miércoles, 23 de noviembre de 2022

Paul Bowles


Paul Bowles






    BIOGRAPHIES II



Paul Bowles
(1910 - 1999)

Paul Bowles, nacido Nueva York el 30 de diciembre de 1910 y fallecido en Tánger el 18 de noviembre de 1999, fue un escritor, compositor y viajero estadounidense.

Primeros años: Francia y Nueva York

De abuelos alemanes por parte paterna e hijo único, Bowles vivió un conflicto tan violento con su padre (un odontólogo y músico frustrado tan maniático que le hacía masticar cuarenta veces cada bocado) y su madre (al arrojarle un cuchillo en una discusión a los diecinueve años), que para evitar males mayores decidió escaparse de su casa sin terminar los estudios.

Compró un pasaje de barco y acabó en París, donde conoció a la Generación Perdida, en especial Ezra Pound y Djuna Barnes. Como cuenta en su libro autobiográfico Memorias de un nómada (1972), publicó en París dos poemas surrealistas en Transition, una revista literaria internacional, que llamaron la atención de Gertrude Stein; esta, sin embargo, desanimó su vocación de escritor y el joven bohemio se dedicó a la música.

Regresó a Nueva York para estudiar composición con Aaron Copland durante los años treinta. Con él hizo varios viajes, entre ellos a Marruecos. En los años siguientes compuso partituras para ballets y la música de muchas películas y obras de teatro. En Berlín trató a Christopher Isherwood y W. H. Auden. Residió en México cuatro años, donde conoció y quedó impresionado por el compositor Silvestre Revueltas, un año antes de que este muriera alcoholizado.

Viajó además por Costa Rica, Guatemala y Colombia con Jane Auer, con la que en 1938 se casó, por lo cual desde entonces fue conocida como Jane Bowles, autora de teatro y novelista bisexual autora de Dos damas muy serias. Leyó con mucha pasión a Franz Kafka, cuyas obras le afectaron fuertemente.

Jane lo animó para que volviera a escribir y Bowles produjo relatos y crítica musical para el Herald Tribune entre 1942 y 1945. En el Broadway de los años cuarenta conoció a Orson Welles, Joseph Losey, John Huston y Salvador Dalí.

Establecimiento definitivo en Tánger

En 1947 el matrimonio se instaló en Tánger, una ciudad del entonces Marruecos moderno. En Marruecos están ambientadas la mayor parte de las narraciones de Bowles, como por ejemplo su primera novela, El cielo protector (1949), llevada al cine con éxito en 1991 por Bernardo Bertolucci; como afirmó el autor, en ella la acción transcurre en dos planos, el desierto africano exterior y el desierto interior de los protagonistas. La obra es en parte autobiográfica y el filme supuso el redescubrimiento del autor en su propio país, sacándole de las estrecheces económicas que empezaban a asediarlo.

Después publicó las novelas Déjala que caiga (1952) y La casa de la araña (1955). En estas obras Bowles gusta de instalar en la extraña cultura musulmana a europeos o norteamericanos que terminan inmersos en auténticas crisis de identidad al encontrarse descontextualizados y alienados por una nube de drogas, alcohol y ambigüedad emotiva, y en el paisaje del desierto, donde lo único que existe es el arriba y el abajo. Se representa así la disolución de la identidad en el mundo moderno.

En Tánger, Jane empezó una larga relación lésbica de veinte años con una sirviente doméstica marroquí, de quien su marido sospechó a veces que la había envenenado o endemoniado. En los años cincuenta Bowles se relacionó con la Gay Society (Luchino Visconti, Tennessee Williams, Truman Capote) y con la Generación Beat (William Burroughs, Allen Ginsberg), sin llegar a pertenecer a ninguno de estos grupos. Sirvió de cicerone en Tánger a la práctica totalidad de la Generación Beat y gay: Tennessee Williams, Truman Capote, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Gore Vidal, Gregory Corso, Djuna Barnes o Cecil Beaton, e introdujo a algunos de ellos en curiosas drogas marroquíes como el majoun.

En 1972 publicó sus movidas Memorias de un nómada. En 1973 murió su mujer en un hospital de Málaga tras un largo internamiento de 16 años por demencia. Ese mismo año traduce al inglés El pan desnudo, del escritor marroquí Mohammed Chukri. Días y viajes (1991) ofrece una crónica de su vida en Marruecos. Publicó además el libro de viajes por África titulado Cabezas verdes, manos azules (1963). Recopiló sus relatos en El tiempo de la amistad y Un episodio distante (1979). Cultivó asimismo la poesía y tradujo cuentos tradicionales africanos. Otros libros suyos son La tierra caliente (1966), Misa de gallo (1981), Puntos en el tiempo (1982) y Muy lejos de casa (1991).

Como compositor su producción incluye, entre otras obras, la ópera Denmark Vesey (1937) y otra sobre Federico García Lorca titulada Reliquia del viento, estrenada en 1943 por Leonard Bernstein y basada en Así que pasen cinco años del poeta granadino. Durante los ochenta su obra se revalorizó, tradujo y reeditó en todo el mundo.

WIKIPEDIA


Paul Bowles in Tanger

Un escritor precoz y una figura mítica


BARBARA PROBST SOLOMON

Paul Bowles fue una figura mítica para mi generación. Fuimos quizás la última generación que se tomó el acto de escribir, y de vivir la vida que pensábamos que era la vida de un escritor, como una religión. Bowles reunía todos los requisitos. A los 18 años había publicado precozmente su primera obra en la revista Transition. Como el propio Bowles, Transition, una idea del poeta y lingüista Eugene Jolas, tuvo un comienzo estadounidense y después se movió hacia París.Una obra que publicó por entregas la revista se convirtió en el Finnegan"s Wake de Joyce. El joven Bowles estaba en compañía de Hart Crane, William Carlos Williams, Gertrude Stein y Franz Kafka. Un comienzo deslumbrante. Después fue a la Universidad en Virginia, donde abandonó sus estudios. Se marchó hacia la orilla izquierda del Sena y dos años más tarde descubrió el norte de África.


En la década de los cincuenta todos leíamos a Bowles: The sheltering sky y Let it come down. Estaba intrigada por su trabajo. Al contrario que Henry Miller, que nos necesitaba a sus lectores invisibles porque tenía que sorprendernos, Bowles me sorprendía como si viviera en otro planeta. No me necesitaba para que fuera lectora suyo. Puede que fuera también su dedicación a la música. Me asombraba como si estuviera por encima de las refriegas. Una especie de Principito. Entonces no podía pensar que llegaría a conocerle.


Un día, en los últimos setenta, James Purdy hacía una visita a mi madre, a la que adoraba. Se carteaban constantemente y supo que yo estaba visitando a Juan Goytisolo en Marruecos. Me habló de su gran amigo Bowles, a quien había conocido en sus días de Brooklyn. Cuando Juan y yo fuimos a Tánger después de una excursión por el Atlas, le telefoneé. Bowles nos invitó. Creo que ya conocía a Juan. Me sorprendió que viviera en un edificio de pisos del barrio europeo; me esperaba algo más exótico.


Tenía varias visitas que estaban fumando hachís. No quería decirle a este hombre extraordinariamente educado, de apariencia ascética, cuyo acento al hablar se había convertido en algo no del todo americano ni británico, que a causa del asma infantil que padecí era alérgica al humo del hachís. Busqué la forma de aspirar oxígeno. Me asomé a la ventana de la cocina haciendo como si observara las vistas de Tánger, inspeccioné las interioridades de lo que resultó ser una escobilla del retrete y di paseos por el pasillo. Juan vino hacia donde me encontraba y me dijo al oído: "Dile la verdad para que no se crean que estamos locos. ¿Para qué ibas a mirar con tanto detenimiento su escobilla?".


Volvimos al salón y le dije que era asmática. Bowles me miró como si reparara en mí por primera vez. Abrió todas las ventanas mientras parecía estar absorto en sus pensamientos. En un tono diferente, empezó a hablar de Jane Bowles. Y de sus innombrables penas.


EL PAÍS


Paul Bowles


Un amor herido por España


EMILIO SANZ DE SOTO
18 NOV 1999


No hace mucho, unos meses, Paul Bowles me envió una cinta grabada -ya ni escribía, ni leía- en la que, en su perfecto español de siempre, me decía: "Emilio: nuestra amistad ha durado medio siglo". Efectivamente, conocí a Paul el 6 de octubre de 1949, en el bar Parada, de Tánger, en compañía de una extraordinaria mujer, la argentina Beatrix Pendar (Beatriz Llambí-Campbell), y tanto yo como Pepe Cárleton, otra persona extraordinaria, hoy olvidada de todos en Marbella, quedamos fascinados ante unos seres tan incalificables como mágicos. Aquel día conseguí lo que hacía años deseaba: huir de cierto ambiente de Tánger que me asfixiaba. Y así se inició una nueva vida para mí en el marco paradisíaco de El Farhar. Un mundo que vivía, todo hay que decirlo, de espaldas a la ciudad. Un mundo sólo visitado por dos "españolitos", tan inconscientes como valientes: Pepe Cárleton y quien estas líneas escribe.Tras Paul y Jane Bowles, su mujer, una persona indefinible -ya antes habían visitado Tánger, entre los escritores norteamericanos, Mark Twain, Gertrude Stein en compañía de su inseparable Alice B. Toklas, Djuna Barnes...- fueron llegando: Truman Capote, Tennessee Williams, Gore Vidal... y un largo desfile de figuras de la literatura de EE UU, que se coronaría con la aparición en pleno de la beat generation, seguida por un William Burroughs, siempre a su aire, que habría de escribir en Tánger The naked lunch.


¿Qué puedo decir sobre Paul Bowles? Hilvanar recuerdos me resulta improcedente. Lo que sí me gustaría es recordar, hoy, ahora, a un Bowles profundamente unido a una España que no pudo ser, a un segundo "siglo de oro" al que una trágica guerra dejó reducida a una "edad de plata". En este amor herido a España, Bowles coincide con los intelectuales y artistas de este siglo que supieron sentir a nuestra incivil guerra como la primera víctima de una inminente tragedia.


Se puede afirmar -lo afirmaba el propio Paul- que su obra como compositor está toda ella impregnada de voces y sonidos españoles: el 30 de marzo de 1943 se estrenaba en el MOMA de Nueva York una zarzuela -sí, así la calificaba él- titulada The wind remains, directamente inspirada en Así que pasen cinco años, con dirección musical de Leonard Bernstein y coreografía de Merce Cunningham; en 1958 Libby Holman le estrena su ópera sobre Yerma, y ese mismo año se publica la partitura de Cuatro canciones, así tituladas, en español. Federico García Lorca está, pues, algo más que presente en Paul. Él mismo lo confesaba: "Lorca, al que no llegué a conocer personalmente, fue mi máxima inspiración. El primero en hablarme de él fue el compositor mexicano Silvestre Revueltas y, desde entonces, nunca me abandonó". En 1932 vino por vez primera a España en compañía del también compositor Aaron Copland, con un muy principal deseo: conocer a Manuel de Falla. Paul afirmaba: "La influencia de Falla en la música de mi país está aún por estudiar y reconocer". En 1944 Dalí haría los trajes y el decorado para el ballet Coloquio sentimental, sobre un poema de Verlaine, con música de Paul Bowles. En 1951 vuelve Paul a España invitado por Tomás Seral, para la inauguración en la sala Clan de la exposición del pintor mallorquín Juli Ramis, para quien escribiría un texto en español que aparecería en la buscada colección de Artistas nuevos, de Seral. Paul decía: "Es curioso, entre mis pintores preferidos figuran tres mallorquines: Miró, Ramis y Barceló".

Y no olvidemos que en 1937 Paul Bowles se adhiere al Comité en Defensa de la República y es uno de los fundadores del Federal Theatre, que se inaugura con un singular espectáculo titulado Who fights this battle, con textos cambiantes de Kenneth White, según aparecían noticias de nuestra triste guerra. La música era de Bowles y la dirección escénica de Joseph Loseu. Con el Federal Theatre nace en Nueva York el Political Cabaret, a semejanza de lo que sucediera en el Berlín que Hitler destruyera. Pronto el silencio habría de apoderarse de estas voces en libertad.


También en silencio habría de llegar Paul Bowles a Tánger en 1944. Abandona la composición y se pone a escribir. Y es así como nace uno de los más importantes novelistas de la muy rica literatura contemporánea de Estados Unidos. Gracias por todo, Paul.


EL PAÍS


Jane Bowles and Paul Bowles



El cielo sobre Paul Bowles


EDUARDO HARO TECGLEN


La verdad es que hasta El cielo protector nadie se fijaba mucho en Paul Bowles en Tánger. Es muy fácil no ser nadie en Tánger, y no parecía que aquel caballero neoyorquino, de la cepa cosmopolita, quisiera ser alguien. Más bien tenía interés en que los otros fueran alguien: sabía sacar adelante a un escritor marroquí como Mohammed Chukri (tradujo al inglés su novela For bread alone) o el pintor Yacubi: entre él y Emilio Sanz de Soto -otro descubridor- le hicieron exponer en Nueva York y ahora está en la colección permanente del Guggenheim. Fue una especie de amanuense de Mohammed M"Raabet, con cuya biografía relatada compuso en texto que describía como nunca se había hecho la vida del marroquí innominado y pobre. A Bowles le eclipsaba su mujer, Jenny, ahora enterrada en Málaga, donde murió con la cabeza perdida. Jenny y Paul Bowles eran una pareja extraña: vivían entonces puerta con puerta, ella sostenida -físicamente: se caía- por una marroquí, la Cherifa, a la que Paul atribuía capacidades mágicas y de la que siempre sospechó que estaba drogando a su mujer, hasta la muerte. Él, con un marroquí discreto, que le ayudó también.


Paul Bowles era, para algunos de nosotros, un músico que había sido crítico de fama en Nueva York (su maestro en París fue Aaron Copland), que había compuesto seriamente, pero que luego se había dedicado en profundidad al estudio de la música folclórica marroquí, más allá de la meramente arabigoandaluza que se estudiaba en los conservatorios: la de las etnias, la de las kabilas. Su casa era un archivo impresionante, en una época en que el grabador de mano, el casete, no existía y los magnetófonos eran pesados y enormes: cargado con ellos recorrió todo el país, registró y comentó, analizó. Tengo entendido que la colección se encuentra hoy en la Biblioteca del Congreso.

Apenas frecuentaba la vida social. Recibía en casa: Tennessee Williams, Burroughs, Genet, Truman Capote. Estoy hablando de algunos de los más grandes escritores de este tiempo, y también de un sexo que en Tánger hacían manifiesto con más libertad que en otros sitios.


Todos hablaban con enorme respeto de Bowles: era uno de ellos, uno de los que escaparon de Estados Unidos: a París sobre todo, como la generación anterior -Miller, Hemingway-, pero tambien a Tánger. Decía Bowles que era un error creer que había elegido un lugar perdido del mundo para vivir, porque Tánger podía ser en momentos determinados la capital del mundo.

Fue el cine, y un cine extraordinario, el que descubrió a Paul Bowles, ya anciano: en 1992 se publicó el libro Paul Bowles by his friends, por el editor inglés Peter Owen: una corona de retratos y elogios por algunos de los grandes escritores del mundo (Emilio Sanz se encargó del entorno español del escritor).


Comenzó a recibir periodistas, fotógrafos, biógrafos. No salía de su asombro: pero no lo aceptó mal. De España llegó Juan Cruz, director entonces de Alfaguara -una editorial a la que prácticamente recreó -y no se limitó a proponerle contratos editoriales, sino que le rodeó de ese afecto que le es propio: procuró el estreno en Madrid de una ópera de Bowles sobre García Lorca, le cuidó, le ayudó.


Había cumplido ochenta y nueve años. Me contaban de él que estaba postrado, que se acababa lentamente, pero que recordaba, que razonaba, que estaba mentalmente vivo.


EL PAÍS



Paul Bowles


Muere en Tánger el escritor Paul Bowles, nómada de la generación 'beat'

El autor de 'El cielo protector' hizo del desplazamiento y el desamor su materia literaria


ANDRÉS FERNÁNDEZ RUBIO
Madrid - 

Paul Bowles, nacido en Nueva York en 1910, llegó a la antigua ciudad del pecado que fue Tánger a los 21 años, "la ciudad huérfana", como la definió más tarde.Viajero por América (vivió en México más de cuatro años y su español era suave y preciso), Europa y Asia (donde compró una pequeña isla en Ceilán), no se instalaría definitivamente en Tánger hasta 1952, y apenas la abandonó salvo para adentrarse en el Sáhara y en otros lugares de Marruecos, o viajar a Nueva York y Madrid para recibir tratamiento médico o escuchar su música en concierto. Otro de sus destinos fue Málaga, donde su mujer desde 1938, Jane Bowles, autora de Dos damas muy serias, murió en 1973 tras una dolencia cerebral que duró 16 años. Bowles se quejaba, en su apartamento de Tánger, de una biografía sobre su mujer cuya autora no retrató a la Jane de antes de la "horrible" enfermedad, una mujer divertida y humorística, de una alegría desbordante.Ambos vivieron una especial historia de amor, por encima de sus preferencias sexuales, que acabó de forma dramática -la amistad de Jane con una marroquí con la que vivió más de 20 años era considerada por Bowles como cercana a la posesión demoniaca, y a veces pensó que esa codiciosa criada-amante envenenó a la escritora-. Pero les quedaban los recuerdos de sus inicios juntos en plena juventud y belleza; de su escapada de Estados Unidos, que ejemplificó el impulso nómada de una generación; del izquierdismo y su militancia por unos meses en el Partido Comunista, y de su descubrimiento de Tánger, una ciudad internacional que a Paul Bowles le pareció maravillosa en su mezcla de cosmopolitismo y exotismo, "una ciudad como uno se imagina que debía de ser Europa en la Edad Media".




Bowles había acudido por primera vez a Tánger por recomendación de Gertrude Stein como lugar ideal para pasar las vacaciones. Ya instalado allí, sirvió como polo de atracción de artistas homosexuales o vinculados a Nueva York y a la generación beat, como Tennessee Williams, Truman Capote, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Gore Vidal, Gregory Corso, Djuna Barnes o Cecil Beaton. Subían hacia el café Hafa, sobre los acantilados, y contemplaban el estrecho fumando kif.


Desintegración


Bowles participaba de los ideales de los beat, del humor, la franqueza sexual, la ecología o el candor político, pero escorados en su literatura hacia la oscura desintegración, el desplazamiento físico y psicológico y el miedo, desde su punto de vista la emoción principal del hombre, "la que mueve el mundo, más que el amor".


Tánger significó el descubrimiento del kif, bajo cuyos efectos escribió páginas de La tierra caliente y de los relatos de El jardín. En una carta a Alec France dice: "Podía escribir usándolo, pero siempre sin miedo a quemarme, por así decirlo. En cuanto comprendí esto desaparecieron todas las pesadillas, la compulsión y la angst (...) Solucioné mi problema de todos los días y por fin encontré placentero vivir, que es lo máximo que cualquiera puede desear".

En 1949, Bowles publicó su primera novela, El cielo protector, "una historia de aventuras en la que éstas ocurren en dos planos simultáneos: en el desierto real y en el desierto interior del espíritu". Pasaron 40 años hasta que la obra, y el propio Bowles, recibieron un impulso inesperado gracias al largometraje de Bernardo Bertolucci, interpretado por John Malkovich y Debra Winger. La película le sacó de los apuros económicos en los que vivía, y aunque incluso apareció en un pequeño papel, Bowles la consideraba fallida: "La parte final es muy mala, creo que el equipo de rodaje no veía el momento de volver a Roma tras todo ese tiempo filmando en el sur".


El escritor reconocía la inspiración autobiográfica de los dos personajes, Port y Kit, que, perdido el secreto de la felicidad conyugal, desembarcan en el Sáhara. "El protagonista masculino es mi autorretrato, y aunque Jane no estuvo conmigo en ese viaje, digamos que la he utilizado como modelo, del mismo modo que lo hace un pintor".


La película sirvió para que el escritor fuera redescubierto en su país, donde se programó su música y se reeditaron sus libros y ensayos, se publicaron sus fotografías, una biografía, sus cartas, un documental... "¿Qué carrera necesita un octogenario?", respondía él.


Recluido en Marruecos, lejano en su nomadismo interior a realidades tan duras como la pobreza y la opresión política, Bowles había renunciado a la brillantez de la vida literaria y musical de Nueva York para seguir el aforismo de Kafka, uno de sus escritores favoritos: "A partir de un cierto punto, ya no hay posibilidad alguna de retorno. Ése es el punto que es preciso alcanzar". Alumno de Virgil Thompson y Aaron Copland, crítico musical, se relacionó con los surrealistas y participó del movimiento beat en los cincuenta y underground en los setenta. Fue apadrinado por Gertrude Stein y la protagonista de Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood, lleva su apellido. Escribió música para obras teatrales de Tennessee Williams, Jean Cocteau y Lilliam Hellman, colaboró con Orson Welles, John Huston o Elia Kazan; Leonard Berstein estrenó en 1943 su composición The wind remains, basada en Así que pasen cinco años, de García Lorca...


Indiferente al éxito inicial y final de un recorrido teñido de penas y complicaciones en su extenso tramo medio, Paul Bowles decía en el desastrado apartamento de Tánger del que no quiso mudarse: "Ni cuando esté muriéndome voy a decir que hubo una época en la que me sentía maduro, porque uno siempre está cambiando y nunca llega a nada. Llegar a algo tampoco es necesario. Morir sí, todo lo inevitable es necesario".


EL PAÍS


Paul Bowles
David Levine



Paul Bowles, 
cien camellos en el patio


Higinio Polo
Rebelión

A finales de los años cincuenta, durante uno de sus frecuentes viajes, Paul Bowles llegó a Las Palmas de Gran Canaria. Allí le entregaron un telegrama anunciándole que su mujer, Jane, había tenido una hemorragia cerebral. Una década después, cuando estaba escribiendo sus peculiares recuerdos (Whitout stopping, publicado entre nosotros con el título igualmente preciso, pero más evocador, de Memorias de un nómada) anotó que aquel aviso era un inquietante mensaje: “Yo no lo sabía entonces, pero los buenos tiempos habían terminado”. Le quedaba todavía mucha vida por delante (¡más de cuarenta años!), que ocupó, como antes, en su existencia errante, en sus libros y obras musicales y en aspirar la fragancia extraña de una ciudad, Tánger, que había dejado atrás para siempre sus años de gloria, como creía que pasaría con el tiempo que a él mismo le restaba por vivir.Ahora, que hace una década que Bowles nos dejó, y un siglo desde que, en diciembre de 1910, naciera en Nueva York, podemos verlo en las imágenes del documental de Gary Conklin, rodado en 1970, en el breve cortometraje de Mohamed Ulad Mohandy, de 1993 (Un americano en Tánger), y en los cuarenta minutos que grabó Jennifer Baichwal en la casa del escritor, poco antes de que éste muriera, donde Bowles nos habla de su vida, de sus fracasos, de la gente con la que se relacionó, de su vida nómada. También lo vemos en las fotografías de su casa, o en el pequeño ático de Nueva York, y en un burdel marroquí abandonado, y en la playa de Merkala, o escribiendo en la pequeña isla que compró en Ceilán; y en el retorno a Nueva York en 1995, o en las imágenes que se guardan en la Universidad de Delaware. Fue músico durante toda su vida. Compuso óperas y zarzuelas, ballets, música para el teatro y para el cine, música de cámara y obras para piano, y muchas canciones (entre ellas, siete “españolas”: hablaba castellano perfectamente y siempre estuvo muy interesado en García Lorca). De hecho, Bowles compuso hasta el final de su vida. Sin embargo, lo recordamos más como escritor, sobre todo desde que la película de Bernardo Bertolucci, El cielo protector, estrenada en 1990, pusiese sus libros de renovada actualidad para el público.

Paul Bowles tuvo una infancia peculiar, obligado a la fletcherización (¡tenía que masticar cuarenta veces cada bocado!), forzado a soportar a un padre tiránico e intolerante que le maltrataba, y que consideraba que todo placer era el camino hacia la destrucción. Tenía ascendencia alemana por una rama de su familia, y una de sus abuelas tenía inclinación a la teosofía. Pese a todo, su abuelo paterno era un hombre aficionado a la lectura, que aprendió francés e incluso castellano, y que había luchado en la guerra civil norteamericana, por lo que explicaba a su nieto el constante cambio de lugares que soportó: “Hubo años en los que no dormí dos veces en la misma ciudad”. Algo de esa peripecia vital quedó grabado en la infancia de Bowles, que pensaba que eso, no dormir dos veces en el mismo lugar, debía ser la vida perfecta. Su infancia transcurre entre la casa neoyorquina de De Grauw Avenue y el pueblo de Jamaica, en Long Island, rodeado de otros personajes singulares, como su tía Adelaide, hermana de su padre, que trabajaba en la biblioteca pública de la Quinta Avenida y vivía en un “apartamento japonés” en Greenwich Village, y cuyos bibelots excitaban la curiosidad del niño Bowles. Le alcanzó la epidemia de “gripe española”, como a toda su familia, que, por fortuna, pudo superar, aunque se llevó a la tumba a su apreciada tía Adelaide.

Bowles se interesó pronto por los atlas, por el jazz, aunque no sin la férrea oposición de su padre, que consideraba una bazofia esa música, y por la literatura (leyendo a Gide, por ejemplo, siendo apenas un muchacho), o escuchando a Stravinski, cuyo Pájaro de fuego le entusiasmó, y a Prokofiev o Duke Ellington. El entusiasmo juvenil le llevó a enviar poemas a una revista francesa, transition, que, para su gran sorpresa, se los publicó, cuando tenía apenas dieciocho años, y, poco interesado en los estudios, empezó a trabajar como recadero en un banco, mientras se deleitaba con largos trayectos en las líneas de metro que circulaban por pasarelas elevadas en el bajo Manhattan. Ya tenía el veneno de la literatura y de los viajes inoculado en su cerebro.

Ingresa después en la universidad, en Virginia, y su peculiar e impulsiva forma de entender la vida le lleva a jugarse la existencia con el lanzamiento de una moneda: un lado de la pieza le llevaría a ingerir un frasco de Allonal (un fármaco analgésico, sedante e hipnótico que se fabricaba desde hacía pocos años); el otro, supondría que viajaría a Europa de inmediato. El destino hizo que la moneda se inclinase por Europa: vendió todas sus pertenencias y se embarcó en un buque holandés, el Rijndam, que zarpaba de Hoboken, al otro lado del Hudson,  con destino a Boulogne-sur-Mer, en el canal de la Mancha. Iba sin un céntimo, pero con un libro de Gide, y con otro que se titulaba La hoz y el martillo, como si anunciase la decisión que tomaría unos años después. Cuando llega a París, donde gracias a algunas cartas consigue un pequeño empleo como telefonista en el Herald Tribune, se dedica a pasear por la ciudad, viviendo en hoteluchos llenos de chinches, en una existencia despreocupada y sin objetivos inmediatos, más allá de viajar y ver el mundo. Su ansia de conocer Europa, y la vida, le lleva a abandonar el trabajo y vagabundear por Francia, Suiza, la costa azul, la Selva Negra, y, cuando vuelve a París, consigue otro trabajito en el Banker’s Trust, y conoce a Kay Cowen, una joven norteamericana que le presenta después a Tristan Tzara y que, sobre todo, le inicia en los secretos de una ciudad misteriosa llamada Marraquech, cuyas fotografías le atraen. Tal vez ahí esté el origen de su temprana pasión por el mundo musulmán. También entonces, Bowles inicia su vida sexual, en ambas orillas del ser humano, con un cierto desdén (“la defecación y el coito hacen completamente ridículo al ser humano”, escribiría), diríase que casi sin pasión. Después, vuelve a Nueva York, pero ya había empezado la comezón de sus viajes, que no se detendrían, aunque tendría un asidero permanente en Tánger.

De vuelta en París, conoce a Gertrude Stein en la rue de Fleurus. También, a Ezra Pound, Jean Cocteau, y, en fin, André Gide. En 1931, realiza un viaje a Berlín, una ciudad que le parece “desagradable, vagamente siniestra”, donde conoce a Christopher Isherwood y Stephen Spender, e incluso a Jean Ross, la chica que ha quedado en nuestra memoria como la Sally Bowles del Adiós a Berlín, una joven que siempre estaba “fumando Muratti y comiendo bombones”. Aprovecha el tiempo, y conoce a Naum Gabo, a Walter Gropius, a Kurt Schwitters, que era “el alemán al que más deseaba conocer” Bowles, y a quien acompaña incluso a seleccionar materiales en un vertedero.

En medio de esa vida improvisada de juventud, Gertrude Stein le recomienda ir a Tánger para pasar el verano, ciudad que la escritora conocía. Bowles decide ir: espera que allí podrá encontrar alguna casa, tal vez alquilar un piano y disfrutar del sol todos los días. No necesita nada más. Cuando llega a Ceuta, tras pasar por Orán, constata que un sentimiento de euforia se ha apoderado de los españoles: hacía apenas unos meses que se había proclamado la Segunda República. Recorre el Rif, y ve que si los españoles son como “italianos locos de remate”, los marroquíes son todavía más apasionados. Tánger le atrapa para siempre: es una “ciudad de sueño”, donde no hay tráfico, ni radio, ni delincuencia, y su Estatuto Internacional configura una peculiar comunidad, cosmopolita y provinciana al mismo tiempo, donde puede escucharse a las cigarras sentado en un café en el centro de la ciudad. Viaja también a Fez, y se emociona ante las murallas de Fez el Jedid, el jardín deDjenane es Sebir, las norias precarias que gimen mientras recogen agua. Después, recorrerá el país en autobús, verá las increíbles procesiones de miles de personas atrapadas en un éxtasis religioso que lloraban y temblaban en medio de la furia de tambores y que podían tardar dos días en recorrer una distancia de mil quinientos metros en Fez. Es apenas un muchacho, pero se da cuenta de que su vida se encuentra en esas poblaciones que parecen buscar el desierto.

Vuelve a Francia desde Tánger, atravesando España, y en Sevilla acompaña a unos norteamericanos que recorren la ciudad en carruaje arrojando monedas a la población pobre, para burlarse y divertirse; visita el Museo del Prado, en Madrid, en esos meses que estaban construyendo una esperanzada república española. Otra vez en París, en casa de Stein, conoce a Joan Miró, a quien más tarde irá a buscar en Barcelona, a su casa del Passatge del Crèdit. En esa nueva visita a España, otra vez de camino a Tánger, Bowles encuentra los signos de vitalidad y alegría en la población. Cuarenta años después, en 1972, cuando recuerda esas escenas para escribir sus memorias, anota “España estaba viva entonces; no ha vuelto a estarlo.” Conoce también el viejo “barrio chino” barcelonés, donde queda “satisfecho de su depravación”.

Recorre el Sáhara, Túnez, Argelia, sin apenas recursos, descubriendo paisajes, durmiendo en casuchas o apriscos, atrapando piojos, husmeando extrañas formas de vida: así, descubre que un hombre puede acostarse con una muchacha en un burdel por apenas quince francos, pero que si renuncia a la cópula y quiere sólo verla bailar desnuda, le costará setenta y cinco; observa la vida diaria de la gente y, también, a los leprosos, a los sifilíticos, a la legión de mendigos que frecuentan algunos lugares, a los desgraciados a quienes han amputado las manos en cumplimiento de la ley coránica.

Cuando regresa ocasionalmente a su país, lo hace forzado por la falta de dinero, y para ello se embarca a veces en viejos buques, soportando incomodidades y bazofias, o vuelve por trabajos que le surgen, relacionados con la música. Pero retorna siempre a África. Viaja por Venezuela, Colombia, recorre California, Nevada, Utah, Nebraska, Wyoming, y llega a Chicago, conociendo una parte de su propio país.

En 1935 se encuentra en Nueva York, y su futuro personal parece comprometido: no tiene trabajo, quiere vivir componiendo música, pero no encuentra oportunidades, y ni siquiera puede viajar. Entretiene su tiempo con largos paseos por los muelles que dan al East River. Sin embargo, su vida está a punto de cambiar. Al año siguiente, gracias a los recursos que Roosevelt había puesto en circulación con el New Deal para combatir la crisis económica, el Programa Federal de Música organiza un concierto con “las mejores composiciones de Bowles”. El estallido de la rebelión fascista en España le lleva a participar en el Comité pro España republicana, que estrena una pieza teatral para recaudar fondos —¿Quién libra esta batalla?— escrita por Kenneth White y con música de Bowles, que fue dirigida por Joseph Losey. Consigue después trabajo en el programa 891 de teatro federal, colaborando con Orson Welles. Además, en 1937, conoce a Erika Mann y a “una chica pelirroja muy atractiva” que se llama Jane Auer, de una familia de ascendencia judía alemana y húngara. Con ella, se marcha a México, no mucho después. Ya no se separará nunca de esa joven, aunque se separe, aunque los dos vivan en casas distintas, aunque ambos permanezcan durante meses en continentes diversos, aunque Paul tenga que sobrellevar la ostentación lesbiana de Jane.

Por sorprendente que nos parezca ahora, el pacífico Bowles hace imprimir panfletos en Nueva York (¡que piden la muerte de Trotski!) para llevarlos a México, donde el dirigente bolchevique se hallaba exiliado. Bowles reparte los pasquines por las calles de Monterrey, y participa en las manifestaciones que reclaman la expropiación de las tierras latifundistas. En Ciudad de México, Jane Auer abandona la expedición, y Bowles acaba en Veracruz y Tehuantepec. Todavía tendrá tiempo, a su regreso en barco, de proseguir las tareas de agitación política comunista durante una breve estancia en La Habana. Compone música en su guarida del 2 de Water Street, en Brooklyn, y, en 1938, se casa con Jane Auer, para asombro de muchos, puesto que era lesbiana, y ambos se embarcan en elKano Maru rumbo a América central. Después, seguirán hasta París, cargados con baúles gigantescos y casi veinte maletas. Jane Bowles, como se llamará siempre a partir de su boda, sigue a su marido en su existencia errante. Tiene también inquietudes literarias.

Los paisajes de Panamá le sirven a Jane para escribir Dos damas muy serias (en el original, Two serious ladies, que se publicó en 1943 con muy malas críticas), y, después de recorrer otros lugares de América central llegan a París, aunque vuelven a Nueva York, reclamado Bowles por Orson Welles, y trabaja en su ópera Denmark Vesey. Los problemas económicos que padecen se agudizan, pero hay otras cuestiones que reclaman más su atención: ambos deciden entonces ingresar en el CPUSA, el partido comunista norteamericano, mientras organizan su vida, instalados en una vivienda de la calle 18. Viajan a México en julio de 1940, cuando el general fascista Juan Andreu Almazán amenaza con llegar a la presidencia, y presencian los enfrentamientos a tiros que se suceden en la capital durante la jornada electoral. En Acapulco, conocen a Tennesse Williams, con quien iniciarán una larga y profunda amistad.

En 1941, cuando ya Hitler había invadido la Unión Soviética, Bowles abandona el partido comunista, sin que en sus papeles mencione diferencias políticas o ideológicas. La razón que alega para hacerlo es singular: como era obvio que Estados Unidos entraría en guerra, “si íbamos a ser aliados de los soviéticos, tendría que dejar el partido”. Sin embargo, el gobierno de su país no iba a olvidar fácilmente su pasado comunista: casi un cuarto de siglo después, cuando recibe invitaciones para impartir cursos en algunas universidades norteamericanas, Bowles sabe que el FBI pondrá dificultades, y perderá oportunidades profesionales por ello. Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, el ejército le llama a filas, pero el informe médico preceptivo lo declara no apto por “personalidad psiconeurótica”. Compone para Vigía en el Rin, de Lillian Hellman, y la ópera Así que pasen cinco años, con el texto de García Lorca, mientras Jane consigue terminar su novela Dos damas muy serias.

Estados Unidos entra en guerra, y el pánico entre la población norteamericana crea situaciones ridículas: la radio informa de que San Francisco y Los Ángeles han sido bombardeadas, como si la larga mano de los japoneses que había atacado Pearl Harbor pudiese llegar hasta sus costas del Pacífico. En los meses siguientes, Bowles se relaciona con Marcel Duchamp, Max Ernst, Peggy Guggenheim, y consigue una colaboración regular en el Herald Tribune, donde escribe un artículo diario haciendo críticas de conciertos, aunque sigue pensando que debe dedicar más tiempo a componer, y sueña con escribir, mientras recorre Manhattan con una bicicleta británica. Acaba un ballet, Colloque sentimental, que tuvo un desastroso estreno, y sigue relacionándose en el mundo artístico intelectual, donde conoce a personas como Paul Robeson, Jean-Paul Sartre (un hombre “famoso y de aspecto estrafalario”, en palabras de Bowles), John Huston, Thornton Wilder, Hans Richter. Hasta ese momento había compuesto música, traducido al inglés obras de Borges, de Ramón J. Sender, pero no se había atrevido a escribir, así que cuando la revista Partisan Review acepta publicar un cuento suyo (“Un episodio distante”), renace en Bowles el deseo de dedicarse a la literatura.

En 1947, ambos todavía viven en Nueva York (en un edificio del 28 West de la calle 10, precisamente el mismo donde también vivió Hammett después de la Segunda Guerra Mundial) pero una noche sueña con una ciudad mágica: la Tánger que había conocido en 1931, y firma un contrato con Doubleday para escribir una novela, recibiendo para ello un anticipo que le lleva a preparar de inmediato el viaje a Tánger. La trama y el argumento de su novela se le ocurren durante un trayecto en autobús por la Quinta Avenida, y el título surgirá de una vieja canción, Abajo entre las palmas protectoras, que había sido muy popular antes de la gran guerra. Bowles había decidido también que la novela se desarrollaría en el desierto del Sáhara: sería El cielo protector. Poco después, se embarcaba en el buque Ferncape hacia Casablanca. Seguiría componiendo música durante toda su vida, pero la literatura lo había atrapado ya para siempre.

Compra una casa en Tánger, y empieza a recorrer el norte de África, otra vez, descubriendo escenas singulares: en un trayecto en tren desde Oujda observó que, en los vagones de cuarta clase, los pasajeros hacían hogueras dentro para calentarse, por no hablar de la inquietante escena que presenció Jane cuando, en el curso de uno de sus viajes por Marruecos, aparecieron decenas de hombres con las caras ensangrentadas y los ojos en blanco que bajaban corriendo por la ladera de una montaña: eran peregrinos de un ritual durante el cual los devotos se comían a dentelladas a un toro vivo en medio de la excitación y la locura. Los primeros años de vida en África son de constantes viajes, sin recalar en ningún lugar fijo, aunque después Paul y Jane se asentarán definitivamente en Tánger, no sin frecuentes viajes a Estados Unidos, a París, Londres, incluso a Ceilán, donde Bowles llegará a comprar, en 1952, una pequeña isla, Taprobane, en la bahía de Weligama, en el extremo sur de Sri Lanka. Vivirá en Ceilán durante meses, y viaja por el sur de la India. A su vuelta, continúa con sus expediciones por el desierto, que en ocasiones duran varios meses, o se va a Bombay, con un amigo, porque consigue un pasaje barato en un buque polaco, y después siguen viaje a Madrás y Kerala, ¡cargados ambos con ochocientos kilos de equipaje! Tras recorrer otras zonas, vuelve a Europa en un carguero noruego que hacía la ruta entre Rangún y Oslo. Poco después, colabora con Visconti, en Senso, y con Tennesse Willians escriben los diálogos de la película.

El cielo protector, trasunto de una parte de su propia vida, iba a tener continuidad. Después de esa novela, en los años cincuenta escribirá obras como Déjala que caiga y La casa de la araña, y en los años sesenta publica también estampas de su vida en Marruecos, Una vida llena de aprietosLa tierra caliente, y un libro de viajes, Cabezas verdes, manos azules. Recopiló relatos como los recogidos en El tiempo de la amistad, de 1967, y después, en 1972, publica Whitout stopping, esas memorias de nómada que hasta 1990 no se tradujeron al castellano, y Relatos completos de Paul Bowles, en 1979, así como Misa de gallo, de 1981, y Dos años al lado del estrecho, de 1990.

La relación con su mujer fue siempre difícil: Bowles ya había observado que Jane abusaba del alcohol, y, además, en 1942, intentó suicidarse, idea que también le rondará por la cabeza a principios de los años cincuenta; por no hablar de su sexualidad. Jane también intentó impedir que fuera a África en 1947 cuando el escritor inicia su romance definitivo con Tánger. De hecho, fueron una pareja en crisis permanente, como Port y Kit Moresby, el matrimonio de El cielo protector, unidos por la desazón, pero también la amistad, por las dificultades económicas, el horizonte ciego de un desierto que guarda los secretos de una vida plena. O, al menos, eso creía Bowles. Después, también Jane viajará a Tánger y se instalará allí, trabando relación con otras mujeres, intentando escribir, e incluso tomando alguna vez majoun —un pastelito, o mermelada, de cannabis—, perturbada con la falta de dinero, cuestión que durante los primeros años en Tánger llenará las cartas que envía a Bowles cuando están separados: “¿Hay servicio de correos en el desierto?”, llega a preguntarle Jane, siempre inquieta, siempre buscando a Bowles aunque esté obsesionada con conseguir a otras mujeres, y cuya peculiar psicología introducirá la locura y el deseo de una sexualidad libre en sus libros, creando un universo femenino donde los hombres son siempre personajes secundarios.

Porque Jane, a la que vemos ahora en las fotografías de Tánger, y que confundimos con Debra Winger, porque Bertolucci colonizó nuestra mirada, era una mujer de una sexualidad libre, como Bowles, aunque esa cuestión no tenga la menor importancia, más allá de las huellas que encontramos en sus páginas y de las dificultades que ello creó en su relación personal. Por eso, Jane se enamoró perdidamente de una joven marroquí, Cherifa, a quien llegaría a entregar la vivienda que poseían, y tuvo relaciones con otras mujeres, como con Helvetia Perkins, la misteriosa Cory (de quien desconocemos su apellido, que era una norteamericana casada y con hijos) o la princesa Martha Ruspoli de Chambrun, y lo intentó con otras como con Renée Henry. Podemos leer la novela de JaneDos damas muy serias y sus relatos de Placeres sencillos, y recordar el afecto que le tenía Truman Capote, sus dificultades para escribir, su falta de disciplina personal, su inseguridad y miedo, su desconcierto. A finales de 1954, por ejemplo, viaja a Taprobane, donde Bowles está escribiendo su novela La casa de la araña, y Jane, que permanecerá varios meses en la isla, se dedica a emborracharse, y padece frecuentes episodios de histeria, soportando los murciélagos que invadían la casa y la isla al atardecer, en vez de trabajar en la obra de teatro que pretendía escribir. Huirá de Ceilán, desesperada.

Además, iría empeorando, y, tras sufrir la hemorragia cerebral, redactando cartas en las que ni siquiera consigue poner las palabras de forma correcta, pugnando por escribir una sola letra, hasta el punto de que, en 1967, Bowles tuvo que ingresarla en un hospital psiquiátrico de Málaga, de donde ya no saldría apenas, hasta su muerte, seis años después. Es a finales de esos años cincuenta, cuando Bowles siente que la vida ha cambiado por completo, aunque ello no impidió que siguieran frecuentando los círculos más cosmopolitas de Tánger. Allí, ambos se relacionaron con escritores norteafricanos como Mohamed Mrabet (de quien Bowles traduce su novela The Lemon) o Mohamed Chukri, y, a lo largo de los años, con amigos como Abdelwahaid Boulaich y Mohammed Temsaman, además de con Truman Capote, William Bourroughs, Allen Ginsberg, Tennesse Williams, Gore Vidal, el fotógrafo Cecil Beaton, Ruth Fainlight, Allan Sillitoe, Jean Genet, Juan Goytisolo, entre otros.
Durante los meses más tensos previos a la independencia marroquí, Bowles y Jane se fueron a Ceilán, donde conocieron a Arthur C. Clarke. Incluso Bowles pudo visitar Japón durante quince días, viendo Kioto, y también, en ruta, Singapur y Hong Kong. Siempre, vuelve a Tánger, y allí recibe a Isherwood, a Francis Bacon, a William Burroughs. Volverá de nuevo a Ceilán, con intención de deshacerse de la isla que había comprado, en un largo viaje que le lleva a rodear África en un barco de la British India Steam Navigation, el Chakdara, oportunidad que le permite conocer la Ciudad del Cabo, y, a su vuelta, en otro barco, recalar en Nairobi y Zanzíbar. Pero, aunque seguirá viviendo en Tánger hasta el final de su vida, todo estaba cambiando. La ciudad había iniciado en 1923 el Estatuto Internacional, pero fue, sobre todo, en la posguerra, cuando Tánger se convierte en un lugar lleno de magia, donde toda suerte de recursos sexuales, drogas, incluso venenos, junto con las lujosas fiestas y toda suerte de excesos, le otorgan un renombre internacional que hace que muchas celebridades acudan. En abril de 1952, los disturbios (que sorprenden a Bowles en la costa malabar de la India) anuncian ya el fin de su Estatuto Internacional, hasta su plena integración en Marruecos en abril de 1960.

Era, en efecto, el final de los buenos tiempos, porque, en 1957, después de una bronca con Cherifa, la mujer que se había convertido en su amante, Jane, que sólo tiene cuarenta años, sufre una hemorragia cerebral, y empezará a frecuentar hospitales, con períodos de internamiento, en Londres, en Nueva York, y, aunque Bowles continúa componiendo y escribiendo —e incluso recibe algunas ofertas de trabajo en Hollywood, donde vivirá unas semanas, y, otra vez en Nueva York para componer la música de la pieza teatral de Tennessee Williams, Dulce pájaro de juventud, que dirigió Elia Kazan en 1959—, debe permanecer vigilante y proteger la vida de Jane. El escritor también viviría una temporada en Bangkok, en 1966, para intentar escribir un libro sobre la ciudad, idea que finalmente abandonará, y allí comprueba que la llegada de los marines norteamericanos había corrompido por completo la ciudad, que Bowles definió como “las peores callejuelas del Bronx, situadas en un pantano de Florida”. Siempre fue muy crítico con el papel desempeñado por su país en el mundo. Durante los años de la guerra de Vietnam, recordando los criminales bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, Bowles escribió que sintió “una gran amargura por ser ciudadano de un país de tan escasa integridad y ética; empecé a preguntarme cuántos años tardarían los asiáticos en aplicar el mismo tratamiento a Estados Unidos. Quizá esta idea nos haya impulsado a consagrarnos tan afanosamente, desde entonces, a reducir su número.”

Tánger, esa ciudad donde Paul y Jane deambulaban por el Cinema Rif, de la plaza del 9 de abril; por la playa de Merkala, por la vieja legación americana, por el Café Central de la medina, y por el Hotel Continental en Bab-el-Baroud, cerca del puerto, que vio alojarse desde Churchill a Maugham, era una ciudad que hablaba en árabe y castellano, en francés e inglés, y que, a partir de 1960, dejaría de representar ese mundo exótico, sofisticado e internacional que atrajo a Bowles, y donde era posible que una caprichosa millonaria como Barbara Hutton ofreciera una fiesta para la que hizo viajar a treinta camelleros desde el Sáhara, a más de mil kilómetros de distancia… para que formaran con sus animales el grupo de recibimiento para sus invitados.

Gertrude Stein calificó al joven Bowles de “salvaje manufacturado”, y muchas de las personas con las que éste se relacionó creyeron siempre que era un hombre frío en sus relaciones amorosas, y, muchos otros, que era homosexual y había fijado una relación cómplice con Jane que a los dos convenía. Tal vez, aunque eso no tenga la menor importancia. Quienes le conocieron en sus últimos años recuerdan el sombrío edificio en el que vivía, arruinado, con un ascensor renqueante, la mínima vivienda, el desorden de maletas y recuerdos acumulados, el humo del hachís. A Bowles tampoco le importaba, porque cada día lejos de Estados Unidos era “un día más fuera de la cárcel”, de la vida que rechazaba; no en vano, él, que era un neoyorquino, había considerado siempre a su ciudad como un agujero de “ruido, mugre y desolación”.

En esa Tánger, “ciudad azul, barrida por el viento”, que veía arruinada en sus últimos años, Bowles fue quedándose por casualidad, y en su vejez se daba cuenta de que la ciudad por donde pasaron Delacroix y Matisse vivía de recuerdos, de los años en que el palacio de Sidi Hosni, donde vivió Barbara Hutton, congregaba fiestas y excesos de cocaína, alcohol y sexo. Tánger perdió ese carácter, pero ya había atrapado a Bowles para siempre. Después, llegaron los años en que él mismo ya había perdido los deseos de viajar. Port, el personaje de El cielo protector que es una de las máscaras de Paul Bowles, dice en la novela: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable.” Bowles sabía que la muerte está siempre en camino, y quiso esperarla en Tánger.

En Whithout stopping, el escritor dedicó casi la mitad de las páginas a reconstruir su infancia y juventud, y apenas la otra mitad para recoger el resto de su vida hasta entonces, los casi cuarenta años en que se convirtió en un hombre nómada, aunque estuviera refugiado en un patio de Tánger, alimentando para nosotros las fascinantes imágenes del desierto que nos dejó Bertolucci en su película gracias a él, y que nos traen esas escenas de viajeros perdidos en la bruma del siglo XX, que se adentran en los callejones de zocos árabes seguidos por porteadores que acarrean decenas de bultos y maletas, o en la arena interminable del desierto, siempre en busca de un lugar incógnito y feliz. A hundred camels in the courtyard se titula uno de los libros que publicó Bowles, un hombre resignado, apátrida, despojado y nómada, a veces equívoco, que miraba las callejuelas y las montañas de Tánger como si guardara cien camellos en un patio, siempre preparados para partir, para perderse en el Sáhara, para encontrarse, al fin.

REBELIÓN




Novels

1949 – The Sheltering Sky
1952 – Let It Come Down
1955 – The Spider's House
1966 – Up Above the World
1991 – Too Far From Home

Short Stories

1950 – A Little Stone
1950 – The Delicate Prey and Other Stories
1959 – The Hours after Noon
1962 – A Hundred Camels in the Courtyard
1967 – The Time of Friendship
1968 – Pages from Cold Point and Other Stories
1975 – Three Tales
1977 – Things Gone & Things Still Here
1979 – Collected Stories, 1939–1976
1981 – In the Red Room
1982 – Points in Time
1985 – Midnight Mass
1988 – Unwelcome Words: Seven Stories
1988 – A Distant Episode
1988 – Call at Corazon
1989 – A Thousand Days for Mokhtar
1995 – The Time of Friendship Paul Bowles & Vittorio Santoro

Poetry

1933 – Two Poems
1968 – Scenes
1972 – The Thicket of Spring
1981 – Next to Nothing: Collected Poems, 1926–1977
1997 – No Eye Looked Out from Any Crevice






BIBLIOGRAFÍA

Ficción

Novelas

  • El cielo protector (1949)
  • Déjala que caiga (1952)
  • La casa de la araña (1955)
  • La tierra caliente (1966)
  • Muy lejos de casa (1991)

Cuento

  • Un episodio distante (1979)
  • El tiempo de la amistad (1979)
  • Misa de gallo (1981)
  • Puntos en el tiempo (1982)
  • Palabras ingratas (1988)
  • Cuentos del desierto (2000)

Viajes, memorias y correspondencia

  • Cabezas verdes, manos azules (1963), viajes
  • Memorias de un nómada (1972), memorias
  • Días y viajes (1991), memorias
  • En contacto (1995), correspondencia

Viajes, memorias y correspondencia

  • Paul Bowles, Memorias de un nómada, Barcelona: Grijalbo, 1990.
  • Paul Bowles, In absentia, novela epistolar compuesta por cartas.

WIKIPEDIA




Bibliografía en español


Isidoro Merino
Madrid, 18 de noviembre de 1999


Alfaguara y Seix Barral son las dos editoriales españolas que más atención han dedicado a la ingente producción narrativa de Paul Bowles en los últimos años.El cielo protector (1949), la novela emblemática y probablemente la obra maestra de Bowles, fue editada por Alfaguara en 1992, al calor de la popular adaptación cinematográfica realizada por Bernardo Bertolucci.


La novela cuenta el viaje de un matrimonio norteamericano, Kit y Port, y un amigo llamado Tunner al profundo sur de Marruecos. Bowles describe magistralmente la dureza y la belleza del Sáhara mientras narra el hundimiento total de las vidas de los protagonistas.


Cuentos escogidos, que también editó Alfaguara, en 1995, es una selección de 14 cuentos del magnífico y prolífico cuentista que fue Bowles. Es una pequeña selección, porque el autor decidió dejar fuera unos cincuenta cuentos más, pero incluye joyas del género como Un episodio distante, Delicada presa o Parada en Corazón.


Otra novela inquietante es Déjala que caiga, título extraído de una cita de Macbeth en el que Bowles describe con su pluma afilada a numerosos personajes del Tánger ciudad sin ley que conoció en los años cuarenta. La editó Alfaguara en 1993.


También en esa editorial está Cabezas verdes, manos azules (1997), una recopilación de crónicas de viajes por el Sáhara, El Rif y Estambul en las que Bowles se adentra con la misma maestría en las costumbres de las tribus del desierto, los sonidos de la música rifeña o el ambiente de la vieja Constantinopla.


Una visión general y muy intereseante del hombre y el creador es Paul Bowles visto por sus amigos, reunión de textos de Patricia Highsmith, Gore Vidal (otro gringo transterrado), William S. Burroughs o el español Emilio Sanz de Soto, que dibuja la compleja personalidad del gran viajero.


Seix Barral también ha hecho de Paul Bowles un autor señero en los años noventa, publicando, por ejemplo, Días y viajes (1993), Muy lejos de casa (1992) o la jugosa selección de cartas titulada En contacto, que salió al mercado en 1994. Alfaguara cierra el círculo en 1997 con la publicación de la novela Misa de gallo.


EL PAÍS





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