domingo, 18 de marzo de 2012

Sor Juana Inés de la Cruz / La primera feminista del Nuevo Mundo



Sor Juana Inés de la Cruz
(1651– 1695)
LA PRIMERA FEMINISTA DEL NUEVO MUNDO
Por Fernando Benítez

En el antañón y apacible caserío de San Miguel de Nepantla, a unos 80 kilómetros al sudeste de la Ciudad de México, se levanta un monumento erigido a la memoria de una extraordinaria mujer de la época colonial, a quien se puede considerar como la primera feminista del Nuevo Mundo. Un busto de bronce, obra del escultor Joaquín Arias Méndez dedicado el 12 de noviembre de 1951 con ocasión del tercer centenario del nacimiento de la ilustre mujer, muestra una figura de hermoso rostro, vestida de hábito. En el pecho luce el medallón de la Orden de San Jerónimo. La escultura se alza frente a la ya ruinosa casa de adobe en que nació, y el conjunto está encerrado en un sencillo edificio de estuco y piedra. En los azulejos de Talavera que cubren las paredes interiores se leen cuatro de sus más famosos sonetos y una redondilla. El mundo de habla española conoce a la autora de aquellos versos por Sor Juana Inés de la Cruz.
El profundo misterio que rodea su vida, la significación de su actividad humana y la importancia de sus escritos  la han hecho tema de libros, obras de teatro e incluso estudios psicoanalíticos. ¿Y cómo no? En el México de su tiempo sólo los hombres podían instruirse; la mujer estaba condenada a la ignorancia y no se le permitían más quehaceres que los propios del hogar. Y fue Sor Juana la primera mujer que se rebeló contra la idea de que el saber sobraba y aun dañaba al sexo femenino, y se atrevió a decir que la sociedad sería muy distinta cuando la mujer se hallara en igualdad de circunstancias.
Nació Juana Inés en San Miguel Nepantla, en 1651, hija natural del capitán español Pedro Manuel de Asbaje y de una criolla, Isabel Ramírez de Santillana. Pronto Isabel se unió a otro hombre, y la niña fue a vivir con su abuelo materno. Cuando murió este último, la madre de Juana Inés se encargó de atender la próspera heredad.
La pequeña Juana Inés tenía la libertad de recorrer a solas un campo deslindado por las faldas de los volcanes Popocatépetl e Itzaccíhuatl y un exuberante valle de cultivo. Solitaria de temperamento, la niña pasaba largas horas ojeando los libros de la bien surtida biblioteca de su abuelo. A los tres años de edad aprendió a leer escuchando las lecciones que recibían sus dos hermanas mayores. A los cinco años, Juana Inés comenzó a escribir versos e inició su carrera literaria con una Loa al Santísimo Sacramento, que se representó en la iglesia parroquial e la cercana población de Amecameca.
Tendría la niña 10 años de edad cuando concibió un deseo de imposible realización: inscribirse en la Universidad de México. Como allí no se admitían mujeres, rogó a su madre que le permitiera asistir disfrazada de muchacho. La madre, que no podía luchar con una niña precoz, además de tener que educar a sus otras hijas y cuidar de la hacienda, envió a Juana Inés al lado de sus tíos que vivían en la Ciudad de México.
Ya en la capital, la niña aprendió el latín en 20 lecciones y asimismo estudiaba la lengua portuguesa hasta aprenderla por sí sola. (También hablaba el náhuatl, lengua indígena.) Su extraordinaria voluntad para aprender se explica en parte por la manera insólita que usaba para disciplinarse. Se fijaba breves plazos para avanzar en sus estudios, y si no los cumplía, se castigaba cortándose un mechón de su hermoso cabello castaño. No era justo, confesaría más tarde, “que estuviese vestida de cabello cabeza que andaba tan desnuda de noticias, que eran más apetecible adorno”.}
Juana Inés fue, en su juventud, una beldad que pronto adquirió los donaires de la pomposa corte del virreinato de la Nueva España del siglo XVII. Hasta ella la llevaron su ingenio y sus conocimientos, pues llegó noticia de ellos a los virreyes, el marqués de Mancera y su esposa. El marqués quería establecer en América una corte tan fastuosa como las europeas. Enterado del prestigio de Juana Inés, la designó dama de honor “muy querida de la señora Virreina” y la llevó a vivir a Palacio. Los virreyes fueron para la joven los padres que no tuvo en su infancia. Lo primero que les llamó la atención fue la poderosa voluntad de Juana Inés , voluntad tanto más admirable cuanto que permanecía inerte en la mayoría de sus coterráneos, renuentes a emplear su iniciativa porque todo su esfuerzo sería en provecho de los europeos.
La frivolidad, la vida ociosa de una dama de honor en la corte de la marquesa de Mancera tampoco resultaban un medio propicio para el temperamento y las inclinaciones de Juana Inés. Pero su modestia, su buen humor, la gracia de su conversación, y sobre todo su gran hermosura, la hicieron brillar en todas las fiestas virreinales y muy pronto se convirtió en el personaje más popular del palacio. Juana Inés hacía amable la vida de quienes la rodeaban escribiéndoles versos de encargo y comedias para que se representaran en las festividades. Pera a todo se daba tiempo para seguir fiel a su pasión infatigable por el estudio.
Algunos de los señores y damas que rodeaban a los marqueses de Mancera juzgaban el interés de Juana Inés por los estudios como cosa imposible. Y concluyeron que Juana Inés tenía que ser una impostora, y sus conocimientos una farsa. Entonces, para disipar la calumnia y también quizá para animar un poco la tediosa vida colonial, el Virrey invitó a 40 letrados a examinar a la joven en sus respectivas disciplinas.
En el día señalado privaba en la gran sala de Palacio una honda ansiedad. Entre los presentes los había que esperaban ver humillada a la presuntuosa joven, pero no faltaban los que iban a aplaudirla. Juana Inés entró en el atestado salón con dignidad rara en una joven de 15 años, y se encaró con los sabios que iban a juzgar de sus conocimientos. Durante varias horas los eruditos la bombardearon con preguntas. Entre los presentes, y de los interrogadores mismos, hubo muchos aplausos mientras ella se justificaba fácilmente. Sumamente contento con su experimento, el Virrey comentó algún tiempo después que la muchacha hizo frente a sus inquisidores “a la manera que un galeón real se defendería de unas pocas chalupas que lo embistieran”.
Envuelta en las pequeñeces de una sociedad tan egoísta, Juana Inés no sentía ningún orgullo de triunfo. Ya entonces debió de preguntarse por los valores que aquella forma de vivir le podía ofrecer a ella misma. Pero en 1667, cuando decidió súbitamente hacerse monja, la corte recibió la noticia con mucha conmoción. A la edad de 16 años entró en el convento de San José, de las Carmelitas Descalzas. A los tres meses los insólitos ayunos y rigores a que se hallaba sometida, quebrantaron la salud de la joven, quien volvió a la corte virreinal. Una vez que Juana Inés recuperó la salud, su confesor le aconsejó que ingresara en la Orden de San Jerónimo Concepcionista, más liberal. Como esta orden no imponía a las religiosas demasiadas obligaciones, le daría ocasión de dedicarse a las letras y a las ciencias. Por tanto, el 24 de febrero de 1669, la joven profesó como monja concepcionista den el convento de San Jerónimo.
Los cronistas de la época describían a Juana Inés como una bella mujer, “de hermosos labios rojos, dientes blancos y bien formados, de tez dorada y manos exquisitas”. Nadie tenía un futuro más halagüeño. En verdad, ¿fue su intensa vocación intelectual lo que llevó al convento a Juana Inés? Puede pensarse en que el amor y los celos, de que hablan sus poemas, son impresiones sólo adquiribles en la vida, y tal vez algún desengaño, producto de un amor no correspondido, por alguna causa, fue lo que influyera en su decisión. Y aunque más tarde alcanzaría fama por su talento, en más bien por sus picantes redondillas, que zahieren las vanidades masculinas, y por sus graciosas obras de teatro por lo que hoy se la admira. Pero si fue solamente una vocación intelectual lo que la impulsó al aislamiento, su decisión no pudo ser más lógica, pues la Iglesia le brindaba en aquella época una de las pocas posibilidades de estudio y trabajo literario.
En su acogedora celda del convento, acompañada de sus libros, Sor Juana Inés de la Cruz escribió poemas, ensayos, villancicos, autos sacramentales y comedias, y compuso música sagrada. Su Primer Sueño, poema filosófico que es un canto al anhelo del conocimiento, se considera como uno de los mejores ejemplos del barroco literario.
Aunque no se publicó el primer tomo de sus poesías hasta seis años antes de su muerte, muchos de sus versos ya se habían publicado en antologías. Esto, y su creciente correspondencia con hombres de letras, teólogos y científicos, además de las presentaciones de sus obras de teatro, extendieron la fama de la brillante enclaustrada por todo el mundo español y aun más allá. Ilustres personajes de Europa y del Nuevo Mundo la visitaban y llenaron su celda con regalos de libros, de instrumentos matemáticos y musicales y de globos terráqueos. El sabio catedrático de matemáticas de la Universidad de México don Carlos Sigüenza y Góngora, le enseñó matemática avanzada a cambio de la crítica que ella le hacía de sus versos. El gran fundador de las misiones en el vasto territorio español del norte, padre Francisco Kino, visitaba su celda y cultivó con ella la astronomía.
Probablemente nunca fue Sor Juana tan feliz como cuando ejercitaba su intelecto. Inventó un sistema para anotar la música de manera más sencilla e incluso conquistó cierta reputación como miniaturista. Además de gramática, filosofía y teología, estudió lógica, retórica, física, aritmética, geografía, historia, derecho, astronomía, en la certeza de que las ciencias se ayudan y se abren caminos unas a otras.
Las actividades de Sor Juana y su creciente ansia de saber despertaron irremisiblemente los recelos de las autoridades eclesiásticas. Cuando le reprocharon tanta curiosidad, la monja replicó que, para creer en Dios, necesitaba estar al tanto de la naturaleza del hombre y de sus descubrimientos.
Pero si los trabajos de Sor Juana se juzgaban contrarios al voto que suscribió al tomar el velo, ella lo compensaba siendo una religiosa perfecta.


En 1689 se publicó en España un volumen dedicado a la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, y sus poemas amorosos le conquistaron una popularidad inmediata. Aunque Sor Juana, por su parte, los consideraba simples artificios escritos por petición ajena, en opinión de los altos prelados resultaba escandaloso que una religiosa escribiera esa clase de poesía. Luego, en 1690, la monja se granjeó su favor al escribir, por encargo suyo, un comentario al sermón de cierto renombrado orador sacro portugués, comentario en el que Sor Juana hizo gala de lógica y de agudeza crítica. Fray Manuel Fernández de la Santa Cruz, obispo de Puebla, dio el manuscrito a la publicidad bajo el título de Carta Atenagórica, precedida de un prólogo firmado por él mismo con el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz y en el cual censuraba severamente a la autora. Entre otras cosas le decía que el estudio fomentaba la vanidad en las mujeres y le recomendaba poner su talento al servicio de la Iglesia. “Lástima”, escribía, “que un tan grande entendimiento de tal manera se abata a las rateras noticias de la Tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el Cielo…”
Sor Juana meditó un año y luego dio a conocer su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. Esas páginas autobiográficas están consideradas como obra maestra de la prosa, y el escritor y crítico Alberto G. Salceda se ha referido a ellas como “la Carta Magna de la libertad intelectual de las mujeres de América”.
Sor Juana, ahora feminista, en su Respuesta daba conmovedoras noticias de su vida y de su juvenil ansia de saber y, mencionando circunstancias de su propia historia, señalaba los obstáculos que, sólo por su condición de mujer, se le habían puesto a su deseo de aprender. Al negarse a ofrecer excusa por usar el talento de que Dios la había dotado y afirmando que la mujer tiene derecho a seguir una vocación intelectual, citaba como ejemplo a las mujeres de la Biblia que se mostraron constantes en sus convicciones. Exasperada por la creencia, universalmente aceptada, de que la ignorancia en la mujer es cosa santa, Sor Juana replicaba: “No por otra razón es el ángel más que el hombre que porque entiende más; no es otro el exceso que el que el hombre hace al bruto sino solo entender.”
Se declaraba a favor de la institución de la mujer y reclamaba para esta el derecho a enseñar y predicar y, refiriéndose a la admonición con que San Pablo ordenara callar a las mujeres, señalaba que “en verdad no lo dijo el Apóstol a las mujeres sino a los hombres” y que sus palabras iban dirigidas a “todos los que no fueran aptos”.
¿Cómo iba a comprenderse la teología, preguntaba, si se carece de los conocimientos en la lógica, la retórica, la física, las leyes, la matemática, la arquitectura y le historia? En defensa de su inclinación a cultivar las letras profanas de preferencia a los asuntos religiosos, decía que “una herejía contra el arte no la castigaba del Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con mesura…”
Sor Juana, en aquel documento, puso su alma al desnudo y, habiendo hecho tal, renunció a las cosas del mundo. Se ignora si sufrió nuevos acosos y si hubo de soportar otras amonestaciones, pero el hecho es que no escribió más. Vendió su biblioteca de 4000 volúmenes, sus instrumentos de música y ciencia, guardando solo sus libros devotos. Hizo su confesión y, firmadas con su propia sangre, redactó dos protestas de su fe en súplica de clemencia al divino tribunal. Ya nada parecía importarle en este mundo y se entregó a la mortificación ascética.


Una epidemia de peste se abatió sobre la Nueva España en 1695, y Juana Inés contrajo el mal. Murió poco antes de cumplir los 44 años, atendiendo a sus hermanas enfermas del convento.
Don Carlos de Sigüenza y Góngora, su amigo constante y, como Sor Juana, enamorado de las letras, había escrito tiempo atrás que México veía reunido en la sola persona de la monja, cuanto las gracias habían otorgado en siglos anteriores a todas las mujeres que se distinguieron en la historia por su sabiduría. Tal vez sea éste el mejor epitafio a la memoria de Sor Juana Inés de la Cruz.

Genios y figuras
Selecciones del Reader’s Digest
México, Reader’s Digest de México, 1982.



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