martes, 1 de septiembre de 2015

Oliver Sacks

Oliver Sacks


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Oliver Sacks

(1933 - 2015)
Aficionado a la química, neurólogo y escritor británico conocido por sus libros sobre los efectos de los trastornos neurológicos, basados en las experiencias reales de sus pacientes. Hijo de médicos y educado en los estrictos internados de su país, fue un brillante estudiante de ciencias que se graduó en medicina en la Universidad de Oxford.
El comendador de la Orden del Imperio Británico nació en Londres el 9 de julio de 1933 y falleció en Nueva York el 30 de agosto de 2015.


Oliver Sacks

En 1960 viajó a Estados Unidos para especializarse en neurología en las universidades de San Francisco y Los Ángeles. En 1965 aceptó un puesto como profesor en el Colegio de Medicina Albert Einstein y se estableció en Nueva York, donde ha desarrollado toda su carrera como profesor y doctor especialista en desórdenes del sistema nervioso. Su experiencia con casos de migrañas fue la base de su primer libro, Migraña (1970).
Mientras acababa ese libro, empezó a trabajar en el Hospital Beth Abraham de Nueva York, en el que entró en contacto con varios supervivientes de la epidemia mundial de encefalitis letárgica, una enfermedad del sueño que apareció a finales de la década de 1910 y principios de la de 1920. Los enfermos, sumidos en un sueño profundo comparable a la muerte, padecían diferentes grados de incapacidad para hablar, andar o alimentarse y algunos requerían atención médica permanente.
Oliver Sacks

En 1969, Sacks empezó a administrar a sus pacientes una nueva sustancia experimental llamada L-dopa con resultados extraordinarios en la recuperación de las facultades de los enfermos. Sin embargo, la droga milagrosa que había logrado "resucitar" a los afectados comenzó a fallar al cabo de un periodo de tiempo y las víctimas de encefalitis letárgica regresaron a su estado previo.
Sacks relató aquella experiencia en Despertares (1973), libro se convertiría en la base para la película Despertares (1990), nominada a varios premios Oscar. Dirigida por Penny Marshall, el actor Robin Williams encarnó a Oliver Sacks y Robert De Niro a Leonard Lowe, un enfermo que consigue recuperarse de su aletargamiento. El dramaturgo británico Harold Pinter también escribió en 1992 Un tipo de Alaska, obra inspirada en el texto de Sacks.

Oliver Sacks

En 1974, mientras practicaba senderismo en Noruega, sufrió una lesión severa en su pierna izquierda que le dejó sin sensibilidad. La lenta mejora en la recuperación de la sensibilidad de su pierna inspiró la memoria Con una sola pierna (1984). En 1985 publicó El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, una colección de sus casos clínicos que se convirtió en un best seller, haciéndole llegar a un público más extenso.
Desde entonces, y gracias a su extraordinaria habilidad para describir los fenómenos que alteran el sistema nervioso humano, ha logrado vender millones de libros sobre sus casos clínicos. Su catálogo de "neurorrelatos", traducido a más de veinte idiomas, ha recibido innumerables premios. Algunos de sus títulos son Veo una voz (1989), Un antropólogo en Marte (1995), La isla de los ciegos al color (1997) y El tío Tungsteno (2001). Recientemente, ha sido elegido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras.


ESCRITOS
A partir de 1970, Sacks escribió sobre su experiencia con pacientes neurológicos. Sus libros han sido traducidos a más de 25 idiomas. Además de sus libros, Sacks era colaborador habitual de The New Yorker y The New York Review of Books, así como de otras publicaciones generales, científicas y médicas. Fue galardonado con el Premio Lewis Thomas para Escritos sobre Ciencia en 2001.
El trabajo de Sacks ha sido difundido en un "amplio rango de medios de comunicación que el de cualquier otro autor médico contemporáneo" y en 1990, The New York Timesdijo que "se ha convertido en una especie de poeta laureado de la medicina contemporánea". Sus descripciones de las personas que hacen frente y se adaptan a condiciones o lesiones neurológicas, iluminan a menudo las formas en que el cerebro normal opera con la percepción, la memoria y la individualidad.
El propio Sacks consideró que su estilo literario surge de la tradición de "anécdotas clínicas" del siglo XIX, un estilo literario que incluye historias de casos narrativamente detalladas. También destacan entre sus fuentes de inspiración las historias clínicas del neuropsicólogo ruso A. R. Luria.
Sacks describió sus casos con una riqueza de detalles narrativos, concentrándose en las experiencias del paciente (en el caso de «Con una sola pierna», el paciente era él mismo). Los pacientes que describió a menudo son capaces de adaptarse a su situación en diferentes modos a pesar de que sus condiciones neurológicas suelen considerarse como incurables. Su libro más famoso, Despertares, sobre el que se basa la película de 1990 del mismo nombre, describe su experiencias con el uso de la nueva droga L-Dopa en pacientes postencefalíticos del hospital Bet Abraham.10 Despertares fue también el tema del primer documental realizado (en 1974) para la serie de televisión británica Discovery.


En sus otros libros, describe los casos del síndrome de Tourette y diversos efectos de la enfermedad de Parkinson. El artículo que da nombre al libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero es sobre un sujeto con agnosia visual y fue el tema de una ópera de 1986 compuesta por Michael Nyman. El título del artículo que da nombre a Un antropólogo en Marte, que ganó un Premio Polk, es sobre Temple Grandin, un profesor autista. Veo una voz, de 1989, cubre una variedad de temas sobre estudios de sordera.
En su libro La isla de los ciegos al color, Sacks escribe sobre una isla donde muchas personas tienen acromatopsia (ceguera al color total, muy baja agudeza visual y alta fotofobia), y describe a los chamorro de Guam, que tienen una alta incidencia de una enfermedad neurodegenerativa conocida como Lytico-Bodig (una combinación devastadora de esclerosis lateral amiotrófica (ALS, por sus siglas en inglés), demencia y parkinsonismo). Junto con Paul Alan Cox, Sacks publicó artículos que sugieren una posible causa ambiental para el grupo, a saber, la toxina beta-metilamino L-alanina (BMAA, por sus siglas en inglés) de la semilla de las cícadas acumuladas por biomagnificación en el murciélago zorro volador (pteropus).
En noviembre de 2012, Oliver Sacks publicó su último libro, Alucinaciones. En este trabajo Sacks exploraba por qué la gente común puede experimentar a veces alucinaciones y elimina el estigma detrás de la palabra. Explicaba: "Las alucinaciones no pertenecen en su totalidad a la locura. Mucho más comúnmente, están vinculados con la privación sensorial, la intoxicación, la enfermedad o el prejuicio". Sacks escribe sobre el conocido fenómeno llamado síndrome de Charles Bonnet, que ha sido detectado en personas de edad avanzada que han perdido la vista. El libro fue descrito por la revista Entertainment Weekly como "elegante ... Una inmersión absorbente al misterio de la mente".

Oliver Sacks
Poster de T.A.

VIDA PERSONAL
A lo largo de su vida, Sacks sufrió de una condición conocida como prosopagnosia o incapacidad de reconocer los rostros. En una entrevista de diciembre de 2010, Sacks declaró cómo había perdido también la visión estereoscópica el año anterior, debido a un tumor maligno en el ojo derecho. Ahora no tiene ninguna visión en este ojo. Esta pérdida de visión fue relatada en su libro Los ojos de la mente, publicado en octubre de 2010. Sacks habla de su lucha con la prosopagnosia en una entrevista con Lesley Stahl en el episodio del 18 de marzo 2012 del programa televisivo 60 Minutos.
Sacks nunca se casó o vivió con alguien y declaró que era célibe. En una entrevista de diciembre de 2001, declaró que no había tenido una relación en muchos años y describía su timidez como "una enfermedad". Sacks nadó casi todos los días durante décadas, sobre todo cuando vivía en el sector City Island del Bronx. Él habló de su trabajo y sus problemas de salud personales el 28 de junio de 2011 BBC en el documental Imagine.'
Sacks también escribió sobre un accidente casi fatal que tuvo a los 41 años, un año después de la publicación de Despertares, cuando se cayó y se rompió la pierna "mientras practicaba solo alpinismo".
Durante sus años en la UCLA, Sacks vivió en Topanga Canyon y experimentó mucho con diversas drogas. Estas experiencias las describió en un artículo publicado en 2012 por The New Yorker y en su libro de 2012 Alucinaciones. Sacks se ocupa de un incidente transformador que vivió después de tomar una dosis masiva de anfetamina y leer un texto del siglo XIX sobre migraña, del médico Edward Liveing (padre de George Downing Liveing). Sacks afirma que esta experiencia lo convenció para relatar y publicar sus observaciones sobre las enfermedades neurológicas y otras rarezas, convirtiéndose en el "Liveing de nuestro tiempo".
En febrero de 2015, Sacks anunció en The New York Times que había sido diagnosticado con un cáncer terminal con metástasis múltiple en el hígado a causa del melanoma ocular por el que perdió anteriormente su visión en un ojo. Con una esperanza de vida medida en "meses", Sacks expresa su intención de "vivir en la forma más rica, más profunda y más productiva posible" y escribió que "quería y esperaba, en el tiempo que le restaba, profundizar mis amistades, despedirme de la gente que amo, escribir más, viajar si tengo la fuerza para ello, con el propósito de alcanzar nuevos niveles de entendimiento y percepción".
Sacks falleció de la enfermedad en su casa en Nueva York en 30 de agosto del 2015 a los 82 aňos.


Oliver Sacks
Poster de T.A.


RECONOCIMIENTOS
Desde 1996, Sacks es miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras (Literatura). En 1999 se convirtió en socio de la Academia de Ciencias de Nueva York. También en 1999, fue nombrado miembro honorario del Queen's College de Oxford.42 En 2002 se convirtió en socio de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias (Clase IV-Humanidades y Artes, Sección 4-Literatura) y fue galardonado con el Premio Thomas Lewis 2001 por la Universidad Rockefeller.
Sacks ha recibido doctorados Honoris Causa por la Universidad de Georgetown (1990), Colegio de Staten Island (1991), Universidad de Tufts (1991), el Colegio Médico de Nueva (1991), el Colegio Médico de Pennsylvania (1992), Bard College (1992), la Universidad de Queen (Ontario) (2001), la Universidad de Gallaudet (2005), la Universidad de Oxford (2005), la Pontificia Universidad Católica del Perú (2006),51 y el Laboratorio Cold Spring Harbor (2008).
La Universidad de Oxford le concedió el grado de doctor honorífico en Derecho Civil en junio de 2005.
Sacks recibió el nombramiento de "Artista de Columbia" de la Universidad de Columbia en 2007, cargo que fue creado específicamente para él. Ello le permitió acceder sin restricciones a la Universidad, independientemente del departamento o disciplina.
Sacks fue nombrado Comendador de la Orden del Imperio Británico (CBE) durante los festejos por el cumpleaños de la reina Elizabeth II en 2008.
El diámetro de 2 millas (3,218688 km) del cinturón principal de un planeta menor descubierto en 2003, fue llamado 84928 oliversacks en su honor.
En febrero de 2010, Sacks fue nombrado como uno de los triunfadores distinguidos del Consejo Honorario de Freedom From Religion Foundation. Él se ha descrito a sí mismo como "un viejo judío ateo".


Oliver Sacks

Al cumplir los 80

No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados



RAQUEL MARÍN
Anoche soñé con el mercurio: enormes y relucientes glóbulos de azogue que subían y bajaban. El mercurio es el elemento número 80, y mi sueño fue un recordatorio de que muy pronto los años que iba a cumplir también serían 80. Desde que era un niño, cuando conocí los números atómicos, para mí los elementos de la tabla periódica y los cumpleaños han estado entrelazados. A los 11 años podía decir: “soy sodio” (elemento 11), y cuando tuve 79 años, fui oro. Hace unos años, cuando le di a un amigo una botella de mercurio por su 80º cumpleaños (una botella especial que no podía tener fugas ni romperse) me miró de una forma peculiar, pero más adelante me envió una carta encantadora en la que bromeaba: “tomo un poquito todas las mañanas, por salud”.
¡80 años! Casi no me lo creo. Muchas veces tengo la sensación de que la vida está a punto de empezar, para en seguida darme cuenta de que casi ha terminado. Mi madre era la decimosexta de 18 niños; yo fui el más joven de sus cuatro hijos, y casi el más joven del vasto número de primos de su lado de su familia. Siempre fui el más joven de mi clase en el instituto. He mantenido esta sensación de ser siempre el más joven, aunque ahora mismo ya soy prácticamente la persona más vieja que conozco.
A los 41 años pensé que me moriría: tuve una mala caída y me rompí una pierna haciendo a solas montañismo. Me entablillé la pierna lo mejor que pude y empecé a descender la montaña torpemente, ayudándome solo de los brazos. En las largas horas que siguieron me asaltaron los recuerdos, tanto los buenos como los malos. La mayoría surgían de la gratitud: gratitud por lo que me habían dado otros, y también gratitud por haber sido capaz de devolver algo (el año anterior se había publicado Despertares).
A los 80 años, con un puñado de problemas médicos y quirúrgicos, aunque ninguno de ellos vaya a incapacitarme. Me siento contento de estar vivo: “¡Me alegro de no estar muerto!”. Es una frase que se me escapa cuando hace un día perfecto. (Esto lo cuento como contraste a una anécdota que me contó un amigo. Paseando por París con Samuel Beckett durante una perfecta mañana de primavera, le dijo: “¿Un día como este no hace que le alegre estar vivo?”. A lo que Beckett respondió: “Yo no diría tanto”). Me siento agradecido por haber experimentado muchas cosas –algunas maravillosas, otras horribles— y por haber sido capaz de escribir una docena de libros, por haber recibido innumerables cartas de amigos, colegas, y lectores, y por disfrutar de mantener lo que Nathaniel Hawthorne llamaba “relaciones con el mundo”.
Siento haber perdido (y seguir perdiendo) tanto tiempo; siento ser tan angustiosamente tímido a los 80 como lo era a los 20; siento no hablar más idiomas que mi lengua materna, y no haber viajado ni haber experimentado otras culturas más ampliamente.
Siento que debería estar intentado completar mi vida, signifique lo que signifique eso de “completar una vida”. Algunos de mis pacientes, con 90 o 100 años, entonan el nunc dimittis —“He tenido una vida plena, y ahora estoy listo para irme”—. Para algunos de ellos, esto significa irse al cielo, y siempre es el cielo y no el infierno, aunque tanto a Samuel Johnson como a Boswell les estremecía la idea de ir al infierno, y se enfurecían con Hume, que no creía en tales cosas. Yo no tengo ninguna fe en (ni deseo de) una existenciaposmortem, más allá de la que tendré en los recuerdos de mis amigos, y en la esperanza de que algunos de mis libros sigan “hablando” con la gente después de mi muerte.

Las reacciones se han vuelto más lentas pero, con todo, uno se encuentra lleno de vida
El poeta W. H. Auden decía a menudo que pensaba vivir hasta los 80 y luego “marcharse con viento fresco” (vivió solo hasta los 67). Aunque han pasado 49 años desde su muerte yo sueño a menudo con él, de la misma manera que sueño con Luria, y con mis padres y con antiguos pacientes. Todos se fueron hace ya mucho tiempo, pero los quise y fueron importantes en mi vida.
A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un tercio de mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y nada “viejo”. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más importantes de la vida, como insistía Freud.
Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve pausa, miró al techo, y pronunció: “Todo lo que tiene un principio tiene que tener un final”, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo.
Mi padre, que vivió hasta los 94, dijo muchas veces que sus 80 años habían sido una de las décadas en las que más había disfrutado en su vida. Sentía, como estoy empezando a sentir yo ahora, no un encogimiento, sino una ampliación de la vida y de la perspectiva mental. Uno tiene una larga experiencia de la vida, y no solo de la propia, sino también de la de los demás. Hemos visto triunfos y tragedias, ascensos y declives, revoluciones y guerras, grandes logros y también profundas ambigüedades. Hemos visto el surgimiento de grandes teorías, para luego ver cómo los hechos obstinados las derribaban. Uno es más consciente de que todo es pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que no era posible tener con menos edad. Yo soy capaz de imaginar, de sentir en los huesos, lo que supone un siglo, cosa que no podía hacer cuando tenía 40 años, o 60. No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados, libres para explorar lo que deseemos, y para unir los pensamientos y las emociones de toda una vida. Tengo ganas de tener 80 años.


La modestia de Sacks

Su mensaje es el del sabio, la verdadera voz del héroe. Señala esa desnuda continuidad de vida y muerte y vida

Lo más conmovedor del artículo en el que Oliver Sacks anuncia su cáncer terminal y su próxima muerte es la modestia del tono, la falta total de engolamiento. El yo, que ocupa tantísimo espacio en nuestras vidas, tiende a tomarse todo lo que le afecta bastante a la tremenda, y desde luego la propia muerte es el acontecimiento mayor de la existencia, así que todos los textos semejantes que he leído con anterioridad sobre la propia finitud, por muy bellos que fueran, tenían siempre un toque de épica, un añadido de lírica, un no sé qué candente de emoción apenas contenida. El artículo de Sacks carece de todo eso; en realidad, es casi ramplón. Y eso es lo que lo convierte en algo único y formidable. Esa es la verdadera voz del héroe, el verdadero mensaje del sabio. Nos dice: Soy poco, sentí y viví todo lo poco que fui con intensidad, sé que es hora de irse. “Donde yo ahora estoy, tú estarás”, vaticina una clásica inscripción funeraria presente en muchas lápidas. El artículo de Sacks, con su sencillez, sirve de espejo. Señala esa desnuda continuidad de vida y muerte y vida.
Siento que su próximo fin es el de alguien cercano. Le he leído tantos libros, esos magníficos trabajos sobre las rarezas de la mente. Verdaderos viajes a los extremos del ser, como Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Él mismo tuvo graves problemas neurológicos o quizá neuróticos; lo cuenta en alguno de sus libros, ya no recuerdo cuál. Dolores de cabeza inhabilitantes, cegueras y parálisis momentáneas. Seguramente ese sufrimiento personal le hizo más apto para comprender el sufrimiento de los otros. A fin de cuentas, todos somos raros de una manera u otra. Esa fue la gran aportación de Sacks: la convicción de que todas las rarezas son normales. Y la celebración constante de la vida, del misterio de la vida, de la fuerza de la vida para adaptarse a todo, para crear un mundo a la medida de tus posibilidades. Ahora, fiel a sí mismo, Sacks nos demuestra que también podemos adaptarnos a la certidumbre de nuestra muerte inminente. Es un ejemplo precioso y tranquilizador, aunque no sé si yo seré capaz de seguir su estela.

Ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, es consolador y relajante
Desde todos los puntos de vista, del más convencional al más personal, Oliver Sacks parece haber tenido una vida de rotundo éxito. Es famoso, es rico, es respetado, es querido, es conocido en todo el mundo, sus libros se venden a millones. Y ha alcanzado la aceptable edad de 81 años, quizá un momento perfecto para despedirse, antes de que la vejez hinque demasiado profundamente los dientes. Pero, enfrentada a la muerte, toda vida, hasta la del personaje más glorioso, se encoge hasta mostrar su microscópica dimensión real. Polvo y cenizas. El barroco español, atormentado por la finitud, llenó los cuadros de calaveras para recordarnos esa nadería, esa futilidad de la vida humana. ¿La pompa del emperador dueño del mundo? Puro espejismo; por debajo del sombrero adornado con plumas de faisán está el pelado cráneo amarillento. Que también acabará desintegrándose. Ya se sabe que nuestra vida es apenas una minúscula gota en el mar del tiempo. En realidad, y si lo piensas bien, ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, que estamos llenos de pretensiones espectaculares sobre nosotros mismos, es consolador y relajante. Si nuestra vida entera, vista en términos globales, es una fruslería, las angustias por las que perdemos la cabeza, el corazón y el resuello cada día son verdaderas necedades. Deberíamos poner más calaveras barrocas en nuestro entorno y vivir más conscientes de nuestra nimiedad.
Esa modestia es la que llena de luz el texto de Oliver Sacks. Me encanta especialmente cuando dice que se siente liberado de muchas cosas, y que en las semanas o meses que le queden de vida no va a ver más informativos de televisión ni va a preocuparse más por el cambio climático. Y no porque no sea importante, sino porque ya no le incumbe. Él está en otra cosa: en la vida esencial, una vida básica de célula, de animal gozoso de sentirse vivo. Es una observación desternillante: ¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de no ver más los aterradores telediarios, de cerrar los ojos al dolor y al miedo y volver a ser un inocente niño bajo el sol? La vida también pesa. Tal vez el miedo que le tenemos a la muerte no sea más que otro de esos desquiciados, desordenados miedos que apesadumbran absurdamente nuestras vidas. Sacks navega hacia el final libre de carga, marinero de un barco diminuto.


Mi tabla periódica

Me entristece no ser testigo de la nueva física nuclear, ni de otros miles de avances en las ciencias físicas y biológicas


Oliver Sacks. / CORBIS
Espero con entusiasmo, casi ansiosamente, la llegada semanal de revistas como Nature y Science, y me dirijo inmediatamente a los artículos sobre ciencias físicas, y no, como tal vez debería, a los que tratan de biología y medicina. Las ciencias físicas fueron las primeras en fascinarme siendo niño.
En una reciente edición de Naturehabía un apasionante artículo del físico Frank Wilczek, ganador de un premio Nobel, sobre una nueva manera de calcular las masas ligeramente diferentes de los neutrones y los protones. El nuevo cálculo confirma que los neutrones son muy poco más pesados que los protones (la ratio entre sus masas es de 939,56563 a 938,27231). Se podría pensar que la diferencia es insignificante, pero si no fuese así, el universo, tal como lo conocemos, nunca habría llegado a desarrollarse. La capacidad de calcular algo así, dice Wilczek, “nos anima a predecir un futuro en el que la física nuclear alcanzará el nivel de precisión y versatilidad ya logrado por la física atómica”, una revolución que, por desgracia, yo nunca veré.
Francis Crick estaba convencido de que “el problema difícil” —entender cómo el cerebro produce la conciencia— estaría resuelto en 2030. “Tú lo verás”, solía decirle a Ralph, mi amigo neurólogo, “y tú también, Oliver, si llegas a mi edad”. Crick vivió hasta avanzados los 80 años, trabajando y pensando sobre la conciencia hasta el final. Ralph murió prematuramente, a la edad de 52 años, y ahora yo sufro una enfermedad terminal a los 82. Debo decir que no tengo demasiada experiencia con el “problema difícil” de la conciencia. La verdad es que no lo veo como un problema en absoluto, pero me entristece no ser testigo de la nueva física nuclear que vislumbra Wilczek, ni de otros miles de avances en las ciencias físicas y biológicas.

Vi el cielo entero “salpicado de estrellas”. Me hizo darme cuenta de repente de qué poca vida me quedaba
Hace unas semanas, en el campo, lejos de las luces de la ciudad, vi el cielo entero “salpicado de estrellas” (en palabras de Milton). Un cielo así, imaginé, solo se debía de poder contemplar en altiplanos secos y elevados como el de Atacama, en Chile (donde se encuentran algunos de los telescopios más potentes del mundo). Fue ese esplendor celestial el que me hizo darme cuenta de repente de qué poco tiempo, qué poca vida me quedaba. Para mí, mi percepción de la belleza del cielo, de la eternidad, estaba asociada indisolublemente a una sensación de fugacidad y muerte.
Dije a mis amigos Kate y Allen: “Me gustaría ver un cielo así cuando esté muriendo”.
Ellos me respondieron: “Nosotros empujaremos la silla de ruedas”.
Desde que en febrero escribí que tenía cáncer con metástasis, los cientos de cartas recibidas, las expresiones de cariño y aprecio, y la sensación de que (a pesar de todo) he vivido una vida buena y provechosa, me han consolado. Estoy muy feliz y agradecido por todo ello, pero nada me ha impactado tanto como lo hizo aquel cielo nocturno cubierto de estrellas.
Desde mi infancia he tenido la tendencia a afrontar la pérdida —pérdida de personas queridas— recurriendo a lo no humano. Cuando, siendo un niño de seis años, me enviaron a un internado a principios de la II Guerra Mundial, los números se hicieron mis amigos; cuando regresé a Londres a los 10, los elementos y la tabla periódica se convirtieron en mis compañeros. Las épocas de tensión a lo largo de mi vida me han llevado a volverme, o a volver, a las ciencias físicas, un mundo en el que no hay vida, pero tampoco muerte.
Y ahora, en este punto crítico, cuando la muerte ya no es un concepto abstracto, sino una presencia —demasiado cercana e innegable— vuelvo a rodearme, como cuando era pequeño, de metales y minerales, pequeños emblemas de eternidad. En un extremo de mi escritorio, en un estuche, tengo el elemento 81 que me enviaron unos amigos de los elementos de Inglaterra; en el estuche dice: “Feliz cumpleaños de talio”, un recuerdo de mi 81º cumpleaños, el pasado julio. Y después está el reino dedicado al plomo, el elemento 82, por mi 82º cumpleaños, que acabo de celebrar a principios de este mes. En él hay también un pequeño cofre de plomo que contiene el elemento 90: torio, torio cristalino, tan bello como los diamantes, y, por supuesto, radioactivo (de ahí el cofre de plomo).

Tengo náuseas y pérdida de apetito; escalofríos de día y sudores de noche; y un cansancio generalizado
A principios de año, las semanas después de enterarme de que tenía cáncer, me sentía muy bien a pesar de que la mitad de mi hígado estaba invadido por la metástasis. Cuando, en febrero, se aplicó a mi enfermedad un tratamiento consistente en inyectar gotas minúsculas en las arterias hepáticas (un procedimiento conocido como embolización), me encontré fatal durante un par de semanas, pero luego me sentí fenomenal, cargado de energía física y mental. (Casi todas las metástasis habían sido aniquiladas por la embolización). No se me había concedido una remisión, pero sí un descanso, un tiempo para profundizar amistades, visitar pacientes, escribir y volver a mi país natal, Inglaterra. Entonces la gente apenas podía creer que estuviese en fase terminal, y yo mismo podía olvidarlo fácilmente.
Esa sensación de salud y energía empezó a decaer cuando mayo dejó paso a junio, pero pude celebrar mi 82º cumpleaños por todo lo alto. (Auden solía decir que uno debería celebrar siempre su cumpleaños, no importa cómo se encuentre). Pero ahora tengo un poco de náusea y pérdida de apetito; escalofríos durante el día y sudores por la noche; y, sobre todo, un cansancio generalizado acompañado de agotamiento repentino cuando hago demasiadas cosas. Sigo nadando a diario, aunque ahora más despacio, ya que estoy empezando a notar que me falta un poco el aliento. Antes podía negarlo, pero ahora  que estoy enfermo. Un TAC realizado el 7 de julio confirmó que las metástasis no solo se habían reproducido en el hígado, sino que se había extendido más allá de él.
La semana pasada empecé un nuevo tipo de tratamiento: la inmunoterapia. No está exenta de riesgos, pero espero que me proporcione unos cuantos buenos meses más. No obstante, antes de empezar con ella, quería divertirme un poco haciendo un viaje a Carolina del Norte para ver el maravilloso centro de investigación sobre lémures de la Universidad de Duke. Los lémures están próximos a la estirpe ancestral de la que surgieron todos los primates, y me gusta pensar que uno de mis propios antepasados, hace 50 millones de años, era una pequeña criatura que vivía en los árboles no tan diferente de los lémures actuales. Me encantan su saltarina vitalidad y su naturaleza curiosa.
Junto al círculo de plomo de mi mesa está la tierra del bismuto: bismuto de origen natural procedente de Australia; pequeños lingotes de bismuto en forma de limusina de una mina de Bolivia; bismuto fundido y enfriado lentamente para formar hermosos cristales iridiscentes escalonados como un poblado hopi; y, en un guiño a Euclides y la belleza de la geometría, un cilindro y una esfera hechos de bismuto.

El bismuto es el elemento 83. No creo que llegue a mi 83º cumpleaños, pero hay algo alentador en tenerlo cerca
El bismuto es el elemento 83. No creo que llegue a ver mi 83º cumpleaños, pero creo que hay algo esperanzador, algo alentador en tener cerca el “83”. Además, siento debilidad por el bismuto, un humilde metal gris, a menudo desdeñado e ignorado, incluso por los amantes de los metales. Mi sensibilidad de médico hacia los maltratados y los marginados se extiende al mundo inorgánico y encuentra un paralelo en mi simpatía por el bismuto.
Es casi seguro que no seré testigo de mi cumpleaños de polonio (el número 84), ni tampoco querría tener polonio cerca de mí, con su radiactividad intensa y asesina. Pero en el otro extremo de mi mesa —de mi tabla periódica— tengo un bonito trozo de berilio (elemento 4) elaborado mecánicamente para que me recuerde mi infancia y lo mucho que hace que empezó mi vida próxima a acabar.


BIBLIOGRAFÍA
  • Migraine, 1970; trad. La jaqueca: estudio de un trastorno habitual, 1988
  • Awakenings, 1973; trad. Despertares, 1988
  • A Leg to Stand On, 1984; trad. Con una sola pierna, 1998. La experiencia de Sacks tras un accidente y perder la sensibilidad en una de sus piernas
  • The Man Who Mistook His Wife for a Hat, 1985; trad. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, 1991
  • Seeing Voices: A Journey Into the World of the Deaf, 1989, trad. Veo una voz : viaje al mundo de los sordos, 1994
  • An Anthropologist on Mars, 1995; trad. Un antropólogo en Marte: siete historias paradójicas, 1997
  • The Island of the Colorblind, 1997; trad. La isla de los ciegos al color, 1999. Una enfermedad de Guam que consiste en ceguera total al color congénita en una comunidad isleña)
  • Uncle Tungsten: Memories of a Chemical Boyhood, 2001; trad. El tio Tungsteno: recuerdos de un químico precoz, 2003
  • Oaxaca Journal, 2002; trad. Diario de Oaxaca, 2002
  • Musicophilia: Tales of Music and the Brain, 2007; trad. Musicofilia: relatos de música y el cerebro, 2009
  • The Mind's Eye, 2010; trad. Los ojos de la mente, 2011
  • Hallucinations, 2012, Knopf/PicadorAlucinaciones, 2013
  • On the Move (2015) (autobiografía)


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