jueves, 6 de marzo de 2014

Cy Twombly


(1928 - 2011)

(Lexington, Virginia, 1928 - Roma, 2011) Pintor y escultor estadounidense. Tras recibir una formación en la tradición artística norteamericana, en 1957 se trasladó a Roma, donde fijó su residencia.

Cy Twombly


Cy Twombly pertenece a la generación de artistas que, como Jasper Johns y Robert Rauschenberg, se distanció de la ortodoxia del expresionismo abstracto estadounidense. Su pintura no abandona determinados rasgos heredados de la tradición abstracta, pero al tiempo incluye algunos aspectos novedosos, como la aparición de elementos caligráficos que se inspiran en el mundo de losgrafittis callejeros y que combinan sutiles alusiones a la mitología del mundo clásico.

Sus trabajos de los años 90, sin dejar de ser abstractos y gestuales, traslucían a menudo referencias paisajísticas. Su obra se ha expuesto en museos como el Centro Georges Pompidou y el Whitney Museum of American Art.

Falleció el 5 de julio de 2011 en Roma, donde llevaba residiendo más de cincuenta años.



Lepanto IV, 2001

Reconocimiento internacional

Twombly fue invitado a la Bienal de Venecia de 1964. En 1968, el Milwaukee Art Center montó su primera retrospectiva, dominando su rápido grafismo y su gestualidad expresionista como una suerte de escritura ininteligible. A continuación, sus exposiciones se extienden por todo el mundo: En la Kunsthaus de Zurich en 1987, en el Museo Nacional de Arte Moderno de París en 1988, en el MoMA de Nueva York en 1994, y así otros múltiples lugares como Houston, Texas (donde la Menil Collection abrió, en 1995, una sección especial especialmente diseñada para su obra en el edificio de Renzo Piano), Los Ángeles, Berlín o Múnich (donde en su Neue Pinakothek se conservan un gran número de obras).
En 2001, Harald Szeemann, director de la Bienal de Venecia, propuso a Twombly montar una exposición sobre "El fundamento del ser humano." Para esta ocasión, creó un gran ciclo narrativo dedicado a la Batalla de Lepanto, famosa batalla naval que tuvo lugar el 7 de octubre 1571, en el golfo de Lepanto (Grecia). Twombly comenzó a interesarse en este tema al visionar representaciones de esta batalla en tapices confeccionados a partir de una serie de pinturas de Luca Cambiaso realizadas para el rey Felipe II de España. El artista dispuso la exposición"Lepanto", compuesta por 12 lienzos, en una manera a la vez sinfónica y cinematográfica, con cuatro imágenes de llamas, hojas que caen, y con un relato muy abstracto de la batalla. "Lepanto"se instalaría permanentemente en el Museo Brandhorst de Múnich. En 2008, esta obra fue expuesta temporalmente en el Museo del Prado de Madrid, donde planteó un diálogo con otras obras maestras del museo en donde se inspiraría el autor.
En 2008, la Tate Modern, presentó una gran retrospectiva de Twombly, llamada Cycles and Seasons, basada, sobre todo, en sus series y ciclos, reuniendo sus Four Seasons (1993–94), una de sus obras más celebradas.

Untitled, 1970

La obra de Cy Twombly
Su obra bebe de los grandes temas del arte del siglo XX: el dilema entre la abstracción y la figuración, la intervención del psicoanálisis, el primitivismo, el papel de la escritura en la pintura, el homenaje a los ancestros (a menudo eligiendo sus temas en la mitología de la antigüedad clásica o en la literatura europea antigua) o las conexiones artísticas entre Europa y América.
Los trabajos de Twombly difuminaron la frontera entre el dibujo y la pintura. Muchos de sus cuadros más conocidos de finales de los años sesenta son reminiscencias de un encerado de escuela en el que alguien ha practicado la «e» en cursiva, o de la acumulación intensiva de graffitis de cuartos de baño.


Cy Twombly_Untitled, Part VII, 1988

Cy Twombly

ELEGANCIA CONCEPTUAL

Por Mariano Navarro

Cy Twombly (Lexington, Virginia, 1928) ha representado en el mundo del arte la elegancia conceptual y el empleo exquisito de las técnicas que la pintura y la escultura han descubierto y desarrollado en la modernidad, sin desatender, tampoco, la erudición y la riqueza literaria e histórica. 

Alumno del mítico Black Mountain College (Asheville, Carolina del Norte), donde coincidió con Rauschenberg y John Cage, fue temprano viajero a Europa, con marcada preferencia durante el resto de su vida por Italia -donde vivió los últimos 50 años- y Grecia, así como buen conocedor del Norte de África. Ha sido, sin duda, el más europeo, en sus referentes y geografía mental, de los artistas norteamericanos. 

Twombly, cuyas primeras obras recibieron la influencia de los geométricos abstractos de “Cercle y Carré”, muy pronto se inclinó por una abstracción más directa. Desde los iniciales años 50 hasta su triste fallecimiento, ha sido reconocido como el pintor que hace sus cuadros con un mínimo de materia y de gesto, un gesto la mayoría de las veces próximo al garabato, a lo informe y desordenado; o que cuando se rinde a la exuberancia invasora de la superficie, continúa mostrando una voluntaria contención. Cuadros, siempre, surgidos de un orden que somete a una urgente pasión. Igualmente rico y diverso es su arco cromático, al que su austeridad ha hecho descubrir casi infinitas gamas en los negros y grises. Innecesario resulta añadir que es uno de los más finos dibujantes de la segunda mitad del siglo veinte. 

De principios de los años sesenta destacan sus obras dedicadas a figuras de la mitología griega y la historia romana, así los paneles de Discourse on Commodus y las primeras “pinturas grises”. A finales de esa década trabajaría con dibujos de Leonardo para la realización de sus collages. Los temas mitológicos e históricos, así como las grandes figuras literarias fueron referencias constantes en su trabajo. 

En los primeros setenta abordó el pensamiento filosófico de Robert Burtonen una inmensa tela titulada homónimamente Anatomy of the Melancholy, en la que trabajaría durante veintidós años. En los años noventa multiplicó su producción de esculturas, características por su organicidad y su blanca factura.

En 1995 se inauguró en Houston la Cy Twombly Gallery, obra de Renzo Piano ideada por el propio artista, que alberga una importantísima colección de su obra, desde 1954. 

En España sus primera pinturas se vieron en la Galería Heinrich Ehrhardt, de Madrid, en 1980, y siete años después, en el Palacio de Velázquez, Harald Szeeman comisarió una exposición maravillosa. Con motivo de su 80 cumpleaños fue la Tate Modern de Londres quien le dedicó una extraordinaria retrospectiva. Casi al mismo tiempo, el Museo del Prado montaba en Madrid la inolvidable serie Lepanto, pintada por el artista para la Bienal de Venecia de 2001. También el Guggenheim de Bilbao recuperaba, ese mismo otoño de 2008, los momentos clave de la trayectoria de Twombly. 

El Cultural

Cy Twombly_Coronation of Sesostris, 2000



Twombly, la fuga de América

Por Luis María Anson

Demasiado viejo para integrarse en las últimas vanguardias, en los delirios delhiperdramatic, en la rompedora visión del arte nuevo de nuestra Alicia Framis. Pero todo lo que ha sido la pintura en los últimos 60 años está en Cy Twombly con calidades que, en ocasiones, estremecen al espectador más gélido. A pocas personas he conocido con tanto conocimiento y tan sagaz interpreta- ción del arte contemporáneo como a Juan Eduardo Cirlot. Su Diccionario de los ismoscontinúa imbatible. Fue él quien me alertó sobre la profundidad creadora de Twombly. Sus pinturas reventaron de luz las cristaleras del Palacio del Retiro hace veinte años.



Ciertamente el artista se formó inicialmente en Estados Unidos. Pero huyó de América cuando le deslumbró la explosión artística de Italia. Se hizo así inclasificable salvo en la escultura, por la que se le escurre Giacometti. Su paleta lo prueba todo, a veces con poco acierto, generalmente con ávida vibración. Es la angustia del mundo, sangre y hora de García Lorca. El pintor edifica sobre las ruinas de la inteligencia. En sus abstractos hay una sangre sin fin que se derrama, si bien, a veces, el Zobel elegante del pensamiento profundo se le resuelve en grises y blancos sobre el lienzo. Dubufflet vertebra una parte de la obra de Twombly. Pero su pincel se sujeta en la feroz independencia. Las riberas salvajes del amorTratado del veloCátulo, el célebre Ferragosto, Las cuatro estaciones y tantos otros cuadros y series han incendiado el Guggenheim bilbaíno en una de las muestras más atractivas celebradas en el año cultural español.



Cy Twombly reflexiona sobre la locura, más cerca del loco que del cuerdo, a diferencia de Erasmo de Rotterdam. Sus Nueve discursos sobre Cómodo, lo mismo que algunos de sus abstractos que son gotas de sangre, conducen al suicidio, al dilema que Camus espetó a Sartre: “Si la vida es un valle de lágrimas, si no hay nada después de la muerte, el único problema serio de la filosofía es el suicidio”. El vitalismo italiano mantiene en pie a este anciano todavía en plenitud creadora. Cy Twombly es la pintura tras la II Guerra Mundial, cuando el poderío nazi fue engrilletado por la audacia de Churchill y las rientes democracias occidentales, incapaces, en cambio, de contener el horror de Stalin y sus gulags ensordecedores.



La inquietud artística de Twom- bly resulta inclasificable, ciertamente, pero sus vibraciones fundamentales están en la abstracción como creía Cirlot. “Todo arte --escribió- es abstracción, puesto que abstrae de la realidad existencial, espacio-temporal y física de las cosas los aspectos sensibles aptos para ser traspasados, traducidos al mundo de las formas artistas. Pero a esta abstracción general sucedió una segunda abstracción, consistente en la eliminación de toda copia del natural”. Ya el simbolista Maurice Denis había dicho que “antes de ser una figura de mujer o de otra cosa cualquiera, un cuadro es una tela con colores y formas dispuestos según cierto orden”. En Cy Twombly, la supremacía del color es la que transmite las emociones. Habrá que convenir, en todo caso, que no se entenderá en el futuro la descoyuntación del arte actual sin este americano que se fugó de América para pintar desde los estratos pictóricos de la Italia eterna. Tal vez por eso fue capaz de subvertir el expresionismo abstracto, de zafarse de la escuela de Nueva York y de afianzar una personalidad tan atractiva que se ha impuesto a los progresismos virtuales de los críticos papanatas, numerosos como las estrellas del cielo, incontables como las arenas del mar. Cy Twombly no ha vacilado nunca en hincar sus raíces en las tierras antiguas de la mitología, el paganismo y la estupefacción. Es un artista cardinal. 





Discursos sobre Cómodo
Cy Twombly

Los trazos contrarios

Los garabatos apresurados de Cy Twombly 

según los ojos de Adrian Searle

Adrian SEARLE | 26/06/2008 |  Edición impresa


Ferragosto III, 1960

El lápiz revolotea por el lienzo blanco ya preparado, torpemente cubierto en ciertas zonas de una capa mate de pintura casera, como de tiza; de repente, encuentra una zona húmeda y se abre paso por ella formando un surco. Cuando toda la superficie está ya seca, el lápiz repite la operación. Las imágenes van sepultándose conforme aparecen. La línea une las capas para dividirlas luego. Todo es nerviosismo en las primeras pinturas de Cy Twombly: un constante hacer y deshacer, una resolución que es siempre provisional. 



Otro de los cuadros muestra una especie de calavera derretida (¿o será una medusa?). En el borde, vemos un culo tachado con una X (aunque puede que, más que tachadura, esa X sea una marca indicadora y el culo, unos pechos). Y aquí y allá, manchurrones de un blanco diferente, más denso, aceitoso, que ha cuajado dejando una gruesa costra que ha tardado años en endurecerse, si es que lo ha hecho. Por todas partes, rastros corporales de sudor, heces, esperma, saliva. Hay cosas que sólo es posible apreciar desde ciertos ángulos, acercándonos, contemplándolas bajo la luz o aproximándonos al cuadro desde un lado. Unos dedazos marcados sobre la superficie proclaman la presencia del artista. En otras partes, Twombly ha usado el propio lienzo para limpiarse los restos de pintura de sus dedos. Es éste un pintor que habla de Poussin, de la poesía de Rilke y de Mallarmé; pero también de Sade y de Alain Robbe-Grillet, unos escritores que recurren a la sutileza y el refinamiento para subrayar su violencia.



Y la mirada se nos pierde entre todo eso, entre amorosos corazones, pezones, pollas y unas vainas de guisantes que bien podrían ser vaginas; irregulares sacudidas sísmicas, temblores que se salen del dial. “APOLO” proclama uno de los cuadros; “he conocido la DESNUDEZ de mis sueños esparcidos” afirma otro. En la obra de Twombly, las palabras y las frases se abren paso dejando tras de sí una indeleble sonrisa: nombres y exhortaciones, fragmentos de poemas, números, grafismos... todo escrito con una convincente sensación de urgencia, como si su autor tratara de ahuyentar un enjambre de abejas congregado en su cerebro. “Eso lo hace cualquiera”, oigo decir. Pues bien: no es cierto. Las obras de Twombly -muy especialmente las de los años cincuenta y sesenta- están repletas de cosas y exhiben una organización tan astuta como sofisticada. Y, aunque el espectador pueda tener la tentación de percibir y catalogar su obra como una sarta de necedades y sinsentidos, si logra encontrar el escondrijo del secreto y la clave para descifrarlo encontrará también toda la riqueza y el apremio que Twombly transmite.



Durante los años cincuenta del pasado siglo, la pintura de Twombly evolucionó como un lenguaje de trazos contrarios, de pensamientos descarriados y gestos inimitables, no exentos de atavismo y de una inhabilitación consciente de su talento innato. Como Willem de Kooning, Twombly se obligó a dibujar y a escribir con la mano izquierda o con los ojos cerrados. Al convertir su propio trazo en un extraño, Twombly conseguía presentarse ante sí como otro. Creo que lo que quería era sorprenderse con la guardia baja. 

Twombly ha cumplido ya ochenta años y su obra, nerviosa, extremadamente elegante y en muchas ocasiones bellísima, no es todo lo conocida que debiera. Una situación que Cycles and Seasons, la retrospectiva organizada en la Tate Modern, contribuirá a subsanar. Y aunque no es la primera gran exposición de Twombly en el Reino Unido, sí es la mayor y la más completa. Arranca brillantemente con piezas realizadas cuando Twombly era alumno de Robert Motherwell y del educador, dibujante y pintor Ben Shahn. Compañero de generación de Jasper Johns y Robert Rauschenberg, Twombly tuvo la fortuna de escapar al destino de convertirse en miembro de una segunda ola de expresionismo abstracto. Su arte es suyo, lo que no le impide conservar esporádicas afinidades con un gran número de rumbos artísticos diferentes y contradictorios del arte posterior a 1945. Norteamericano, bien casado y trasplantado a Roma en los inicios de su carrera, durante muchos años Twombly fue visto con suspicacia por sus coetáneos estadounidenses, una situación que le proporcionó la libertad que precisaba.

Pero a lo que íbamos: la primera mitad de la exposición es extraordinaria. Twombly demuestra que la pintura, el dibujo y la escritura pueden coexistir compartiendo espacio, hasta el punto que hay veces en las que no resulta fácil determinar qué es qué. Todo es gesto, pero también expresión, signo, trazo. Y Twombly sabe cómo enfrentarse a la nada, con pausas y vaciedad, con el silencio del pintor. Porque un cuadro puede ser una acumulación de impetuosas prisas, pero un pintor también sabe cómo permanecer quieto.

Las delicadas y blanquecinas esculturas que Twombly ha venido realizando a lo largo de su carrera lograron dar desde el principio con el punto justo, aunque hay que decir que apenas se han desarrollado desde entonces. Sus piezas más logradas dan muestras de un humor y refinamiento extraordinarios. Twombly tiene un excelente ojo para captar el potencial de lo que se deshecha, sea una caja vieja o un par de hojas de palma, unos objetos de escayola y yeso blanco que nunca pierden contacto con sus casuales orígenes. Pero Twombly nunca explotó sus esculturas como podría haberlo hecho, dejando que pasaran años sin crear siquiera una.

Una de mis favoritas es un pequeño monumento salpicado de yeso, a uno de cuyos lados el artista ha escrito a lápiz: “En memoria de álvaro de Campos”, uno de los alter egos del gran escritor luso Fernando Pessoa y que no existió jamás fuera de la imaginación del poeta.

Creo que uno de uno de los objetivos de Twombly ha sido hacer un tipo de arte vinculado a un espacio o a un tiempo que no llegan a coincidir del todo con los nuestros y en donde es posible la convivencia del presente y el pasado. Otra de las esculturas, creada sólo con dos tubos de cartón, me hizo reír a carcajadas. Con todo, hay una gran dosis de añoranza y melancolía en su obra, hábilmente destripada por Nicholas Cullinan en el catálogo (sus escritos sobre el artista merecerían ampliarse y plasmarse en forma de libro). 

Pero si la escultura de Twombly marca el paso del tiempo y mantiene viva la fe, su pintura ha acabado diluyéndose con los años. Sus últimos grandes cuadros fueron los que ejecutó en los años setenta, aplicando lápiz por todo el lienzo: unos apresurados garabatos dedicados a un amigo que murió y que son como unas pertinaces cartas escritas al muerto. Por el contrario, los paneles que pintó con los dedos a finales de los ochenta, con sus afectadas formas rococó que recuerdan a Tiépolo, resultan insulsos. Podrían sugerirnos también una versión amorfa del último Monet, pero su lirismo indeterminado me deja más bien frío. Para eso, ya tenemos a Richter que hace lo mismo con mejores resultados. Los últimos twomblys me parecen, simplemente, desustanciados. En la última sala, sus garabatos bermellones dedicados a Baco no añaden nada a lo anterior como no sea provocar nuestro pasmo ante la energía que el artista es aún capaz de desplegar.

Lo mejor será celebrar que ha hecho lo que ha querido y que ha seguido su propio camino, que no es poco. Le deseamos uno de esos grandes estilos de madurez y que logre trascender como artista, en línea con lo que, según el historiador Erwin Panofsky, el último Tiziano habría conseguido. ¡Como si fuera tan fácil! 







Cy Twombly

El artista estadounidense Cy Twombly 

fallece a los 83 años en Roma

Uno de los últimos expresionistas abstractos, vivía en Italia desde hace años

AGENCIAS París 5 JUL 2011 - 20:09 CET
El artista estadounidense Cy Twombly, de 83 años, ha fallecido hoy en un hospital de Roma, ha anunciado el director de la galería de arte contemporáneo de Yvon Lambert, en Aviñón, Eric Mézil. Nacido en Lexington (Virginia) en 1928, era uno de los grandes pintores abstractos del siglo XX, y también escultor y fotógrafo. Vivía en Italia desde hacía medio siglo y padecía desde hace años un cáncer. El anuncio lo ha hecho Mézil porque desde mediados de junio estaba abierta una exposición de sus fotografías en la colección Lambert. "Era como una roca", ha dicho Mézil, el primer tratante de Twombly en Europa.
Mézil, que conocía al artista desde hacía 20 años, ha dicho que tenía pensado ir a ver la próxima al pintor, al que había visitado por última vez en mayo: "Entonces se encontraba bien". Estaba previsto que Twombly, que odiaba las entrevistas, acudiera a Avignon en septiembre a su exposición, titulada El tiempo recobrado, Cy Twombly fotógrafo y artistas invitados, comisariada por Mézil. Twombly vivía en Gaeta, una ciudad costera entre Roma y Nápoles.
Artista apegado a la civilización mediterránea, su obra estuvo fuertemente influida por la mitología clásica, griega y latina, y por toda la literatura europea, desde Arquíloco o Catulo hasta Rilke o T. S. Eliot.
En los años cincuenta, Twombly viajó a Roma con su amigo el pintor tejano Robert Rauschenberg (1925-2008) a Marruecos. En 1959 se casó con la italiana Tatiana Franchetti y se trasladó a Roma, una ciudad de la que se enamoró. Son característicos de Twombly sus grafitis, de gran fuerza, y los collages. Entre sus referencias temáticas destaca la mitología, de la que se sentía tan cercano por su vida en Italia.
Asiduo de Aviñón
La galería Lambert le dedicó en 2007 una exposición, Blooming, para la que el artista creó especialmente un ciclo de inmensas pinturas en torno a las peonías. Satisfecho, según Mézil, decidió reanudar su colaboración con una nueva exposición, centrada en la fotografía. Él fue el comisario y tenía previsto visitarla este mes de septiembre, poco antes de que el 30 de octubre se clausure la muestra.
Se trata, a juicio del director de ese espacio, de la última gran exposición dedicada a ese artista, al que le unía a Francia su relación "desde hace 40 años con su marchante, Yvon Lambert", y su amor por alguno de sus grandes artistas, como el pintor del siglo XVII Nicolas Poussin. Londres dedicó precisamente una exposición a las similitudes entre Twombly y Poussin, un artista que Twombly dijo que le hubiese gustado encarnar, si en otra época hubiese tenido la ocasión.
Ambos se trasladaron a la capital de Italia con 30 años, en ese país pasaron la mayor parte de sus vidas y desde allí saltaron al estrellato de la pintura en sus respectivos tiempos pictóricos, que en el caso de Twombly se reflejó en el expresionismo abstracto.

El pintor estadounidense Cy Twombly en 1958. / DAVID LEES

Cy Twombly, el último genio 

del expresionismo abstracto

Su personalísima obra se inspiró en el mundo clásico y los maestros antiguos



Ayer, apenas tres años después de su extraordinaria retrospectiva en el Museo Guggenheim de Bilbao -una de las más bellas que exhibió en su vida- y de la exposición titulada Lepanto, en el Museo del Prado, moría en Roma Cy Twombly (Lexington, Virginia, 1928), sin duda uno de los más relevantes y singulares artistas estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX, que fue la etapa dorada del arte americano. No obstante, este reconocimiento, hoy universalmente indiscutido, tardó en fraguarse en su propio país, que no le perdonó que se instalase en Italia a partir de la década de los años cincuenta, justo en el momento en el que se imponía internacionalmente el expresionismo abstracto americano, primer peldaño de un dominio artístico que se ha mantenido casi hasta ahora mismo.

En EE UU no se le perdonó fácilmente que se instalara en Italia a partir de 1950

Fue uno de los seis artistas de la exposición inaugural del Reina Sofía
Aun cuando sus inicios artísticos habían sido tomados con aprecio por la crítica local, la presentación en Nueva York de la serie Nueve discursos sobre Cómodo(1963) desató contra él una tormenta hostil que, en realidad, no amainó hasta casi 20 años después. Todavía en 1995, con motivo de su retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa) hubo algunas críticas locales suspicaces, si bien sin negar ya su estatura de gran artista.
Al margen de las razones nacionalistas y de las de política mercantil que se cebaron en Twombly, también es verdad que su delicado arte caligráfico y el sofisticado trasfondo cultural que emana de toda su obra fueron en dirección contraria de las pautas que marcaba de forma severa el arte americano. Coetáneo e íntimo de Robert Rauschenberg, con el que viajó por el Mediterráneo a comienzos de la década de 1950, Twombly tuvo una deriva personal muy especial. Su grafismo incisivo, en la antípoda del gesto eruptivo de Pollock, se podía relacionar mejor con otros artistas como el también americano Tobey, de inclinación oriental, o con los europeos Wols o Michaux. De todas formas, frente a estos u otros artistas contemporáneos, Twombly estaba fascinado con el arte y la literatura antiguas que le sirvieron no pocas veces de inspiración conceptual y formal. Es significativa a este respecto su pasión por pintores como Rafael o Poussin y su amor por el pensamiento y la poesía de la Grecia y la Roma clásicas. Esta visión del arte como un avanzar retrocediendo, incluyendo en ese devenir todos los sustratos del pasado, se refleja en el concepto muy querido por Twombly de la obra como palimpsesto.
En cualquier caso, su sensibilidad exquisita, su refinado gusto y todo ese insólito bagaje de esmerada erudición cultural nunca constituyeron un lastre creativo para el pujante desarrollo de su arte, en el que, no conviene olvidarlo, también la escultura desempeñó un papel deslumbrante. Quizá porque había en él un espíritu romántico y una sensualidad tan torrencial que a veces podía resultar abrumadora, casi peligrosa. De esta manera, periódicamente se producían en su trayectoria auténticos coups de foudre, donde explayaba ese lado más salvaje y barroco de su personalidad. Sea como sea, contenido o desaforado, supo mantener un control y una exigencia indeclinables sobre su obra, que ahora podemos recorrer como una totalidad coherente, lo cual no hay que confundir con monótona.
Cuando se analiza la obra de Cy Twombly desde una perspectiva histórica, no hay demasiada dificultad para hallar su genealogía entre los grandes maestros del pasado. Es obvio que para él, por ejemplo, fue muy importante el arte veneciano, donde florecieron dos pintores, Tiziano y Tintoretto, cruciales para él, pero también se puede reconocer su empatía con el exuberante Rubens. No obstante, quizá el maestro antiguo que mejor recoge las dos caras de su personalidad, la mesurada y la desmesurada, la clásica y la romántica, fue Nicolás Poussin, no solo uno de los mejores pintores franceses de todos los tiempos, sino la referencia esencial para la Escuela Francesa. Estas u otras raíces históricas del arte de Twombly no pueden ser tomadas, sin embargo, como una tapadera para ignorar su capacidad de invención. A diferencia de muchos de sus colegas contemporáneos, a quienes a veces cuesta trabajo distinguir de las tendencias que los impulsaron a la fama, Twombly desarrolló una obra extraordinariamente original y personal, y, en ese sentido, nunca mejor dicho, única. No es, por tanto, extraño que tanto los museos de arte antiguo como los de arte contemporáneo se hayan disputado la obra de Twombly. Antes he citado su presencia en el Museo del Prado, pero también exhibió en el Museo del Louvre, donde le fue encargado y realizó recientemente la decoración del techo de una de sus salas.
Por lo demás, con España mantuvo una relación constante y cordial. En primer lugar recorrió nuestro país y visitó nuestros museos cuando era un joven artista explorador que, como antes se apuntó, viajó por las dos orillas del Mediterráneo durante los años cincuenta. Pero, a partir de 1980, cuando su prestigio internacional empezó a tomar un empuje ascendente imparable, su obra estuvo varias veces presente en galerías privadas y públicas de nuestro país. En 1986, fue uno de los seis artistas elegidos para la exposición de apertura del Centro de Arte Reina Sofía y, un año después, tuvo lugar una magna muestra que se exhibió simultáneamente en los palacios de Velázquez y de Cristal del Parque del Retiro de Madrid, todo lo cual confirma el arraigo de Twombly en la reciente historia cultural de nuestro país.

GALERÍA

Min Oe, 1951
Quazazat, 1953

Untitled, 1953

Leda and the swan, 1963
Ferrogasto, 1961
Ferrogasto IV, 1961

Ferrogasto V, 1961

School of Athenas, 1964
Untitled, 1958


Blue Room, 1957

Untitled, 1968
Untitled, 1953


View, 1959
The Castle, 1958
Untitled, 1960

Untitled, 1961











Liri, 1990

Summer Madness, 1990
Untitled, 1990
1993-4 Quattro Stagioni, Part III, Autunno
2000 Coronation of Sesostris (3)

Untitled, 2005
Camino Real III, 2010




sábado, 1 de marzo de 2014

Paco de Lucía

Paco de Lucía
Pintura de Ian McPherson
Paco de Lucía
(1947 - 2014)

(Nombre artístico de Francisco Sánchez Gómez; Algeciras, 1947 - Cancún, México, 2014) Músico español, considerado como el guitarrista flamenco de mayor prestigio internacional. Nació en el barrio de La Bajadilla de la ciudad andaluza de Algeciras, un barrio popular y predominantemente gitano. La calle, pues, y el ser hijo y hermano de músicos, lo familiarizaron con el flamenco desde su más tierna infancia.

De su padre, Antonio Sánchez Pecino, quien se ganaba mal la vida como vendedor ambulante de telas durante el día y por la noche tocaba la bandurria en los bailes de pueblo, y de su hermano mayor, Ramón de Algeciras, aprendió los primeros rasgueos, y a los seis años comenzó a estudiar guitarra «en serio». Incluso su madre, Luzía Gomes Gonçalves, una portuguesa de Monte Gordo acostumbrada a la vez a la pobreza de su familia numerosa y a la vena artística de sus miembros, lo veía más como una inversión de futuro que como un perjuicio.

Paco de Lucía


A Paco, que al igual que el resto de sus hermanos Ramón, María Lucía, Pepe y Antonio, muy pronto tuvo que buscar trabajo y llevar un sueldo a casa, le costó superar su falta de instrucción, pero cuando tuvo que buscarse un nombre artístico no dudó en apellidarlo con el nombre de su madre.

Primeros aplausos en los tablaos

Como tal, Paco de Lucía comenzó a actuar a los doce años junto a su hermano Pepe (entonces Pepe de Algeciras) como el dúo Los Chiquitos de Algeciras, que cosechó el aplauso de muchos tablaos de Cádiz. Con catorce años obtuvo un premio en el Concurso Internacional de Arte Flamenco de Jerez de la Frontera, y aunque parezca sorprendente, fue entonces cuando inició su carrera internacional, ya que José Greco lo contrató como tercer guitarrista de su Compañía de Ballet Clásico Español, y en seguida emprendió su primer viaje a Estados Unidos.

Para él, el guitarrista más brillante del momento era el Niño Ricardo, amigo de su padre, y quería sonar igual de bien. Luego conoció a Sabicas y a Mario Escudero y sus influencias fueron variando, pero éstos le aconsejaron que buscara su propia forma de tocar, su estilo. El problema era que «para uno era un modo complicado de decir las cosas más sencillas, y para el otro un modo muy simple de decir cosas complicadas», recuerda el artista, quien confiesa haber resuelto el dilema el día en que supo que el estilo no es un punto de partida, como era su caso, sino un resultado; y, a fuerza de tocar, formó su propia personalidad.

Con la dirección artística de su padre grabó los primeros discos junto a su hermano Pepe, y posteriormente registró otros tres a dúo con Ricardo Modrego, de la compañía de Greco. Poco después conoció a Fosforio, a quien acompañó en una actuación en Salamanca, y luego a Camarón de la Isla y a Juan el Lebrijano. Con ellos se integró en un grupo compuesto también por Matilde Coral, Paco Cepero y El Farruco, con el que, contratados por los mánagers internacionales Lippman y Rau para sus espectáculos, que llamaban «Festival Flamenco Gitano», recorrió varias veces Europa durante la segunda mitad de la década de los sesenta.

Mientras tanto, animado por Sabicas y Escudero, se adentró en el terreno de la composición, y también grabó sus primeros discos en solitario: La fabulosa guitarra de Paco de Lucía (1967) y Fantasía flamenca(1969), algunos de cuyos temas tocó en 1970 en el Palau de la Música de Barcelona, en el marco de un festival internacional por el bicentenario de la muerte de Beethoven, que algunos biógrafos sitúan como el momento de su consagración.

La influencia de Camarón

Pero el guitarrista de Algeciras, entonces ya asentado en Madrid, reservaba muchas sorpresas, y aquello no fue sino un peldaño más de una trayectoria en constante evolución que marcó muchos puntos de inflexión en la historia del flamenco.

Por entonces acababa de nacer la mítica pareja Camarón de la Isla-Paco de Lucía, cuyas cualidades extraordinarias y la manifiesta y firme voluntad de convertir el flamenco en una experiencia rabiosamente viva quedaron impresas en más de una decena de discos impresionantes y en la memoria del guitarrista, que recordaría aquellos años como la etapa más bonita de su vida. Para él, la excelencia del tándem tenía una explicación muy sencilla: «Mi sueño siempre fue ser cantaor, mientras que el de Camarón fue ser guitarrista». Su música perfecta fue, por tanto, fruto de la sana envidia recíproca y la mutua admiración.

Paco de Lucía se convirtió en estrella de las listas de éxitos en 1973, con la rumba Entre dos aguas, que conquistó a un público más joven que se interesó por primera vez por la guitarra flamenca. Esto influyó además para que sus álbumes de la época, El duende flamenco de Paco de Lucía (1972) y, sobre todo, Fuente y caudal (1973), incrementaran su difusión y le valieran una fama que empezaba a exceder los límites del género.

Entre dos aguas (1973)


Dos años después, su actuación «para todos los públicos» en el Teatro Real de Madrid haría historia. Un nuevo trabajo, Almoraima (1976), mostraba su voluntad rupturista y daba sobradas pruebas de una personalidad consolidada. Pergeñaba ya entonces el proyecto de formar un grupo, y lo iba a lograr unos años después. En aquella época se sentía lo bastante afianzado como para formalizar su relación con Casilda Varela tras ocho años de noviazgo, y, pese a la oposición familiar, se casaron en Ámsterdam en enero de 1977; desde entonces permanecerían unidos junto a sus tres hijos, Casilda (1978), Lucía (1979) y Curro (1983).

Nuevos caminos para el flamenco

En 1981 formó el célebre sexteto con el que creó el concepto actual de grupo flamenco, con sus hermanos Ramón de Algeciras y Pepe de Lucía, Jorge Pardo, Carles Benavent y Rubem Dantas, a los que más tarde se uniría el bailaor Manolo Soler.

La formación duró muchos años, hasta el día que decidió que después de tanto tiempo todo debía de sonar igual, y primero formó un trío con Juan Manuel Cañizares y su sobrino José María Bandera, y en 1998 rehizo el septeto: reemplazó a Cañizares por El Viejín, a Soler por El Grilo y a Pepe de Lucía por Duquende. Con ellos grabó Luzía (1998), en homenaje a su madre, que acababa de fallecer. Luego reunió en torno a él a otros artistas: el percusionista El Piraña, la guitarra del Niño Josele, el bajo de Alain Pérez, la armónica de Antonio Serrano y las voces y palmas de Duquende, La Tana y Montse Cortés.

Los últimos años del siglo XX fueron los más duros de su vida. La muerte de Camarón, y la interesada confusión creada en torno a los derechos de autor conjuntos con el cantaor, agravaron la úlcera que padecía y lo sumieron en una profunda depresión que el fallecimiento consecutivo de sus padres contribuyó a prolongar.

Después de un largo período alejado de la composición y recluido en su casa familiar de Mirasierra, dejó Madrid para pasar dos años en Playa del Carmen, su paraíso mexicano, donde proyectaba vivir su retiro en un futuro que anunciaba no lejano. Allí nació su trabajo Cositas buenas (2004), en el que, entre tangos y rumbas, se dan cita muchas voces amigas y la del propio guitarrista, que rescató del archivo la bulería Que venga el alba para unirse por primera vez en el canto a su «primo» Camarón.

En concierto (1997)


En julio de 2004 era distinguido con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes y en septiembre obtenía también un Grammy Latino al mejor álbum de flamenco por Cositas buenas, que presentó durante el año en una gira mundial marcada por su intensidad.

Tradición e innovación

Maestro del mejor flamenco, pionero en su evolución y su apertura a la fusión con otras músicas y otros estilos, hubo un tiempo en que sus constantes aportaciones convirtieron a Paco de Lucía en un revolucionario del género. Ciertamente su influencia fue de tal calado que puede inferirse que a lo largo de su trayectoria cambió la concepción del toque en más de una ocasión.

Esa inquietud innovadora no siempre fue bien entendida por los defensores a ultranza de la ortodoxia del género, que al principio llegaron a causarle cierto desasosiego, si bien pronto entendió que él no podría traicionar jamás la esencia del flamenco porque lo llevaba en sus genes, e hiciese lo que hiciese sonaría a flamenco. A partir de ese momento empezó a tocar con mayor espontaneidad y a permitirse libertades inusitadas que a la postre resultaron siempre enriquecedoras.

Pero rechazar el tradicionalismo inmovilista de los puristas no restó un ápice a su natural empeño de preservar las raíces del flamenco. Testimonio de esa identidad a la vez genuina y abierta, autóctona y universalista, son esas numerosas grabaciones con Camarón de la Isla, que, tras la muerte de Camarón, experimentaron una creciente difusión mundial.

Paco de Lucía se acercó también a la música clásica de raíz española (Manuel de Falla, Joaquín Rodrigo e Isaac Albéniz) o a la unión con otros ritmos (la bossa nova de Tom Jobim, el tango de Astor Piazzolla, el country, la salsa, la música árabe). Colaboró además con eximios guitarristas de otros géneros (el rock, el jazz, el blues) como Pedro Iturralde, Chick Corea o Larry Coryell; se recuerdan especialmente sus famosos tríos con John McLaughlin y Al Di Meola, con quienes firmó, en 1980, el inolvidable Friday night in San Francisco, un disco que vendió más de un millón de ejemplares. El portavoz del jurado que falló el Príncipe de Asturias de las Artes de 2004 afirmó con justicia, al anunciar su nombre, que todo cuanto puede expresarse con las seis cuerdas de la guitarra estaba en sus manos.



Paco de Lucía
DOS AMORES

El guitarrista se casó con Casilda Varela en 1977 y, en segundas nupcias, con Gabriela Carrasco

Los grandes amores de Paco de Lucía
¡HOLA!
Paco de Lucía se casó con Casilda Varela en 1977
La inesperada muerte de Paco de Lucía ha dejado rota a su familia, mujer e hijos. El guitarrista, que siempre se ha considerado una persona muy hogareña, el 29 de enero de 1977 se casó con Casilda Varela. La boda entre ambos tuvo lugar en Ámsterdam por la oposición familiar al enlace –ella era hijas de un General–, que finalmente se formalizó después de que la pareja llevara ocho años de noviazgo.
Fruto del amor entre ambos nacieron tres hijos: Casilda (1978), Lucía (1979) y Francisco (1983, a quien cariñosamente conocen con el sobrenombre de «Curro»). A la inmensa alegría que sintió Paco de Lucía con la llegada de estos pequeños a su casa se unió la de ser abuelo más tarde.
Años después, el reconocido músico se casó con la que sería su segunda y última mujer: Gabriela Carrasco. Con ella tuvo dos hijos, Antonia, de 14 años, y Diego, de siete. De hecho, se encontraba jugando con ellos, al lado del mar, cuando la muerte le vino en forma de infarto.
Para todos ellos, la pérdida a los 66 años de este genio de la música es algo más que un triste lamento en el mundo de la música, puesto que la muerte de Paco de Lucía supone un enorme vacío que tardarán tiempo en superar.




Paco 2004

Según Casilda Sánchez

Mi nombre es Francisco Sánchez Gómez, Alias Paco de Lucía, y soy guitarrista.

…Si le invitases a casa

Para comer: Algún plato de cuchara
Para beber: Un tinto
No le hables de: Guitarra, su pesadilla
En la cadena de música: Camarón “el mayor genio que he conocido”
Para la sobremesa: Una película de Willy Wilder o la trilogia “Blanco, Azul y Rojo “ de Kieslowski.
Un libro para prestarle: Alguno de oscar Wilde( nada de filosofía porque dice que de tanto leer a Ortega y Gasset, terminó por analizarlo todo y perder el sentido del humor)

PACO DE LUCÍA



La potencia musical del flamenco

El escritor y premio Cervantes, autor del artículo, analiza los orígenes, influencias y manera de tocar la guitarra el artista flamenco fallecido

Paco de Lucía era partidario de la soledad y de la felicidad, y eso reaparece continuamente en su obra



De izquierda a derecha: Manolo Sanlúcar, Paco de Lucía y Carlos Saura, en el rodaje de 'Sevillanas'. / EL PAÍS
Paco de Lucía estudió y practicó la guitarra flamenca con una extraordinaria capacidad indagatoria. Se sometió desde muy niño a un riguroso, obstinado, inflexible aprendizaje y asimiló muy a fondo los secretos expresivos de una tradición flamenca nacida y desarrollada en ciertos arrabales de la Baja Andalucía.
Desde su rincón nativo, Paco de Lucía saltó bien pronto al mundo. Era de natural retraído y ensimismado, pero nada de eso se traspasó a la potencia comunicativa de su música. También era partidario de la soledad y de la felicidad, y eso sí reaparece de continuo en su obra. Casi sin apenas ser notado, a través de lentas y perseverantes enseñanzas, pasó de usar la guitarra como acompañamiento del cante a enaltecerla como instrumento de concierto. Se integró así en una estirpe de guitarristas —Niño Ricardo, Sabicas, Montoya- que aportaron al flamenco toda una serie de memorables conquistas expresivas. Pero Paco de Lucía impulsó, dotó de un nuevo rango estético, más dinámico, más innovador, lo que ya se había alcanzado en este sentido.
Convertido en uno de los grandes reformadores históricos de la guitarra flamenca, Paco de Lucía quiso llegar a más. Su técnica era impecable, de una desaforada perfección, pero él necesitaba ir más allá: necesitaba posponer la técnica a la sensibilidad, supeditar el lenguaje a su libre potencial creador. A partir de los básicos esquemas musicales del flamenco, ideó nuevas formulaciones complementarias. Los límites expresivos de los cantes eran en ocasiones insuficientes, o lo eran en razón de sus propios cauces comunicativos. Probó para ello con deslumbrante eficiencia esa correlación de fuerzas que le proporcionaban otros guitarristas eminentes de acento universal —Carlos Santana, Al Di Meola, Eric Clapton—, con quienes se confabuló para articular una manera de entender la poética de la guitarra flamenca absolutamente innovadora. Se fundamenta así una forma nueva por inusitada de alianza artística. Por el tejido de la tradición popular empiezan a filtrarse —o a definirse— unos nutrientes cultos. Una eventualidad que, en el mejor de los casos —en este caso— también resultaba enriquecedora.
Paco de Lucía disponía de un virtuosismo enigmático, imprevisible por momentos, literalmente inscrito en un sistema expresivo que podría llamarse —empleando un término muy manoseado— la estética del duende. Por ahí se perfila el prodigio de llegar adonde nadie había llegado, a una situación límite donde la novedad equivalía a la clarividencia. La manera de tocar la guitarra de Paco de Lucía era su forma de sacar a flote la intimidad. Y en esa intimidad se juntaban con similar lucidez el conocimiento y la intuición, lo aprendido y lo adivinado, una especie de cabal síntesis creadora. No me refiero ya a sus falsetas, es decir, a esas inolvidables filigranas ornamentales con que solía acompañar al cante, sino a la exigente estructura melódica, a la exquisita plenitud de su obra de solista.
Casi sin proponérselo, Paco de Lucía llegó a ser un auténtico compositor. Llevaba en la sangre, como suele decirse, una admirable propensión a los traspasos musicales de la experiencia. Es lo que hizo siempre con un lenguaje originalísimo y una asombrosa destreza imaginativa. Y todo eso sin esgrimir nunca ninguna clase de alharacas o vanas complacencias. Amaba la música con tanta honestidad como la vida. Con él, la guitarra flamenca alcanzó un fin de trayecto o, más propiamente, una virtud extrema que también podría llamarse —como he apuntado más arriba— una situación límite. Lo demás es silencio.


Paco de Lucía

Uñas en las cuerdas y la madera

Conoció el desasosiego y la angustia que produce la creación. 

Se sentía libre cuanto más lejos tocaba de su país



Paco de Lucía durante una actuación en el Festival World Music de Oslo.
Llevaba el nombre de su madre, Luzia, portuguesa de Castro Marín, aunque casi todo se lo debía a su padre. Antonio le decía con mirada imperativa “coge la guitarra” y obligó al quinto de sus hijos a estudiar: de los seis años hasta los catorce, diez horas todos los días, sentado en una silla dejándose las uñas y las yemas en las cuerdas y la madera.
Tuvo suerte de oir música desde que nació, con los vecinos y los amigos artistas que el padre llevaba a casa de madrugada tras el trabajo. Pasó su niñez en Algeciras rodeado de flamencos. Y uno es lo que es su niñez. Vivió en su piel la desazón de su padre, que se iba de noche a tocar para señoritos por los pocos duros que cayeran. Aunque nunca faltó de comer en casa, ni en la calle de San Francisco, con su patio y el árbol con rosales, ni en la de Barcelona, en el mismo barrio de la Bajadilla.
Al cumplir los 12 andaba ya ganando sus primeros dineros para la familia. Había que ser hombre pronto. Los hermanos iban al colegio hasta los once años, luego había que ayudar. Pero tenía el recuerdo de una infancia feliz.
Con Camarón sacó al flamenco de aquellas juergas que no eran de vino y alegría para todos. Un gitano y un payo, venerando las raíces y mirando ‘pa´lante’, con conocimiento, sensibilidad e intuición. Creó ese toque rápido, rítmico, poderoso... de gran sentido melódico. Tocaba con rabia por inseguridad: lo que le gustaba a él era cantar. Y eso hacía con su guitarra.
Conoció el desasosiego y la angustia que produce la creación. Y le tenía pánico a repetirse. Si no le abrumó que le concedieran el Príncipe de Asturias, a él que se confesaba ‘muy metío pa´dentro’, fue por el reconocimiento oficial a un arte maltratado. Malito de perfeccionismo, sufrió cada vez que tuvo que someterse al juicio de sus compatriotas: se sentía libre cuanto más lejos tocaba de su país. Grabados estaban los surcos en el rostro. Porque a veces Francisco Sánchez Gómez se cansaba de Paco de Lucía. Si no del músico, sí del personaje al que han puesto en un pedestal.
Hace unos años se refugió en Playa del Carmen: para escapar del instrumento de dolor y placer. Con Gabriela, su compañera mexicana, y Antonia, su hija pequeña. Un equipo de televisión rodó un documental en aquella casa de la costa del Yucatán. La cámara mostraba a un hombre relajado, yendo a comprar al mercado, disfrutando de la pesca submarina... Que se ponía melancólico al pensar en la vuelta a la rutina de maletas, hoteles y aeropuertos.
Se convirtió en uno de esos músicos que se lo ponen muy difícil a los que vienen detrás. Para una mayoría será siempre el guitarrista de ‘Entre dos aguas’; para la gente de la clásica, el flamenco que se atrevió a grabar a Falla y Joaquín Rodrigo; para los viejos aficionados el jovencillo imberbe que tocaba al estilo del Niño Ricardo y siguió el consejo de Sabicas de crear cosas propias.
El Mambrú que en Madrid se dejaba caer por los billares de la plaza de Callao, con su hermano Pepe y con Camarón —que sólo se sintió Paco tras la muerte del cantaor—, aquel niño, que en el fondo nunca salió de Algeciras, posiblemente estaba aún tratando de encontrarse. Un genio irrepetible este Francisco Sánchez Gómez, al que los flamencos llaman Paco.
Del libro 'Violão Ibérico', de Carlos Galilea (Trem Mineiro, RJ 2012). 


Paco de Lucía

Siempre la misma guitarra

Felipe Conde, constructor de guitarras, revela los secretos del instrumento de Paco de Lucía


Paco de Lucía nunca tocó otra guitarra sobre el escenario. Desde muy pequeño, cuando su familia llegó de Algeciras a Madrid, usaba los instrumentos que construía nuestra familia. De ahí viene la gran amistad que mantuvimos siempre. Primero la de su padre Antonio Sánchez con mi tío y mi padre y luego la que desarrollamos nosotros dos.
Recuerdo que cuando Paco era muy joven ya venía a menudo a estudiar al taller. Probaba guitarras, hablábamos, pasábamos horas aquí. Empezó muy pronto tocando con la guitarra tradicional flamenca, la de siempre. La que estaba hecha con ciprés español y tapa de pino abeto. Pero a principios de los 70, él y mi familia desarrollaron un nuevo modelo del que ya no se separaría. Paco buscaba un instrumento con más pegada, potencia y volumen. Una guitarra macho, como se solía decir. Quería llegar a más público, así que juntos crearon la guitarra de concierto, que él institucionalizó cuando tocó en el Teatro Real. Una guitarra con más cuerpo, pero que mantenía los rasgos de siempre: la expresión y los matices.
Paco no tenía manías. No ponía ningún problema a la hora de fabricar el instrumento. No supervisaba en el proceso. Normalmente tardamos dos meses en fabricar cada par de ellas. Pero construíamos unas doce y se las dábamos a probar. Él escogía la que más le gustaba y el resto pasaba a formar parte de la tienda. En la diferencia que pudiera haber entre cada instrumento residía la particularidad de cada guitarrista. Pero en todas el fondo y los aros de estaban hechos de palo santo de Madagascar; el diapasón de ébano y el mango de cedro de Brasil. Entre toda su familia, él, Pepe, Ramón quizá pudieron comprarnos unas 40 guitarras. No lo sé. Muchísimas.
Hoy se va un artista total. Un genio absoluto de la guitarra. Técnicamente era perfecto. Inigualable como creador. Paco forjó una escuela en todo lo que hizo.




DISCOGRAFÍA

29 discos y un álbum inédito

El maestro tenía previsto editar un homenaje a la copla en abril

Fermín Lobatón
El País, 26 de febrero de 2014

Portada del disco que lanzó al estrellato en 1973 a Paco de Lucía
Este es un repaso de urgencia en forma de glosario a cinco décadas de una trayectoria excepcional.
A de ‘Almoraima’. El topónimo de la tierra natal para un disco de 1976 que llega rodeado de expectativas. Sucede al exitoso Fuente y caudal y supone un paso más dentro de la renovación estilística que él había puesto en marcha. La rondeña La cueva del gato fija las características del estilo de Montoya para las nuevas generaciones.
C de Camarón. En 1969 dio comienzo la fascinante aventura de El Camarón de la Isla con la colaboración especial de Paco de Lucía, como rezaban sus primeros discos conjuntos. La primera tanda de nueve, producidos por el padre del guitarrista, suponen una fresca antología del cante y una revolución en la forma de acompañarlo. Pero hubo más colaboraciones especiales entre los dos. Hasta el mismo final del cantaor.
D de Danza. En 1978, el guitarrista transcribe e interpreta a Manuel de Falla. La danza de los vecinos, la del Ritual del fuego, la del Molinero…Un riesgo al que se sometió con las afiladas miradas de los puristas clásicos casi apuntándole. Treinta y cinco años después, el que fuera compañero y discípulo, Cañizares, se ha vuelto a atrever con el mismo compositor.


En 1969 comenzó la "colaboración especial" de Paco de Lucía con Camarón, como rezaban sus discos conjuntos.
E de ‘El duende flamenco de Paco de Lucía’. Un disco de 1972 que se define, además de por las referencias lorquianas, por la utilización de orquesta. El artista, aún muy joven, se atreve con el reto con la dirección de José Torregrosa, con quien ya había trabajado.
F de ‘Fuente y caudal’. Su quinto disco en solitario (1973) constituye una revelación. Encima, para los que no lo conocían lo suficiente, la rumbaEntre dos aguas lo lanza al estrellato de la popularidad. Paco muestra ya un toque propio que lo distancia de los maestros.
I de Inédito: ‘Canciones Andaluzas’. El disco número 30 de su discografía no ha llegado a ver la luz. Se empezó a grabar a finales de 2012 y se había mezclado hace solo un mes. Desde 2003, con Cositas buenas, no grababa el guitarrista un disco en estudio. Este iba a ser —y será, cuando vea la luz— un regreso a los orígenes. En 1965, junto a Ricardo Modrego, y dos años después con su hermano Ramón, Paco había registrado sendos discos a dos guitarras dedicados a canciones andaluzas como María de la O, A tu vera, La Zarzamora… Tantos años después había retomado el homenaje con temas como Ojos verdes, Señorita y seis más. Su lanzamiento está —o estaba— previsto para finales de abril.
J de Joaquín Rodrigo. ‘Concierto de Aranjuez’. En 1991 y con la Orquesta de Cadaqués, dirigida por Edmond Colomer, el guitarrista plasma por fin un anhelado proyecto. La obra se registra en directo en el Teatro Bulevar de Torrelodones con la presencia del maestro compositor. La grabación se completa con tres piezas de la Suite Iberiade Albéniz. Tuvo algún detractor, muchos más han sido sus valedores.
K, contiene la K: Chick Corea. Aunque los registros discográficos conjuntos de ambos artistas son escasos (la grabación Touchstone del pianista), los dos músicos fueron “compadres” de corazón. El que suscribe fue testigo del encuentro de ambos en los camerinos de un concierto de Corea en Cádiz allá por los ochenta. Tras el descanso, ambos abordaron la interpretación de Spain solo por el gusto de tocar juntos. Casi treinta años después, la conexión permanecía viva. La última vez, el pasado verano, en el Festival de Vitoria.
L de ‘Luzía’. Disco de 1998. Madurez y maestría. Los viejos hallazgos ya sedimentados y puestos al servicio del sentimiento. La siguiriya dedicada a la madre, la rondeña a Camarón. Al guitarrista no le basta con las seis cuerdas y decide, por primera vez, cantar. Una obra maestra.
O de ‘One summer night… Live’. La cumbre del legendario sexteto y además en directo (1984). Con sus hermanos Pepe y Ramón, Rubem Dantas, Carles Benavent y Jorge Pardo de gira por Europa. Una de las formas que puede tener eso que llaman estado de gracia. Nueve años después, en 1993, el sexteto, con el añadido del bailaor Manolo Soler, volvió a grabar en directo.


Álbum de la gira de Paco de Lucía con su sexteto.
S de Siroco. Calificado por Gamboa y Núñez como “la tercera revolución”, el disco se graba y edita en 1987 tras un exitoso tour con su sexteto. Sin embargo, el artista prefiere para la ocasión la guitarra en solitario con acompañamientos puntuales. Una vuelta de tuerca inesperada cuando ya se creía todo logrado. El difícil reto de sonar cabal y flamenco y, a la vez, más nuevo y renovado que nunca. Un disco de culto.
T de Teatro Real. Su concierto de 1975. Para un flamenco, el hecho de tocar en el templo de la música clásica siempre ha sido un reto. Él fue de los primeros en hacerlo, luego ha habido muchos más. De nuevo, con la dirección musical de Torregrosa y la segunda guitarra de su hermano Ramón, Paco aborda un repertorio antológico, con piezas que ya habían sido incluidas en discos anteriores, pero con el sabor del directo. Hay quien dice que le atenazaron los nervios, pero no se nota nada.
Y de (yo) ‘Solo quiero caminar’. Hay quien sitúa en esta grabación de 1981 el inicio de las aportaciones más esenciales en nuevas afinaciones o acordes. Sin ir más lejos, en los tangos que le dan título, y que se hicieron muy populares con la voz de su hermano Pepe, la guitarra va afinada en tono de rondeña, como describe Faustino Núñez. Paco de Lucía incorpora por primera vez en una grabación de estudio el sexteto.
Z de ‘Zyryab’. Un disco en la cumbre (1990). Una obra coral y una reunión de amigos. No podía ser menos el homenaje a El Pájaro Negro, el músico bagdadí que tanto influyó en la tradición musical árabe en la península Ibérica. El formato de sexteto se ve ampliado con incorporaciones de lujo como Chick Corea o Manolo Sanlúcar. Un disco abierto con composiciones libres como la que da nombre al trabajo o la sensible Canción de amor.


DISCOGRAFÍA
Los Favoritos de Paco

Estos son los discos que más valoro, porque son a los que he dedicado mi mayor esfuerzo. Son los que considero que conforman mi carrera creativa dentro de la música flamenca, con los que he sufrido más y a los que he disfrutado más.

En ellos se encuentra el trabajo que marca mi evolución como músico desde el principio de mi carrera. Incluyo junto a los discos de creación pura algunos discos en directo, que también son reflejo de mi trayectoria y una antología de la cual yo elegí los temas.

Mi discografia completa comprende algunos otros discos, algunos son versiones que grabé en mi juventud, aconsejado por casas de disco que buscaban salidas más comerciales que el flamenco.

Otros son antologias, y también se encuentra el apartado de lo que grabé con Al Di Meola y Mc Laughlin, que a pesar de haber sido muy importante en mi desarrolllo como músico, es un paréntesis en mi trabajo dedicado al flamenco.

Siroco1987
Zyryab1990
Luzia1998