viernes, 1 de enero de 2016

Katherine Mansfield

Katherina Mansfield
Poster de T.A. 
Cuentos

Poemas

KISS

Katherine Mansfield 

Seudónimo de Kathleen Beauchamp
(1888 - 1923)

(Kathleen Beauchamp; Wellington, Nueva Zelanda, 1888 - Fontainebleau, Francia, 1923) Narradora neozelandesa que cultivó la novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo constituido por autores como James Joyce, D. H. Lawrence, Virginia Woolf y E. M. Forster, quienes liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim de Joseph Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona de la época, pues, de forma análoga a la del ruso Antón Chéjov, supo captar la sutileza del comportamiento humano.
Katherine Mansfield
Pasó la mayor parte de su infancia en Yarori, pequeña ciudad situada no lejos de Wellington, y a los catorce años fue enviada a Inglaterra, donde frecuentó el Queen's College de Londres. Luego volvió, en 1906, a Nueva Zelanda. Ya cuando niña empezó a manifestar un talento vivo y la conciencia de una libertad moral que habían de imprimir en su obra narrativa el sello de una profunda originalidad.
Después de haber permanecido en el hogar durante dos años, obtuvo de su padre una modesta asignación que le permitió residir de nuevo en Londres, siquiera pobremente. En 1909 contrajo matrimonio con George Bowden, de quien muy pronto se divorciaría, y dos años más tarde publicó su primer libro de narraciones, In a German Pension (1911), revelador de una personalidad compleja y de difícil definición, así como de un estilo original en el que se advierten acusadas influencias de Chéjov.
Las sucesivas colecciones de cuentos, Felicidad (1921), Garden-Party (1922), La casa de muñecas (1922) y El nido de palomas y otros cuentos (1923), la impusieron rápidamente a la atención de la crítica y del público como uno de los mayores talentos narrativos de la época. En 1918 se unió al célebre crítico inglés John Middleton Murry, que escribiría una de sus más cariñosas biografías (1949); sin embargo, este vínculo resultó asimismo tempestuoso, y conoció frecuentes y prolongadas separaciones.
Junto a John permaneció Mansfield hasta el final en Francia, donde su nombre llegó pronto a ser famoso en los círculos literarios, sobre todo por su amistad con F. Careo; y bajo el sol meridional buscó remedio a la tuberculosis, que, no obstante, truncaría su existencia a los treinta y cinco años, en el apogeo de la madurez artística.
Se ha dicho que, como ocurrió con Keats, la sutil dolencia padecida por Mansfield puede considerarse una de las razones de su particular visión del mundo, dominada por una sensibilidad finísima que la inclina a entregarse con todas sus fuerzas al instante presente, que la escritora analiza con una vigilancia y una seguridad extremadas. Ello dio a su Diario (1933) y a sus cartas (The Letters of K. M., 1934), textos publicados póstumamente, y también a su poesía y a su obra narrativa, el carácter singular fruto de una compleja e interesantísima personalidad de mujer y escritora.

Katherine Mansfield
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Es algo terrible estar solo, sí que lo es, claro que sí, 
pero no bajes tu máscara hasta que tengas 
otra máscara preparada debajo, todo lo terrible 
que quieras, pero máscara.
Katherine Mansfield

Katherine Mansfield
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El placer de leer todo se duplica 
cuando uno vive con alguien que comparte los mismos libros.
Katherine Mansfield

Katherine Mansfield
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Cada vez que me preparo para un viaje me preparo 
como para la muerte. Si no volviera nunca, todo está en orden.
Katherine Mansfield

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Katherine Mansfield

Demasiada vida

13 de octubre de 2010

Está considerada, junto a Chejov y a Maupassant, la gran artífice del cuento moderno. ¿Por qué entonces los nombres del ruso y del francés resuenan en el parnaso de la literatura mientras el de ella está relegado a la vaga categoría de brumosas autoras secundarias?

Frederic Nietzsche dijo alguna vez: “Entre el orden y la aventura, yo preferí la aventura”. Pero tal vez el verbo elegir en esta frase sea demasiado optimista. Hay vidas marcadas por la inevitabilidad: no es que hayan elegido la aventura: más bien, les fue imposible no someterse al insumiso signo de su propio carácter. No tuvieron opción: la aventura, la fuerza ciega que impide a un espíritu acoplarse al orden establecido, es la única herramienta a mano para hacerse a un destino. Y por más cruel y terrible que sea ese destino, no hay nada que hacer para evitarlo.
Todo esto puede sonar un poco melodramático hoy, en estos tiempos en los que la inteligencia sólo parece legitimarse a través de la ironía y el escepticismo, y no sabe celebrar su libertad. Pero para una niña nacida en Nueva Zelanda en 1888, en el seno de una familia rica, en una época en que los códigos victorianos de las buenas costumbres hacían de las mujeres obedientes paridoras, aceptar que se quiere otra cosa, que se es otra cosa, atreverse a decir “no”, equivalía a un destierro afectivo y económico brutal.
Katherine Mansfield era esa niña. La niña incómoda de la familia. Demasiado regordeta para hacer feliz a su madre, demasiado rara para ser la muñeca juiciosa y adorable que todo buen padre victoriano exigía. Sus hermanas suplieron a la perfección el papel de niñas buenas mientras a Katherine, de 14 años, la enviaron a estudiar a Queen’s College en Londres. Tres años después consideraron que la misión estaba cumplida y la devolvieron a casa. Estaban completamente equivocados.
Pero ¿cómo podían imaginar que esa hija díscola y de carácter más bien insoportable sería una de las más grandes cuentistas de todos los tiempos? Porque los 73 cuentos que escribió Katherine Mansfield en su brevísima vida (más breve que la de Rimbaud), tan poco leídos hoy, se alzan, junto a los de Chejov y Maupassant, como los más brillantes ejemplos literarios del género de la narración corta. Sin embargo, los cuentos de Chejov y Maupassant resuenan en el parnaso de literatura y son leídos de canónica y devota manera, mientras que los de Mansfield apenas si circulan. Su nombre es más o menos reconocido por los buenos lectores, pero no, la verdad es que casi nadie la lee. Sorprendente.
Cuando Katherine tenía veinte años, suplicó a sus padres que la enviaran de nuevo a Inglaterra. Según ella, quería estudiar violonchelo. Tocaba el violín con algo de gracia, pero estaba muy lejos de poder llegar a ser una concertista. Lo padres, que no sabían que hacer con ella, aceptaron a regañadientes pero se aseguraron de que no pudiera tener en Inglaterra una vida muy cómoda. Porque a pesar de su creciente fortuna, el padre asignó una suma anual bastante miserable a Katherine. En el barco que la llevaría desde la lejana Wellington a Inglaterra, en mayo de 1908, escribió en su diario, con esa ilusión de los veinte años y la certeza de una vida entera por delante, lo siguiente: “Aquí va un pequeño sumario de lo que necesito: poder, dinero y libertad. Es una doctrina inútil e insípida el que el amor sea lo único que existe en el mundo, pero una que se mete a martillazos en la cabeza de las mujeres, de generación en generación, y que nos estorba cruelmente. Tenemos que zafarnos de esa pesadilla… Así, llegará la oportunidad de felicidad y libertad”.
Pero la felicidad es esquiva cuando se tiene que inventar sin tener modelos. Un año más tarde Katherine Mansfield, con apenas 21 años, ya había tenido varios amoríos, y al saberse embarazada (y rechazada por la familia del padre de su hijo), se casó de repente un día y sin previo aviso con su profesor de canto, lo abandonó la misma noche de bodas ante la mirada atónita del marido que no logró consumar nada, y se fue a vivir sola. Su madre se enteró del embarazo. Atravesó medio mundo y se la llevó a Alemania. Allí la instaló en una pensión y se marchó de vuelta, sin esperar el parto. No lo hubo: tuvo un aborto espontáneo, se enamoró de un escritor polaco en ciernes que le transmitió gonorrea y después, ya otra vez en Londres, tuvo que ser operada de apendicitis y se le extrajo de paso una trompa de Falopio infectada. Sí, todo esto pasó en un solo año. Y mientras tanto, escribía sus primeros cuentos.
Sabía vagamente que tenía una enfermedad de transmisión sexual, pero el tabú (en aquel entonces no se habían descubierto las sulfamidas) era un fardo espantoso: la gonorrea —probablemente la palabra más fea del mundo— era la enfermedad de las prostitutas. En el caos creativo que era su vida de aquel entones, tocó de nuevo la puerta de su marido relámpago. Él, dócil y todo un caballero, la recibió en su casa, leyó sus cuentos, y le sugirió que los llevara a la revista de literatura y política de moda: New Age. El editor, Orage, decidió publicarlos. Para su mala suerte, entre ellos había una versión libre de un cuento de Chejov (cuya obra había leído en Alemania) y el estigma del plagio —descubierto mucho más tarde— la acompañó mucho tiempo.
Ser una escritora publicada en New Age le abrió las puertas de la bohemia literaria. Eran los tiempos del grupo de Bloomsbury, tiempos de modernidad, de proclamación del amor libre, relaciones lésbicas, de ataques a la asfixiante moral victoriana, tiempos de voces feministas, luchas por el voto y por un espacio digno para las mujeres, pero a Mansfield nunca le interesó la militancia.
 Cambió de casa varias veces, comenzó a frecuentar a escritores, iba de aquí para allá sin saber bien dónde ponerse y tuvo un rosario de amantes, cuya lista los muchos biógrafos de Mansfield han elaborado con infinita meticulosidad. Orage, el editor de New Age, y su esposa, se conviertieron en amigos muy cercanos, atraídos por su personalidad magnética y extravagante y por su desordenada inteligencia. En una carta de aquella época, él la describe como una mujer “triste, irreal y turbulenta”.
 Fue por esta época que conoció al que sería el amor de su vida: John Middleton Murry. Él editaba una pequeña revista literaria, Rythm. Mansfield comenzó a publicar también en ella, y acabó viviendo con Murry. Pasaron espantosas penurias económicas, Murry tuvo que declarase en quiebra al no poderle pagar a la imprenta, ella tuvo que usar su modesta pensión para pagar la deuda, se mudaron de casa tantas veces que es dificil llevar la cuenta, se enfermaron ambos (ella de pericarditis, bronquitis, y otras varias complicaciones de su enfermedad original), pasaron una temporada en París pensando que allí la vida sería más barata, y conocieron al joven D.H. Lawrence que acababa de publicar su primera novela. El escritor y su mujer Frieda se volverían íntimos amigos de Mansfield y Murry, y tuvieron una relación intensa y desaforada, con confusos trueques de amantes en los que no todo es claro. Hay quien dice que fue Lawrence quien le transmitió la tuberculosis de la que finalmente Katherine murió, y otros aseguran que Lawrence estaba prendado de Murry. Es muy posible que ambas cosas fueran ciertas. Pero entre tanta niebla, algo bueno sucedió: Mansfield publicó su primer libro de cuentos: En una pensión alemana.
Mansfield tuvo muchos otros amantes. Se fue tras uno de ellos, a Francia, en plena Primera Guerra Mundial. Por supuesto, era prohibido entrar a territorio bélico, pero se las arregló para cruzar la frontera. Una locura típica de su ansioso carácter, que no admitía la idea de futuro.
Esa locura, esa hipersensibilidad, ese arrebatamiento, ese exceso de libertad, su propensión a la mentira y la intensidad, su deseo sexual nunca domesticado, irritaron profundamente a muchos de quienes la conocieron. Les caía mal. Pero tarde o temprano, todos se inclinaron ante su talento, incluida la tremenda snob que era Virginia Woolf. Cuando la conoció, Woolf dijo que “apestaba como un zorrillo”, pero luego no sólo admitió que la quiso a su manera, sino que afirmó que era la única escritora de cuya escritura sentía celos. De hecho, prologó la publicación póstuma de sus Diarios, y en ese prólogo afirma: “Los más notables escritores ingleses de relatos cortos están de acuerdo en admitir que Katherine Mansfield era una narradora fuera de concurso. Nadie la ha superado y ningún crítico ha sido capaz de definir cuál era su especial cualidad.” El gran filósofo Bertrand Russell le declaró su admiración intelectual (y sí, también se la quiso llevar a la cama), y tanto Christopher Isherwood como D.H. Lawrence y Aldoux Huxley la tomaron como modelo de alguno de sus personajes y admitieron haber sido influenciados por su escritura.
Mucho tiempo después de su muerte, Juan Carlos Onetti, en un texto por demás algo misógino, dice: “Algo que comenzó con Katherine Mansfield permanece detenido: una verdadera literatura de mujer. Aparte de su talento, K. Mansfield debe su triunfo a esto: por primera vez, y por última, hasta ahora, una voz de mujer dijo de un alma de mujer. K.M. tuvo mucho de milagro: no fue cursi, no fue erudita, no se complicó con ningún sobrehumano misticismo de misa de once. Otro secreto: era como los hombres se imaginan a las mujeres que aman.” Como no la conoció, el final del texto es algo ridículo, pero no importa. La leyó y la admiró, algo que no pueden decir muchos hoy en día.
 ¿Qué mágica cualidad tienen los cuentos de Katherine Mansfield para haber despertado tanta admiración? Primero, tenía una desconcertante capacidad de observación de los pequeños —casi invisibles— gestos cotidianos que revelan la humanidad, la condición de sus personajes. Y un magnífico oído para los diálogos aparentemente triviales, pero cargados de un significado que actúa como una peligrosa corriente submarina. Muchos de sus cuentos parecen fotografías borrosas, o más bien cuadros impresionistas. Era como si supiera ver el alma en la superficie de las cosas. Sus niños, por ejemplo, son maravillosos. La cruel frivolidad de los adultos con ellos, su capacidad para atrapar en breves frases toda la melancolía de la infancia, hacen de sus narraciones unas miniaturas delicadas, exquisitas. Y quizás el mejor ejemplo de esos niños, de ese talento para recrear la fragilidad de la primera infancia, está en su largo cuento Preludio. Es un cuento sobre una mudanza. Nada pasa y pasa todo. El mundo interior de cada personaje, sus sueños tan comunes, tan humanos, desde la joven criada hasta la patética cuñada adolescente, pasando por las tres pequeñas hijas de los Burnell, está capturado con una inteligencia intuitiva asombrosa. Todo en Mansfield es leve alusión. Bliss, traducido al español como Felicidad (pero cuyo título más justo debería, creo, ser Éxtasis), narra una noche de fiesta en casa de la joven Bertha Young. Los invitados van llegando, y la pluma de Mansfield parece una cámara que se desliza suave por toda la casa, en un paneo incesante de pequeños detalles y retazos de conversación trivial burguesa, tan británica. Mientras tanto, el estado exaltado de la protagonista, que se siente una anfitriona espléndida, una mujer hecha, felizmente casada, mundana, glamourosa, se proyecta sobre un hermoso peral que ella ve, bañado bajo la luz de la luna, por la ventana. Pero el mundo se derrumba cuando la protagonista se da cuenta, gracias un gesto casi imperceptible, captado a vuelapluma, de la tragedia que se le ha venido encima. El éxtasis estalla en mil pedazos (de manera magistral exactamente en la cabeza del lector y no en el cuento) y sin embargo, el peral sigue brillando, hermosísimo, como iluminado, en el jardín.
Mansfield no se interesó demasiado por Freud, pero logró ser una agudísima psicóloga. Sus personajes masculinos son estupendos: afables y vanidosos a la vez, solícitos y arrogantes, seguros y frágiles, y muchas veces confundidos. Si existe un escritor que se dio a la tarea de nunca explicar nada, sino de contarlo todo, es ella. Y todo ese oxígeno que le da al lector, esa ambigüedad inquietante, ese temblor en el agua, es parte del encanto de su escritura. En 1920 y 1921 Mansfield publicó otros dos libros de cuentos (Felicidad y La fiesta en el jardín) que le dieron un enorme reconocimiento y la catapultaron a la fama. Pero al año siguiente, tras sufrir muchas recaídas, Mansfield decidió ir a curarse a las afueras de París, a una especie de sanatorio de moda, regido por el “maestro” ruso George Gurdieff. Algo así como el gurú de moda, Gurdieff enarbolaba una especie de doctrina espiritual llamada el “cuarto camino”, que bebía del sufismo, del hinduísmo y del budismo por igual, y que apostaba por un proceso de “apertura interior”. Katherine ya estaba muy enferma cuando llegó, con sus pulmones sangrantes destrozados por la tuberculosis. Simplemente, emocionada por la llegada de Murry a visitarla tras tres meses de estadía en condiciones espartanas, subió a toda prisa por las escaleras una noche y tras desmayarse por el esfuerzo, murió.
Dos años antes de morir, en mayo de 1921, había escrito en su diario: “Es una molestia infernal amar la vida como la amo. Parece que la amo más en vez de amarla menos a medida que pasa el tiempo. Nunca se convierte para mí en un hábito..., siempre me maravilla. Espero ser capaz de permanecer en ella el tiempo suficiente como para escribir algo verdaderamente bueno.” Hubo algo de justicia poética: en su breve, desatada e intensa vida, tuvo tiempo para ello.

JOYAS COMPLETAS DE KATHERINE MANSFIELD
Por Laura Freixas

Katherine murió hace una semana. [...] El viernes, durante el desayuno, Nelly [criada] nos lo dijo con su tono sensacionalista: "¡La señorita Murry [nombre de casada de K. M.] ha muerto! Viene en el periódico". Y sentí... ¿Qué sentí? ¿Un repentino alivio? ¿Una rival menos? Luego, la confusión de sentir tan poca emoción... Y después, gradualmente, vacío y decepción; y un abatimiento del que no pude recuperarme en todo el día. Cuando me puse a escribir, me pareció que escribir no tenía ningún sentido. Katherine no lo leerá. Katherine ya no es mi rival» (Diario, 16 de enero de 1923). No sabe una qué admirar más en estas pocas frases: si su sinceridad chocante o la clarividencia con que Virginia Woolf –pues es ella quien habla-comprende que de todos los escritores de su círculo, Mansfield es la única que puede hacerle sombra. También T. S. Eliot y E. M. Forster le inspiraban una mezcla de amistad y envidia. Pero Mansfield es su mayor rival porque ambas buscan lo mismo: describir la vida cotidiana y las relaciones sociales en determinados ambientes (clases medias cultivadas, a caballo entre la burguesía y la bohemia), pero sobre todo bucear por debajo de esa superficie, zambullirse en busca de revelaciones existenciales y éxtasis poéticos. Es lo que Joyce define ––y practica– por la misma época con el nombre de «epifanía», y Ortega, también en esos años, explica así: «El gran novelista desdeñará siempre el primer plano de sus personajes y sumergiéndose en cada uno de ellos tornará apretando en el puño perlas abisales» (Ideas sobre elteatro y la novela). De los cinco libros de relatos que debemos a Katherine Mansfield, sólo el primero, En un balneario alemán, publicado en 1911, cuando la autora contaba 23 años, es insatisfactorio. Se queda en la descripción, en la superficie: pinta con trazos a veces demasiado gruesos, próximos a la caricatura, a una serie de personajes convencionales y mezquinos, marcados por el esnobismo social y los prejuicios nacionales; en cuanto a la estructura de los relatos, confía demasiado (como suelen hacer los cuentistas mediocres) en la anécdota, en el rasgo de ingenio, en el final-sorpresa: véase por ejemplo La hermana de la baronesa. Luego, un silencio de nueve años. Y en 1920, con Felicidad y otros cuentos, reaparece Katherine Mansfield ahora en absoluta posesión de su estilo y sus temas. Sus libros sucesivos, Fiesta en el jardín (1922), El nido de la paloma (1923) y Algo infantil(1924), estos dos publicados póstumamente, no hacen más que confirmar su asombrosa maestría. Ya en Balneario... había por lo menos un cuento («En Lehmann's») que prefiguraba lo que es el prototipo de los mejores de Mansfield: los que narran la revelación o atisbo, en la vida de un personaje, de otra cosa. ¿Qué otra cosa? En su introducción a estos Cuentos completos, Ana María Moix lo expresa así: «Supo plasmar, sin describirlo, el terrible dramatismo oculto tras la aparente bonanza de la vida cotidiana». En efecto, muchas veces ese algo que el personaje intuye o que irrumpe en su vida es el drama de la existencia: la muerte («Fiesta en el jardín», «Revelaciones»); el desmoronamiento del amor («La lección de canto», «Felicidad»); la crueldad o el egoísmo ajenos («La señorita Brill», «Un pepinillo al eneldo»)... En otras ocasiones, se trata de algo impreciso, enigmático: un secreto turbio en una pareja aparentemente feliz («El hombre apático»), una premonición de dolor en pleno viaje de bodas («Luna de miel»)... Pero quizá la mayor habilidad de Katherine Mansfield, su verdadera magia, radica en la incesante alternancia o la aleación de la hermosura y el espanto, lo dramático y lo cómico, lo mezquino con lo sublime. Todos los registros de lo real, parece decirnos, son igualmente válidos: tan verdadera es la muerte como el brillo de una jofaina o el placer de contemplar un frutero; tan auténtica es la traición de un marido como esa alegría sin motivo concreto «que ardía en sus pechos y caía hecho flores de plata de su cabeza y de sus manos» («Felicidad»). Si es cierto que Mansfield supo plasmar el dramatismo oculto tras la aparente bonanza, no lo es menos que supo revelar algo mucho más difícil: la incomprensible belleza que hay incluso en el horror, el milagro que toda existencia implica, el misterio latente hasta en las vidas más humildes. (No es de extrañar que Felicidad fuera uno de los pocos libros que Clarice Lispector reconocía haber leído...) La lamparita en miniatura cuya visión redime a dos niñas de la miseria y la injusticia («La casa de muñecas»), la hermosura de un cadáver («Revelaciones», «Fiesta en el jardín»), el maravillado asombro que produce un peral en flor a la luz de la luna («Felicidad»), simbolizan esa mezcla de placer y dolor, frivolidad y tragedia, que conviven sin anularse. En unas pocas páginas, Katherine Mansfield nos acerca una y otra vez a una revelación formidable, pero ambigua, contradictoria, o en definitiva (como en «Las hijas del difunto coronel», un cuento justamente célebre) inalcanzable. La medida de la vocación de Katherine Mansfield nos la da un apunte en su diario: cuando una tos sangrienta le deja adivinar la enfermedad que la matará en pocos años, es su obra lo que más le preocupa: «Y mi trabajo no estará terminado. Esto es lo que importa. Sería intolerable morir... dejar «fragmentos», «esbozos»... nada verdaderamente acabado» (Diario, 19 de febrero de 1918). Por suerte, se equivocaba. Aunque murió en plena juventud, a los treinta y cuatro años, como escritora había alcanzado la plena madurez. Nos lo demuestran estas casi ochocientas páginas de Cuentos completos, que con toda justicia podrían llamarse Joyas completas.




Cuentos completos

Katherine Mansfield

Traducción de Clara Janés, Esther de Andreis, Francesc Parcerisas y Alejandro Palomas. 
Alba Ed.Barcelona, 2000. 781 págs., 4.900 ptas.

Hay que subrayar la belleza de estos cuentos y relatos, un género prácticamente ignorado en la Inglaterra del XIX, que Mansfield ayudó a perfilar y logró elevar a categoría literaria


JOSÉ ANTONIO GURPEGUI | 20/02/2000 



Pocas veces fueron 34 años tan intensamente vividos como los de Katherine Mansfield [seudónimo de Kathleen Beauchamp, (Wellington, Nueva Zelanda, 1888-Fointanebleau, Francia, 1923)]. Desde su primer matrimonio con el cantante George Brown, quien la abandonó la misma noche de bodas (según otra versión fue ella quien decidió romper la relación el primer día de matrimonio), hasta la complicada y enrevesada relación con su último marido, el editor John Middleton Murray, después de haber mantenido numerosos escarceos amorosos con músicos, traductores, personalidades literarias..., la desbocada y bohemia vida de la hermosa Katherine Mansfield era objeto de comentarios y morbosas especulaciones en los círculos intelectuales londinenses, fundamentalmente entre algunos componentes del reputado grupo de Bloomsbury, con quienes se encontraba próxima (también ella estudió en el Queen"s College, como la mayoría de las pertenecientes al grupo), aunque muchos la consideraban la rival más directa de Virginia Woolf. La fascinación, al tiempo que la envidia y admiración, que su persona motivaba fue tal que autores de la talla de D. H. Lawrence, de quien era vecina en Cornwall, o Aldous Huxley, la utilizaron como modelo en el diseño de alguno de sus personajes. La propia autora, tal como recoge Ana María Moix en la “Introducción” del volumen afirmó: "Dado que no soy una intelectual, parece que siempre deba aprender las cosas arriesgando mi vida.” Sea como fuere no es de extrañar que Mansfield sea considerada como la primera feminista que tuvo el coraje de intentar llevar, y en buena parte lo consiguió, la entonces quimérica “igualdad de sexos” hasta sus últimas consecuencias. En palabras de Elizabeth Bowen, “Katherine Mansfield no era una rebelde, era una innovadora.”



Pero todos estos detalles biográficos, pese a ser atractivos, no resultan sino meras anécdotas cuando nos acercamos a la belleza de sus cuentos y relatos, un género, prácticamente ignorado en la Inglaterra del XIX, que ella ayudó a perfilar y logró elevar a categoría literaria. Los lectores hispanohablantes tenemos ahora la suerte de contar con la traducción completa de todos sus cuentos, tanto los que publicó en vida como aquellos póstumos que fueron editados por su marido. En la disposición formal de esta publicación se ha respetado el orden cronológico de cada uno de los volúmenes que aparecieron por separado y la intervención de distintos traductores apenas si es perceptible para los lectores.



En un balneario alemán (1911) recogía los relatos publicados durante dos años en “The New Age”. Aunque Katherine Mansfield rechazó tentadores contratos para nuevas reediciones, sobre todo tras la I Guerra Mundial debido a la aversión que se sentía hacia los alemanes, alegando que ni ella misma se reconocía en aquellos primeros cuentos, lo cierto es que ya en ellos podemos apreciar buena parte de los temas y preocupaciones que se repetirán en volúmenes futuros. Ello sin mencionar el estilo, exquisito y elegante hasta el infinito que será su definitiva marca de agua. Acomodadas familias de clase media, personajes caracterizados por una terrible soledad espiritual, complicadas relaciones amorosas, la dificultad de sus personajes para comunicar, para hacer partícipes a los demás de sus deseos y emociones, pequeños detalles que motivarán la concienciación de los personajes... Todo esto ya es posible encontrarlo en este primer volumen en relatos como “Frau Brechenmacher asiste a una boda”, tal vez el mejor relato del volumen. Después de asistir a una boda los Brechenmacher regresan a casa cuando “Una fría ráfaga de viento le arrancó de un golpe la capucha, y ella, de pronto, recordó cómo habían vuelto a casa la primera noche. Ahora tenía cinco hijos y el doble de dinero; pero...”.



En Felicidad y otros cuentos (1920) regresa a su Nueva Zelanda natal, donde es considerada la gran dama de las letras nuevozelandesas, y evoca su infancia junto a su hermano, muerto durante la Gran Guerra. Sin duda alguna, “Preludio”, el primero de los cuentos, destaca poderosamente sobre el resto y apreciamos la clara influencia de Chejov, algo que suponía un motivo de orgullo para la propia autora. Pero si bien “Preludio” es uno de los grandes relatos de Katherine Mansfield (para numerosos críticos el mejor), esta colección en su conjunto queda un tanto ensombrecida si la comparamos con Fiesta en el jardín y otros cuentos (1922) publicado poco antes de morir y donde Katherine Mansfield se revela como una escritora tan sólida como madura mostrando un total y absoluto dominio de todos los resortes necesarios en el género. “En la bahía" es un relato de elaboración ciertamente compleja debida al elevado número de personajes protagonistas, toda la familia Burnell. "Fiesta en el jardín" es el más claro ejemplo de cómo cualquier incidente puede cambiar la vida de los personajes. Laura Sheridan tiene una pequeña fiesta en el jardín de su casa cuando un obrero sufre un accidente y muere dejando mujer y cinco hijos. El incidente motivará que Laura, hasta entonces un personaje anodino, trivial y pueril, adquiera una novedosa conciencia social: “¿Qué le importaban ya las fiestas, las canastillas de emparedados o los vestidos bordados? Se hallaba muy lejos de todas aquellas cosas. Y era espléndido, hermosísimo.”



También incluye esta colección que se acaba de publicar los dos volúmenes de cuentos que editó su marido después de muerta. Se trata de El nido de la paloma y otros cuentos (1923), con más de la mitad de los relatos inacabados y Algo infantil y otros cuentos (1924), creo recordar que lo único conocido hasta ahora de Mansfield en nuestro país. 


"La mosca", 

de Katherine Mansfield

JOSÉ MARÍA MERINO 21 AGO 2010

El genio de Chéjov se muestra en su sabiduría para presentarnos con naturalidad concisa una situación capaz de conmovernos por su oculta dimensión dramática.

La mosca (1922), de Katherine Mansfield, pertenece a esa estirpe de cuentos. El viejo Woodifield, retirado por enfermedad, hace una rutinaria visita a su antiguo y satisfecho jefe en la City, y le cuenta que sus hijas han visitado en Bélgica el cementerio donde yacen los restos de su propio hijo y del de su ex jefe, muertos seis años antes en la guerra. Cuando el viejo se vaya, el recuerdo conmocionará al financiero, mas su relación con una mosca caída en el tintero mezclará el dolor y el olvido de un modo misterioso, capaz de turbarnos.

Katherine Mansfield
Preludio y otros relatos.
Alianza Editorial, 1993.

 Antes de 1910
 1910
 1911
 1912
  1913
 1914
 1915
 1917
 1918
 1919
 1920
 1921
 1922
  • Taking The Veil
  • The Fly
  • Honeymoon
  • The Canary

BIBLIOGRAFÍA

Los Cuentos completos han sido publicados en España en el año 1999 por Alba Editorial, S.L. y posteriormente por Nuevas Ediciones de Bolsillo en2003, Hay dos antologías de sus Relatos breves, una publicada en 2000 por Ediciones Cátedra, S.A. y otra por Ediciones El País, S.L. 
  • En un balneario alemán (In a German Pension1911). En 1981 Bruguera, S.A. lo publicó con el título de En un balneario alemán. Las ediciones posteriores de Plaza & Janés Editores, S.A. en 1982  y 1991  optaron por el título de En una pensión alemana. Un relato de esta colección, «La Dama Progresista», está publicado (precedido de una nota biográfica) en la pág. 499 ss de la antología Cuando se abrió la puerta. Cuentos de la Nueva Mujer (1882-1914), Alba Editorial, Clasica maior, 2008.
  • Preludio (Prelude1917). Ediciones: Preludio. En la bahía (1980, Fontamara, S.A., y Preludio y otros relatos (1993, Alianza Editorial, S.A.)
  • Felicidad y otros cuentos (Bliss: and Other Stories1921). Ediciones: Felicidad (1982, Ediciones del Cotal); Felicidad (1991, Ediciones Cátedra, S.A.; Felicidad perfecta; El desconocido (1998, Plaza & Janés Editores, S.A.
  • Fiesta en el jardín (The Garden Party: and Other Stories1922). Ediciones: Ña fiesta en el jardín y otros cuentos (1983, Ediciones del Cotal, Fiesta en el jardín (1990, Editorial Juventud, S.A.; y Fiesta en el jardín y otros cuentos (2007, Ediciones El País, S.L., Parte de obra completa: Vol.17. Además, «En la bahía», relato perteneciente a esta Fiesta en el jardín y otros cuentos, fue publicado por Bruguera, S.A. en 1981 y en 1984.
  • El nido de la paloma y otros cuentos (The Doves' Nest: and Other Stories1923). «La casa de muñecas», relato en esta obra, fue publicado por Ediciones del Cotal en 1981.
  • Algo infantil y otros cuentos (Something Childish and Other Stories1924). Un relato de esta colección, «El cansancio de Rosabel», está publicado (precedido de una breve biografía) en la pág. 425 de la antología Fin de siècle: relatos de mujeres en lengua inglesa, edición de María Luisa Venegas, Juan Ignacio Guijarro y María Isabel Porcel, Cátedra, Letras Universales, 2009.
  • Diario1927. Ediciones del Diario (1980, Ediciones del Cotal; 1987, Ediciones B, S.A.; 2008, Editorial Lumen, S.A.,; Diario 1910-1922 (1994, Parsifal Ediciones.
  • Cartas1928













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