martes, 10 de febrero de 2015

Franz Kafka

Franz Kafka
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Franz Kafka
(1883  -1924)


Franz Kafka (Praga, Imperio austrohúngaro, 3 de julio de 1883 – Kierling, Austria, 3 de junio de 1924) fue un escritor de origen judío nacido en Bohemia que escribió en alemán. Su obra está considerada una de las más influyentes de la literatura universal y está llena de temas y arquetipos sobre la alienación, la brutalidad física y psicológica, los conflictos entre padres e hijos, personajes en aventuras terroríficas, laberintos de burocracia, y transformaciones místicas.

Fue autor de tres novelas, El proceso (Der Prozeß), El castillo (Das Schloß) y El desaparecido (Amerika o Der Verschollene), la novela corta La metamorfosis (Die Verwandlung) y un gran número de relatos cortos. Además, dejó una abundante correspondencia y escritos autobiográficos. Su peculiar estilo literario ha sido comúnmente asociado con la filosofía artística delexistencialismo —al que influenció— y el expresionismo, y en algún nivel se lo ha comparado con el realismo mágico. Estudiosos de Kafka discuten sobre cómo interpretar al autor, algunos hablan de la posible influencia de alguna ideología política antiburocrática, de una religiosidad mística o de una reivindicación de su minoría etnocultural, mientras otros se fijan en el contenido psicológico de sus obras. Sus relaciones personales también tuvieron gran impacto en su escritura, particularmente su padre (Carta al padre), su prometida Felice Bauer (Cartas a Felice) y su hermana (Cartas a Ottla).

Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez se encuentran entre los escritores influenciados por los escritos de Kafka. El término kafkiano se usa en el idioma español para describir situaciones surrealistas como las que se encuentran en sus libros y tiene sus equivalentes en otros idiomas. Solo unas pocas de sus obras fueron publicadas durante su vida. La mayor parte, incluyendo trabajos incompletos, fueron publicados por su amigo Max Brod, quien ignoró los deseos del autor de que los manuscritos fueran destruidos.






Franz Kafka


“Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible, porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben ante ti, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento”
Franz Kafka
Carta al padre



“Lo que necesitamos son libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos duelan profundamente como la muerte de una persona a quien hubiésemos amado más que a nosotros mismos, como si fuésemos arrojados a los bosques, lejos de los hombres, como un suicidio; un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos adentro”

Franz Kafka
Carta a Oskar Pollak




“Porque solo soy literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa 
(…) y todo lo que no es literatura me hastía”

Franz Kafka
Diarios

Franz Kafka

Franz Kafka
Un gran escritor, un genio

Franz Kafka, hijo de Hermann Kafka, dueño de tienda, y su esposa Julie, nació en el seno de una familia judía de clase media de Praga. A la muerte de dos hermanos en la infancia, pasó a ser el hermano mayor, papel del cual guardó siempre conciencia. Ottla, la más joven de sus tres hermanas, fue la más allegada a él de toda la familia. Kafka se identificaba firmemente con sus antepasados maternos por su espiritualidad, distinción intelectual, conocimiento rabínico, excentricidad, disposición melancólica y delicada constitución física y mental. Sin embargo, no sentía especial afinidad con su madre, mujer sencilla consagrada a sus hijos. Ella, subordinada a su avasallador e iracundo marido y a su exigente comercio, compartía con éste la falta de comprensión de la improductiva y quizá insana dedicación de su hijo a las “anotaciones literarias de [su] ... nebulosa vida interior.”

La figura del padre de Kafka se imponía sobre su labor y sobre su existencia; la figura es, de hecho, una de sus creaciones más notables. En su imaginación, este tendero y patriarca burdo y práctico de carácter dominante que no adoraba más que el éxito material y el ascenso en la escala social, pertenecía a una raza de gigantes y era un tirano admirable pero repulsivo. En el intento autobiográfico más importante de Kafka, “Brief an den Vater” (Carta al Padre, 1919), misiva que nunca llegó a manos del destinatario, Kafka atribuye su imposibilidad de vivir – cercenar las ataduras con sus padres y establecerse mediante el matrimonio y la paternidad –, así como su escape a la literatura, a la prohibitiva figura paterna, la cual le infundió un sentimiento de impotencia. Sentía que el padre había quebrado su voluntad. El conflicto con el padre está directamente reflejado en el relato Das Urteil (El Juicio, 1916). El mismo espíritu se proyecta en mayor escala en las novelas de Kafka, que refieren, con una prosa lúcida y engañosamente sencilla, la desesperada lucha con una potencia arrolladora la cual puede perseguir a su víctima (como en El Proceso) o la cual se puede buscar para pedirle en vano su aprobación (como en El Castillo). No obstante, las raíces de la ansiedad y desesperación de Kafka van más hondo que su relación con el padre y la familia, con quienes eligió vivir en condiciones de apretada proximidad la mayor parte de su vida de adulto. La fuente de su desesperanza radica en un sentimiento de definitivo aislamiento de la comunión con todos los seres humanos – los amigos que estimó, las mujeres que amó, el trabajo que detestaba, la sociedad en que vivía – y con Dios o, en sus palabras, con el Ser realmente indestructible.

El hijo de un judío aspirante a la asimilación que sólo en forma superficial se ajustaba a las prácticas religiosas y las formalidades sociales de la comunidad judía, Kafka era alemán en su idioma y en su cultura. Fue un niño tímido, lleno de culpabilidad y obediente y un estudiante aplicado en la escuela elemental y en el Altstädter Staastsgymnasium, un exigente colegio de secundaria para la élite académica. Allí fue respetado y estimado por sus maestros. Pero, en su interior, se rebelaba contra la institución autoritaria y su pénsum de humanismo deshumanizado, en que predominaba la memorización y el aprendizaje de las lenguas clásicas. La oposición de Kafka a la sociedad instituida se hizo aparente cuando, de adolescente, se declaró socialista y ateo. A lo largo de su vida expresó simpatías razonadas por los socialistas; asistía a reuniones de los anarquistas checos (antes de la Primera Guerra Mundial) y, en años posteriores, demostró marcado interés y simpatía por un sionismo socializado. Aún entonces era en esencia un individuo pasivo y políticamente no comprometido. Por su condición de judío, Kafka estaba aislado de la colonia alemana de Praga a la vez que, como intelectual moderno, se encontraba igualmente desconectado de su propia herencia judía. Veía con buenos ojos las aspiraciones políticas y culturales de los checos pero su cultura alemana atenuó incluso estas simpatías. Fue así como el aislamiento social y el desarraigo contribuyeron a su infelicidad personal a lo largo de toda su vida. Pero Kafka llegó a trabar amistad con varios intelectuales y literatos judíos alemanes de Praga y, en 1902, conoció a Max Brod. Este artista literario menor fue el más íntimo y solícito de los amigos de Kafka y, con el tiempo, resultó ser el promotor, salvador y exégeta de los escritos de Kafka así como también su biógrafo más influyente.

Los dos hombres se conocieron cuando Kafka, sin mayor interés, cursaba derecho en la Universidad de Praga. Recibió su doctorado en 1906 y el año siguiente encontró empleo permanente con una empresa de seguros. Pero las largas horas y las exigentes demandas de la Assicurazioni Generali no le permitían dedicarse a escribir. En 1908 Kafka halló un cargo en Praga en el seminacionalizado Instituto de Seguros de Accidentes de los Trabajadores del Reino de Bohemia. Allí permaneció hasta 1917, cuando la tuberculosis lo obligó a pedir intermitentes permisos por enfermedad y, por último, a retirarse (con una pensión) en 1922. En su trabajo se le consideraba incansable y ambicioso; en poco tiempo pasó a ser la mano derecha de su superior y era estimado y querido de cuantos trabajaban junto a él.

De hecho, en lo general, Kafka era una persona agradable, inteligente y llena de humor pero encontraba su labor en la oficina rutinaria y la agotadora doble vida a la que ésta lo obligaba (con frecuencia, la escritura consumía sus noches) como una extrema tortura, y la neurosis perturbó sus relaciones personales más profundas. Las incompatibles inclinaciones de su personalidad, compleja y ambivalente, hallaron expresión en sus relaciones sexuales. La inhibición afectó penosamente sus relaciones con Felice Bauer, con quien estuvo comprometido en matrimonio dos veces antes de su ruptura definitiva en 1917. Más tarde, su amor por Milena Jesenská Pollak también se vio frustrado. Su salud era precaria y el trabajo en la oficina lo agotaba. En 1917 se le diagnosticó tuberculosis e inició entonces sus largas temporadas en sanatorios.

En 1923 Kafka se desplazó a Berlín para escapar a la familia paterna y dedicarse a escribir. Allí encontró nueva esperanza en la compañía de una joven judía nacionalista, Dora Dymant, pero su estadía en Berlín debió ser interrumpida por el declarado deterioro de su salud el invierno de 1924. Tras un breve período final en Praga, donde acudió Dora Dymant para acompañarlo, murió en una clínica cerca de Viena.


THE KAFKA PROJECT


Franz Kafka
Carta al padre


'Carta al padre', una aproximación al hombre



"Las cosas no pueden corresponderse con la realidad como las argumentaciones en mi carta, pues la vida es algo más que un rompecabezas; pero gracias a lo que esta confesión escrita corrige, y que yo no puedo ni quiero extender hasta el detalle, se ha logrado, en mi opinión, algo tan aproximado a la verdad que puede tranquilizarnos un poco a ambos y hacemos más fáciles el vivir y el morir. Franz".Precisamente porque la vida -la de alguien, se entiende- es algo más que un rompecabezas, por algo así como un respeto a su complejidad que eluda cualquier simplificación, carece de sentido pretender la obtención de una clave que nos abriera para siempre la intelección de ese alguien cuya vida transcurre ante nosotros o él mismo nos describe. La Carta al padre, de Kafka, es un documento que impresiona por su lucidez, una lucidez en ningún momento obstaculizada por el sufrimiento o por el temor. Me atrevo a afirmar que, por lo que concierne a nuestra cultura, este texto constituye el documento autobiográfico más lúcido que se haya escrito nunca. Es, en efecto, la descripción de una vida, pero, ante todo, de la determinación de esa vida, de la intelección de toda vida, en este caso la suya propia, como destino. Pero la lucidez que en la carta a su padre ostenta Kafka hasta el extremo coexiste y, por decirlo así, respeta la contradicción. Pareciera que no es la carta en sí misma contradictoria, sino que recoge la contradicción de la vida misma, y, en consecuencia, describirla es mostrar la contradictoriedad, advertir la que él mismo -el padre también- posee. Cada vez que el lector cree tener ya la solución, se escapa ésta de sus manos en un juego involuntario que podría formularse en el "sí, pero no" o en el "sí, pero también".
En efecto, la carta se escribe pero no se envía; acusa y disculpa al explícito destinatario; se inculpa y disculpa a sí mismo. Quizá uno de los rasgos más interesantes de la carta radique en algo que implica asimismo otra forma de asunción de la contradictoriedad: mientras por una parte reconoce el rango irracional de la actitud paterna para con él, por otra señala que "tenías razón contra mí". Pues una vez que se ha asumido la irracionalidad del tirano del que se depende se sabe que no queda otro remedio que obedecer, ya que "cobraste para mí todo lo enigmático que poseen todos los tiranos, cuya razón se funda en su persona, no en el pensamiento". He aquí, en esta última frase, el dinamismo de la identificación con el (temido) opresor y el drama que conlleva la misma: no se pretende igualarse a él porque persuada y convenza, sino porque puede, y ello sin necesidad de argumentar, sin el recurso al engorroso camino de la racionalidad. Ser como él, poder como él. Pero esto, que es deseable como única forma de aliviar el peso del tirano, merced al doblegamiento y docilidad ante él, y que el tirano aparentemente pretende, es a la vez una tarea imposible -el tirano "está demasiado alto"- y sacrílega: "Yo tendría una familia, lo máximo que, en mi opinión, puede alcanzarse, por lo que lo máximo, también, que has alcanzado tú me habría puesto a la par tuya, (pero) es demasiado, tanto no puede lograrse, ( ... ) debo hacer algo que, dentro de lo posible, no tenga conexión alguna contigo... (sin embargo) querer alejarse de esto tiene algo de locura y cada intento recibe como castigo esa locura". La identificación con el tirano es como la pretensión de ser como Dios: imperdonable. Por sí mismo culpabiliza el intento.
La forma de eludir la culpa radica, entonces, en identificarse a base de no ser. Se habla de identificación, no obstante (identificación negativa, en la terminología técnica), porque, como ad vierte Kafka, aun así, tratando de ser el extremo opuesto a la equiparación con el padre (es decir, el no poder, el no ser, la autodescalificación), se está en función de él. La sombra del padre gravita, pues, tanto en el inútil Intento, por demás soberbio y culpable, de igualársele, cuanto en el polo opuesto, al que se llega, como castigo, merced a la culpa anterior: la anulación, el autoaniquilamiento, una "sensación de nulidad (desde otro punto de vista, sin duda, una sensación también noble y fructífera)" que sólo puede ser definida como un proceso de deshumanización casi: "Me aterraba, por ejemplo, oírte decir: 'Te destrozo como un pez" (recordemos la metamorfosis de Gregorio Samsa en un monstruoso insecto). Más aún, antes de esa deshumanización, inherente a la descalificación de sí mismo en su propiedad de hombre, está la pérdida del atributo humano por excelencia: "La imposibilidad de una relación serena tuvo otro efecto, sin duda natural: desaprendí el habla".
Finalmente, la dependencia de la paternotiranía deriva en una división del mundo, es decir, de la realidad, una división absurda, distorsionada, pero, inevitable, pues el mundo es, y no puede ser de otra manera, sino como lo vemos: "Dividía el mundo en tres partes: la una, donde vivía yo, el esclavo, regido por leyes inventadas exclusivamente para mí ... ; luego, un segundo mundo, infinitamente lejano del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo, donde la gente vivía libre y alegremente, sin órdenes ni obediencia". El mundo de El castillo y el compulsivo y vano intento de alcanzarlo por parte del agrimensor.
Pero el padre no es culpable sin más ante Franz Kafka: "En el fondo eres un hombre bondadoso y tierno (lo que sigue no ha de contradecir esto). (...) Tú sólo puedes tratar a un niño en la misma forma en que tú has sido criado, con fuerza, ruido e iracundia, y además esto te parecía muy apropiado para el caso, porque querías hacer de mí un muchacho fuerte y valeroso". Y, por otra parte, ¿no será todo cuanto del padre diga su imagen del padre, no el padre real?: "Pues hablo únicamente de la apariencia con que influías sobre el niño", lo que viene a significar que no tiene necesariamente que ser así en la realidad.
Lo kafkiano, el término tópico que casi enrojece usar, no es Franz Kafka, sino, Para éste, Hermann Kafka, su padre. Kafkiano es el mundo en que vive Kafka, pero no él: "Yo soy, para decirlo en muy pocas palabras, un Löwy con cierto fondo kafkiano a quien, sin embargo, no impulsa esa voluntad típicamente kafkiana de vivir, comerciar, conquistar, sino un aguijón löwytico que actúa en otra dirección, más oculto, más tímido y que frecuentemente se interrumpe por completo. Tú, en cambio, eres un verdadero Kafka en fuerza, salud, apetito, potencia de voz, talento oratorio, autosatisfacción, superioridad mundana, perseverancia, presencia de ánimo, experiencia y cierta amplitud de miras...".
Carta al padre sugiere el problema, tantas veces planteado, de la universalidad en la, o desde la, singularidad. Desde la estricta singularidad que depara la diferenciada visión de sí mismo, de un yo que se vuelve descarnadamente objeto de su propia reflexión, este documento, por fortuna conservado, traspasa el ámbito de la verdad en cualquiera para constituirse en una verdad de todos y que, entre otras cosas, define la propiedad del hombre. En este: orden a que me refiero, la gran enseñanza de Kafka estriba en mostrarnos cómo sin salir de sí mismo, a costa de una introspección en la que la inteligencia y el valor se sobreponen al dolor, se alcanza la inusitada descripción y destinación del ser humano. Pues Hermann Kafka fue un padre real, pero también es todo padre real, cualquier padre sustitutorio, cualquiera que, como a Dios, se le erija en padre imaginario.
Nota del autor, Todos los entrecomillados son textos extraídos de Carta al padre, de Kafka.

Franz Kafka y Felice Bauer

1912, viaje al año 

del ‘big bang’ de Kafka

Hace un siglo el escritor vivió una eclosión creativa que cambiaría el rumbo de la literatura

El atormentado literato facturó 'Contemplación', 'La condena' y 'La metamorfosis'

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN 9 MAR 2012 - 00:01 CET


Franz Kafka / SCIAMMARELLA
1912 es un año decisivo en la vida y obra de Kafka. Tanto que, en su devenir, ni la una ni la otra, inextricablemente unidas, resultan comprensibles sin atender a ese tiempo eje. Varias son las razones que validan semejante argumento. En primer lugar, el 13 de agosto de aquel año Kafka conoce a Felice Bauer en casa de los padres de Max Brod. De todas las mujeres que articulan la vida emocional de Kafka, ninguna como Felice retrata no sólo lo que Kafka llegará a ser, sino sobre todo lo que nunca será: esposo, padre, un hombre con raíces. La relación con Felice, su vértigo de compromisos una y otra vez aplazados o rotos, dibuja con singular empeño esa infernal soltería, esa incapacidad (y, a la vez, ese terrible anhelo) para una vida doméstica al uso, que Kafka elevó a rango de inolvidable literatura.
Pero no solo la vida sentimental de Kafka queda marcada para siempre en 1912. También su vocación como escritor, su pasión y condena literaria, se cincelan aquel año. Tres datos bastan para confirmar dicha idea. A finales de 1912, Kafka ve publicado su primer libro: las prosas de Betrachtung, conocidas entre nosotros como Contemplación, un título sin duda menor pero no por ello menos crucial para la historia íntima de la literatura. Con todo, esta publicación no es lo más importante en el terreno creativo del año del que hablamos. Porque dos sucesos de hondísima significación marcan su trabajo en esas fechas.
De un lado, la revelación del "lugar natural" de la escritura de Kafka: la noche, el insomnio, las tinieblas en las que el autor de Praga desarrollará la parte del león de su trabajo. La noche del 22 al 23 de septiembre de 1912, a lo largo de ocho horas ininterrumpidas de escritura, Kafka factura La condena, uno de los textos capitales para comprender la visión del mundo del narrador checo. Y lo hace en un estado casi mediúmnico, acaso sólo comparable al que embargará a Pessoa una noche de marzo de 1914 al pergeñar cincuenta poemas deEl cuidador de rebaños. Poseído por un dios feroz y a la vez dadivoso, Kafka descubre aquella noche cuál será a partir de entonces su relación con la literatura. Mientras los demás duerman el sueño de los justos, descansando de sus afanes y miserias, él volcará su inquietante universo en interminables veladas que, como un motivo opaco, dibujan una de las telas mayores de la literatura de todos los tiempos.

Su vocación como escritor, su pasión y condena literaria, se cincelan aquel año
El último eslabón literario para contemplar 1912 como año de gracia en la vida de Kafka es el más conocido. Entre el 17 de noviembre y el 7 de diciembre de 1912, en apenas tres semanas, Kafka escribe uno de los textos decisivos de la sensibilidad occidental del siglo veinte, y con pocas dudas el fragmento que con mayor hondura ha reflejado el angst del sujeto contemporáneo: durante veinte fecundas noches, en la Niklasstrasse de Praga, nuestro hombre redacta, para asombro de las generaciones futuras, La metamorfosis.
En puridad, no se puede prescindir de Kafka para entender en qué se ha convertido la literatura durante el pasado siglo. En 1964, en un ensayo justamente célebre, La locura, la ausencia de obra, Foucault asegura que "es tiempo ya de comprender que el lenguaje de la literatura no se define por lo que dice, ni tampoco por las estructuras que lo hacen significante, sino que tiene un ser y que es este ser lo que hay que interrogar". La conclusión de Foucault al respecto de este problema es rotunda: "El ser de la literatura, tal como se manifiesta desde Mallarmé y llega hasta nosotros, alcanza la región donde, desde Freud, tiene lugar la experiencia de la locura". Así, el demiurgo de la literatura dialoga con esa instancia que dice todo lo que nuestra vida reglamentada, formalista, constreñida por la prevención y las costumbres, calla. La intuición foucaultiana tiene notables adeptos: "En este siglo", escribe DeLillo en Los nombres, "el escritor ha sostenido una conversación con la locura. Casi podríamos decir que el escritor del siglo veinte aspira a la locura. Para un escritor, la locura es la destilación última de sí mismo, una versión final. Equivale a apagar el sonido de las voces falsas".
Como ese espejo deformante y audaz en que se refleja el escritor, Kafka resulta inagotable e ineludible. No sólo su apellido ha pasado a las lenguas cultas del mundo para definir una situación determinada (lo kafkiano), sino que su personalidad y su obra han legitimado el nacimiento de lo que, a falta de un nombre mejor, se denominakafkología. La nómina de intelectuales que han prestado su talento a desentrañar las circunstancias de esta ciencia de lo kafkiano, de este logos interminable, es abrumadora. Sin ánimo exhaustivo, basta recordar los nombres de Theodor Adorno, Walter Benjamin, Elias Canetti, Milan Kundera, Robert Musil, Marthe Robert, Jean Starobinski e incluso David Foster Wallace, quien en 1999 dedicó al humor en Kafka un brevísimo ensayo, el iluminador Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka, de los cuales probablemente no he quitado bastante, recogido en Hablemos de langostas.

Su obra, cien años después, nos sigue interrogando, conmoviendo y desconcertando
Los compromisos emocionales, el carácter sagrado de la escritura, la perspectiva de la locura y, en resumidas cuentas, todo el elenco avasallador del pathos de Kafka nos interrogan con fuerza en el último estudio sobre el autor vertido a nuestra lengua, el ensayo de Pietro Citati concisamente titulado Kafka, que publicado por Acantilado recoge la edición italiana de Adelphi de 2007, a la que el erudito florentino añade nuevas consideraciones y material inédito respecto al original de 1986. Contempla aquí Citati a Kafka a través de su relación con las mujeres (Felice, por descontado, pero también Milena y su última compañera, la jovencísima Dora Diamant), a través de su vínculo con la escritura en su doble dimensión de don y de fatalidad, y a través de un puñado de obras mayúsculas: sus tres novelas (El desaparecidoEl proceso y El castillo), algunos relatos extraordinarios (Durante la construcción de la muralla chinaLa madriguera e Investigaciones de un perro) y los fascinantes Aforismos de Zürau, sublimación del genio y el padecimiento kafkianos.
El resultado, discutible en ocasiones (la lectura abiertamente “teológica” que Citati propone de Kafka parece a menudo forzada), memorable en otras (la conversión de Kafka en personaje casi novelesco es notabilísima), redunda en todo caso en la convicción expresada por Adorno en sus Apuntes sobre Kafka: “El momento de la respuesta, al que todo apunta en Kafka, es aquel en que los hombres se dan cuenta de que no son sino cosas”. Y es que, siempre moderno, irreductible a un único punto de vista, enigmático en definitiva como todo gran creador, Kafka amaneció a la eternidad de la literatura hace ahora un siglo. Su obra, cien años después, nos sigue interrogando, conmoviendo y desconcertando con la enormidad de lo imperecedero.

*Ricardo Menéndez Salmón es autor de novelas como La ofensa y La luz es más antigua que el amor (ambas en Seix Barral)

Franz Kafka y Felice Bauer
Poster de T. A.
El amor insondable de Kafka y Felice

Las cartas del autor de ‘El proceso’ permiten reconstruir una enigmática relación llena de turbulencias

Editorial Nördica recupera 'Cartas a Felice' cuarenta años después de que apareciera en España



Franz Kafka, visto por Fernando Vicente.
El 16 de junio de 1913, Franz Kafka le confesó a Felice Bauer que no era gran cosa. “La verdad es que no soy nada, lo que se dice nada”, le escribió. Inmediatamente después le explicaba que no conocía a nadie tan desastroso en las relaciones humanas como él, y que tenía la impresión de que “no hubiera vivido nada”. Por si acaso añadía: a) que era incapaz de pensar y b) que tampoco sabía narrar, “ni siquiera hablar”. Poco antes, tras informarle de que estaba enfermo, le había preguntado: “¿Querrás reflexionar (…) y llegar a una conclusión respecto a si quieres ser mi mujer?”.
Nórdica vuelve a publicar estos días Cartas a Felice casi cuarenta años después de que apareciera el libro en España, y lo ha hecho (marca de la casa) en una magnífica edición (la traducción es de Pablo Sorozábal) y en el momento oportuno: nunca está de más sumergirse en esa insondable y enigmática relación que tan a fondo explora los laberintos del amor. “Yo perdería mi soledad, que en su mayor parte es horrible, y te ganaría a ti, a quien amo más que ningún otro ser”, le seguía contando Kafka en la misma carta. “En cambio tú perderías tu vida tal como la has llevado hasta el momento, vida con la que te sientes satisfecha casi por completo”. Así que remataba: “En lugar de esta nada despreciable pérdida ganarías un hombre enfermo, débil, insociable, taciturno, triste, rígido, casi desprovisto de toda esperanza, cuya tal vez única virtud consiste en que te quiere”.
Kafka conoció a Felice Bauer el 13 de agosto de 1912 en casa de la familia de Max Brod, seguramente su mejor amigo. El 20 de septiembre le escribió por primera vez. Kafka tenía entonces 29 años; Felice, 25. Él trabajaba en una empresa de seguros, vivía en Praga y estaba a punto de publicar su primer libro de relatos, Contemplación. Ella era ejecutiva en Carl Lindström S.A., una empresa dedicada a la fabricación y distribución de dictáfonos y residía en Berlín. “Cuando llegué a casa de los Brod”, apuntó unos días después en su diario a propósito de Felice, “estaba sentada a la mesa. No sentí la menor curiosidad por saber quién era, porque enseguida fue como si nos conociéramos de toda la vida”.

“Yo perdería mi soledad, que en su mayor parte es horrible, y te ganaría a ti, a quien amo más que ningún otro ser”
No tardarían mucho en escribirse con inusitada frecuencia, casi diariamente y, de tanto en tanto, varias veces en el mismo día. En su sexta carta, del 27 de octubre, Kafka reconstruyó milimétricamente el día en que se conocieron. No volvieron a verse, sin embargo, hasta el 23 de marzo de 1913, casi nueve meses después de su primer encuentro. En mayo, Kafka fue recibido por la familia de Felice, y lo pasó francamente mal. Por fin, en junio, le pide que sea su esposa. El 1 de abril, sin embargo, le había confesado: “Mi verdadero miedo –no se puede decir ni oír nada peor– consiste en que jamás podré poseerte”.
El volumen de Nórdica que contiene las cartas a Felice tiene 827 páginas. Casi el ochenta por ciento del espacio lo ocupan las que le escribió hasta finales de 1914. La última es del 16 de octubre de 1917. Fueron cinco años de una relación extraña, casi siempre a distancia, llena de recovecos, de equívocos, de turbulencias. Se amaban locamente, locamente temían por lo que les fuera a deparar el futuro. Les tocó ser a ratos cómplices y a ratos enemigos.
Todo cuanto se le pasaba a Kafka por la cabeza, todas manías, su día a día, sus gustos literarios y sus reflexiones sobre la escritura, sus complejos y miedos, todo está ahí. Aparecen sus celos por otros escritores, su obsesión por la delgadez de su cuerpo, sus batallas contra el insomnio y su adoración por el sueño, su enfermiza incapacidad de decidir, su compleja relación con los niños, su temor a casarse, su habilidad para desentrañar los mecanismos de poder. Kafka no le oculta a Felice la mala química que tiene con su padre, deja ver cuánto le gusta metamorfosearse en lo pequeño, le habla de su interés por los animales diminutos, los perros aparecen una y otra vez, y sus quejas por la insoportable vida de funcionario y por lo insoportable que le resulta Praga. En las cartas se revela su amor por los bosques y su predilección por el silencio y el vacío.

“Mi verdadero miedo –no se puede decir ni oír nada peor– consiste en que jamás podré poseerte”
En El otro proceso de Kafka, el ensayo que dedicó a las Cartas a Felice,Elias Canetti resume así el significado de esta fascinante obra: “Estas cartas contienen una inconcebible dosis de intimidad; son más íntimas aún de lo que sería la exposición detallada de una felicidad. No existe indecisión cuya descripción puede comparársele, ni personalidad que se haya desnudado tan fielmente. Este intercambio epistolar resulta casi insoportable para una persona primitiva, a tal punto se tiene la impresión de estar ante el exhibicionismo de una impotencia espiritual; pues uno se encuentra constantemente con todo lo que lo caracteriza: indecisión, temerosidad, frialdad de sentimientos, minuciosidad en la descripción de una ausencia de amor, un desvalimiento de tales proporciones que solo resulta creíble por la hiperexactitud con que se lo narra. Pero todo está formulado de tal forma que al instante se convierte en ley y conocimiento”.
Felice respondió que “sí” a la carta de junio de 1913, que aceptaba casarse con él, e inmediatamente después empezaron los tormento de Kafka. En septiembre huye del compromiso, ingresa en un sanatorio de Riva, quiere olvidarlo todo. Allí conoce a la “chica suiza” de la que se enamora durante diez días. Felice, por su parte, envía a finales de octubre a una amiga suya, Grete Bloch, para que haga de mediadora y consiga salvar lo que pueda salvarse.
Todavía surgen más complicaciones: Kafka empieza a cortejar a Grete por correspondencia, pero al mismo tiempo va recuperando poco a poco a Felice. Vuelven a prometerse en junio de 1914, vuelven a romper un mes después tras un incómodo episodio en un hotel que Kafka identifica con una suerte de proceso en el que lo condenan. De nuevo la distancia, tiras y aflojas, breves encuentros.
Entre el 3 y el 13 de julio de 1916, Kafka y Felice pasan diez días en Marienbad. Al principio las cosas chirrían, pero luego “siguieron cinco días felices con ella, uno, se diría, por cada uno de sus cinco años en común”, escribe Canetti en su ensayo. De nuevo piensan en casarse: cuando termine la guerra. Pero vuelven a discutir. Todavía su amor reverdece a ratos, pero en octubre de 1917, la relación se ha extinguido ya. El 30 de septiembre Kafka le ha escrito la carta más triste, la penúltima de todas aunque sea la del verdadero final. “Mi barca es muy frágil”, le confiesa. Se escuda en su enfermedad. Ha perdido. “Jamás recuperaré la salud”. Todo ha terminado.

Señales de humo

J. A. R.
En El otro proceso de Kafka, el libro donde escudriña la compleja relación entre el escritor y Felice Bauer, Elias Canetti va trazando puentes entre sus cartas y sus obras e intenta, de esa manera, comprender la envergadura de su literatura. “El comportamiento de Kafka durante los tres primeros meses de su intercambio epistolar con Felice fue exactamente lo que él necesitaba”, escribe. “Él sentía lo que le hacía falta: una seguridad lejana, una fuente de fuerza que no trastornara su sensibilidad mediante roces demasiado estrechos; una mujer que estuviera a su disposición sin esperar de él más que palabras, como una especie de transformador cuyos errores técnicos conocía y dominaba hasta el punto de que al instante podía corregirlos con ayuda de una carta”.
Para entender de qué manera Kafka se servía de la escritura para explorar cada vez más dentro, cada vez más al fondo de sí mismo, y cómo procuraba iluminar los rincones más oscuros y las anomalías y los ruidos de su interior, valgan unos cuantos párrafos de algunas de las Cartas a Felice (Nórdica, 2013; traducción de Pablo Sorozábal):
La mejor forma de vida
“Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas sería mi único paseo. Acto seguido regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y enseguida me pondría de nuevo a escribir. ¡Lo que sería capaz de escribir entonces! ¡De qué profundidades lo sacaría! ¡Sin esfuerzo! Pues la concentración extrema no sabe lo que es el esfuerzo. Lo único es que quizá no perseverase, y al primer fracaso, tal vez inevitable incluso en tales condiciones, no podría por menos que hundirme en la más grande de las locuras: ¿qué dices a esto, mi amor? ¡No retrocedas ante el habitante de la cueva!”. (Carta del 14 al 15 de enero de 1913)
El estado de confusión
“...¿has conocido alguna vez la incertidumbre? ¿Has visto cómo se abrían aquí y allá para ti solamente, descontando a los demás, diversas posibilidades, y que con ellas surgía una verdadera prohibición de efectuar todo movimiento? ¿Has desesperado alguna vez de ti misma, simplemente desesperado, sin que entrase en tu mente, ni del modo más fugaz, pensar en el otro? ¿Desesperado hasta el extremo de tirarse al suelo y permanecer así más allá de todos los Juicios Universales? (...) ¿Y qué es lo que te sostiene, la idea del judaísmo o la de Dios? ¿Sientes --y esto es lo principal-- vínculos ininterrumpidos entre ti y una altura o profundidad tranquilizadoramente lejana, posiblemente infinita? El que siente tal cosa no se ve en la necesidad de un lado a otro como un perro perdido que, mudo, lanza a su alrededor miradas implorantes (...)”. (Carta del 9 al 10 de febrero de 1913)
Cerca de mí
“Por eso corro en todas direcciones --no deliberadamente, claro está--, como las ardillas locas dan vueltas y más vueltas en la jaula, con el solo fin, mi amor, de retenerte ante mi jaula y saberte cerca de mí, aunque yo no pueda verte. ¿Cuándo te darás cuenta de ello, y una vez que te hayas dado cuenta, cuánto tiempo permanecerás ahí?”. (Carta del 21 al 22 de febrero de 1913)
El futuro
“Por supuesto que no tengo ningún plan, ninguna perspectiva, yo no puedo entrar en el futuro por mis propios pasos; precipitarme en el futuro, rodar en el futuro, tropezar y caer en el futuro, eso sí puedo hacerlo, y lo que mejor soy capaz de hacer es quedarme tumbado”. (Carta del 28 de febrero al 1 de marzo de 1913)
El sacrificio
“No me preguntes sin parar si quiero hacerte mía. El leer estas preguntas es algo que me da una tristeza mortal. Esas son las preguntas que hay en tu carta, pero en cambio no hay una sola palabra, ni una palabrita sobre ti, ni una palabra que diga lo que esperas para ti, ni una palabra que hable de lo que significaría el matrimonio para ti. Todo concuerda, para ti se trata de un sacrificio, no hay nada más que hablar sobre el particular”. (Carta del 21 de marzo de 1914)
Los dos combatientes
“Que en mi interior hay dos seres que combaten, es cosa que ya sabes. Que el mejor de ambos combatientes te pertenece, es algo que en estos últimos días he dudado menos que nunca. Sobre las vicisitudes de la lucha has sido informada a lo largo de cinco años mediante la palabra y el silencio y mediante sus entremezcladuras, por lo general para tu tormento. Caso de que me preguntes si ha habido siempre veracidad, solo te puedo decir que jamás hacia ninguna otra persona me he abstenido tan enérgicamnte de decir mentiras conscientes, o para ser aún m´ñas exacto, más enérgicamente, que hacia ti. Disimulos ha habido algunos, mentiras muy pocas, suponiendo que, de por sí, sea posible eso de que haya ‘muy pocas’ mentiras. Soy un ser mentiroso, de otra manera no sé conservar el equilibrio, mi barca es muy frágil”. (Carta del 30 de septiembre al 1 de octubre de 1917)


BIBLIOGRAFÍA

  • Contemplación (Betrachtung - 1913)
  • Niños en un camino de campo (Kinder auf der Landstraße)
  • Desenmascaramiento de un embaucador (Entlarvung eines Bauernfängers)
  • El paseo repentino (Der plötzliche Spaziergang)
  • Resoluciones (Entschlüsse)
  • La excursión a la montaña (Der Ausflug ins Gebirge)
  • Desdicha del soltero (Das Unglück des Junggesellen)
  • El comerciante (Der Kaufmann)
  • Mirando afuera distraídamente (Zerstreutes Hinausschaun)
  • El camino a casa (Der Nachhauseweg)
  • Los que pasan corriendo (Die Vorüberlaufenden)
  • El pasajero (Der Fahrgast)
  • Vestidos (Kleider)
  • El rechazo (Die Abweisung)
  • La condena. Una historia para Felice B. (Das Urteil - 1913)
  • El fogonero. Un fragmento (1913)
  • La metamorfosis (Die Verwandlung - 1915)
  • En la colonia penitenciaria (In der Strafkolonie - 1919)
  • Un médico rural (Ein Landarzt - 1919)
  • El nuevo abogado
  • Un médico rural.(Ein Landarzt - 1917)
  • En la galería
  • Un viejo manuscrito
  • Ante la ley (parábola). Repetido en El Proceso.
  • Chacales y árabes
  • Una visita a la mina
  • El pueblo más cercano
  • Un mensaje imperial
  • Preocupaciones de un padre de familia (Die sorge des Hausvater)
  • Once hijos
  • Un fratricidio
  • Un sueño (Ein Traum)
  • Informe para una academia (Ein Bericht für eine Akademie - 1917)
  • Un artista del hambre (1924) (Ein Hungerkünstler - 1922). Revisado por Kafka en su lecho de muerte
  • Primer sufrimiento
  • Una mujercita
  • Un artista del hambre (Ein Hurgerkünstler)
  • Josefina la cantora o El pueblo de los ratones
  • Textos publicados en revistas
  • Un breviario para damas (1909)
  • Conversación con el borracho (1909)
  • Conversación con el orante (1909)
  • Los aeroplanos en Brescia (1909)
  • Una novela de juventud (1910)
  • Una revista extinta (1910)
  • Primer capítulo del libro Richard y Samuel (1912)
  • Barullo (1912)
  • Desde Matlárháza (1920)
  • El jinete del cubo (1921)



OBRAS PÓSTUMAS

  • El desaparecido. Novela comenzada en 1911 y que dejó de escribir en 1912. Está inconclusa. Durante años se conoció como América, título que Max Brod escogió, pero estudios recientes han determinado que Kafka la tituló El desaparecido. Se publicó por primera vez en 1927. Desde 1982 la distribución de los capítulos y fragmentos se modificó, y la editorial Fischer publicó en alemán la edición definitiva.
  • El proceso (Der Prozeß, 1925). Novela inconclusa.
  • El castillo (Das Schloß, 1926). Novela inacabada.
  • La Muralla China. Relato. Se supone que la versión definitiva fue quemada por Kafka.
  • Carta al padre (Brief an den Vater, noviembre de 1919).
  • Ricardo y Samuel. Capítulo de una novela, escrito en colaboración con Max Brod.
  • La obra (Der Bau, 1923-1924). También traducida como La construcción o La madriguera.

RELATOS
  • Preparativos de una boda en el campo (Hochzeitsvorbereitungen auf dem Lande - 1907-1908)
  • Der Dorfschullehrer o Der Riesenmaulwurf - 1914-1915
  • La muralla china (Beim Bau der Chinesischen Mauer - 1917). Versión previa a otra definitiva destruida más tarde por Kafka.

Ilustración de Franz Kafka


OBRA EPISTOLAR, DIARIOS, AFORISMOS
  • Preparativos de una boda en el campo (Hochzeitsvorbereitungen auf dem Lande - 1907-1908)
  • Der Dorfschullehrer o Der Riesenmaulwurf - 1914-1915
  • La muralla china (Beim Bau der Chinesischen Mauer - 1917). Versión previa a otra definitiva destruida más tarde por Kafka.


Ilustración de Franz Kafka

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