lunes, 1 de julio de 2013

James Joyce

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DE OTROS MUNDOS
Joyce / Tres cartas a Nora Barnacle
Joyce / Bloomsday / 16 de junio de 1904
Joyce / Dublín en Bloomsday
James Joyce / Fervor de Ulises
Así termina Ulises
Samuel Beckett recuerda a James Joyce

DUBLINESES
Las hermanas
Un encuentro
Arabia
Eveline
Después de la carrera
Dos galanes
La pensión
Una nubecilla
Duplicados
Arcilla
Un triste caso
Efemérides en el comité
Una madre
A mayor gracia de Dios
Los muertos

FICCIONES
Casa de citas / James Joyce / El desayuno de Leopold Bloom
Casa de citas / Javier Marías / Contra el Ulises
Casa de citas / Roddy Doyle / Contra el Ulises
Casa de citas / Juan Benet / Contra Joyce
Casa de citas / Miguel Torga / Contra Joyce
Casa de citas / Joyce / Ulises se convierte en leyenda

MESTER DE BREVERÍA
James Joyce / Una mujer dormida
James Joyce / Nieve
James Joyce / El desterrado
James Joyce / El padre Flynn
James Joyce / Un pedazo de lengua
James Joyce / Trabajo nada limpio

DRAGON
ULYSSES YEARS
LOUIS MENAND / JAMES JOYCE IN EXILE
JAMES JOYCE'S LEOPOLD GETS HIS OWN BOOK FOR BLOOMSDAY
JAMES JOYCE / A BIOGRAPHY OF GORDON BOWKER
PADRAIC COLUM / WITH JAMES JOYCE IN IRELAND
STEPHEN SPENDER / THE DAYTIME WORLD OF JAMES JOYCE

Dubliners
THE SISTERS
AN ENCOUNTER
ARABY
EVELINE
AFTER THE RACE
TWO GALLANTS
THE BOARDING HOUSE
A LITTLE CLOUD
COUNTERPARTS
CLAY
A PAINFUL CASE
IVY DAY IN THE COMMITTEE ROOM
A MOTHER
GRACE
THE DEAD

KISS
JAMES JOYCE / CHAMBER MUSIC

James Joyce
(1904 - 1941)

(Dublín, 1882 - Zurich, 1941) Escritor irlandés en lengua inglesa. Nacido en el seno de una familia de arraigada tradición católica, estudió en el colegio de jesuitas de Belvedere entre 1893 y 1898, año en que se matriculó en la National University de Dublín, en la que comenzó a aprender varias lenguas y a interesarse por la gramática comparada.


James Joyce


Su formación jesuítica, que siempre reivindicó, le inculcó un espíritu riguroso y metódico que se refleja incluso en sus composiciones literarias más innovadoras y experimentales. Manifestó cierto rechazo por la búsqueda nacionalista de los orígenes de la identidad irlandesa, y su voluntad de preservar su propia experiencia lingüística, que guiaría todo su trabajo literario, le condujo a reivindicar su lengua materna, el inglés, en detrimento de una lengua gaélica que estimaba readoptada y promovida artificialmente.

En 1902 se instaló en París, con la intención de estudiar literatura, pero en 1903 regresó a Irlanda, donde se dedicó a la enseñanza. En 1904 se casó y se trasladó a Zurich, donde vivió hasta 1906, año en que pasó a Trieste, donde dio clases de inglés en una academia de idiomas. En 1907 apareció su primer libro, el volumen de poemas Música de cámara(Chamber Music) y en 1912 volvió a su país con la intención de publicar una serie de quince relatos cortos dedicados a la gente de Dublín, Dublineses(Dubliners), que apareció finalmente en 1914.

Durante la Primera Guerra Mundial vivió pobremente junto a su mujer y sus dos hijos en Zurich y Locarno. La novela semiautobiográfica Retrato del artista adolescente (Portrait of the Artist as a Young Man), de sentido profundamente irónico, que empezó a publicarse en 1914 en la revista The Egoist y apareció dos años después en forma de libro en Nueva York, lo dio a conocer a un público más amplio.

Pero su consagración literaria completa sólo le llegó con la publicación de su obra maestra, Ulises (Ulysses, 1922), novela experimental en la que intentó que cada uno de sus episodios o aventuras no sólo condicionara, sino también «produjera» su propia técnica literaria: así, al lado del «flujo de conciencia» (técnica que había usado ya en su novela anterior), se encuentran capítulos escritos al modo periodístico o incluso imitando los catecismos. Inversión irónica del Ulises de Homero, la novela explora meticulosamente veinticuatro horas en la vida del protagonista, durante las cuales éste intenta no volver a casa, porque sabe que su mujer le está siendo infiel.
Una breve estancia en Inglaterra, en 1922, le sugirió el tema de una nueva obra, que emprendió en 1923 y de la que fue publicando extractos durante muchos años, pero que no alcanzaría su forma definitiva hasta 1939, fecha de su publicación, con el título deFinnegan's wake. En ella, la tradicional aspiración literaria al «estilo propio» es llevada al extremo y, con ello, al absurdo, pues el lenguaje deriva experimentalmente, desde el inglés, hacia un idioma propio del texto y de Joyce. Para su composición, el autor amalgamó elementos de hasta sesenta idiomas diferentes, vocablos insólitos y formas sintácticas completamente nuevas. Durante la Segunda Guerra Mundial se trasladó de nuevo a Zurich, donde murió ya casi completamente ciego.


Joyce, 1904


La obra de Joyce está consagrada a Irlanda, aunque vivió poco tiempo allí, y mantuvo siempre una relación conflictiva con su realidad y conflicto político e histórico. Sus innovaciones narrativas, entre ellas el uso excepcional del «flujo de conciencia», así como la exquisita técnica mediante la que desintegra el lenguaje convencional y lo dobla de otro, completamente personal, simbólico e íntimo a la vez, y la dimensión irónica y profundamente humana que, sin embargo, recorre toda su obra, lo convierten en uno de los novelistas más influyentes y renovadores del siglo XX.

Biografías y vidas


File:James Joyce age six, 1888.jpg
James Joyce, 1888


Biografías: James Joyce

Por  Juan García Ponce

El autor de La noche se acerca a la vida del dublinense que reinventó la gramática inglesa al tiempo que narraba la epopeya doméstica de un patético héroe a la altura de nuestros tiempos: Leopold Bloom.
James Joyce dijo en alguna ocasión —yo no soy tan preciso como Richard Ellmann—: "He llenado mi obra de tantos secretos que van a necesitarse dos o tres generaciones de investigadores para agotarla." Nosotros agregamos que nada puede agotar esta obra hasta el punto que el último de sus libros, Finnegans Wake, escrito durante cerca de 17 años, tiene un lenguaje tan particular, armado con base en referencias privadas, tan plagado de una importancia del sonido sobre el significado, que siendo absolutamente musical es también incomprensible.

Puede emocionarnos, pero la verdad es que no podemos entenderlo; opinión compartida por algún crítico, cuyo nombre no recuerdo, pero cito usando un recurso del que se sirven con tanta frecuencia los biógrafos de William Faulkner o Truman Capote, quienes sólo dicen "un crítico" o un "investigador opina": "pobre James Joyce perdiendo la vista en su empeño por escribir una obra ilegible." Richard Ellmann ni siquiera se ocupa de esta opinión. Para él todo está perfectamente claro. Tal vez, tal vez. Los ineptos debemos ser tantos lectores fracasados; pero hasta Harriet Shaw Weaver, protectora de Joyce desde los tiempos de Ulises, le confiesa a él no entender su nuevo libro. En seguida le pide disculpas. Nosotros también lo hacemos. James Joyce es James Joyce. Tenía derecho hasta a escribir una obra incomprensible para algunos ignaros. Uno de ellos adelanta la opinión de que esto se debe a que cuando escribe Finnegans Wake le interesaba más el sonido de las palabras que el hecho de que pudieran ser interpretadas de acuerdo con un código común. Después de todo el tema de Finnegans Wake es muy preciso hasta para los lectores que confiesan no entender su escritura: iba a describir un antiguo mito de la ciudad de Dublín como representación del país mismo. Pero esta obra ocupa los años finales de Joyce. Después de ella ya sólo le queda abandonar París en muy precaria situación, huyendo de los nazis, y morir en Zurich de una úlcera perforada. No nos adelantemos tanto entonces. Volvamos atrás, al principio del principio. Joyce, de acuerdo con Richard Ellmann y con cualquiera, nace el 2 de febrero de 1882 en Dublín, por supuesto. En 1903 muere su madre y Joyce tiene un abierto gesto de rebeldía negándose a actuar como católico en esas dramáticas circunstancias. En 1904 conoce a la que sería su compañera durante toda su vida y madre de sus dos hijos, la empleada en un hotel, Nora Barnacle. Los dos abandonan Dublín ese mismo año, van primero a Zurich, luego a Pola y se establecen en Trieste. Ahí Joyce da clases de inglés en la Berlitz School y a alumnos particulares. Tiene muchos amigos. Es irlandés y por tanto bebe abundantemente. La bebida elegida para toda la vida por él es el vino blanco. Dicen las malas lenguas que algunas veces se quedó tirado en la calle. Malas lenguas o no, estamos tratando de ser buenos biógrafos tal como Richard Ellmann, aunque debemos admitir no ser capaces de precisar cada detalle de su vida a pesar de haber leído meticulosamente todos sus libros. Ni modo, no somos biógrafos profesionales. El caso es que, en tanto, escribe continuamente, como lo hará siempre, y tiene las dificultades usuales para publicar, unidas a sus particulares indecisiones. A pesar de ellas, Chamber Music aparece en 1907 y en 1914 Dubliners. Richard Ellmann, tan preciso en detalles banales con los cuales cumple su deber como buen biógrafo, muestra al comentar el último cuento de este libro, "Los muertos", sus excepcionales dotes de crítico. La manera como se nos comunica el significado de la conversación entre Gabriel Conroy y su mujer Gretta, después de que han asistido a una animada fiesta en la casa de unas tías de él donde Gabriel ha hecho un gran discurso sobre Irlanda y ya están a solas en su cuarto viendo nevar —lo que hace que Gretta recuerde la muerte de un antiguo novio provocada por la tuberculosis después de que él le llevó una serenata, despierta los celos y la compasión de Gabriel y los hace meditar acerca de la nieve que cae sobre los vivos y los muertos—, es magistral porque Richard Ellmann consigue revelarnos el valor del cuento como una suerte de síntesis de los personajes principales de Joyce y por tanto de la humanidad entera. En Trieste escribe también A Portrait of the Artist as a Young Man y la que ahora sabemos que es la primera versión de la misma obra de Stephen Hero, y que Joyce intentó destruir, salvándola del fuego la heroica intervención de su hermano Stanislaus, quien ya vivía también en Trieste. Asimismo ahí nacen sus dos hijos, a los que les pone nombres en italiano, Giorgio y Lucia. De ahí la familia se traslada a Zurich, donde Joyce empieza a escribir Ulises. Durante ese viaje Joyce comete su única infidelidad a Nora. Primero ve por la ventana a una veci- na, averigua su nombre: Marthe Fleischmann, y a partir de que ella le escribe mantienen una correspondencia culminando en una cita en la que Joyce, le cuenta a un amigo, explora las partes más frías y más calientes de su cuerpo. Marthe Fleischmann después tiene los nervios definitivamente afectados por su audacia. Joyce regresa a Nora, a sus hijos, al vino blanco y a Ulises. No resisto la tentación de hacer dos comentarios anticipados sobre esta obra. Las tentaciones están hechas para caer en ellas. Mucho, mucho después, cuando Joyce ya está escribiendo Finnegans Wake, en alguna ocasión le comenta a Beckett si no exageró en Ulises las similitudes paródicas de cada episodio en relación con la Odisea; y todavía mucho, mucho después, cuando Joyce ya estaba muerto, Cesare Pavese comenta que no se trata de partir de la Odisea sino de llegar a ella. Quizá esto no tiene importancia, pero aparte del gusto de mencionarlo, sí señala dos posibles maneras de concebir la literatura. Ante la potencia de la obra y su significado para la literatura posterior a ella, ya sea siendo verdad la aprensión momentánea de Joyce o el comentario cáustico de Pavese, tan preocupado por la posibilidad de encontrar mitos en la vida contemporánea, ambos comentarios no hacen más que mostrar la amplitud de la literatura. Para nuestro intento lo importante es que Joyce prosigue con la redacción de Ulises en París. Ahí empieza a ser protegido económicamente por Harriet Shaw Weaver, quien durante mucho tiempo sólo conoce a Joyce por carta y en varias cartas se muestra muy preocupada por el hecho de las dos botellas de vino blanco consumidas por el escritor cada noche en distintos restaurantes de moda y le pide que al menos sea una sola. Por supuesto, Joyce no le hace ningún caso y en cambio le manda progresivamente los capítulos de Ulises ante la admiración de ella: Joyce ya cuenta con la amistad, siempre protectora también, de Ezra Pound. Terminada la ardua tarea de escribir Ulises, donde se cuenta un solo día en la ciudad de Dublín, el viaje, el 16 de junio de 1904, de este moderno Odiseo que se llama Leopold Bloom y cuyo hijo simbólico es Stephen Dedalus, el protagonista de A Portrait of the Artist as a Young Man, hasta llegar a la paródica Itaca, casa de Bloom, donde éste siente y vence la tentación de hacer entrar a su hijo simbólico y donde el libro termina con el famoso monólogo interior sin puntuación de Molly Bloom con su afirmación final: "sí", resta ahora la no menos ardua tarea de publicarlo. Nadie quiere hacerlo en Inglaterra, donde con toda seguridad el libro sería prohibido por inmoral.Ulises será publicado en París por Sylvia Beach, dueña de la famosa librería Shakespeare and Co. Lo demás es historia. La celebridad de Joyce es cada vez mayor. No vamos a mencionar todos los homenajes, pero el nombre de Valery Larbaud y los de Eug`ene Jolas y su mujer Maria Jolas deben ser recordados hasta en esta humilde crónica. 

     Pasemos a otros aspectos de la vida de James Joyce, el lado familiar. Fiel a su concepción anticatólica del mundo, sólo se casó legalmente con Nora Barnacle muy cerca de su muerte y por motivos testamentarios. Fiel a su concepción del mundo, Nora nunca le pidió que lo hiciera. Tampoco se molestó en leer las obras de Joyce. Él tenía una voz de tenor admirable y ella pensaba que en vez de perder el tiempo con la literatura, Joyce debería haber sido cantante de ópera. Y en efecto, a los dos les gustaba mucho la ópera, además de que bajo los efectos del vino blanco Joyce siempre terminaba cantando. Por otra parte, la vida de sus dos hijos puede considerarse desastrosa. Giorgio de adulto se cambió el nombre por George. Intentó ser cantante de ópera sin lograrlo nunca. Se casó con una americana muy rica llamada (una coincidencia más en el mundo) Helen Fleischmann. Su matrimonio disgustó a Joyce, a Nora y a Lucia porque Helen era diez años mayor que George y para colmo durante un tiempo se lo llevó a vivir a Estados Unidos. Luego Lucia. Parece que era una niña muy bella y una adolescente igual. Estudiaba danza y participó en un concurso en París con un traje diseñado por ella misma. Contra la opinión de la mayoría del público, no ganó el premio aunque al conocer la decisión del jurado el público gritaba "¡Queremos a la irlandesa!" Joyce estaba sumamente complacido. Pero de ahí en adelante la historia de Lucia no es muy positiva. Tiene muchos novios, aunque Richard Ellmann guarda un discreto silencio sobre esto. ¡Él tan minucioso! Beckett hace su aparición en el hogar de los Joyce fascinado por el padre; pero Lucia lo espera, buscando verlo a solas. Beckett no está interesado en la hija sino en el padre y así se lo hace saber. Ni Lucia ni Nora están de acuerdo con ese interés tan puramente literario. Nora considera a su hija defraudada y engañada. Se queja firmemente con Joyce. Éste tiene que cumplir su deber como pater familias y le hace saber a Beckett que en la casa de los Joyce él es persona non grata. ¡Qué dolor, qué pena para Beckett! Tiene que renunciar a la amistad con Joyce. No obstante, Lucia hace cada vez más evidente su desarreglo mental. Finalmente será internada en un sanatorio y al cabo de un tiempo Joyce se reconcilia con Beckett. Ya está inmerso en la redacción de Finnegans Wake y su vista está cada vez más deteriorada. A pesar de ello se niega hasta a escribir a máquina. La enorme cultura y admiración de Beckett le son muy útiles. El eterno retorno tiene un papel muy importante en la novela. Juntos Joyce y Beckett leen libros que aquél considera indispensables. Entre ellos es decisivo Vico. La difícil escritura de Finnegans Wake continúa. Joyce tiene tiempo de terminarla como ya sabemos. La última palabra de la novela tiene que ser citada en inglés: the. De hecho podemos decir que no termina en nada. The puede ser en español el, la, los, las. El español es más preciso pero se presta mucho menos a los pum a los que tan adicto era Joyce. El final de la biografía, ya lo sabemos, es triste. Lucia internada en diferentes sanatorios, George, Nora y Joyce teniendo que abandonar París en precarias condiciones y encontrando finalmente refugio en Zurich, sólo para que Joyce muera muy poco después, en 1941. Richard Ellmann dice que tenía 58 años; siendo tan meticulosos y precisos como él hay que señalar que Joyce iba a cumplir 59 años veinte días después. Citemos a Richard Ellmann en su descripción del final de Joyce:

Frau Giedion-Welcker pidió, con el consentimiento de Nora, que el escultor Paul Speck hiciera una mascarilla mortuoria. Un sacerdote católico habló con Nora y George para ofrecerse a hacer un servicio religioso, pero Nora dijo: "No podría hacerle esto a él." [...] Cuando el féretro de madera era colocado en la tumba, Nora extendió su brazo, en parte como despedida, en parte como si tratara de impedirlo. Hasta ahí la vida mortal de Joyce. Comienza su otra vida en las páginas de sus libros. -

Las obras de James Joyce 

libres de derecho de autor


Las obras del escritor irlandés James Joyce, entre las que se destacan "Ulises" y "Retrato del artista adolescente", a partir de este año dejarán de percibir los derechos de autor que estaban en manos de su nieto, Stephan.


Los derechos de autoría o propiedad literaria, protegidos durante 50 años por su nieto y su posterior ampliación que se extendió por 20 años más, ya no están en vigencia y las obras de Joyce se pueden publicar y citar sin referencia o pago, informó el diario español El Mundo.
Es así que obras como "Dublineses", "Retrato del artista adolescente", "Ulises" y "Finnegans Wake" forman parte del patrimonio público europeo. Se trata de joyas literarias creadas en el siglo pasado, algunas con más de 70 años. 

La propiedad literaria se mantiene en vigencia durante la vida del autor y hasta 50 0 70 años después de su muerte, según la legislación regional.

File:James Joyce with Sylvia Beach at Shakespeare & Co Paris 1920.jpg
Joyce con las editoras Sylvia Beach y Adrienne Monnier
Librería Shakespeare & Co., París, 1
920

James Joyce, 

la accidentada biografía 

de un genio del siglo



James Joyce, el genial creador de Ulises y de Finnegans Wake, nació hace hoy cien años en Dublín (2 DE FEBRERO DE 1982). Como dice su colega británico Anthony Burgess en un artículo que EL PAIS publica en las dos páginas siguientes, este autor revolucionario ha llegado a ser tan clásico como Goethe o Beethoven, pero sigue teniendo la virtud de molestar. En su país, Irlanda, hace tiempo que le admitieron como un genio, superados los años en que la simple mención de su nombre surtía el efecto de una provocación. Este año, el centenario de Joyce es celebrado allí con el entusiasmo con que se festeja a un héroe. En el Reino Unido las dimensiones de este homenaje no son menores. Y en España, sin ir más lejos, la Universidad de Sevilla prepara para marzo un congreso en el que la figura de Joyce va a ser estudiada por especialistas de todo el mundo. Ha sido organizado por la cátedra de Literatura Inglesa. El joycentenario demuestra que Joyce sigue tan vivo como la controversia que despertó.
Nació James Augustine Joyce el 2 de febrero de 1882 en Rathgar, una pequeña localidad del sur de Dublín. Su padre, John Stanislaus, un hombre pintoresco, borracho y gandul, que le sirvió a su hijo de modelo para su Earwicker de Finnegans Wake, era vendedor de licores y dueño de un garito próximo a su casa. Se arruinó cuando Joyce tenía nueve años y estaba interno en un colegio de jesuitas de Clongowes Wood. La familia del escritor ya no vivía entonces en Dublín, sino en Bray, junto al mar, en una casa barata meticulosamente descrita en Retrato del artista adolescente.
La ruina del padre sacó al hijo del aristocrático colegio de Clongowes y de la casita junto al mar. Los Joyce volvieron con la cabeza agachada a Dublín, y el niño ingresó en una escuela gratuíta de los Hermanos de la Doctrina Cristiana.
En 1899 se destapa el hombre, el escritor y el heterodoxo. Tenía 17 años cuando se inició en el sexo, escribió su primera cuartilla y tomó un camino fuera del rebaño. Fue el 8 de mayo, con motivo de una manifestación de estudiantes católicos contra una obra teatral de Yeats, Countess Cathleen, que ponía en solfa el patriotismo irlandés y la religión católica. Joyce se alineó junto a Yeats y escribió un drama hoy perdido, A Brilliant Career. Ya nunca le abandonará su encono contra el conformismo irlandés. Decidió irse de su país y, efectivamente, lo hizo en 1902, cuando tenía veinte años.
Se fue a París a estudiar Medicina y sólo encontró mujeres y literatura. En octubre volvió a Dublín y descubrió a su familia en la más absoluta miseria. Conoció a Synge y al terrorista Casey, que inspiró al Kevin Egan de Ulises. Le encontramos en Dublín un año despues, justo a tiempo de ver morir a su madre y de comenzar el esbozo de Retrato. Se quedó en su ciudad natal durante un año y comenzó a beber seriamente. Se unió a Nora Barnacle y volvió al continente. Nació su hijo George. Y siguió bebiendo.En 1906, instalado en Trieste, acabó y publicó los relatos de Dublineses. Se separó de Nora y huyó a Roma, donde siguió bebiendo cada vez más. Lo encontraron tirado en una acera, totalmente borracho, al amanacer. En sus escasos ratos lúcidos planeó una novela sobre la vida de un judío dublinés y escribió a su tía Josefina una carta pidiéndole planos de Dublín, periódicos y revistas con los que ambientarse. Es el comienzo de Ulises. Tenía 24 años y seguiá emborrachándose cada día.
Le amenazaban ya la ceguera, el hambre y el reuma cuando volvió a Trieste en busca de Nora, que acababa de dar a luz a Lucía en la sala de indigentes de un hospital. Los celos, las borracheras hasta el alba y las inacabables peleas con su mujer, le hicieron de nuevo huir, esta vez a Dublín, donde bebió compulsivamente, además de alcohol, los ambientes, y lenguajes que van a poblar Ulises. Las broncas con Nora dejaron paso a refriegas con sus hermanos, y volvió a Tríeste, donde encontró a Nora asaltada por un periodista llamado Prezioso. La violencia asomó a su carácter.
Sus celos se recrudecieron después de que Nora y sus hijos salieran de viaje a Irlanda. Corrió tras de ellos, obsesionado por la ideade que Nora se encontrase en Dublín con un antiguo novio suyo. Volvió a Trieste y se enamoró de una joven judía alumna suya. Se le pasó y volvió a escribir. Terminó Exiliados y comenzó Ulises. Se fue a vivir a Zurich huyendo de la guerra, a su ojo izquierdo le asaltó un glaucoma, Yeats y Ezra Pound le gestionaron una beca, entró en pleitos, se gastó todo su dinero en la fundación de una compañía de teatro, publicó Retrato del artista, y volvió a enamorarse.
Acabada la guerra Joyce se instaló en París. Su nombre comienza a ser conocido. En octubre de 1920, a causa de la publicación de un cuento suyo, Nausicaa, hubo una querella contra Little Rewiew. En 1922 publica Ulises y en 1924 comienza Finnegans Wake. La casa de Joyce se convierte en uno de los puntos de encuentro de escritores de habla inglesa en París, entre ellos Samuel Beckett. Son los primeros años de éxito, pero la infelicidad sigue asaltándole. Su hija Lucía presenta los primeros síntomas de enajenación en 1929, sus eternos problemas oculares se agudizan y su padre muere unos meses antes de que Joyce y Nora cambiaran su unión libre en matrimonio legal.
Lucía ingresó en un manicomio en 1932 y poco después se entabló en los Estados Unidos el primer pleito contra Ulises. En 1934, tras una de calma fugaz, la locura de Lucía se hace furiosa. Joyce bebe más que nunca y trabaja en Finnegans Wake, que se publica en 1939, entre peleas de Joyce con su secretario Paul León, la total postración de Lucía y el divorcio de George. El 17 de diciembre de 1940, otra vez huyendo de la guerra, Joyce vuelve a Zurich. Murió veintisiete días después, el 13 de enero de 1941, pocos días antes de cumplir 58 años.




Anthony Burgess
RETRATO DE JAMES JOYCE

Retrato del artista centenario

El País, 2 FEB 1982


Joyce nació el 2 de febrero de 1882, festividad de la Candelaria o de la Purificación; Igor Stravinski nació el mismo año, el 17 de junio, el día siguiente al "día de Bloom". Irlandés y ruso se tornaron par¡sienses. En 1913, La consagración de la primavera, de Stravinski, levantó un escándalo en la Opera de París. En 1922, el Ulises, de Joyce únicamente publicable en París, provocó un escándalo mundial. Ambos hombres, que, al parecer no se llegaron a conocer, encabezaron sendas revoluciones en el mundo del arte. Cien años después de su nacimiento, todavía hay gente que dice que no soporta todo este material moderno, refiriéndose a lo que han oído o a lo que han visto, o a lo que han oído hablar de cada una de estas obras o de las dos. Pero ni Joyce ni Stravinski son ya artistas modernos; son tan clásicos como Goethe y Beethoven. Y, sin embargo, continúan teniendo la virtud de molestar.Dejo la conmemoración de Stravinski a los músicos. Pero al conmemorar el centenario de Joyce tengo que contemplarle no únicamente como lector o como compañero de profesión que, hasta cierto punto, se ha hecho a su sombra, sino como a un ser humano en el que, ya de niño, reconocí una afinidad de temperamento. Me crié en el ambiente de una comunidad de católicos irlandeses de baja clase media de Manchester. Dublín, en donde Joyce tuvo el mismo tipo de educación, estaba mucho más próxima a nosotros que Londres, y no tan sólo geográficamente. Era una capital católica, y Londres era el centro de la herejía. Dublín era el puesto en el que embarcaban nuestros familiares para venir a vernos, generalmente con billetes de lotería irlandesa, ilegales en el Reino Unido, escondidos en los pololos de las mujeres. Joyce tenía una vista débil y era aficionado a la música, como lo era y lo soy yo. Empecé a perder la fe a los dieciséis años, y por esa época leí por primera vez el Retrato del artista adolescente. El magnífico sermón sobre el infierno me hizo volver, asustado, a la ortodoxia, aunque no logró evitar el lento pero inevitable desmoronamiento de la fachada de la fe, y fue el Retrato adonde una y otra vez acudía en busca de una justificación magistral de mi apostasía.





Un trozo de pastel
Naturalmente, según decía Joyce, sólo estaba permitido abandonar el seno de la Iglesia si se encontraba un sustituto, y únicamente el arte proporcionaba tal sustituto. En el arte, la literatura para Joyce, se podía encontrar sacerdotes y sacramentos e incluso mártires, pero el arte te daba su recompensa en este mundo, no era sólo la promesa de un trozo de pastel en el firmamento. Viendo que me era imposible ser un buen católico, me tenía que convertir en una especie de artista, teniendo que luchar contra el lado inglés de mi educación para poder llegar a comprender lo sagrado del arte. Para los protestantes ingleses, el arte ha sido siempre un tema más bien para aficionados; no se construye un libro como se construye un puente; se deja que se vaya expresando como un guiso. El rigor de Joyce era algo nuevo, y su devoción a la literatura era un tanto obscena y parisiense. Oscar Wilde, otro dublinés, estaba siempre hablando de que el arte estaba por encima de la moralidad burguesa, y había acabado en el cementerio de Pére Lachaise. Vean dónde el arte, léase la pederastia, le había llevado.
Arte y basura
Cuando Joyce escribió el Ulises fue rápidamente prohibido en todas partes, excepto en París. Esto, para la burguesía, venía a confirmar la identidad entre arte y basura. Ningún impresor británico o norteamericano se había mostrado dispuesto a correr el riesgo de ir a la cárcel por componer tan abominable texto, y tuvo que entregarse a un impresor de Dijon que no sabía inglés. El libro fue publicado por un norteamericano propietario de una librería de París, y fue enviado por correo a quienes sabían saborear la literatura, o la basura, elaborada. Winston Churchill lo compró, pero Bernard Shaw, no. Las autoridades aduaneras de Nueva York y Folkestone los confiscaron y los retuvieron o los quemaron. La prohibición seguía todavía en vigor cuando, en 1934, mi profesor de Historia logró sacar la edición de la Editorial Odisea de la Alemania nazi y me lo prestó.
El candor sexual de Ulises palidece actualmente comparándolo con los múltiples orgasmos de Jackie Collins o con la displicente impotencia de Harold Robbins. Las obscenas expresiones de los soldados Carr y Compton en el episodio del barrio de los burdeles es cosa de niños, incluso para una joven doncella, acostumbrada a ver las obras de Pinter en la televisión. E incluso un joven de diecisiete años libidinoso como yo, veía claramente que el sexo y las obscenidades constituían aspectos de un programa de realismo muy lejanos de la pornografia. Joyce había cogido un día en Dublín, el 16 de junio de 1904, y había plasmado en su totalidad, sin ningún tipo de censura, los pensamientos, sentimientos y actos de tres dublineses nada representativos. Leopold Bloom, el agente de publicidad de origen judío-húngaro, desayuna y a continuación va al water. Un laxativo le ha liberado del ligero estreñimiento de los días anteriores, y logra una evacuación satisfactoria. Más tarde, en la playa, se excita eréticamente a la vista de una muchacha con las faldas levantadas, y, al tiempo que los fuegos artificiales de la tómbola de beneficencia Mirus explotan y zumban, con complicidad, se masturba. Hacia el final del libro, Molly Bloom tiene la menstruación. El escándalo de menstruadoras, como Virginia Woolf, y de onanistas, como E. M. Forster, fue tremendo, aunque lo mantuvieron decentemente encerrado en las tertulias de Blonisbury. Parecía como si hubiera sido Joyce, y no sir John Harington,quien inventó el water.
"Fácil lectura"
Joyce plasmó la vida honestamente, tal como él la veía, y no le sirvió de nada. Al círculo de Bloomsbury no le gustó lo que ellos llamaban vulgaridad, y tampoco les agradó la glorificación cómico-épica que Joyce hacía de las bajas clases medias. Los comunistas consideraban elUlises una obra reaccionaria; Joyce se sintió dolido. "En mis libros no aparece nadie", dijo, "que valga más de cien libras". Pero la acusación de reaccionario, igualmente dirigida contra Tierra baldía, de Eliot, publicada el mismo año que Ulises, era más causa del despliegue de erudición, y de una técnica que no se prestaba a una fácil comprensión, que del contenido de la obra.
La erudición se obtiene fácilmente. Está a nuestro alcance en las bibliotecas públicas y no cuesta nada. Pero, como ni los trabajadores ni la clase media sienten ningún deseo especial por ella, se considera una imposición injustificable en una novela; una novela debe ser de fácil lectura. El Ulises no lo es. Joyce juega con la lengua inglesa. Separa, como el suero y el requesón, sus elementos germánicos y latinos.Parodia a todos los escritores, desde el venerable Beda a Thomas Carlyle. Convierte un capítulo en un libro de texto de retórica. A otro le da la estructura de una fuga per cananem. El último capítulo carece de signos de puntuación. y, cuando no juega, nos da páginas y páginas de pensamientos y sentimientos en estado puro en forma demonólogo interior.
"Oh, dulcísima toda tu blancurita de chica vi hasta arriba sucia braguita me hizo hacer el amor pegajoso nosotros dos niño malo Grace Darling ella a él a y media la cama meténse cosas frivolidades para Raoul para perfume tu mujer pelo negro curvas bajo embon señorita ojos jóvenes Mulvey opulentas años sueños volver callejas Agendath desmayando amorcito me enseñó su año que viene en bragas en su que viene". (*)
Sin embargo, ahora, sesenta años después de la publicación de Ulises, sabemos que las dificultades de este tipo de textos experimentales no son tan grandes como parece. Si se ha leído el libro atentamente hasta ese momento masturbatorio, se pueden reconocer todos los leit-motiv de esa corriente poco gramatical. A Joyce le encantan los misterios, pero no le gusta que duren demasiado. Esconde las llaves en cajones que no tienen cerradura. No siempre es fácil, pero jamás es imposible.
Hubo una época en que Joyce levantó iras por hacer que su estilo de prosa se interpusiera en la narración. Actualmente, nos sentimos más inclinados a disfrutar con la forma en que convierte, por medio del mito y de los símbolos, a gente normal en héroes épicos, incluso aunque la exaltación suponga elevarles al escenario de un music-hall y hacerles realizar un número cómico. Al verdadero Ulises, de Homero, le lanza una roca un gigante caníbal de un solo ojo. A Bloom, el nuevo Ulises, le ataca un ciudadano patriotero irlandés, borracho, que no puede ver lo suficientemente claro para darle con una caja de galletas Jacob. Bloom, vilipendiado por judío y ridiculizado por cornudo, acaba, a pesar de todo, como rey de Itaca, situada en el 7 de la calle de Eccles. El nos representa a todos nosotros, y también nosotros nos colocamos la corona de una gloria absurda.
El mundo ha perdonado a Joyce por los excesos de Ulises, pero todavía no está preparado para perdonarle la locura de Finnegans Wake. Y, sin embargo, resulta difícil ver qué otro libro podía haber escrito después de haber hecho una disección novelada de la mente humana en estado de lucidez. Ulises llega a tocar, en ocasiones, las fronteras del sueño, pero no llega a entrar en su reino. Finnegans Wake es, de una manera sincera, una representación del cerebro dormido. Joyce tardó diecisiete años en escribirlo, entre operaciones de la vista y sus preocupaciones por el derrumbe mental de su hija Lucía. Tuvo poco estímulo, incluso de Ezra Pound, el príncipe del vanguardismo. Su esposa, Nora, se limitó a decirle que debía escribir un libro agradable que pudiera leer la gente normal. Pero es obvio que había que escribir Finnegans Wake y Joyceera el único hombre con la suficiente entrega o lo suficientemente loco para escribirlo.
Un pecado de incesto
El personaje central del libro es un propietario de un bar en Chapelizod, en las afueras de Dublín, cuyo nombre parece ser Porter.En su sueño se convierte en Humphrey Chimpden Earwicker, el nórdico invasor protestante de la católica Irlanda, un hombre que lleva sobre sus hombros la joroba de un pecado de incesto, que expresa su sentimiento de culpabilidad de forma incoherente y que se convierte en un símbolo del pescador. Su esposa, Ann, es todas las mujeres, además de Ann Livia Plurabelle, el río Liffey y,por extensión, todos los ríos del mundo. Su consorte, que cose sus iniciales HCE por todo el texto como una especie de monograma, es Finnegan, el prototipo del gran constructor de ciudades, además de ser todas las ciudades que construye. Su hija Isabel representa a todas las mujeres tentadoras. Sus hijos gemelos, Kevin y Jerry, o Shem y Shaun, representan el eterno principio de los opuestos, Caín y Abel, unas veces; Napoleón y Wellington, otras, y, en ocasiones (Dios nos ampare), Bruto y Casio disfrazados de Burrus y Casius, o sea, de mantequilla y queso. Las identidades cambian, el espacio es plástico, la época es el año 1132, que no representa ninguna época; es simplemente una forma taquigráfica de indicar el proceso circular de caída y resurrección: para contar hasta once con los dedos tenemos que volver a empezar, y 32 pies por segundo es la veloci dad de aceleración de los cuerpos en caída libre. La narración es cíclica e infinita. La lengua es una especie de dialecto babilónico inventado por el propio Joyce, formado por todas las lenguas que había aprendido durante su exilio y considerado adecuado para volver a narrar un sueño universal.
Debe haber mucha gente, incluso entre los más cultos, que al abrir el libro hayan protestado, poco complacidos de lo que veían sus ojos:
"... nor yet, though venissoon after, had a kidscad buttended a bland old isaac: not yet, though all's fair in vanessy, were sosie sesthers wroth with twone nathandjoe. Rot a peck of pa's malt had Jhem or Shembrewed by arclight and rory end to reggin brow was to be seen ringsome on the aquaface... ".
No parece tener sentido, pero lo tiene. Joyce jamás en su vida escribió una línea que no lo tuviera. Aquí aparece Jacob, que es James (Jhem) o Shem (Shen), el hijo menor, que es además un cad, un caradura (cad= cadet= hijo menor), poniéndose una piel de cabritilla (kidskin) y engañando a su viejo padre Isaac, débil (bland) y ciego (blind), para que le dé su bendición, y es también Parnell arrebatándole el liderazgo del nacionalismo irlandés a Isaac Butt (butended). Susana (sosie= Susie),Ester (sesthers) y Rut (wroth) están todas presentes, todas ellas amadas por hombres mayores (Igual que FICE ama a su propia hija), y también Stella y Vanesa (vanessy), las dos con el nombre de Ester, amadas por un Jonathan Swift (nathnandjoe = jonathan), que es Natán y José en uno. Y además Shem y Shaun, modelados turbiamente como los hijos de Noé (Sem y Cam), unidos en una sola persona, esperan el destilado del whisky al pie del arco iris. Hay demasiado contenido en pocas líneas, desde luego, pero quejarse de exceso es un poco in grato. La mayoría de los escritores no nos dan suficiente.
Llamarle canalla
Es obvio que Joyce, a pesar de ser un hombre del pueblo, no se marcó el objetivo de ser un escritor popular. Y, sin embargo, se está celebrando su centenario con bastante más entusiasmo del que, en 1970, el mundillo literario puso en el de Charles Dickens, que sí quiso ser popular. La conmemoración alcanzará su momento de mayor intensidad en Dublín, donde todavía hay gente que sigue llamando canalla a Joyce y que venera a su padre como un gran caballero (compárese la situación con la de Lawrence, padre e hijo, en Eastwood, Inglaterra). Resulta difícil no conmemorar a Joyce en Dublín, en cualquier año o en cualquier día del año, porque, al igual que el mismo Earwicker-Finnegan, Joyce ha creado a Dublín. Lo ha convertido en un lugar tan mítico como el infierno, el paraíso y el purgatorio de Dante, todos en uno. Al mismo tiempo ha resaltado su aspecto fisico y les ha dado a sus calles, bares e iglesias el sello de una realidad realzada. Cuando se bebe Guinnes en el Bailey o en el bar de Davy Byrne se emplean las papilas gustatorias de Joyce, y cuando se camina por la playa de Sandymount se hace con sus viejas playeras. Joyce no podía vivir en Dublín, pero tampoco podía olvidarse de ella. Su obsesión con detalles minuciosos de su vida y de su peculiar forma de expresarse les obliga a los lectores a convertirse en dublineses. Ningún otro escritor ha conseguido hasta tal punto que sea necesario empaparse del ambiente de un lugar como prerrequisito para entender su obra.
El Ulises comienza en una torre de Martelo que aún sigue en pie. La odisea de Bloom puede rastrearse en un mapa y controlarse con un cronómetro. Incluso Finnegans Wake, el libro más recóndito y con un ambiente más enrarecido que se haya escrito, tiene una puesta en escena precisa: Chapelizod, al sur del hipódromo del Phoenix Park, donde es posible reconocer el bar de Earwicker en el de El Muerto, llamado así porque a los clientes que, borrachos, salían tambaleándose los atropella ban los tranvías.
La solidez del lugar guarda correlación con la solidez de caracte rización de los personajes. Leo pold Bloom es un ser tan tridimen sional que no queda oscurecido por tantas travesuras lingüísticas El triste tartamudeo de Earwicker resuena con claridad a través de los laberintos del sueño. Alguno de los que disfrutan con Joyce pueden pasar por alto las tortuosida des del estilo y concentrarse exclu sivamente en la carne y hueso de sus límites geográficos.Desgraciadamente, son muchos más los pe dantes que disfrutan con el estilo la estructura y el simbolismo. El secreto para apreciar a Joyce es no dejar que se nos suba demasiado a la cabeza. Al fin y al cabo, no es John Jameson.
Joyce ha tenido la póstuma for tuna de contar con el mejor biógrafo de nuestro siglo. El libro de Richard Ellman es una maravilla de información, ingenio y cariño bien entendido. Ellman puede, con todo derecho, llamar nuestra aten ción sobre aspectos ingeniosos como los finales asimétricos de las dos palabras que abren y cierran el libro, stately y yes. Tiene igualmente derecho a mostrar cómo la burlesca tran sustanci ación de Buck Mulligan al cornienzo de la obra tiene su contrapunto en la menstruación, real, de Molly Bloom, al final. Pero hay demasiados académicos, y estarán en bloque en Dublín el día 111 de junio, que tratan el Ulises y Finnegans Wake como si se tratasa de códices místicos, no mostrando el menor interés por la Copa de Oro (una carrera de caballos que se celebra alrededor del "día dle Bloom", el 16 de junio) y poco gusto por la Guiness. Este centenario debería mostrar que, por fin, Joyce está empezando a ser propiedad del pueblo y no de unos cuantos autores de tesis doctorales.
Novelista de novelistas
Para otros escritores poco académicos como o, Joyce es el novelista de los novelistas, aunque ni el Ulises ni Finnegans Wake se pueden denominar, con propiedad, novelas. Si la novela es el arte de encajar las sensaciones y emociones de la vida en una estructura que posea algo de la proporción y autonomía de una pieza musical, entonces Joyce es nuestro maestro. Podemos estudiarle en el plano estrujtural, descubriendo los principios de desarrollo sinfónico astutamente ejemplificados en los episodios de los Bueyes del Sol y de Circe delUlises, y en el nivel nuclear de la frase. Veamos unas muestras de extraordinaria escritura:
"Heforesaw Nspale body reclined in it atfull, naked, in a womb of warmth, oiled by scented melting soap, soffly 1aved'. ("Preveía su pálido cuerpo reclinado en él del todo, desnudo, en un útero de tibieza, aceitado por aromático jabón derretido, suavemente lamido por el agua".) (*)
"Under theirdropped lids his eyes found the tiny bow of the leather headband inside his high grade ha". ("Bajo los párpados caídos, sus ojos encontraron el diminuto lazo de la badana de dentro de su sombrero. Alta Cal".)
Donde dice ha, léase hat (sombrero). El sudor ha borrado la "t". John Gross ha señalado que otros personajes de la novela tienen sombreros convencionales; sólo Bloom tiene un ha. Y, sin embargo, hay en estos párrafos menos excentricidad literaria que una gran preocupación por la realidad. El lenguaje de Joyce está ligado a sus referentes. Al mismo tiempo, logra una cierta independencia melódica, recordándonos que Joyce fue un tenor que, si se hubiera dedicado al canto, hubiera desbancado al conde John McCormack.
Joyee, el hombre, imprevisor, dado a la bebida, exiliado, silencioso y astuto, chillón, sociable, dedicado a su familia, carente de lo que Hampstead llamaría buen gusto, larguirucho, sórdidamente elegante, medio ciego, muerto a destiempo a los 59 años, sigue vivo en anécdotas de chochez, pero la esencia de su personalidad, excéntrico y al tiempo convencional, está contenida de forma total en sus obras. Sus preocupaciones: la estabilidad social que encuentra su mejor expresión en la familia de clase media baja, y el lenguaje como supremo logro del hombre. Ha legado su voz al mundo en las marcas y siseos de una grabación anterior a las grabaciones electrónicas, recitando párrafos de sus dos mejores libros con un tono un tanto sacerdotal que, quizá, era de esperar. Destinado a convertirse en sacerdote jesuita, levantó su propia iglesia, una ecclesia en la calle Eccles. Sus libros son confesiones, no ocultando ningún pecado, pero sin dar la mínima disculpa. Su función eucarística es la transformación del pan de cada día en belleza, lo que Tomás de Aquino definió como el complacer. No complace a Barbara Cartland ni a lord Longford (luchador británico contra la obscenidad), pero nos recuerda que la vida es una divina comedia y que la literatura es un tema jocoso y seno al mismo tiempo. Nos ha dejado en Finnegans Wake una pequeña oración, que resume su actitud ante la vida, una actitud bastante sensata:
"Loud, heap miseries upon us yet entwine our arts with laughters low".("Sonoro, cólmanos de miserias, más adorna nuestras artes con risas suaves".)
(*) Traducción de J. M. Valverde. Editorial Bruguera, 1979.
Traducción de Ramón Palencia.


Bronze statue of Joyce standing in a coat and broadbrimmed hat. His head is cocked looking up, his left leg is crossed over his right, his right hand holds a cane, and his left is in his pants pocket, with the left part of his coat tucked back.
Estatua de Joyce en Dublín

Es indiscutible que Joyce es uno de los primeros 
escritores de nuestro tiempo. 
Verbalmente, es quizá el primero. 
En el Ulises hay sentencias, hay párrafos, 
que no son inferiores a los más ilustres 
de Shakespeare o de Sir Thomas Browne.

Jorge Luis Borges, 1939



DUBLINESES / QUINCE RELATOS

  • "The Sisters" ("Las hermanas") – El sacerdote Padre Flynn muere, y un muchacho amigo suyo, junto con su familia, lo afrontan sólo superficialmente.
  • "An Encounter" ("Un encuentro") – Dos muchachos que hacen novillos se encuentran con un extraño anciano.
  • "Araby" ("Arabia") – Un niño se enamora de la hermana de su amigo, pero fracasa al comprarle un regalo en el bazar 'Arabia'.
  • "Eveline" – Una joven abandona sus planes de fugarse con un marinero.
  • "After the Race" ("Después de la carrera") – El estudiante de College Jimmy Doyle intenta adaptarse a sus amigos más adinerados.
  • "Two Gallants" ("Dos galanes") – Dos estafadores, Lenehan y Corley, engañan a una doncella para robarle a su empleador.
  • "The Boarding House" ("La casa de huéspedes") – Mrs. Mooney manipula con éxito a su hija Polly para un matrimonio por interés con Mr. Doran.
  • "A Little Cloud" ("Una nubecilla") – Little Chandler cena con su viejo y exitoso amigo Ignatius Gallaher, lo que le hace comprender lo fallido de sus propios sueños literarios. Además, se da cuenta de que su hijo recién nacido le ha reemplazado en el afecto de su esposa.
  • "Counterparts" ("Duplicados") – Farrington, un frustrado copista de oficina, desahoga sus murrias emborrachándose en distintos pubs y, al llegar a casa, golpeando a su hijo Tom.
  • "Clay" ("Polvo y ceniza") – La señorita Maria celebra Halloween con su hijo adoptivo, Joe Donnelly, y familia.
  • "A Painful Case" ("Un triste caso") – Mr. Duffy desaira a Mrs. Sinico; cuatro años después comprende que ella pudo haber sido el amor de su vida.
  • "Ivy Day in the Committee Room" ("Efemérides en el comité") – Politiquillos irlandeses no se ponen de acuerdo en hacer revivir la memoria del independentista Charles Stewart Parnell.
  • "A Mother" ("Una madre") – Mrs. Kearney intenta organizar el perfecto recital de piano para su hija Kathleen.
  • "Grace" ("A mayor gracia de Dios")– Mr. Kernan se hiere al tropezar borracho en un bar, y sus amigos intentan devolverlo al redil por la senda católica.
  • "The Dead" ("Los muertos") – Gabriel Conroy acude con su mujer a una celebración en casa de sus tías. Al final de la noche, tras una revelación sentimental de su mujer, medita a solas sobre el sinsentido de la vida. Con más de 15.000 palabras, este cuento también ha sido considerado novela corta. Fue llevado al cine, en 1987, por el director John Huston, en la que sería su última película.




Valoraciones de Dublineses

Joyce, quien sería más adelante pionero en el uso del monólogo interior como recurso narrativo, utiliza en esta obra un estilo fuertemente sobrio y realista, cercano incluso al naturalismo, según advirtió Mario Vargas Llosa, con el fin de ofrecer una descripción lo más fiel posible de los personajes y de la ciudad. Así, las influencias de Flaubert, Maupassanta y Chéjov, entre otros, son evidentes.
El crítico estadounidense Harry Levin afirma a este respecto que el escritor realista moderno, en referencia a Joyce, al contrario que un Balzac, que se decía "secretario de la sociedad", se mantiene aparte de esa sociedad que pretende retratar, esperando la oportunidad o la conversación entreoída que dé lugar a su historia; «estrictamente hablando, posee una visión oblicua sobre temas más amplios» y se interesa, no por las aventuras románticas o el incidente dramático, sino por las rutinas más insulsas y cotidianas, «mostrándose ansioso por descubrir el modo más económico de exponer la mayor cantidad posible de tales fruslerías». «Veinticinco años después de la aparición de Dublineses», dice Levin, «la técnica de Joyce ha tenido tanto éxito que ha acabado convertida en toda una industria literaria».
Muchos de los personajes de Dublineses aparecerán posteriormente en papeles de menor importancia en la novela fundamental de Joyce, Ulises, aunque ninguno de los tres protagonistas de esta novela (Leopold Bloom, Stephen Dedalus y Molly Bloom) surge en Dublineses.
Las historias iniciales de la colección se centran en los niños como protagonistas, y a medida que el libro avanza los protagonistas crecen en edad. También van creciendo correspondientemente la sofisticación y la sutileza del desarrollo literario, técnica observable también en el Retrato del artista adolescente. En carta de mayo de 1906 al editor Grant Richards, Joyce declara: «He tratado de presentar [Dublín] al público indiferente encarnado en cuatro de sus aspectos: la niñez, la adolescencia, la madurez y la vida pública», de manera que, según la crítica de la Universidad de Oxford Jeri Johnson, desde el principio el escritor imaginó el libro como algo más que una colección azarosa de historias.
Según Jeri Johnson, los cuentos sobre la niñez comprenden (en inglés): "The Sisters", "An Encounter" y "Araby", sobre la adolescencia: "Eveline", "After the Race", "Two Galants" y "The Boarding House"; los de madurez: "A Little Cloud", "Counterparts", "Clay" y "A Painful Case" y los que reflejan la vida pública: "Ivy Day in the Committee Room", "A Mother" y "Grace". El último cuento, "The Dead", se sale del esquema, pues reúne elementos de las anteriores clasificaciones, sirviendo como culminación y coda del volumen. "Los muertos" ha sido definido frecuentemente como uno de los mejores cuentos en lengua inglesa de todas las épocas.
Los relatos contienen en diversos lugares lo que Joyce llamó "epifanías", revelaciones o iluminaciones repentinas de verdades profundas que transforman súbitamente el alma o la conciencia de los personajes. Estas epifanías, que aparecerán también en obras como Stephen el héroe y Retrato del artista adolescente, provienen del lenguaje religioso, donde son representativas de una manifestación de lo divino.
Otro recurso de Joyce, que surge con frecuencia en sus libros, es la técnica denominada «Uncle Charles Principle» («Principio del tío Charles»), que consiste en una especie de transferencia verbal del personaje al narrador, en virtud de la cual, a efectos de expresividad, éste utiliza fórmulas coloquiales más propias de aquel. Esto se aprecia, por ejemplo, en el arranque de "Los muertos": «Lily, la hija de la guardesa, tenía literalmente los pies hechos polvo»; este "literalmente", según Hugh Kenner, es lo que diría la propia Lily, y no el narrador literario clásico.
Según Anthony Burgess, la importancia de este libro no debe ser exagerada dentro de la obra de Joyce. Dublineses importa principalmente por los "extras" (actores) que aportará a Ulises. Otro apunte de Burgess: allí donde aparece un lugar común o cliché, éste es deliberado, dado que los habitantes de la ciudad viven instalados en el lugar común.
William York Tindall afirma que Dublineses deber ser considerado el prefacio del Retrato del artista adolescente y de UlisesDublineses establece las causas del exilio que se sugiere en elRetrato, y Ulises no es más que este libro de cuentos alargado. Aun más, la diferencia de método entre las distintas obras no es tan grande, ya que, en el fondo, unas derivan de otras. Destaca finalmente que los cuentos tuvieron escaso éxito. Joyce recordaba que en los primeros seis meses se vendieron doscientas copias, veintiséis en el segundo semestre, y solo siete en el tercero. Los primeros lectores encontraron el libro, si no impenetrable, sí tedioso.
El biógrafo de Joyce, Richard Ellmann, recuerda distintos comentarios del escritor sobre Dublineses. En relación con los relatos afirmó en mayo de 1906: «Es un hombre muy valiente el que se atreve a modificar la exposición, más aún, a deformar lo que ha visto u oído». Al año siguiente dijo a su hermano que este libro era «la historia moral de la vida que he conocido», y a su editor le escribió la ya citada carta: «Mi intención era escribir un capítulo de la historia moral de mi país». En otra ocasión le dijo a su hermano: «Los relatos parecen indiscutiblemente bien hechos, pero pienso que muchos otros podrían escribirlos igual de bien». Según Ellmann, Joyce «en tanto que escritor irlandés, en 1912 se dirigió al líder de Sinn Féin, Arthur Griffith, para que con su ayuda Dublineses se pudiera publicar en una editorial irlandesa. Griffith, que luego sería el primer presidente de Irlanda, no pudo conseguirle dicha ayuda, pero le recibió con respeto».


Publicación de Dublineses

La edición de Dublineses atravesó por numerosas vicisitudes, y no se concretó hasta 1914, años después de su redacción definitiva. El manuscrito ya obraba en poder de un editor londinense, Grant Richards, en 1906. Este puso objeciones de tipo moral a Joyce desde el primer momento, objeciones que formulaban los propios linotipistas (según recuerda Galván, algo normal en la época; no querían comprometerse con lo que imprimían) y que en principio se concretaban en los relatos "Dos galanes" y "Contrapartidas", ya que en ellos aparecían palabras malsonantes, por otra parte tan inocentes como bloody. Según Galván, «es patético contemplar cómo Joyce insiste, por un lado, en la necesidad de mantener los más mínimos detalles, algo que considera esencial en el tipo de cuento que pretende escribir, y por otro lado, se muestra a veces tolerante y acepta incluso eliminar algún relato, pero en modo alguno "Dos galanes" o "Un encuentro"».
Richards acabó rechazando el libro a finales de 1906, y no fue hasta 1909 cuando Joyce encontró nuevos editores, los dublineses Maunsel & Company. Las objeciones no tardaron en surgir de nuevo. Primero ante el temor a demandas por la aparición en el libro de nombres reales de establecimientos, y segundo por cuestiones políticas. El libro, con todo, llegó a componerse e imprimirse en 1912, pero finalmente, ante los ojos de un atónito Paraic Colum, que había accedido a acompañar a Joyce a visitar al editor, George Roberts, éste rehusó definitivamente sacar a la luz el libro. Hasta «hizo destruir todos los pliegos ya impresos [...] y -lo que es más- amenazó con demandar a Joyce, pidiéndole una cantidad sustancial para compensarle por las pérdidas de la edición destruida». La tremenda indignación llevó a Joyce a la composición de su famoso e incendiario poema "El gas del quemador" (o "Gases de un quemador"). Poco después abandonó Dublín, soltando chispas; nunca más volvería a pisar su patria.
Joyce volvió a intentar la publicación con el editor primero, Grant Richards, quien finalmente accedió a ello en enero de 1914. En junio de ese mismo año salió por fin el libro. En su confección, habían sido utilizadas las pruebas del editor dublinés, Maunsel & Company. En 1916 salió la edición estadounidense, a cargo de B. W. Huebsch, quien importó las planchas de Richards. Jonathan Cape publicó una nueva edición en 1926. Las numerosas erratas halladas no se solventaron hasta la edición de 1967 debida a Robert Scholes, quien respetó las preferencias de puntuación y los cambios decididos por el propio Joyce. En 1993 apareció una edición "definitiva", llevada a cabo por Hans Gabler (con ayuda de Walter Hettche). Esta edición recoge comparaciones con las anteriores.
Hasta 1942 no hubo una edición completa de Dubliners al español. A cargo de I. Abelló, se tituló Gente de Dublín (editorial Tartesos de Barcelona), en clara referencia a la traducción francesa (Gens de Dublin). Después se ha traducido cuatro veces más.
Una versión reconocida al castellano de este libro es la que realizó en 1972 el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. En 1998, apareció una edición crítica de la obra a cargo del estudioso español Fernando Galván. Esta nueva edición evita los frecuentes americanismos que a veces sorprenden al lector español en la versión de Cabrera Infante. Según Fernando Galván, la obra, aunque no lo parezca, como las otras de su autor, guarda en su interior multitud de enigmas aún por desvelar.


File:JoyceUlysses2.jpg
Primera edición de Ulysses


OBRA

A lo largo de su vida, entre 1907 y 1939, Joyce publicó una obra corta pero intensa, debido a lo cual suele ser considerada libro a libro. Consta de una colección de cuentos: Dublineses, dos libros de poesía: Música de cámara y Poemas manzanas, una obra de teatro: Exiliados, y las tres novelas que lo hicieron célebre: Retrato del artista adolescente, Ulises y Finnegans Wake. De este autor se conservan además una novela inacabada: Stephen Hero, un conjunto de ensayos, en prosa y en verso, algunos poemas sueltos y dos cuentos infantiles que dedicó a su nieto, así como abundante correspondencia. Joyce recibió importantes influencias de los siguientes autores: Homero, Dante Alighieri, Tomás de Aquino, William Shakespeare, Edouard Dujardin, Henrik Ibsen, Giordano Bruno, Giambattista Vicco y John Henry Newman, entre otros.

BIBLIOGRAFÍA

  • Música de cámara (Chamber Music), 1907.
  • Dublineses (Dubliners), 1914.
  • Retrato del artista adolescente (Portrait of the Artist as a Young Man), 1916.
  • Exiliados (Exiles), 1918.
  • Ulises (Ulysses), 1922.
  • Poemas manzanas o Poemas a penique (Pomes Penyeach), 1927.
  • Collected Poems (1936, poesía)
  • Finnegans Wake, 1939.

Publicaciones póstumas
  • Stephen Hero (Stephen el héroe, escrito en 1904 - 1906, publicado en 1944)
  • Letters of James Joyce Vol. 1 (cartas, Ed. Stuart Gilbert, 1957)
  • The Critical Writings of James Joyce (escritos críticos, Eds. Ellsworth Mason y Richard Ellman, 1959)
  • The Cat and the Devil (libro infantil, 1964)
  • Letters of James Joyce Vol. 2 (Ed. Richard Ellman, 1966)
  • Letters of James Joyce Vol. 3 (Ed. Richard Ellman, 1966)
  • Giacomo Joyce (poema escrito en 1907, publicado en 1966)
  • Selected Letters of James Joyce (Ed. Richard Ellman, 1975)
  • The Cats of Copenhagen (libro infantil, 2012)




Adaptaciones cinematográficas

Tanto la obra de Joyce como su propia vida, han sido objeto de diversas adaptaciones para el cine después de su muerte.
  • Finnegans Wake (de Mary Ellen Bute, 1965)
  • Ulises (de Joseph Strick, 1967)
  • Retrato del artista adolescente (de Joseph Strick, 1967)
  • James Joyce's Women (de Michael Pearce, 1985)
  • Dublineses (de John Huston, 1987)
  • Nora (de Pat Murphy, 2000)
  • Bloom (de Sean Walsh, 2003)






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