después de 1967 y de la rumana de los últimos cien años. En las conversaciones con Snyder, leemos que lo esencial del legado del último siglo no fueron las guerras y los conflictos de identidad nacional, sino que “durante gran parte del siglo nos dedicamos a debatir, implícita o explícitamente, sobre el surgimiento del Estado”, algo que, en puridad, fue herencia del fecundo siglo XIX y desembocó en la opción por “Estados democráticos y constitucionales fuertes, con una fiscalidad alta y activamente intervencionistas, que podían abarcar sociedades de masas complejas sin recurrir a la violencia o la represión”. Y, a despecho de su proclamada renuncia a aleccionar, Judt concluye: “Seríamos unos insensatos si renunciáramos alegremente a ese legado”.
Estas briosas afirmaciones y la nostalgia del pensamiento de quien las dijo es lo que —a mí, cuando menos— me han llevado a considerar estas conversaciones de Judt y Snyder como el mejor libro del año pasado. Hubo otros excelentes, sin duda, pero ninguno nos habla tan claramente de la estirpe rahez del poder financiero y de la estupidez de sus corifeos políticos y periodísticos, dedicados al resignado masoquismo (los sacrificios nos harán dignos de la felicidad futura) y al cuidadoso desmantelamiento de aquello que, desde hace más de cien años, tanto ha contribuido a la libertad y la dignidad de los seres humanos.
Tony Judt

El desafío de pensar

José Andrés Rojo
08 de febrero de 2013
Acaba de publicarse ¿Una gran ilusión? (Taurus, traducción de Victoria Gordo del Rey), un ensayo de Tony Judt basado en una serie de conferencias sobre Europa que dictó en mayo de 1995 en el Centro John Hopkins de Bolonia. "Estas fueron transformaciones irrepetibles, únicas", escribe sobre lo que ocurrió tras terminar la Segunda Guerra Mundial. "Es decir, Europa occidental probablemente nunca volverá a tener que recuperarse de treinta años de estancamiento económico o medio siglo de declive agrario, o reconstruirse tras una guerra devastadora. Ni volverá a unirse por la necesidad de hacerlo, o por la coincidencia de la amenaza comunista y el apoyo estadounidense. Para bien o para mal, las circunstancias de la posguerra, que actuó como la comadrona de la prosperidad de Europa occidental a mediados del siglo XX, fueron únicas; nadie volverá a tener la misma suerte". Vaya, que los hechos que facilitaron la consolidación del Estado de bienestar en ese ámbito singular que llamamos Europa fueron excepcionales. No pueden darse por descontados. Y la simple conservación de lo que se consiguió entonces exige por tanto hoy políticas imaginativas y gestos de largo alcance y una multitud de difíciles y delicados compromisos. Tony Judt comenta que muchas de las preguntas y respuestas que plantea en su libro podrían caracterizarlo como un euroescéptico y, sin embargo, confiesa ser un europeo entusiasta. ¿En qué quedamos? Pues seguramente en el desafío de pensar a contracorriente, hurgando en las contradicciones del proyecto europeo, sacando a la luz sus lacras e insuficiencias, y revelando que el mito de un continente próspero, unido, democrático y cosmopolita está atravesado por fuerzas populistas y provincianas, ancladas todavía en un pasado profundamente traumático, abocadas a la descomposición. Judt puso en escena sus dudas e interrogantes hace ya más de quince años. Todavía no se habían incorporado a la Unión Europea los países del Este, no existía la moneda única y, por tanto, aún era inimaginable una crisis de la eurozona como la que padecemos ahora. ¿Tienen sentido, con semejante distancia, las reflexiones de Judt? Seguramente sí: tocan asuntos medulares a los que en muchos sentidos no se ha dado respuesta y reconstruyen los claroscuros de un proyecto que se enfrenta hoy a un horizonte sombrío. "Si vemos la Unión Europea como una solución para todo", dice Judt, "invocando la palabra 'Europa' como un mantra, enarbolando el estandarte de 'Europa' frente a los recalcitrantes herejes 'nacionalistas' y gritando '¡abjurad, abjurad!', un día nos daremos cuenta de que, lejos de resolver los problemas de nuestro continente, el mito de 'Europa' se habrá convertido en un impedimento para saber reconocerlos".


Tony judt luis magan


Lo que a Judt (la fotografía es de Luis Magán) le preocupaba en el momento de preparar sus conferencias era la ampliación de la Unión Europea hacia el Este. ¿Tenía sentido, era solo una ilusión, un simple gesto paternalista de los países más desarrollados? Si el bienestar había sido el gran logro de la Europa occidental en las últimas décadas, ¿era posible proyectarlo y afianzarlo en esos Estados que venían de un pasado reciente comunista y que habían ido acumulando hondas heridas por no haber podido ser, a lo largo de su historia, suficientemente europeos, siempre marcados por su condición oriental, condenados por su marginalidad?



Judt analiza lo que pasaba entonces. Los datos de un estudio de 1994 le advierten de que la incorporación a la UE de Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría va a resultar más cara de lo que percibían por entonces juntas España, Portugal, Grecia e Irlanda. Pero hay más indicadores: aumenta el desempleo, el crecimiento se paraliza, suben los precios. Y paisajes inquietantes, como son esas poblaciones satélites desoladas, los suburbios deteriorados y los deprimentes guetos urbanos que van imponiéndose en las grandes ciudades del viejo continente. Más cosas: los europeos están envejeciendo y una creciente población de personas mayores descansa sobre los hombros de un grupo cada vez menor de jóvenes. Los votantes empiezan a inclinarse por posturas de extrema derecha y los partidos conservadores tradicionales ya no ven con tan malos ojos los excesos ultranacionalistas y xenófobos. ¡Judt escribía en 1996, parece que habla de hoy mismo!


Y lo que quería entonces era señalar las progresivas carencias democráticas del proyecto europeo, que seguramente hoy son mayores que entonces. Bruselas se sostiene en un ideal de gobierno eficiente, universal, carente de particularismos y regido por el pensamiento racional y el Estado de Derecho. Por tanto, si es necesario saltarse las decisiones de unos parlamentos nacionales un tanto más reaccionarios y que no se ajustan al modelo, pues habrás que saltárselas. El viejo despotismo ilustrado. Tony Judt, sin embargo, no aplaude que se vayan imponiendo esos derroteros y lo que reivindica entonces es… ¡la nación-Estado! Al fin y al cabo, es la más moderna de las instituciones políticas, dice, y subraya que cualquier unidad transnacional suele pecar de déficits democráticos. "También puede ser cierto que la vieja nación-Estado sea una forma mejor para asegurar lealtades colectivas, proteger a los desfavorecidos, promover una distribución más justa de los recursos y compensar el efecto perturbador de los patrones económicos transnacionales", escribe. Cuanto se manifestaba en la segunda mitad de los noventa de manera embrionaria, se ha multiplicado vertiginosamente en los tiempos que corren. Judt ya hablaba de una Alemania arrolladora y de una Francia en declive. Su ensayo ¿Una gran ilusión? sigue ofreciendo materiales de primera mano para enfrentarse al presente. No se lo pierdan.


EL PAÍS






Tony Judt y los maníacos de la pureza

La obra del historiador británico sobre los intelectuales franceses de posguerra desmonta el falso brillo de los grandes conceptos


José Andrés Rojo
29 de enero de 2015

Esa definición, “maníacos de la pureza”, no es del historiador británico Tony Judt sino del periodista y escritor católico François Mauriac. La utilizó para referirse a Emmanuel Mounier, el fundador del personalismo, y a su grupo de la revista Esprit, pero sirve también para calificar a los intelectuales que empezaron a tener una importancia capital en Francia a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y que, de alguna manera, establecieron un modelo, unas pautas, un estilo de colocarse frente a la sociedad, de encarnar la opinión pública, de comprometerse con la marcha del mundo. Se pronunciaban sobre todo, tenían una idea de cada cosa, pontificaban exhibiendo una retórica seductora y brillante. Fueron una suerte de sacerdotes laicos en una Europa donde, tras la inmensa catástrofe de dos guerras mundiales, parecía evidente que las viejas religiones (¿dónde estuvo Dios?) tenían ya poco que decir ante una muchedumbre de desdichados que ya sólo sabían del dolor, la perdida, la humillación, la destrucción, el horror y la muerte.
El libro que Tony Judt dedicó a la actividad de los intelectuales franceses durante los años que van de 1944 a 1956, Pasado imperfecto, es antiguo: se publicó en 1992 y en España se tradujo en 2007. Se trata de un trabajo viejo sobre un asunto mohoso ya, el de los intelectuales. El propio Judt lo comenta en las conclusiones: “El intelectual como héroe es una figura en franco declive”, escribe. Perdieron el aura, y se acusa al mercado de haberlos postergado por su afán de dar salida a productos más banales, más intrascendentes, más ligeros. Aquellos días en que se esperaba que se pronunciaran sobre cada cuestión, en cada momento, para servir de guía, para marcar los derroteros, son cosa ya del pasado. Judt observa que “lo que en realidad se ha perdido, y lo que aún ha de encontrar un sustituto, es la seguridad que se deriva de una política rebosante de confianza, de un conocimiento de ciertas ‘verdades’ simples en torno a la historia y la sociedad”. Vaya, ¿no será que ahora ha vuelto esa “política rebosante de confianza”?, ¿no se oyen acaso por doquier verdades claras y dictámenes rotundos sobre lo que está pasando en este tiempo de crisis? Quizá, efectivamente, los intelectuales no tengan ya donde caerse muertos: en España reinan hoy los profesores y para muchos han recuperado ese componente heroico que tan bien le suele venir a la imaginación romántica. Su retórica, como la de aquellos intelectuales franceses de antaño, es brillante y seductora. Sacan la guadaña verbal y fulminan al adversario. Así que quizá no esté de más volver a Pasado imperfecto, por viejo que sea, por antiguo.

Lo que entonces había, en la Francia que acababa de ser liberada, era un paisaje en ruinas. Ruinas físicas, pero también morales. Ya había advertido Camus que en junio de 1940, con la llegada de los alemanes, terminó un mundo. La Tercera República había revelado su falta de temple, de nervio, su profunda decadencia: no supo responder al enemigo. Luego vino el régimen de Vichy, el colaboracionismo, la ignominia de la expulsión de los judíos. Lo único que podía salvarse era el trabajo de la Resistencia, pero la liberación sólo fue posible cuando desembarcaron las tropas estadounidenses. Así que una idea fue imponiéndose poco a poco, la de que había que hacer tabla rasa. Nada servía, urgía tirarlo todo por la borda. Empezar de nuevo como si nada hubiera pasado.













Jean Paul Sartre.
Jean Paul Sartre.


Salvo los que se implicaron directamente en la lucha contra el invasor, la mayoría de los franceses no tuvieron otra alternativa que plegarse para salvar el pellejo y convivir con la barbarie de los nazis. París siguió siendo una fiesta, así que cuando todo acabó quedó flotando el amargo sabor de la vergüenza y la humillación. De nuevo, Camus: “El odio de los asesinos forjó como respuesta un odio por parte de las víctimas... Desaparecidos los asesinos, los franceses se quedaron con un odio parcialmente desprovisto de objeto. Siguen mirándose unos a otros con un residuo de cólera”.
La cólera de las víctima que han sido devastadas por un furor ajeno, esa suerte de odio vacío que no encuentra un objeto cabal sobre el que volcar su inquina, y el resentimiento y el afán de venganza. Esa atmósfera de desolación lo llenaba todo. Cuenta Judt que, frente a semejantes estragos, el programa del Consejo Nacional de Resistencia era muy vago. Si hubo algo fue, en la línea de Camus, “la instauración simultánea de una economía colectiva y una política liberal”, observa. Pero no hubo ni la organización ni los recursos ni los apoyos necesarios para poner en marcha políticamente esos objetivos. Francia estaba, además, destruida: ya no tenía la autonomía de antes, necesitaba la colaboración de los aliados.
En esas circunstancias llegó la aportación de Sartre y cayó en terreno propicio para florecer, y con mayor lustre en el mundo de los intelectuales. Judt lo cuenta así: “La revolución no sólo iba a transformar el mundo, sino que constituía en sí el acto de la recreación permanente de nuestra situación colectiva, en tanto sujetos de nuestra propia vida. En resumen, la acción (de naturaleza revolucionaria) es lo que sostiene la autenticidad del individuo”. Ése era el mensaje de Sartre y del grupo de Temps Modernes y que, en el caso del católico Mounier se tradujo como una invitación a los franceses a acometer una “revolución espiritual y política”. Todos ellos compartían la idea de que “ponerse de parte de los buenos equivalía a buscar la revolución; oponerse a ella era interponerse en el camino de todo aquello por lo que habían luchado y habían muerto tantos hombres y mujeres”. El momento de transformarlo todo estaba ahí, y los intelectuales se pusieron al frente de la marcha. Las primeras discusiones iban a producirse cuando se iniciaron las purgas y, sobre todo, la purga de los intelectuales que, recuerda Judt, “debía ser un acto social y político de tintes claramente revolucionarios”.
La respuesta a la humillación de la derrota y a ese singular infierno de la ocupación, al que tan bien se acomodaron muchos franceses, fue así la de recuperar la antorcha revolucionaria. Pero en esa recuperación iban a colarse de rondón esas taras que consiguen envenenar de infamia las grandes abstracciones. Bajo la superficie de aquel monumental impulso de metamorfosis podía detectarse ya lo que Tony Judt llama la tesis de la tortilla: “la creencia de que un avance histórico de suficiente importancia vale la pena al margen del precio que sea preciso pagar para conseguirlo”. Y, poco después, escribe: “Ciento cincuenta años después de Saint-Just, la hegemonía retórica ejercida por la tradición jacobina no sólo no había menguado, sino que había tomado de la experiencia de la resistencia un vigor renovado. La idea de que la revolución —la Revolución, cualquier revolución— constituye no sólo una ruptura dramática, un momento de discontinuidad entre pasado y futuro, sino que también es la única ruta viable que va del pasado al futuro, impregnó y desfiguró de tal modo el pensamiento político francés que resulta muy difícil desenmarañar la idea del lenguaje que la ha investido de su vocabulario y sus símbolos”.
Conviene conservar esa idea que sostiene que no hay otra salida que la revolución para saltar del pasado al futuro. La revolución: hacer tabla rasa, tirar lo heredado, castigar a los responsables. Y junto a esa idea, la que la sostiene: pensar que la historia tiene un sentido claro y que, si hace falta pagar unos costes, son los inevitables peajes para conquistar el paraíso. Lo que aterra es observar cómo la fascinación por las grandes abstracciones permite pasar de largo por los horrores concretos del presente. En Pasado imperfecto, Tony Judt quiso sacar a la luz las artimañas de las que se valieron los intelectuales franceses de posguerra para ningunear los dislates del estalinismo y enfrentarse abiertamente a cuantos criticaban al comunismo. Sartre lo había dejado muy claro con una única frase: “Un anticomunista es un perro, de ahí no me apeó ni me apearé jamás”.













Emmanuel Mounier.
Emmanuel Mounier.


El que no está conmigo está contra mí. El intelectual que se arroga la superioridad moral por estar del lado de “los buenos”, el que silencia cualquier reparo, el que con la mayor irresponsabilidad cierra los ojos para mantener viva la buena nueva. Los brutales juicios políticos que se celebraron en Moscú en los años treinta quizá quedaban entonces un poco lejos, pero en la misma época en que los intelectuales franceses celebraban la revolución como la gran panacea que a todos iba a salvar, en los países del Este de Europa los dictámenes de Stalin abrían la puerta a la represión y a la tortura y al asesinato de cuantos no comulgaran con la ortodoxia, por no hablar de la persecución de los judíos, que quedó oscurecida y en un segundo plano. “Cuando se ha establecido un nuevo orden social, el antiguo orden, el Antiguo Régimen y sus élites son por definición ‘culpables”, apunta Judt. El terror queda de esa manera autorizado.
¿Cómo fue posible? ¿Qué mecanismos operaron para que los que debían haber sido particularmente críticos con la barbarie permanecieran en silencio y miraran a otra parte? “Nos guste o no”, escribió Jean Paul Sartre, “la construcción del socialismo tiene el privilegio de que para entenderla uno ha de abrazar su movimiento y asumir sus metas”. Quizá ahí quede apuntado uno de los mecanismos más perversos: sólo desde dentro puede ponerse alguna objeción; hacerlo desde fuera supone siempre darle armas al enemigo. Y otro detalle: estar del lado de los elegidos otorga un privilegio, el de compartir la tarea colectiva de acabar con un régimen podrido. La más mínima crítica es una maniobra orquestada por los otros, ese bloque compacto en el que están todos los demás, llámese Antiguo Régimen, llámense burgueses, llámese casta.
Así que tenían la convicción de estar en posesión de una indiscutible superioridad moral, pero había otro elemento que resulta esencial. Si los intelectuales franceses tuvieron en su día tanto predicamento y marcaron el ritmo al que debían bailar todos los demás, su éxito e influencia creció por otra exigencia que se produce en tiempos de crisis: “Lo que realmente importaba era la acuciante necesidad de dar a nuestras vidas y a nuestra historia un significado”, apunta Judt. Y si se había encontrado una fórmula para satisfacer esa demanda, la fórmula de la revolución, era importante evitar que los horrores del estalinismo no empañaran o lastraran el desafío. Los intelectuales franceses no es que dieran exactamente por buenos los desmanes comunistas, como hacían los militantes del partido, sino que procuraban explicarlos, darles sentido. Merleau Ponty, por ejemplo, consideraba que si la historia tiene un significado, sólo se justifica por el cambio y la lucha, y es el proletariado quien impulsa ese motor. “Si esas premisas son correctas, queda demostrado que las purgas y los juicios de escarmiento celebrados en Moscú en los años treinta no sólo fueron táctica y estratégicamente atinados, sino que también fueron históricamente justos”, comenta Judt al respecto. Este es el plan: “El veredicto del futuro aún no se ha pronunciado. Pero no tenemos más remedio que actuar como si ese veredicto fuera favorable…”.








Tony Judt.
Tony Judt. LUIS MAGÁN


Reinaron entonces los grandes conceptos, las proclamas intachables, el afán justiciero frente cualquier desliz, la sospecha de que el enemigo acecha y que, si te descuidas, te da gato por liebre. La atmósfera de la Guerra Fría facilitó la polarización: quien critica la revolución, y sus desmanes, está del lado del imperialismo estadounidense. Judt habla de una estado de alerta generalizado y recuerda la sagacidad de Simone de Beauvoir, a la que se “la tomaba muy en serio cuando describía películas norteamericanas como Shane o Solo ante el peligro y las tachaba de propaganda militar diseñada para preparar al público occidental de cara a una ‘guerra preventiva”.
“Para el intelectual de mediados del siglo XX, desencantado con las promesas fallidas del siglo XIX, el comunismo supuso la única perspectiva aún firme de que el mundo volviera a tener ilusiones de futuro”, escribe Judt. Por tanto, el desafío era proteger esa ilusión, no rebajar el entusiasmo y cerrar los ojos ante cualquier complicación. Y si en los países europeos del Este se estaban masacrando los derechos humanos, eran los derechos humanos los que se habían convertido en un problema y ya no servían, por tanto, ni como promesa ni como solución.
En la batalla que libraron los intelectuales franceses por salvar como fuera esa ilusión de futuro, y encontrar de paso el calor que tanto se anhela en medio del duro frío de un mundo devastado, uno de las artimañas más perversas para evitar cualquier autocrítica fue señalar a los otros. Tony Judt: “La inmensa mayoría de los escritores, artistas, profesores y periodistas no estaban a favor de Stalin: eran contrarios a Truman. No estaban a favor de los campos de concentración: estaban contra el colonialismo. No estaban a favor de los juicios de escarmiento en Praga: estaba en contra de las torturas en Túnez. No estaban a favor del marxismo (salvo en teoría): estaban en contra del liberalismo (especialmente en teoría). Y, sobre todo, no estaban a favor del comunismo (salvo sub specie aeternitatis): estaban en contra del anticomunismo”.
En ese viejo libro que trata, además, de una especie en extinción, el escritor británico comenta ya casi al final, con un deje de melancolía, que “habrá intelectuales franceses durante muchos años por venir; todos ellos dirán sandeces de vez en cuando, y algunos dirán sandeces a todas horas”. Se refería a ese permanente afán de pronunciarse, de pontificar, de señalar el camino, de localizar a los enemigos, de proyectar paraísos, de dictar soluciones simples para problemas complejos, de pegarse a las abstracciones frente al desorden del presente. “Se trata de una forma de poder, y ésa es la razón de que resulte tan atractiva…”, escribe. Y termina acordándose de Montaigne: “Nadie está libre de decir sandeces. Lo penoso es cuando se dicen de forma memorable”.
Tony Judt. Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses 1944-1956. Traducción de Miguel Martínez-Lage. Taurus. Madrid, 2007 (Tony Judt, 1992). 434 páginas. 22 euros.




BIBLIOGRAFÍA
  • La reconstruction du parti socialiste: 1921-1926. Presses de la Fondation nationale des sciences politique (1976)
  • Socialism in Provence 1871-1914: A Study in the Origins of the Modern French Left (1979)
  • Marxism and the French Left: Studies on Labour and Politics in France 1830-1982 (1990)
  • Past Imperfect: French Intellectuals, 1944-1956 (1992)
  • A Grand Illusion?: An Essay on Europe (1996)
  • The Burden of Responsibility: Blum, Camus, Aron, and the French Twentieth Century (1998).
  • Postwar: A History of Europe Since 1945 (2005)
  • Reappraisals: Reflections on the Forgotten Twentieth Century (2008)
  • Ill Fares the Land (2010)
  • The Memory Chalet (2010)
  • Thinking the Twentieth Century (2012), diálogo con Timothy Snyder.



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