lunes, 4 de enero de 2016

Ingrid Bergman / La más bella

Ingrid Bergman
DE OTROS MUNDOS

Ingrid Bergman

(1915 - 1982)

(Estocolmo, 1915 - Londres, 1982) Actriz sueca. Huérfana de madre a los dos años y de padre cuando sólo había cumplido los doce, Ingrid Bergman pasó gran parte de su infancia y adolescencia bajo los atentos cuidados de un tío suyo. A los dieciocho años se graduó en el instituto y, para entonces, la tímida y solitaria Ingrid había ya decidido ser actriz. Un año antes, en 1932, había participado sin acreditar en una película, Landskamp, hoy perdida. En 1933 consiguió ser admitida en el Swedish Royal Theatre, pero no soñaba precisamente con ser actriz de teatro; quería ser actriz de cine y lo intentaba denodadamente, presentándose a multitud de pruebas.

Ingrid Bergman
Por fin, consiguió debutar en El conde del Puente del Monje (1935), de Edvin Adolphson y Sigurd Wallen, un filme que se rodó en 1934. No era Ingrid todavía esa belleza que, algunos años después, asombró al mundo, pero en su rostro empezaban a dibujarse ya algunos de los rasgos más hermosos, que, tras unas pocas películas y alguna que otra dieta de adelgazamiento, asomaron en la primera versión de Intermezzo (1936), de Gustav Molander, un melodrama romántico que supuso un acontecimiento en su época y un gran triunfo para el emergente cine sueco, para su director, para su divo (Costa Ekman) y, sobre todo, para Ingrid Bergman, a quien le llovieron múltiples ofertas desde Hollywood.
Fue el arrollador productor (todavía no independiente) David O. Selznick quien, después de ver el filme, envió un emisario de la Metro Goldwyn Mayer a comprar los derechos de la historia, con un largo contrato para Miss Bergman. Recién casada con su primer marido, el doctor Peter Lindstrom, con el que tuvo una hija, Friedel Pia, Ingrid Bergman llegó en mayo de 1939 a Estados Unidos para realizar la segunda versión de Intermezzo (1939), de Gregory Ratoff. Ingrid era una estrella en Suecia y exigió al productor Selznick que no se cambiara su nombre ni su imagen, algo a lo que estaban abocadas las actrices europeas que llegaban a Hollywood.


El enorme triunfo del filme le dio la razón. Intermezzo marcó a toda una generación de jóvenes románticas sumidas en la ambigüedad del sacrificio final, que parece artificial, sin hacer olvidar los momentos de felicidad aportados por la culpable pasión; curiosamente, el pueblo americano fue mucho menos indulgente cuando, algunos años más tarde, Ingrid Bergman abandonó a su marido por Rossellini.
El mismo año de 1939, Ingrid Bergman volvió a Suecia para cumplir su contrato; allí realizó un par de filmes de poca trascendencia. De vuelta a Hollywood, comenzó a forjarse su descomunal prestigio, aunque, no a mayor gloria de Selznick, que la prestó a otros estudios. Harta de personajes buenos, insistió en interpretar a la prostituta Ivy Patterson, en vez del papel que le habían asignado, en El extraño caso del Dr. Jekyll (1941), de Victor Fleming; una mujer coqueta y fácil y, después, martirizada y aterrorizada por el magnífico Mr. Hyde de Spencer Tracy.

Con Humphrey Bogart en Casablanca (1942)
Al año siguiente, cedida a la Warner, coprotagonizó la mítica obra maestra Casablanca (1942), de Michael Curtiz. Curtiz obsequió a Ingrid Bergman los primeros planos más bellos de la historia del cine: aquellos en los que Bergman le pide a Sam que vuelva a tocar el As Time Goes By, aquellos en los que con Humphrey Bogart revive su personal historia de amor en París y aquellos en los que, con los ojos llorosos, ve cómo debe irse con su rebelde marido y abandonar a Bogart una vez más.
Tras conseguir su primera nominación al Oscar por la adaptación de la novela de Hemingway Por quién doblan las campanas (1943), regresó a la Metro para interpretar, junto a Charles Boyer y Joseph Cotten, Luz de gas (1944), de George Cukor, donde, bajo un gran director de actrices, consiguió la preciada estatuilla por su memorable recreación de una dulce esposa que casi se vuelve loca por obra de su ambicioso marido, que trata de convertirla en una paranoica irrecuperable haciéndole creer que sufre delirios.
El mismo año en que intervino en la popular Las campanas de Santa María (1945), de Leo McCarey, secuela de Siguiendo mi camino, se convirtió en una de las famosas rubias de Alfred Hitchcock, con el que realizó tres filmes: Recuerda (1945), Atormentada (1949) y Encadenados (1946), la más perfecta unión de romance y espionaje del maestro inglés, con una interpretación memorable de Ingrid Bergman, la más sexy de su carrera, y de su compañero de reparto, el inigualable Cary Grant.

Recuerda (1945)
En 1948 rodó Juana de Arco, de Victor Fleming; en 1949, después de quedar fascinada por algunos de los filmes neorrealistas de Rossellini, pidió al director italiano interpretar su próxima película. Ésta fue Stromboli (1950), obra en la que Rossellini renuncia al fundamentalismo documentalista para mostrar lo más emotivo del movimiento neorrealista. En el filme no hay heroína y, menos aún, un héroe; el final es un incierto equilibrio entre la esperanza y la tragedia.
Mientras tanto, el romance entre Ingrid Bergman y Rossellini tomó cuerpo y se hizo realidad con el nacimiento de Robertino (luego llegarían las gemelas Isota y la también actriz Isabella), el consiguiente divorcio del doctor Lindstrom y el inmediato matrimonio en México de la pareja. A partir de aquí, ambos artistas quedaron marcados por el desprecio del público: Ingrid Bergman fue repudiada por la puritana sociedad norteamericana y Rossellini fue tachado de gigoló por la prensa italiana. Juntos realizaron una serie de películas que fueron muy mal recibidas, entre ellas la magnífica Europa 51 (1951) y la denostada Juana de Arco en la hoguera (1954).
Pero los norteamericanos pronto olvidaron y perdonaron. En 1956 filmó en Inglaterra, pero con producción de la Fox, un célebre tema histórico, Anastasia, de Anatole Litvak. Mientras, la relación con Rossellini tocó a su fin. Al poco tiempo, en la entrega de los Oscar del año 1957, recién obtenido el divorcio, ganó su segunda estatuilla. En 1958, al tiempo que formaba pareja nuevamente con Cary Grant en una divertida y sofisticada comedia, Indiscreta (1958), de Stanley Donen, se casó por tercera vez con el productor teatral Lars Schmidt, del que también se divorciaría, tras dieciocho años de matrimonio, en 1976.
En sus últimos años su carrera teatral le dio más satisfacciones que la cinematográfica (interpretó desde la escandalosa Té y Simpatía, en París, hasta prestigiosas piezas de Henrik Ibsen y Eugene O'Neill), aunque antes, en 1974, había ganado su tercer Oscar, esta vez como actriz secundaria, por su interpretación de la vieja misionera Greta Ohlsson, en la multiestelar adaptación de la obra de Agatha Christie Asesinato en el Orient Express (1974), de Sidney Lumet.
A finales de los setenta se le diagnosticó un cáncer que no la apartó de su labor interpretativa. Apareció con la cara demacrada en Sonata de Otoño (1978), de Ingmar Bergman, su último trabajo en el cine; no tuvo tiempo de recoger el Emmy por su interpretación de la Primera Ministra israelí Golda Meir en el filme televisivo A Woman Called Golda (1982). Murió la noche de su sesenta y siete aniversario, después de una pequeña fiesta de cumpleaños ofrecida por unos pocos amigos. Fue, sin ninguna duda, la cara más dulce, bella y encantadora que el dorado Hollywood de los cuarenta tuvo el honor de glorificar.


Ingrid Bergman
MI HISTORIA


EL PAÍS 
29 MAR 1981

Ingrid Bergman cuenta su propia vida en un libro de memorias titulado Mi historia, que acaba de publicarse en Italia. A lo largo de 550 páginas, escritas en tres años con la colaboración del escritor Alan Burgess, la narradora, autora y protagonista de Mi historia, una mujer de 64 años, que vive solitaria en un apartamento londinense, relata la tempestuosa aventura de su vida. Tres matrimonios y otros tantos divorcios, cuatro hijos, sesenta producciones cinematográficas, teatrales o televisivas, tres oscars y dos recientes operaciones por tumores en el seno, son el balance de su existencia que ofrece la actriz en su autobiografía. «Mi mundo es un castillo de ficciones que nosotros, la gente del cine y del teatro, sabemos crear», declaró Ingrid Bergman con relación a su historia. «Cada noche salimos al escenario donde vivimos en ese mundo imaginario que hemos inventado».

EL PAÍS

Desaparece 

una de las grandes damas 

del cine mundial

JUAN G. BEDOYA Madrid 31 AGO 1982



Ingrid Bergman murió ayer, en Londres, después de librar una larga batalla contra el cáncer. La actriz sueca había cumplido el domingo pasado 67 años. A pesar de las dos operaciones de mastectomía a que fue sometida en 1974 y en 1979, con la ablación de los dos senos, no cesó en su actividad artística y social hasta el final. "No quiero morirme, pero tampoco quiero temer a la muerte", declaró al salir del hospital la última vez. Su último papel en el cine fue una magistral interpretación de la ex primera ministra israelí Golda Meir, por la que recibió una distinción internacional en abril de este año. Hace dos había trabajado por primera vez con su compatriota Ingmar Bergmen en Sonata de otoño. Poseía dos oscar de la Academia de Hollywood, dos cinta de plata del cine italiano a la mejor actriz extranjera, el emmy de televisión y varios premios más. Lanzada a la fama junto a Humphrey Bogart en Casablanca (1942), inscribió paso a paso su nombre en la historia del cine.



La vieja dama, cuya entereza y resistencia al dolor subrayaban ayer las crónicas, dio la primera lección de inteligencia, modestia y honestidad artística cuando, a su llegada a la meca del cine, a principios de los años cuarenta, se negó a cambiar de nombre y de imagen, de acuerdo con la tradición de Hollywood. Ingrid Bergman, en todo este tiempo -y fueron 45 largos años los que dedicó intensamente al cine y al teatro-, representó el papel de la frescura y la inocencia en las, pantallas, pero, sobre todo, la imagen de una actriz de carácter y autenticidad, muy alejada de los otros rostros femeninos que compitieron con ella por la popularidad. Siendo tan bella como las otras, no terminó en juguete roto como Marilyn, como Rita Hayworth o como Ava Gardner. Prefirió parecerse a la otra escandinava, Greta Garbo.En su vida y su carrera excepcionales, que incluyen tres maridos, cuatro hijos, 46 películas y una docena de obras teatrales, la Bergman estuvo sometida a nuínerosos altibajos. Así, de la noche a la mañana dejó de ser, en la América puritana de los cincuenta, la mujer sin maquillaje ni sofisticación, sana e intachable, para convertirse en un monstruo de inmoralidad. Es que se había casado con Roberto Rossellini, al que llegó a amar antes de conocerle, a través de la película Roma, ciudad abierta. Hasta un senador se levantó en el Congreso norteamericano para increparla por esos amores. El incidente obliga a Indrid Berginan a abandonar el cine norteamericano por un tiempo. Eso que ganó el europeo, con las cinco películas que rodó junto a su nuevo marido.
Ingrid Bergman nació en Estocolmo el 29 de agosto de 1915 e inició su carrera en pequeñas compañías de teatro de aficionados. Descubierta para el cine por Gustav Molander, con el que rodó seis películas entre 1937 y 1939, triunfó con dos de ellas,Intermezzo (1936) y Un rostro de mujer (1938), por su madurez interpretativa. Cuando en 1937 contrae matrimonio con un médico sueco, Peter Lindstrom, la actriz ya tiene sus esperanzas en Hollywood, donde, David SeIznic le había hecho una buena oferta. Su "sueño dorado", explicó la actriz más tarde. En realidad, sólo era una nueva versión de Intermezzo (1939) aunque esta vez al lado del actor Leslie Howard. Pero inmediatamente llegaron nuevas películas y, en 1944, la que rodó a las órdenes de Cukor, Luz de gas (1944), que le valió el primer oscar, al que sumaría en 1956 otro más con Anastasia (1956), de Anatole Litvak. Entraba en la meca del cine por la puerta grande.
Pero faltaban todavía obras maestras. Casablanca, junto a Humphrey Bogart, Juana de Arco en la hoguera (1954), Nme digas adiós (1961), El extraño caso del doctor Jekill (1941), Recuerda (1945), Atormentada (1949), el papel de la campesina española en la versión cinematográfica de la famosa novela de Hemingway sobre la guerra civil, Por quién doblan las campanas (1943), al lado de Gary Cooper... Siempre estuvo dirigida y acompañada por. los mejores directores y actores del momento, aunque sólo hace dos años que cumplió otro sueño de su vida: actuar bajo las órdenes de su compatriota Ingmar Bergman, en Sonata de otoño.


Ingrid Bergman

La más bella

Ingrid Bergman tenía el aspecto de quien disfruta de su oficio, de la comida 

y del amor




Tengo en mis manos un álbum familiar. La vida en fotos de una de las mujeres más bellas del siglo XX. Una historia que comienza en Estocolmo, con la imagen de un bebé en 1915, y termina con el primer plano de una anciana de 67 años en Londres. Es Ingrid Bergman: desde que la fotografiara su padre en el próspero estudio que tenía en Suecia, donde posaba con fantasiosos disfraces; pasando por su estreno como actriz en Suecia; gozando de la condición de estrella en Hollywood y más tarde, viviendo su destierro italiano por haber desafiado la moral de la industria, al unirse, estando casada, a Roberto Rossellini.




Al cabo de los años, después de que los medios de cotilleo americanos se empeñaran en definir la vida de la actriz en Italia como desgraciada, cuando no lo fue, Ingrid volvió a Los Ángeles para recibir un Oscar, y como escribe Liv Ullman en el prólogo de este libro: salió al escenario, recibió su premio con el público puesto en pie, pero no se inclinó ante ellos. A Life in Pictures, 385 fotos ordenadas por su hija Isabella, muestran la vida de una mujer dueña de su destino. Mucho se escribe en estos días sobre esas actrices que, llegadas a la edad en que la industria deja de quererlas (o que las cataloga como unfuckable), se ven forzadas a intervenir su cara, aunque más que volver a la juventud sólo consigan parecerse a otras mujeres maduras operadas.

Pero la rebeldía de Ingrid no se mostró solamente en los años de madurez. Cuando llegó a Hollywood los estudios proyectaron convertirla en una belleza asumible por los supuestos gustos del público. No se dejó. Su piel era luminosa; su cuerpo, real; tenía el aspecto de alguien que disfruta de su oficio, de la comida y del amor. Poseía un aire saludable de muchacha de campo, era grande y carnal. Sólo una base de maquillaje aplacaba unos mofletes demasiado ardientes. Su ejemplo para muchas mujeres no debiera ser cómo consiguió envejecer con dignidad, sino su determinación para atravesar los años asumiendo el atractivo que confiere cada etapa de la vida.






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