"Yo podía quizás haber sido, lo digo sin un ápice de sarcasmo, el 'escritor obrero' que al parecer faltaba en el prestigioso catálogo de la editorial."
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Juan Marsé, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma,
Ángel González y José Agustín Goytisolo. |
"Procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje."
Juan Marsé, una vida
'Mientras llega la felicidad', biografía del escritor barcelonés escrita por Josep Maria Cuenca, además de ser un retrato generacional, proyecta luz en algunos aspectos de la vida del autor de 'Últimas tardes con Teresa'
Elena Hevia
Barcelona, 2 de abril de 2015
Juan Marsé recuerda con ironía las palabras de ese gran fatalista que es Cioran: «Es bien curioso observar cómo la perspectiva de tener un biógrafo no ha disuadido jamás a nadie de tener una biografía». Con ese ánimo se ha enfrentado como sujeto paciente, lo que tiene mérito tratándose de él, a la biografía en la que Josep Maria Cuenca ha trabajado durante seis años y que acaba de aparecer bajo el título 'Mientras llega la felicidad' (Anagrama). Resignado, matiza el escritor ante el resultado: «Mi biografía me complace, mi vida... no tanto. Hay algún desacuerdo entre lo que pudo haber sido y no fue».
Según Cuenca no hubo arduas negociaciones para lograr su objetivo, pero sí una inagotable insistencia por su parte. «Quizá no tenga sentido que Marsé se plantee unas memorias porque ya están en sus novelas, pero una biografía, como mirada externa sí lo tiene». «De entrada le dije -asegura Marsé respecto a su biógrafo- que yo no merecía una biografía. Luego le previne de caer en la tentación de pergeñar una hagiografía». En el capítulo de las condiciones previas, y bien conocida la proverbial sinceridad del autor, poco dado a las diplomacias cortesanas, asegura Cuenca que previo a las horas y horas de conversación pidió al autor que no le ahorrase ningún episodio de su vida. «Lo cual no supone contarlo todo».
Marsé puso a disposición de Cuenca un ingente aluvión documental de cartas y papeles. «Aunque Marsé es sistemático y esmerado en su trabajo, un artesano en el sentido más digno de la palabra, en términos prácticos es un puro caos», reconoce el biógrafo con cariño. Esa documentación, cribada y archivada, ampliada en hemerotecas, unida a horas y horas de entrevistas en el entorno del autor, ha dado lugar a un libro que proyecta una significativa luz en algunas zonas de su vida y se convierte también en el retrato colectivo de su entorno cultural. Estas son algunas de las estaciones en las que se detiene la biografía.
LA ADOPCIÓN La vida de los escritores, en general, no suele ser muy trepidante, pero en el caso de Marsé, su origen, del que él ha hablado sin tapujos en numerosas entrevistas, tiene todos los ingredientes de un buen melodrama. Aunque él se ha empeñado en vivirlo sin conflicto. La versión conocida hasta el momento es que la adopción de Marsé, nacido Juan Faneca, fue cerrada en un taxi, que recogió a sus futuros padres cuando estos acababan de perder a un hijo, nacido muerto. El taxista, padre biológico de Marsé, les ofreció a la criatura, que acababa de quedarse sin madre. La biografía de Cuenca, tras una exhaustiva investigación, revela que esa historia es incierta, que los padres biológico y adoptivo se conocían, ambos militaban en el Estat Català (lo no que no deja de ser paradójico, si se tienen en cuenta las escasas simpatías del escritor frente al nacionalismo) y los Marsé no perdieron ningún hijo. Esa fue una historia -'Imprime la leyenda', que diría John Ford- que inventó su madre para paliar su posible sentimiento de abandono. «No solo comprendo los motivos de mi madre -dice hoy Marsé-, sino que es la versión que yo prefiero. Ella me lo contó así para protegerme. Lo mismo hace la buena literatura con nosotros».
LA NIÑEZ El niño Marsé fue criado por una mujer fuerte y un padre muy cariñoso, pero «un tarambana de campeonato», a decir de Cuenca. El biógrafo rebate en su libro el mito de una infancia infeliz: «Marsé fue un niño extremadamente querido y en términos afectivos no le faltó nunca nada. Eso explica que no quedara traumatizado por su origen en absoluto, aunque el tema de la ausencia o la conflictividad con el padre esté presente a lo largo de toda su obra».
EL APRENDIZAJE Uno de las aportaciones más emocionantes de la biografía es la recuperación de las cartas que un jovencísimo Marsé cruzó con la hoy olvidada escritora catalana Paulina Crusat, que fue la primera persona con la que pudo alimentar y fijar sus intuiciones sobre la literatura. «Releyendo esa correspondencia -asegura Marsé- he constatado una vez más lo paciente, considerada, inteligente y cariñosa que esta admirable mujer fue conmigo».
LAS AMISTADES Desfilan por la biografía, entre muchos otros, dos de los grandes amigos del escritor, ambos desaparecidos, el editor y poeta Carlos Barral y el poeta Jaime Gil de Biedma. El minucioso Cuenca no ha encontrado pruebas de lo que sostiene Miquel Dalmau en su biografía de Jaime Gil, según la cual este en un principio se habría sentido atraído por el narrador proletario. «Creo que eso carece de relevancia. Gil de Biedma luchaba por sus amores como luchamos todos, pero enseguida captó la transparencia de Marsé. Lo que sí me consta es que su amistad fue muy criticada en el entorno de la Gauche Divine, no por motivos amorosos, sino intelectuales o de clase social».
LAS ENEMISTADES Hombre de lengua contundente, incapaz de ocultar lo que realmente siente cuando se lo preguntan, la proverbial sinceridad de Marsé ha alimentado no pocas polémicas. La más conocida de todas ellas está relacionada con Baltasar Porcel, con quien cruzó todo tipo de pullas, prácticamente hasta la muerte del escritor mallorquín, que también respondía con la escopeta cargada. Otros famosos desencuentros, especialmente con Luis Goytisolo -y también con su hermano Juan-, están relacionados con el debatido fallo del Premio Biblioteca Breve que recayó en 'Últimas tardes con Teresa'. «En esa novela-explica Cuenca- criticaba con nombres y apellidos a gente que estaba en el jurado. A mí me gusta su ausencia total de cálculo. Marsé ha ido por libre y ha pertenecido a algunos grupos, pero no ha pagado jamás peaje por ello».
AMORES Si algo se desprende de la biografía de Marsé es la constatación de su éxito con las mujeres, aunque él mantenga en ese terreno la máxima discreción. «Manuel Vázquez Montalbán solía decir -añade Cuenca- que Juan se parecía a Marcello Mastroianni». El escritor tuvo una relación con la escritora Helena Valentí, quien más tarde vivió un amor mucho más complejo con Gabriel Ferrater, y también con Bel, Isabel Gil Moreno, musa de Gil de Biedma. A su esposa, la extremeña Joaquina Hoyas, madre de sus dos hijos, la conoció cuando esta trabajaba como peluquera y señora de compañía de una marquesa. «No me pareció ni bien ni mal, ni blanco ni negro, ni todo lo contrario», explicó al biógrafo Joaquina para describir el primer encuentro de la pareja.
POLÍTICA Catalán (es su lengua materna) que escribe en castellano, la figura de Marsé nunca ha sido bien recibida en los círculos nacionalistas -Cuenca habla de verdadera «aversión» al respecto- y el autor y premio Cervantes jamás se ha coartado a la hora de demostrar su disidencia con su habitual socarronería. La biografía evoca, entre otros, el intento del editor Miquel Alzueta en la década de los 90 de convencer en vano al autor para que escribiera en catalán, aunque solo fuera una vez, una novela que muy bien podría haberse llamado 'Sentiments i centimets', un título que en realidad es una broma que Marsé suele hacer de tanto en tanto. Más significativo es el relato de un editor y crítico -la biografía no revela su nombre- que fue testigo de cómo en 1985 el 'conseller' de Cultura Joan Rigol admitió que no podía incluir a Marsé en el 'Pacte Cultural'. «Porque si lo hago los míos me devoran», dijo, al parecer. Cuenca considera que al escritor se le ha mantenido en un cierto ostracismo en las instancias nacionalistas «sencillamente porque él nunca se ha sentido obligado a mantener una obediencia ideológica. Es por eso que cuando Ferran Mascarell intentó hacerle un homenaje oficial en ocasión de su 80º cumpleaños, en el 2012, Marsé se negó en redondo».
"Un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria, sea ésta personal o colectiva. No hay literatura sin memoria".
Juan Marsé
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Juan Marsé
Sciammarella |
"No me considero un intelectual, solamente un narrador."
Juan Marsé
Respuesta a Juan Goytisolo
Juan Marsé
Calafell, Tarragona, 28 de julio de 1990
La edición de EL PAÍS del 27 de julio publicó un artículo firmado por Juan Goytisolo con el título Manuel Puig. Dicho artículo contiene una ofensa a la memoria de Carlos Barral como editor y también a "un autor, por otra parte, muy estimable", y que no es otro que el que esto suscribe. Como es sabid -el propio Carlos lo cuenta en sus memorias, sin ocultar sus preferencias literarias-, mi novela Ultimas tardes con Teresa compitió con La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig, en la recta final de las deliberaciones del premio Biblioteca Breve 1965, resultando ganadora últimas tardes... En su artículo, Juan Goytisolo se lamenta de este resultado y afirma que Carlos Barral manipuló al jurado del premio, formado por Marlo Vargas Llosa, Salvador Clotas, Josep María Castellet, Luis Goytisolo y el propio Carlos. Dice Juan Goytisolo: "Por el testimonio escrito u oral de tres miembros del jurado, supe que la novela de Manuel Puig había resultado victoriosa en las votaciones, pero la oposición encarnizada de Barral y su amenaza de liquidar el premio lograron imponer a la fuerza a su candidato -un autor, por otra parte, muy estimable-, a quien por lo visto había otorgado el galardón previamente". ¿Previamente a qué?, ¿al fallo del jurado? Aun cuando ya éramos muy amigos, Carlos Barral jamás me garantizó el premio, y por supuesto tampoco lo hicieron los demás miembros del jurado. Ahora bien, Carlos tenía perfecto derecho a preferir mi novela a la de Puig y a esgrimir esa preferencia frente al criterio de los demás -secundado en todo momento, según me contó después, por Mario Vargas Llosa y, al final, por Salvador Clotas. Juan Goytisolo afirma en su artículo que Barral logró "imponer a la fuerza a su candidato" y califica su gestión de "alcaldada", lo cual es una acusación grave y ofensiva para los demás miembros del jurado, cuya independencia de criterio y honestidad me consta. Carlos Barral no impuso mi novela por la fuerza, y no creo que Marlo Vargas ni Castellet ni Clotas o cualquier otro jurado se lo hubiera permitido. No hubo ninguna "alcaldada" contra el "afeminado, vulnerable y frágil" -así de patético lo describe Goytisolo, y ya son ganas de describir- escritor argentino recientemente fallecido. Ciertamente, Carlos no fue nunca un entusiasta de la novelística de Puig, y, equivocado o no, estaba en su derecho -la literatura es una cuestión de gustos, es decir, de limitaciones-. Por cierto, el gran editor y lector Carlos Barral tampoco fue nunca un entusiasta de las novelas de Juan Goytisolo, llegando incluso, gracias a su buen olfato (ese mismo olfato que Goytisolo irónicamente le niega) a rechazar alguna obra suya. También ahí, equivocado o no, estaba en su derecho.
Ésta es la historia de una malquerencia incubada años ha, y Manuel Puig ha sido esgrimido como lanza. Y me parece tristísimo y lamentable esta última lanzada a Carlos, cuando ya no puede defenderse. ¿Por qué Goytisolo, azote del machismo y heroico paladín de la morería y de almas delicadas e indefensas, no denunció esa supuesta "alcaldada" en su día? ¿Por qué ha esperado a la muerte de Barral y de Puig?
Juan Goytisolo es el único escritor que conozco al que le gusta sacarse en procesión a sí mismo; incluso cuando habla de otros escritores, no hace otra cosa que hablar de sí mismo. Su enfermiza manía de que en España no se le reconocen suficientemente sus méritos literarios, que se le desdeña y se le ningunea, constituía no hace mucho tiempo una verdadera lata. Veo que sigue con el mismo rollo, y después de cabalgar a Blanco White, a Luis Cernuda y a otras sombras prestigiosas, ahora le toca al bueno de Manuel Puig. Pero los motivos del lance son bien claros: no se trata tanto de desfacer entuertos como de ajustar una vieja cuenta pendiente con Carlos. Qué triste.
* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 28 de julio de 1990.
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| Juan Marsé y Últimas tardes con Teresa |
Últimas barracas del Carmelo
Juan Marsé
10 de noviembre de 1990
¿Me preguntas por el Pijoaparte? Quién sabe por dónde anda. Me lo figuro a veces malviviendo por ahí, no sé dónde exactamente, pero, desde, luego en Barcelona. Nunca se fue de la ciudad, a pesar de las derrotas. Espoleando la imaginación, tumbado tranquilamente en un camastro con las manos en la nuca, los Ojos en el techo y fumando un cigarrillo; lleva un pulcro pantalón de verano color crema y zapatos blancos y marrones, el torso desnudo tal vez con un tatuaje, la muñequera de cuero... Debe de andar por los cincuenta y tantos, hay que ver cómo pasa el tiempo, pero no puedo dejar de verle guapo todavía, porque siempre fue guapo en mi memoria y porque así pervive en la otra memoria del barrio, en las soleadas laderas del monte Carmelo. No sé en qué está pensando. Pero en sus negros cabellos peinados hacia atrás se puede aún rastrear un esfuerzo secreto e inútil, una esperanza mil veces frustrada, pero intacta: es -todavía, a pesar de algunas canas- uno de esos peinados laboriosos donde uno encuentra los elementos inconfundibles de la cotidiana lucha contra la miseria y el olvido, esa feroz coquetería de los grandes solitarios y de los ambiciosos superiores.. .Puedo imaginármelo así, pero no distingo nada más a su alrededor, más allá de ese camastro en medio de la penumbra: podría hallarse en el cuartucho de una pensión barata o en el dormitorio de un piso de promoción pública de Can Carreras (Nou Barris) o en el exasperado barrio del Besós. No sé. Puedo figurármelo casado y con hijos, e ignoro cómo se ha ganado la vida estos últimos 30 años, desde que abandonó el Carmelo (si es que lo abandonó), ni si ha seguido alimentando aquellos sueños de dignidad y dinero que iluminaron fugazmente un verano que nunca olvidará, una isla estival y mítica que quedó atrás para siempre con su desorden de besos y de peligros... Lo que sí veo es que alguien abre la puerta para decirle:
-Oye, van a derribar las últimas barracas del Carmelo.
-¿Y qué?
-Pensé que te interesaría. ¿No vivías allí, en una de esas barracas, hace muchos años?
Podría ser una mujer la que le habla, siempre habrá una mujer a su lado, dondequiera que esté. Él tarda un poco en contestar:
-Está bien. Déjame solo.
Otra vez solo, mirando al techo. Su situación me recuerda al sueco Ole Andreson / Burt Lancaster esperando en la cama a los dos pistoleros que han de matarle; esperando y pensando en Ava Gardner, aquel espejismo de terciopelo negro que arruinó su vida. Pero en lo que él debe de estar pensando ahora es en las piquetas derribando las barracas en la calle de Francisco Alegre, y ve otra vez la calle de la Gran Vista, y la calle de Malliberg, y la vieja torre del Cardenal, y el bunker del Carmelo donde los chavales jugaban a guerras. Y presiento que tal vez él también nota esas piquetas y excavadoras acosándole, y me pregunto si ha leído en la prensa, si conoce los objetivos de ese documento nacionalizador de la Generalitat, inspirado en unas notas o apuntes del president Pujol, con propuestas de control policial e ideológico en diversos estamentos de la sociedad. ¿Acaso no es para asustar a cualquiera, sea charnego integrado o catalán de la ceba ese cualquiera, semejante voluntad de intervenir, infiltrarse, vigilar, controlar y manipular los medios de comunicación y las escuelas y las empresas y la mente de los ciudadanos?
Pero no estoy seguro de que las meditaciones del charnego solitario, cercado por esa maquinaria infernal, tumbado en un camastro que flota extraviado en el tiempo y el espacio, se centren en tan actuales y aburridas cuestiones. No, creo que no. Me juego un huevo y parte del otro que sigue pensando en sus encuentros con Teresa en el Carmelo. No consiguió hacerla suya entonces, hace 30 años, no fue aceptado y se le cerraron las puertas del éxito y del prestigio social, todo fue un espejismo.
Y ahora ya lo ves, compañero (déjame llamarte así todavía, como si los dos aún cabalgáramos la fogosa Ducati en pos de un sueño), la piqueta derriba tu mísera chabola y te ofrece a cambio un piso supersocial de pulidas baldosas y finos sanitarios marca catalana para que te integres (para que cagues y mees en catalán, por lo menos, ya que tanto te cuesta hablarlo, puñetero). Aunque dime tú, zarandeado por tantas falacias, si todo eso no es también un espejismo.
Pero, bien pensado, ¿de qué se compone la vida sino de espejismos?
* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 10 de noviembre de 1990.
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| Gil de Biedma, Barral y Marsé, a finales de los años 60. |
Verano del 89
Carlos Barral murió el 12 de diciembre de 1989; apenas un mes después fallecía Jaime Gil de Biedma. Juan Marsé evoca ahora secuencias de los meses de julio y agosto de 1989 en Calafell, donde los dos escritores pasaron su último verano.
Juan Marsé
5 de enero de 1991
Cuando se cumple un año de la muerte de Carlos Barral y de Jaime Gil de Biedma, desaparecidos ambos con menos de un mes de diferencia y la Navidad de por medio, me acuerdo de los meses de julio y agosto de 1989, de los días apacibles y luminosos de aquel verano que había de ser el último para los dos poetas amigos. Y he vuelto a ver a Jaime apoyado en su bastón y parado sobre el césped, un día que se aventuró solo y ya desvalido por el jardín, escrutando por entre los pinos y más allá del huerto de Joaquina la reverberación festiva del mar a lo lejos, enumerando tal vez la espuma lenta y desasosegada de las olas y de los recuerdos, de los sueños y de la vida que ya se le estaba yendo. Y he vuelto a ver a Carlos caminando descalzo por la playa y luego sentado en la terraza de L'Espineta, apagando la brasa del cigarrillo en la planta callosa del pie desnudo y escrutando desde mucho más cerca y con furia contenida ese mismo mar, ese mismo sueño corrompido de la infancia y ese mismo desasosiego de la vida. Asistido en todo momento por Josep Madem y rodeado de las atenciones y el cariño de todos los amigos, Jaime Gil se alojó ese verano en mi casa de Calafell. Pasaba muchas horas sentado en el jardín, a la sombra del algarrobo de tres troncos ceñidos por una efusión de flores, con su batín y su copa de cava, leyendo a ratos pero sin poner mucha atención, con la mirada descreída y una gestualidad desganada al pasar las hojas del libro -un libro estrambótico y patriotero que había encontrado en un estante de mi estudio junto con otras rarezas, y que hizo reír a Carlos cuando lo vio en sus manos, Bailando hasta la Cruz del Sur, de Rafael García Serrano. Había pensado Jaime que aquella prosa artillera al servicio de la Sección Femenina y del Régimen podría tal vez divertirle, pero en realidad lo aburrió y lo irritó. Cerraba el libro a menudo y entonces sus ojos claros, velados por una fatiga indecible, vagaban mirando nada hasta posarse en los cigarrillos o en la copa de cava, que su mano tanteaba sobre la mesa, sin dar con ella: la vista le engañaba, erraba las distancias y las formas. Fumaba muchos cigarrillos y comía cantidades asombrosas de yogurs que Josep y Joaquina fabricaban incesantemente en una yogurtera. Se encontraba Jaime en una fase avanzada de la enfermedad, tenía problemas de equilibrio y alguna ocasional dificultad en el habla: él, que había sido el más ingenioso, inteligente y divertido conversador que yo haya conocido. Pero estaba animado y lúcido la mayor parte del tiempo, disfrutaba con los aperitivos y las comidas m el jardín en compañía de los amigos, con el cava y las golosinas, con las visitas de Carlos e Yvonne, de Ana María Moix y Rosa Sender, y no pensábamos, o no queríamos pensar, en la crisis terminal que sólo unos meses después, en Barcelona, había de postrarle definitivamente.Puedo fijar la imagen y estamos otra vez sentados bajo el algarrobo, Carlos y los demás bebiendo vino en vasitos pequeños, Jaime saboreando su cava con parsimonia, receloso del vigor ya inestable de su mano y de un sistema nervioso que empezaba a no controlar. Vuelvo a ver a los dos poetas amigos repentinamente extraviados en la sonoridad fabulosa de una palabra, de una frase pronunciada como al azar, inconclusa y aparentemente sin sentido que a Jaime se le queda a medias en la boca, que no acierta a expresar, una palabra que ahora mastica como si fuera una ceniza amarga, y puedo tropezarme otra vez con la mirada estremecida de presagios funestos.
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| Juan Marsé y Jaime Gile de Biedma, en el centro de la imagen |
Carlos solía pasar por casa para charlar un rato y tomarse unos vinos, venía al mediodía o al caer la tarde caminando desde su casa de la playa en compañía de Yvonne, que siempre le traía a Jaime pasteles o lionesas. Se adentraban en el jardín llamando a voces. Carlos, siempre descalzo con su bastón y su gorra de capitán, la camisa caqui desabrochada con los faldones atados a la cintura, erguido, frágil, un poco jadeante, un poco angustiado, fatigado por la subida de la cuesta y por quién sabe qué presagios funestos. Era de naturaleza aprensiva, y la decadencia física del amigo podía afectarle a veces de forma repentina y entonces la angustia se reflejaba en su cara. En tales ocasiones conseguía vencer esa angustia dejando asomar el personaje entrañable y mitológico que llevaba dentro, ayudándose con aquella artificiosa elegancia verbal y gestual que algunos habían llegado a confundir con la impertinencia y esgrimiendo toda clase de artimañas para imponer una conversación irreal y agradecida, poniendo a Jaime a salvo -y, de paso, a sí mismo- de la ignominia del paso del tiempo y de los achaques de la mente, de la propia enfermedad y de la muerte. Quién iba a imaginar, viéndole así, que nos dejaría antes que Jaime.
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| Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Carlos Barral y J.M. Castellet, posando frente a los talleres de Seix Barra. |
Por aquellos días Carlos trabajaba en los primeros capítulos de lo que tenían que ser sus memorias de infancia, y solía hablamos de las lecturas que le estimulaban y de otro proyecto momentánemente aparcado, una novela. Recuerdo cuán delicadamente exponía a la consideración de Jaime determinados recovecos de la memoria infantil que a él se le antojaban espejismos, ensoñaciones tal vez del subconsciente, deseos frustrados o remotas adherencias de anhelos ajenos o de vidas imaginadas, y recuerdo cómo recababa luego su opinión sobre tal o cuál sentimiento, en un afán inútil, casi patético, por azuzar y despertar el interés emocional e intelectual del amigo enfermo, hacer brillar de nuevo aquella hermosa inteligencia y aquella sensibilidad de Jaime que tantas veces, durante tantos años, en parecidas ocasiones de amigable conversación y de copas, nos había deslumbrado: el arte de conocer y analizar sinceramente las relaciones de uno consigo mismo y con los demás, el arte de vivir, en fin, un arte difícil y hermoso ya para siempre asociado a Jaime...
He intentado sin éxito establecer un orden cronológico de estas jornadas en Calaféll, un encadenado lógico de secuencias atribuladas cuyo tema central sería la muerte de doble faz, la previsible de Jaime y la enmascarada de Carlos, y he vuelto a sentir aquella impotencia y aquel desconcierto que me invadía a ratos junto a Jaime aquellos días al verlo de pronto no sé si tan ensimismado o justamente lo contrario: tan ausente de sí mismo, tan relegado al olvido, diríase que por decisión propia y sin pesadumbre. Quizá no era más que una forma de consuelo que yo me busqué. Llegó después el otoño y el súbito desenlace. En su casa de Barcelona, un mediodía de diciembre, Jaime recibió de labios de Josep Madem la noticia de la muerte de Carlos y mostró cierta perplejidad, pero no hizo ningún comentario, tal vez -dijo después Josep- porque ya no se daba exacta cuenta de las cosas. Ciertamente, por la noche ya no se acordaba. Sentado frente al televisor, le comentó a Josep cuando éste volvía del trabajo: "En las noticias acaban de decir que Carlos se ha muerto". Fue lo único que dijo, y tampoco ahora pareció acusar el golpe, como si él ya hubiera asumido esta desolación ungiéndola a la que no tardaría en venir.
* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 05 de enero de 1991.
Juan Marsé gana el Premio de la Crítica por su novela 'El embrujo de Shanghai'
Trapiello obtiene el galardón de poesía en castellano, y Atxaga, el de narrativa en euskera
Rosa Montero / Adolf Beltrán
Valencia, 9 de abril de 1994
Juan Marsé se ha ganado a los críticos. Su novela El embrujo de Shanghai ha logrado el Premio de la Crítica española de este año, cuyo fallo se dio a conocer ayer en Valencia. Andrés Trapiello, por otra parte, fue distinguido en el apartado de poesía en castellano, mientras Bernardo Atxaga fue el primero en narrativa escrita en euskera. Jordi Coca, Enric Cassassas, Suso de Toro, Xullo L. Valcárcel y Rikardo Arregui Díaz de Heredia son los otros galardonados entre los escritores en lenguas catalana, gallega y vasca, respectivamente. Marsé acogió el premio con gran alegría y lo "dedicó" a su antiguo rival Baltasar Porcel. Trapiello, aunque satisfecho, se mostró decepcionado por la situación de la poesía en España.
Calificado por Juan Ángel Juristo, miembro del jurado, como uno de nuestros mejores novelistas desde la guerra civil", Marsé, de 61 años, no tuvo problemas para imponerse como ganador. De hecho, varios críticos señalaron que el escritor podía haber obtenido el galardón -que es honorífico, ya que no está dotado económicamente- con algunos -de sus anteriores libros. No hubo demasiada discusión, por tanto, aunque dos jóvenes autores, Enrique Vila-Matas y Belén Gopegui, como apuntó Rafael Conté, fueron especialmente valorados por el jurado, integrado por una veintena de críticos de los más importantes medios de comunicación. En el libro premiado, según Juristo, Marsé ha quitaesenciado elementos del lenguaje usados por él anteriormente y abunda en temas propios de su literatura para conseguir "un resultado de fascinación poco común". Andrés Trapiello, por su libro Acaso una verdad (PreTextos), fue el ganador entre los poetas en lengua castellana de este galardón de la crítica, que no puede ser otorgado más de una vez a ningún escritor en sus apartados. de castellano, aunque sí puede ocurrir en lo que se refiere a otras lenguas hispánicas. Según el crítico Miguel García-Posada, la obra de Trapiello es fiel a las dos direcciones que han caracterizado su carrera poética: la reelaboración de formas de origen modernista y la ejecución de poemas de "andadura menos imitativa". Su libro, en opinión de este crítico, aporta "una verdad profunda del vivir y del morir", alejada de especuláciones culturalistas. Obras Juan Luis Panero y Rafael Guillén estuvieron presentes en la discusión de los críticos sobre este apartado de poesía.
Jordi Coca, con Louise, un conte sobre la felicitat, y Enric Cassassas, con No hi érem, fueron los ganadores en narrativa y poesía catalanas. Suso de Toro, por su libro Tic-tac, y Xulio L. Valcárcel, por Memoria de agosto, lograron los premios en lengua gallega. Bernardo Atxaga, con Gizona bere bakardadean (El hombre solo), que estos días se publica en castellano, y Rikardo Arregui Díaz de Heredia, con Hari hauskorrak (Los hilos frágiles), ganaron en el apartado dedicado al euskera.
Atxaga recibió la noticia del premio con auténtica sorpresa. "Este año ha habido en el País Vasco varias novelas y libros de cuentos muy notables. Ha sido una buena cosecha". Pero los críticos han elegido su novela como la mejor publicada en euskera. "Los premios siempre ayudan. Como cuando armas una empalizada con cerillas. Una más viene bien".
"La poesía vive en un gueto"
Trapiello (León, 1953) se mostró dolido y crítico con la situación de la poesía en España. o es ni siquiera la cenicienta de la literatura. Si acaso, es la ceniza, lo que todos pisan como una alfombra camino de ninguna parte. La poesía vive hoy en un gueto de poetas y 300 lectores: es víctima de un exterminio deliberado y sin embargo ¿cómo poder vivir sin los grandes poetas, Cervantes, Gutiérrez Solana, Stendhal, Machado, Leopardi, Shakespere ... ?". Y añadió: "Han reducido la poesía a una actividad de bricolage y equiparan a los poetas con las señoras que hacen flores de trapo. Hoy mismo [por ayer] leo con tristeza las declaraciones de nuestro ruidoso Nobel: la poesía es una cosa de maricones', viene a decir. Cervantes estaba orgulloso de sus versos, que no le reconocieron, y Unamuno penó toda su vida por que acogiesen con afecto aquellos poemas suyos llenos de brío y alma. Lo que no es la poesía es cosa de horteras ni de bocazas, sino de gentes solitarias y silenciosas" Andrés Trapiello se refiere a unas declaraciones de Cela, publicadas ayer en el suplemento Babelia. "Un poeta es un hombre insatisfecho, de ahí que esta sociedad, ahíta y satisfecha, no quiera saber nada de unos hombres, maricones y no maricones, que seguimos preguntando sobre el amor y la muerte bajo la guadaña del tiempo, eso tan breve, eso donde no cabe la vanidad", concluyó.
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| De izquierda a derecha, Esperanza Aguirre, Rogelio Blanco, director general del libro; Virgilio Zapatero, rector de la Universidad de Alcalá; Ángeles González-Sinde, doña Sofía, Juan Marsé, don Juan Carlos, José Luis Rodríguez Zapatero, Sonsoles Espinosa y Bartolomé González Jiménez, alcalde de Alcalá de Henares.ULY MARTÍN |
Juan Marsé, fabulación y memoria
El escritor recibe el Premio Cervantes y reivindica la literatura hecha de buenas historias - El novelista critica la "nefasta influencia" educativa de la televisión
Javier Rodríguez Marcos
Alcalá de Henares, 23 de abril de 2009
La última palabra de Juan Marsé en su discurso de recepción del Premio Cervantes fue belleza. De eso trata, vino a decir, su trabajo: de persistir en la búsqueda de algo que tiene que ver "con alguna forma de belleza". Media hora antes de pronunciar esa palabra Marsé se había subido al púlpito del paraninfo de la Universidad de Alcalá, un lugar que, como diría uno de sus personajes, es más pequeño que en la tele. El autor de Si te dicen que caí dijo hace días irónicamente que, entre otras muchas cosas, del Cervantes le hacía ilusión hablar desde un púlpito. Pero empezó nervioso. La boca seca, los folios golpeando el micrófono.
"Nunca me vi donde ustedes me ven ahora. Los que me conocen saben que me da bastante apuro hablar en público", advirtió nada más saludar a una audiencia en la que faltaban sus amigos muertos -Gil de Biedma, Barral, García Hortelano, Ángel González- y Carmen Balcells. A ésta, convaleciente de un accidente doméstico, se dirigió con una ocurrencia de Groucho Marx: "Me has dado tantas alegrías, que tengo ordenado, para cuando me muera, que me incineren y te entreguen el diez por ciento de mis cenizas".
Si la literatura, como dicen los manuales, es un triángulo formado por el escritor, la escritura y la realidad, Juan Marsé (Barcelona, 1933) habló de las tres. Y lo hizo, pese al chaqué, quitándose importancia, con una mezcla de humildad e ironía. El Rey lo resumió con una palabra: autenticidad. Don Juan Carlos puso la anécdota de la mañana. Empezó su discurso saltándose el turno de la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde: "Hoy las letras españolas...", arrancó. Luego paró y dijo sonriendo: "Se ve que ya..."
Si la ministra, en un discurso que destacó por su altura literaria, habló del premiado como de un escritor hecho a sí mismo capaz de "engarzar la ternura y lo canalla", el propio autor de Rabos de lagartija recordó su ingreso a los 13 años en un taller de relojería. Allí estaba, relató, cuando publicó sus primeros cuentos en Ínsula y su primera novela en Seix Barral, la editorial en la que fue recibido como el "escritor obrero" que faltaba en el catálogo. Eran los años del realismo social, y él cumplió las expectativas artísticas; las sociológicas no. Y eso que es un firme partidario del realismo, "el único lugar donde puedes adquirir un buen bistec".
La cita es de Woody Allen, una de las autoridades invocadas ayer por Marsé. Otra de ellas fue Ezra Pound: "El esmero en el trabajo, el cuidado de la lengua, es la única convicción moral del escritor". En eso se resume la teoría literaria de alguien al que la metaliteratura le deja "frío" porque la cocina del escritor nunca le ha parecido, apuntó, "un sitio muy cómodo para recibir visitas". Ayer, además, subrayó un viejo aviso: "No me considero un intelectual, solamente un narrador".
Hechas todas las advertencias, el creador del Pijoaparte puso sus ojos en el mundo sin quitarlos de su propia vida. Así, destacó la riqueza que supone "la dualidad cultural y lingüística de Cataluña". Si él es un "catalán que escribe en lengua castellana" lo es, dijo, porque en esta lengua "ha mamado los mitos literarios y cinematográficos, la que ha dado alas a la imaginación".
Poco antes, Marsé había criticado la "nefasta influencia cultural y educativa" de la televisión. En la última fila del paraninfo escuchaba sus palabras Luis Fernández Fernández, presidente de RTVE. Poco después se refirió a las armas de destrucción masiva, que "resultaron ser un par de zapatos". En la mesa presidencial estaba Esperanza Aguirre.
La guerra de Irak le sirvió para destacar una de las grandes enseñanzas del Quijote, un libro que él compró "en cómodos plazos" a un vecino y que leyó a los 16 años sentado los domingos por la tarde en el parque Güell. La enseñanza es ésta: las cosas no siempre son lo que parecen. Algo que él mismo pudo comprobar al contrastar la realidad de la posguerra con lo que el régimen de Franco decía que era esa realidad. Eran tiempos en los que la memoria colectiva estaba "sojuzgada, esquilmada y manipulada" y en los que había que quemar los libros peligrosos. El novelista contó ayer cómo su padre expurgó los suyos.
A su reivindicación de la memoria, Juan Marsé añadió una defensa de la imaginación: "Son dos palabras que van siempre entrelazadas, y a menudo resulta difícil separarlas". Además, dijo, una excesiva dosis de realidad puede resultar indigesta, "incluso para un adicto a la realidad y al bistec como Sancho y como yo".